sábado, 12 de abril de 2008

Invitación a la lectura de Xuan Bello



UNA ALDEA EN EL CENTRO DEL MUNDO

Claudio Magris es autor de una obra, Microcosmos, cuyo título cuadra a la perfección al último libro de Xuan Bello, Historia universal de Paniceiros. La del autor italiano recoge el mapa de todo un mundo traducido, miniado, a la pequeña escala de su ciudad natal, Trieste, pequeño espejo de todo lo más grande. Algo similar acomete Bello en el libro dedicado a su aldea asturiana de un puñado de casas, en el que recoge lo acontecido o soñado en otras latitudes como un vaso de lluvia puede albergar todo el contenido del océano.
En Trieste vivió también James Joyce. Y ya se sabe que si bien Asturias, como Galicia, limita al norte, caminos de agua adelante, con Bretaña, más adentro y por doquier, con trochas abiertas por Álvaro Cunqueiro y otros, en su imaginario colectivo linda con Irlanda. “Los muertos” es uno de esos relatos que enamoran por su verdad sencilla, y en su final nieva sobre toda la isla de San Patricio, sobre todos los vivos y los muertos. En unas líneas que son apéndice de Historia universal de Paniceiros, Bello escribe “Nieva en mi memoria”, y poco después “Está nevando en las calles de Oviedo, en los versos de Villon, en las imágenes de Uxío Novoneira. Me acuerdo ahora de un poema de este último donde alguien mira la inmensidad nevada del Caurel y exclama: «¡Aquí se ve bien lo poco que es un hombre!»”. Es un sentimiento muy parecido sin duda al que en el relato de Joyce experimenta Gabriel ante el descubrimiento de aquel amor soterrado de Gretta, del pobre Michael Furey que murió de frío cantando esa balada, “The Lass of Aughrim”. Lo que parece sólido puede resquebrajarse en cualquier momento como el hielo, deshacerse como la nieve y compartir con ella la licuada condición de las lágrimas.
El Aughrim de la canción que despierta insondables emociones en Gretta, y a su vez en su esposo, no es más que uno de los incontables topónimos de los que rebosan las baladas, aires y melodías de danza irlandeses. El celta en general, y el irlandés en particular, siente unos vínculos con la tierra que son sin duda herencia de su pasado pagano, y no tanto en lo religioso como en lo local (pagano procede del latín pagus, lugar), pues en época cristiana monjes y eremitas trasladan a sus estrofas ese plantel de nombres de navas, riachuelos, cumbres. En uno de sus artículos más penetrantes, Seamus Heaney ha llamado la atención sobre “el sentido del lugar” en la tradición irlandesa, tan arraigado. Y se hace eco de otro gran poeta de su patria, John Montague, para el cual todo el paisaje irlandés es un manuscrito que ya no somos capaces de leer. En los nombres de ríos, montañas, valles, vados, alientan unas etimologías tradicionales que ligan los parajes a los héroes, a los reyes de antaño, a sucedidos que han quedado impresos en la memoria del pueblo. De este numen céltico vinculado a la naturaleza dieron cuenta en su día Matthew Arnold y Renan, y los estudiosos posteriores no han podido sino asentir a esa tendencia a que los versos de los celtas estén, como ramas entrelazadas a su árbol, entreverados de referencias a un pedazo de tierra familiar y propia que es siempre de alguna manera el centro del mundo.
Los irlandeses cultivaron un tipo de poema que habla del origen del nombre de un lugar, y a este género lo llamaron dindshenchas. La literatura medieval y posterior es muy abundosa en estas composiciones, pero aún en la literatura contemporánea los grandes poetas de Irlanda han vinculado de manera sobresaliente su obra a un paisaje familiar, a una geografía íntima por conocida, a las coordenadas del alma. Así, Heaney es Mossbawn, su aldea del condado de Derry, Kate O’Brien es Mellick, Brian Friel es Ballybeg, Frank O’Connor es Cork, Máirtín Ó Direáin es Inis Mór, y Patrick Kavanagh es Iniskeen.
Xuan Bello es, siguiendo esta línea, Paniceiros, y a su aldea ha dedicado poemas y escritos que reunidos vienen a componer este libro hermoso y en el que, fragante, aflora ese gusto tan céltico por el fragmento, por las pequeñas flores silvestres de la literatura más que por los versallescos jardines del racionalismo. En su libro hallamos poemas, reflexiones sobre literatura, relatos de la infancia o escuchados a los mayores, evocaciones de personajes y lugares. Ese gusto céltico por nombrar topónimos, como si al nombrarlos, por raro encantamiento, el poeta los hiciera más suyos, es manifiesto precisamente en el comienzo del primero de los poemas del libro, en el que el autor declara: “Conozco un país donde el mundo se llama / Zarréu Grandiella Picu la Mouta Paniceiros”.
Sí, están presentes los nombres propios de una comarca, del microcosmos. Y como es natural, está presente también la emigración, pero aún más, porque esta es masiva, la traslación de comunidades enteras que conservan sus costumbres. En uno de los capítulos de su libro, Bello hace mención a un libro del irlandés Pádraic Ó Conaire, Deoraidheacht, que no ha leído y del que confiesa no conocer el significado de su título (le gustará saber que es Exilio, y no Llanto, como le aventuré hace poco, confundido con la palabra deoir, lágrima). Para mover su fantasía le bastan las sugerencias de un autor gaélico y una palabra que para él constituye un arcano indescifrable.
Dice Pádraic Ó Conaire:


Hace seis meses, la parte de Londres en la que yo vivía era en sí misma un microcosmos irlandés. Los ingleses la llamaban La Pequeña Irlanda. Todo el mundo, salvo alguna rara excepción, procedía de la provincia de Munster. Algunos habían heredado las tradiciones de los bardos y poetas. Todos los vecinos se conocían unos a otros, y no sólo eso, también conocían las familias de las que procedían. Todos habían venido del mismo distrito de Irlanda. Por las noches tenían reuniones sociales, en las que podían encontrarse violinistas, gaiteros y flautistas.


Compárese con estas líneas de Bello y se verá la identidad de las situaciones:


Hace unos años conocí a un paisano de Tineo y cuando le pregunté qué era lo que más le gustaba de Asturias respondió sin dudar: el malecón de La Habana. Y como yo le dije que aquello no era Asturias, el paisano, que ya rondaba los ochenta, insistió y dijo:
— Tú eres muy joven y no sabes cómo era ir cantando por las calles, saludando a uno de Nava que tenía una ferretería en la esquina o a uno de Luarca que estaba recién llegado.
Aquel paisano se llamaba Lulu y había sido uno de los muchos asturianos que, en tiempos de hambre, no había encontrado otro camino que la emigración.


Y hablando de las diversiones públicas de invierno, escribe: “Se va de casa en casa hablando con los vecinos, en unas reuniones que se llaman filandrones. Cuando llega un extraño se aprende de él todas las historias y las canciones que sepa”. No hace falta comenzar ahora la redacción de un diccionario asturiano-gaélico para saber que filandrón es un céilí, lo que en otro diccionario, éste gaélico-inglés, viene definido como friendly call, visit, social evening, Irish dance session. En cuanto a lo de escuchar los relatos o coplas que traiga un visitante, aprenderlos y enriquecer con ellos el acervo común, no otra cosa es el folklore irlandés, en el que la transmisión oral es tan decisiva, y el béaloideas, que ha sido hasta hace muy poco la principal fuente de entretenimiento del pueblo irlandés: los relatos junto a un fuego, las consejas, la recitación de poemas, todo lo que cabe bajo el manto de la tradición o seanchas (palabra compuesta cuyo primer componente significa antiguo).
Lo tradicional huye siempre de abstracciones, la verosimilitud de un relato se consigue siempre mediante la deixis implícita de lugares (el ver para creer: una roca, un terraplén, un prado, una colina). Y como microcosmos, el mundo todo es representable en el escueto escenario de una aldea, en el que lo pueblerino es una reactualización o representación de lo universal. Pocos poemas han reflejado tan a la perfección esta coincidencia de lo centrípeto y lo centrífugo como este poema de Patrick Kavanagh, que tanto puede iluminar el exiguo mundo inmenso de Xuan Bello. Traduzco:


ÉPICA

He vivido en lugares importantes,
en tiempos en que el hombre ventilaba
asuntos trascendentes: de quién era
un pedregal, una tierra de nadie
de dos varas, reclamada con bieldas.
Oí a los Duffys gritar: “¡Te den por saco!,
y vi al viejo MacCabe, descamisado,
desafiando el metal pisar un prado:
“¡Eh, las lindes son estas piedras de hierro!”
Fue el año del lío de Munich. ¿Qué
fue más importante? A punto estuve
de perder mi fe en Ballyrush y Gortin,
pero al fin el espíritu de Homero
me vino a confesar entre susurros:
“De disputas de aldea hice la Ilíada.”
Los dioses crean su propia importancia.


Así en la tierra como en el cielo, lo bajo como lo alto. La clave está en el penúltimo verso: de un enfrentamiento remoto en el espacio y el tiempo brota una de las principales obras de la literatura. Lo particular puede ser elevado a universal, y una pelea entre vecinos que se disputan un campo puede ser de más importancia que el putsch con el que Hitler comienza su ascensión al poder, y las aldeas de Ballyrush y Gortin significar más que la populosa ciudad de Munich, donde tuvo lugar el hecho histórico. Cómo no recordar aquí otro poema, esta vez de Yeats, en el que lo internacional no es que quede eclipsado por lo local, sino, con otra vuelta de tuerca, por lo personal, por esa realidad más cercana por íntima que es el deseo, esa última patria que es un cuerpo hermoso:


POLÍTICA

Cómo puedo, estando ahí esa muchacha,
fijar mi atención
en la política de Roma,
España o Rusia;
y aun así, aquí hay un hombre que ha viajado
y sabe de qué habla,
y allí un político
que ha leído y meditado,
y tal vez sea cierto lo que dicen
sobre la guerra y las amenazas de guerra,
pero, ay, ¡si fuera joven de nuevo
y la tuviera en mis brazos!


El Yeats que compone este poema ya no está desde luego en sus años mozos, pero cuando era un muchacho, en una temporada en la que, como Ó Conaire, vivió en el exilio londinense, escribió un poema que ha quedado como uno de los más célebres suyos. “La isla en el lago de Innisfree” está transido de nostalgia, o como diría un asturiano, de señaldá, y la imagen que traslada es la de una Arcadia perdida a la que el poeta anhela volver para sembrar allí, como unos guisantes o habas, su felicidad, esa planta que medra peor que cualquier otra y que está más indefensa ante las heladas y toda suerte de granizos. Innisfree es, también como Paniceiros, un territorio mítico a la par que real, y está fundado sobre la tierra de los sueños. La aldea asturiana no ha tenido todavía un John Ford que recree en celuloide su magia, ni un José Luis Guerín que venga a recrear de nuevo lo que ya era recreación libérrima en Ford, pero Bello le ha dedicado una y otra vez versos y estampas literarias que en su Historia universal componen un fresco pintado con una paleta de muchos matices.
Quienes hemos frecuentado las letras asturianas durante los últimos años sabemos que Paniceiros ha sido hasta su publicación, y aún después de ella o simultáneamente con los Treinta y tres cabos sueltos para entender Paniceiros, una work in progress que se ha ido acrecentando poco a poco. Pero a diferencia de la de Joyce, esta es una obra que no obedece a un esquema preconcebido o sistemático. Si Ulises (¡de nuevo Homero trasladado a lo local!) es también de alguna manera la exposición de un microcosmos, en el que un día en la vida de Dublín es todos los días en cualquier parte del globo; y Finnegans Wake, la expresión en deliberado y laborioso galimatías de todas las noches del mundo, con sus asociaciones oníricas, Historia universal de Paniceiros, más indolente, como corresponde a cierto rasgo del espíritu asturiano según Bello, ha ido creándose por acumulación, por el placer de contar y seguir la errancia de las cosas naturales, más que por el afán de construir una narración ortodoxa.
En ello recuerda a Laurence Sterne, nacido en Clonmel, una aldea de Tipperary, cuya Vida y opiniones de Tristram Shandy discurre por las más variadas digresiones y rodeos, o cuyo Viaje sentimental por Francia e Italia es a la literatura de viajes lo que Historia universal de Paniceiros, publicada en una colección de narrativa, a la novela: algo muy tangencial, con sólo algunas lejanas y tenues coincidencias. Es característica de la literatura irlandesa la mayor predisposición a lo breve, tanto que incluso en el largo aliento el texto extenso puede ser considerado la suma de otros textos más breves, como sucede con Ulises o la epopeya nacional Táin Bó Cúailnge (esta vez la disputa es por la primacía de unos toros sobre otros, y no por unos palmos de tierra como en el poema de Kavanagh), en la que aparte de encontrar ya en su mismo título un topónimo hallamos una historia nuclear a la que se han ido añadiendo sucesos previos y posteriores a lo largo de los siglos hasta llegar a su versión canónica en la refundición de Lady Gregory, quien vino a bautizar por su cuenta el ciclo como Cuchulain de Muirthemne, curioso título en el que introduce un topónimo innecesario, porque ha habido algunos personajes que se llamaran Cú en la literatura irlandesa (Cú Roí, Cú Brettan mac Congusso, Cú Chonget mac Coirpri, Cú Chaille mac Dublaide...), pero sólo uno que sea Cú Chulainn. De nuevo la pasión por el detalle, el gentilicio, la topografía hibérnica (así, Topografía Hibernica se titula un tratado de Giraldus Cambrensis, escrito allá por el siglo XII).
Como Bello, los escritores gaélicos irlandeses siempre han estado especialmente dotados para el relato corto (resultado de la importancia de la tradición oral) y el sketch. No recuerdo ahora una sola novela escrita en irlandés que sea equivalente a las de otras literaturas; su calidad suele ser inferior salvo en el caso de Flann O’Brien y La boca pobre, que es parodia de otros libros de narraciones autobiográficas procedentes de los distritos más atrasados del oeste, como las Islas Blasket. ¿En qué se diferencia la Historia universal de Paniceiros de El isleño de Tomás Ó Criomthain, Veinte años creciendo de Muiris Ó Suilleabháin, o Peig de Peig Sayers? Básicamente, y de ello saca provecho el lector, en que el autor de la primera es un autor culto que lo mismo habla de una vaca que de la poesía de Li Po o la pintura de Poussin, y rehuye las notas quejumbrosas que satirizó O’Brien, los estereotipos de la vida dura en comunidades remotas que, si bien son documentos antropológicos de primer orden, pueden pecar de simples, buena materia prima para la literatura pero aún no literatura en el sentido en que la entendemos.
Historia universal de Paniceiros sí tiene más de un punto en común con los relatos cortos de Liam O’Flaherty o de Máirtín Ó Cadhain. El capítulo vigésimo quinto de Paniceiros, un cuento para el que Bello se inspira en Irlanda, tiene la crudeza de “La muerte de la vaca”, de O’Flaherty, y otras páginas suyas recuerdan a “La marchitez de la rama” de Ó Cadhain, con la ya citada señaldá que mana siempre de la fuente de lo irrecuperable. Y no menos comparte con la poesía de otro Máirtín, Ó Direáin, en quien conviven las recuperaciones de la tierra nativa con las impresiones de desarraigo en la ciudad: un islote de las Aran puede ser Paniceiros como Oviedo puede ser Dublín en el poema “Arrancados”.
Se habla mucho estos días de globalización, de peces grandes y chicos. En un mundo como el actual, la preservación de las culturas locales es esencial para mantener un mínimo de equilibrio y sentido común. Se puede mirar con nostalgia una aldea perdida, sin aldeanismos ni aislamiento, y con admiración y respeto un museo de Nueva York, sin deslumbrarse ante él como el cateto que nunca ha salido de su pueblo. Por ello, porque mira hacia adentro y hacia afuera, y ambas cosas las hace con respeto, atenta mirada literaria y con el buen hacer de un escritor de raza, bienvenida sea la un tanto deslavazada, dispersa e inclasificable, pero muy gozable, maravillosa y necesaria Historia universal de Paniceiros, aquí presentada de forma parcial y desde una óptica que nace de las afinidades electivas. Patrick Kavanagh no podía imaginar que el camino que va de Ballyrush a Gortin tiene un atajo que lleva a Paniceiros.



Publicado en Clarín, 39 (2002)

1 comentario:

Ún dijo...

Estós va gustate esto:

http://poesiaasturiana.wordpress.com

Un saludu.