martes, 8 de julio de 2008

Una reseña para los estudios de métrica


Esta reseña de Verano Inglés (1999) de Guillermo Carnero se publicó en la revista Clarín. Y al autor del poemario no le debió de gustar nada, porque poco después publicaba un artículo atacando los juicios del reseñista y a éste mismo, es decir a mí (sin nombrarme salvo en juego de palabras con mi segundo apellido, cosa que ya se sabe que es un ardid bien feo). Carnero es un excelente poeta y no deseo polemizar con él. Catedrático de Literatura Española, es seguro que tiene más sólidos conocimientos que uno sobre muchas materias. Y sin embargo, su airada respuesta plantea interesantes cuestiones sobre métrica y versificación. Aquí mi texto. En los próximos días, un respetuoso análisis de los argumentos de Carnero, recientemente reeditados en el libro Poéticas y entrevistas (1970-2007), publicado por el Centro Cultural de la Generación del 27.


MIENTRAS VA HACIENDO FRÍO

Thomas Moore, un fino poeta del romanticismo irlandés (pobre tautología esta, pues ¿qué es Irlanda sino romanticismo?), dejó escrita en el molde de la balada una de las más tristes composiciones que se pueden escuchar en lengua de hombres: “The Last Rose of Summer”. Es éste un poema de esplendor pasado y pétalos que el viento, cada vez más gélido, esparce. Con un lenguaje bien distinto y con otra sensibilidad menos resabiada que la que Carnero exhibe, alguna línea suya podría comparecer en ese poema de Verano inglés en que se citan canciones que son correlato de la experiencia del poeta o su máscara: un hombre de cincuenta y un años que vive la que tal vez sea su última relación amorosa.
Se puede ver una sugerente polisemia en el título, Verano inglés: la biografía íntima de una temporada en Inglaterra, por razón de amor toda ella convertida en verano hasta la comparecencia de los días grises y cortos, ya sin la lumbre de la carne amada; pero también, pienso, la representación de una estación que es falsa y simulacro, pues un verano inglés, y más para un español del Levante como lo es Carnero, es algo que queda muy cerca del otoño (fresco y lluvia están siempre presentes, y a los intervalos soleados se les llama spells, palabra que también designa a los hechizos, lo que resalta su rareza). En este último sentido, el verano inglés podría aludir a la estación de plenitud y madurez del protagonista poemático, que vive una relación a ratos borrascosa, a punto ya de entrar en sus días otoñales.
El libro comienza con unos poemas que no están lejos del Carnero de siempre, barroco y culturalista hasta el exceso. Sin embargo, conforme se avanza por las páginas y la historia de amor que los versos presentan, la poesía se va haciendo más confesional y temblorosa de emoción, porque, sea lo que fuere lo que le haya sucedido en ese año de su vida (abril de 1997-abril de 1998) al hombre que firma Verano inglés, al sujeto de los poemas lo golpea la decadencia de una relación que, según vamos leyendo, está abocada (otra tautología: ¿y cuál no lo está?) a un fin doloroso más pronto que tarde.
Esta última entrega de Carnero discurre de forma continuada a través de sus veintiséis poemas, sin cesuras entre ellos, sin apartados, como la vida, en la que todo es transición y raramente hay compartimentos estancos; sin embargo, como se apuntaba arriba, ya en el último tramo del libro las sombras personales iluminan con la belleza de la poesía las líneas; así en el desolador “Villancico en Gaunt Street”, en cuya penúltima estrofa leemos las palabras terribles: “Voy a un lugar que no te gustaría; / tengo un papel muy corto en el último acto. / El argumento es simple y sin sorpresa, / mientras va haciendo frío y se apagan las luces. / Más tarde cada cual se sumerge en su noche. / Tú vas hacia la luz; debo decirte adiós / y perderte de vista en el aire encendido.” Siguen líneas que bien podría haber escrito Juan Luis Panero hasta casi su último verso: “En el extremo oscuro de la barra / un hombre gordo apura su bebida, / manchas de grasa y barro en el viejo uniforme / y una venda en la frente con un punto de sangre. / Al fondo de su vaso lloran dos ojos tristes, / perdidos para siempre tras el cristal del tiempo. / Piensa que fueron suyos y murmura: / Guillaume, qu’es-tu devenu!.
Sin poder negar su procedencia, su impronta novísima, el autor no duda en dejar aquí y allá citas que van de Elton John y Wordsworth a Villamediana y Garcilaso. Además de los guiños explícitos, aún es posible ver otros. El lector amigo de los ecos y las coincidencias puede, por ejemplo, tomar las dos últimas estrofas del poema “Mujer escrita” y compararlas con dos composiciones de Yeats, de las que son la perfecta síntesis (me refiero a “El amante ruega a su amiga por los viejos amigos” y a “Cuando seas vieja”, de El viento entre los juncos y La rosa, respectivamente).
Salvo un fallido poema de humor/amor en pareados, forma que en la tradición inglesa tiene unas cualidades de las que carece en español, los poemas del libro discurren por la acostumbrada senda de la silva, los endecasílabos y los alejandrinos, en elegante verso blanco, a veces demasiado puntilloso y artificial, como cuando se emplea la diéresis para ganar sílabas. Por eso son más incomprensibles descuidos como los versos “piérdela, duda, persíguela jugando” (p. 15) o “que llaman felicidad los diccionarios” (p. 69), que van sobrados de una sílaba frente a sus vecinos y le ponen la zancadilla al ritmo. También duerme Homero, y esas deficiencias, y cierto barroquismo de época (la de los 70), son pequeñas faltas en el conjunto de este hermoso libro de hojas otoñales.

2 comentarios:

Francisco Javier Illán Vivas dijo...

Hola.

El próximo número de Ágora, papeles de arte gramático, incluye un especial dedicado a Guillermo Carnero y su generación.

Incluye un artículo del catedrático Díaz de Revenga y una entrevista a cargo de Fulgencio Martínez.

Saludos.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchísimas gracias, Francisco Javier. Estaré pendiente de Ágora, cuya página ya he visitado y a la que pondré enlace. Esto me recuerda que tengo pendiente de publicar una glosa a mi reseña y a la respuesta de Carnero. Me pongo a ello. Un cordial saludo.