lunes, 20 de octubre de 2008

En el jardín de Borges





En casa de mis padres siempre se almorzó muy tarde. Por eso, cuando aquel mediodía de 1986 el telediario de la primera cadena dio la noticia de que había muerto Borges aún tuve tiempo de seguir hipnotizado el reportaje sobre su fallecimiento y volver en trance, blanco como un endecasílabo que tradujera la pérdida, a mi habitación y mi escritorio, donde compuse un soneto a su memoria con escritura casi automática. Aún después tuve tiempo de regresar a la contigua pieza —quería decir habitación— y, cumplido ya el otro deber —el de verdad imperioso— de la poesía, poner la mesa con mis hermanos para el común almuerzo. Yo apenas comí.
Como un paseante de “El jardín de los senderos que se bifurcan”, mi relación con Borges es la de sucesivos encuentros intermitentes, que quiero creer que aún no han finalizado. En la biblioteca de mi padre había un volumen de cuentos al que tardé en prestarle atención y que sólo leí después de que en el manual de literatura española de COU hallara, puro deslumbramiento, su poema “Las cosas”, con su enumeración caótica y su dístico estremecedor. Una frase de “Deutsches Requiem”, incluido en aquel libro primero, me martillea desde entonces la cabeza, y en los momentos de desesperación es ya casi una divisa: “Que haya un cielo, aunque mi lugar sea el infierno”. Siempre desde aquel instante me ha acompañado el poeta, el narrador, el ensayista; sobre todo el primero. El tercero me servirá para argumentar, con la ayuda del autor de Salomé, lo que sigue.
En los años 80 se publicó una colección que con el título Biblioteca personal reunía una selección de obras prologadas por Borges. En uno de esos tomos, el de ensayos y artículos de Oscar Wilde, éste decía: “Hasta en la vida corriente no deja de tener atractivo el egoísmo. Cuando unas personas nos hablan de otras, resultan molestas por lo general; pero cuando hablan de ellas mismas, son casi siempre interesantes; y si se pudiera, cuando nos aburren, cerrarlas como se cierra un libro, serían absolutamente perfectas”. En este año que se celebra el centenario de Borges, en el que su obra será encomiada y diseccionada desde todos los puntos de vista, yo he preferido, para no aburrirme a mí ni a los siete lectores que tengo, traer a Borges al terreno de la autobiografía, esa única materia sobre la que tengo, aún, alguna certeza.
Quisiera creer que, de poseer alguna, una de las mayores afinidades que con él tengo es la de nuestro gusto, suyo y mío, por lenguas y literaturas de la Alta Edad Media. No hago sino seguir al Wilde de la anterior cita: en 1986 conocí a quien hoy es mi mujer, y recuerdo cómo en la fase del cortejo y las aproximaciones dedicamos algunos ratos inolvidables a un texto que el argentino cita en las páginas 41 y 42 de Literaturas germánicas medievales: el Bestiario o Physiologus anglosajón. Los dos estudiábamos Filología Inglesa, pero lo que en ella era aplicación y provecho en mí era desidia y un fantaseo rayano en la locura que me hizo abrazar la idea de que podía llegar a ser, ya que no lo era de lo que debía, un estudioso de las literaturas célticas. Cuando hubo de presentar a su profesor de Inglés Antiguo la traducción y comentario del poema “La pantera”, escrito en ese venerable antecesor de la lingua franca de hoy, ella me consultó qué metro castellano era el más apropiado para verter el original, con sus versos de cuatro acentos divididos en dos hemistiquios. Y cuando se puso a hacerlo en magníficos y sonoros alejandrinos, apenas me fue posible corregir, para mi vano lucimiento, más que dos o tres líneas aisladas. Esto fue un año antes de que el plan de estudios me obligara a conocer el anglosajón, pero ya entonces, junto a mis libros de gaélico y galés fueron hallando sitio los de la lengua de Beowulf, que la devoción de Borges tanto fatigó. Poco tiempo después, yo ya había publicado una traducción de “El navegante”, un artículo sobre esa elegía épica y moral que es “La batalla de Maldon” (cuyo aliento di en mezclar con el de las coplas manriqueñas), y presentado a un simposio una ponencia sobre “La versión aliterada de poemas anglosajones al español”. Aquella chica luego me regaló un ejemplar de la Edda Mayor, y después otro de la Edda Menor: en el primero, un monumento al paganismo, pude hallar la clave de “Gudrúnarkvida”, un poema que Luis Alberto de Cuenca publicó meses después en su libro El otro sueño; en el segundo, una nueva versión de La alucinación de Gylfi, ya puesta antes en español por Jorge Luis Borges, con diferencias que alejaban a Luis Lerate, el traductor, de Pierre Menard en su reescritura de Borges, alias Snorri Sturluson. Lo sé, lector: todo un laberíntico galimatías, como la intrincada lacería espiral de las ornamentaciones vikingas.
No es que haya leído varias veces Literaturas germánicas medievales; es que ésta es una obra que he estudiado y anotado y sobre la que he vuelto una y otra vez cuando me he ocupado aquí y allá de especímenes de esas prístinas literaturas, cuyo interés en mí, sin haber nacido de Borges, siempre lo ha tenido por compañero, maestro, precursor, en mis incursiones por los llamados “siglos oscuros” desde entonces, y siempre ha sido parte de mi impedimenta su libro (que me gusta recordar que fue escrito en colaboración con María Esther Vázquez, como “La pantera” fue traducido por Teresa Merino y revisado por mí mismo, o como los libros de Nora y Munro Chadwick, celtista una y anglosajonista otro, están redactados al alimón).
Muchas veces pienso que La narración de Arthur Gordon Pym es el principal escollo que se interpone entre dos escritores que admiro: Edgar Allan Poe y Jorge Luis Borges. Por lo demás, sus obras guardan notables paralelismos en el cultivo del relato corto y del ensayo rico en paradojas, con el soslayo de la novela. Además, ambos han dejado una notabilísima obra poética que a veces, ante el lector y la crítica, ha quedado sepultada bajo la formidable estatura de su producción en prosa. Eso me los hace más cercanos y admirables, y en el mundo platónico de los cuentos y poemas perfectos coinciden las ideas, hechas palabras, de su imaginación refundadora: ya no es posible decir cuervo o tigre sin evocarlos. Pero el azar o el destino, que es venero que riega el sentido último de ambas obras, quisieron que Borges viviera más y fuera dejando una obra en verso que superó a ese puñado de irrefutables obras maestras que son “Alone”, “The Bells” o “Annabel Lee”.
Es lógico que, sin vista, Borges concibiera las tiradas endecasilábicas, memorizables, que son sus mejores poemas, y que sus sonetos tengan una rotundidad perdurable en una forma estrófica que apenas había tenido cultivo en nuestra lengua. Para ello, siempre admirador de las letras inglesas, escogió el modelo del conocido como soneto isabelino, con sus tres cuartetos de rima independiente y el dístico final. Así son los sonetos de Shakespeare, que a lo largo de los años yo —me inmiscuyo aquí para seguir a Wilde— he ido traduciendo sin prisa y para mi propio goce, y de la frecuentación de uno y otro modelos —Shakespeare, Borges— han surgido algunos sonetos propios con esa estructura.
Tres días llevaba saliendo con la chica a la que, sin necesitarlo ella, había ayudado a versificar la traducción de un poema alegórico altomedieval, y sin embargo el soneto que aquella tarde de junio alguien o algo me dictó era por amor, sí, pero a un anciano que había muerto en Ginebra; un soneto isabelino que se publicó en la revista Signos y que ahora copio aquí:




EN LA MUERTE DE BORGES

Ya no escriben sus dedos, mas su boca
entona un canto antiguo: es un escalda.
Su sombra está dormida ante la falda
de una alta cordillera a la que invoca.
De pronto un tigre emerge de ese Ganges
que Heráclito dijera de su frente.
La fiera va y devora a la luciente
bermeja media luna en los alfanjes.
Una historia de las mil noches y una,
una milonga hendida de cuchillos,
el yelmo de un sajón y los colmillos
de lobos en Islandia. Es una runa,
misterio inquebrantable. Es una fuerte
espada que se adentra por la muerte.


Estas páginas de homenaje podrían haber acabado con la palabra “muerte” y el punto final que la sigue, lo que las haría girar sobre sí mismas retomando el comienzo como un texto circular, algo que tal vez sería del gusto de Borges. Pero es curioso comprobar cómo su muerte me inspiró en poco tiempo, además de este soneto del que hablaba al principio, un poema que recoge otra tradición muy querida de él: la de las famosas kenningar, esas abracadabrantes metáforas que son la vitamina y el brío de la poesía islandesa. El poema forma parte de una colección que titulé “Ellas” y en la que tenían asiento, desde Olga Rudge a Lou-Andreas Salomé, las amadas de grandes poetas. Cada kenning empleado en la composición está tomado de los ejemplos citados por Borges y, como es el caso de los acertijos anglosajones —aquellos riddles que entretenían los ratos de ocio de las frías noches del siglo IX—, su elucidación puede deparar más de un entretenimiento al lector (la solución, cómo no, mañana, ayer y siempre en algunas páginas de Literaturas germánicas medievales). Los poemas conocidos como “The Husband’s Message” y “The Wife’s Lament” están recogidos en uno de los más importantes códices de la Inglaterra altomedieval y, como en las otras elegías anglosajonas, en ellos el anónimo poeta adopta una persona a la que presta su voz, adelantándose diez siglos a esa impostura cuya patente en la poesía moderna parece haber registrado Robert Browning:



MARÍA KODAMA

(Borges)


“El mensaje del esposo”





Bien está “El lamento de la esposa”
en el Exeter Book,
pero tú, dura bellota del pensamiento,
luce tus riscos de las palabras.
Sonríe, sonríe dulcemente.

Ahora que no está mi asiento del halcón
en tu país de los anillos de oro,
ahora que ya soy trigo de los lobos
y estoy en el mar de los animales,
María, hermana de la luna,
brilla y no viertas lágrimas.

Balder es quien cuenta, y ni siquiera
él merece tu llanto.
No, manzana del pecho,
guarda tus lágrimas.



Publicado en La mirada (El Correo de Andalucía, 10/2/99)









8 comentarios:

Betty B. dijo...

Vaya artículo. Buenísimo y punto. Sobraría comentario si no fuese porque me quedaría con las ganas de decir que a mí me obligaron a leerlo (mala manera de empezar) pero a pesar de eso y mi poco criterio, lo que puedo decir de Borges lo vi en seguida. Es otra cosa. Fantástico o realista, medieval o cercano, prosa o verso: me impresiona su lucidez.
También fueron unas líneas del Deutsches réquiem las que me atraparon, aunque a ésas les siguieron tantas que su muerte fue sobre todo la pérdida irremediable de un patrimonio posible y futuro que ya no veríamos.
“No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir, a la suma de las experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito”.
“Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor”, como en tus poemas.

Jesús Beades dijo...

Justo en el centenario conocí la poesía (en verso) de Borges. Yendo a escuchar a los poetas a la Diputación, como a Eloy Sánchez Rosillo, a quien conocimos entonces Pablo Moreno y yo. Recuerdo nítidamente la voz roqueña de Juan Luis Panero contando cómo le pidió a Borges que le recitara el soneto titulado "Alusión a la muerte del Coronel Franciso Borges", y cómo éste le contestó: "Cómo no, Panero". Y entonces, Borges –en el recuerdo de Panero–, y Panero –en el mío– lo recitaban.

sergio astorga dijo...

No será medieval ni renaciente,
si un rústico saludo que se bifurca
entre el Borges que conoces y el otro Borges que me mira, como con fuego, como con nieve.
Gusto de tus recuerdos de palabras.
Saludos.
Sergio Astorga

marisa dijo...

Mi encuentro con Borges llegó en la facultad. En uno de tantos intercambios literarios al margen de lo académico, que se realizaban esperando, quizás, lo que vendría luego, de la mano de un libro compartido, de una lectura a dos.
Empecé con el Borges narrador (o alquimista, o filósofo) del Aleph. Leer a borges es siempre un placer literario que deja en los labios sabores diferentes pero que nunca te deja vacío. Tu soberbio artículo nos ha hecho recordar cómo lo conocimos, cómo llegamos a él y todo lo que su lectura nos evoca todavía. Todos somos un poco discípulos de Borges, en estos tiempos tan faltos de maestros.
Un abrazo

José María JURADO dijo...

Me sumo al homenaje con una pesadilal (magnífico artículo)

"(En el decurso de los años hay una pesadilla que se repite: Borges y yo nos cruzamos infinitamente en una calle de Sevilla, él lleva aún sus lentes de miope ultraísta y esconde un himno al mar en un vehemente cartapacio. Lo saludo y finge no verme. Acaso lo acucia la urgencia de la imprenta, acaso lo fatiga el perseverante barroquismo de la ciudad. La escena, con cambios apenas notables, regresa como la rueda de los astros o la unánime noche. En alguna ocasión se dilucida así: Borges, que aún no sabe que será Homero, intuye con horror a uno de sus profusos emuladores y rechaza, ruborizado, esta torpe imitación futura.) "

Mery dijo...

Tu artículo es un compendio de varias trayectorias que se podrían tomar una a una en un diálogo infinito.
Por no hacer mi comentario extenso, decirte que la poesía de Borges suele quedar olvidada, en un segundo o tercer plano, como si sus inigualables relatos lo imposibilitaran para la sensibilidad y profundidad de cada verso. Su extensa cultura y conocimiento de Lenguas hace que sus poemas tengan una calidad, para mí, altísima.
Basta una simple ojeada para percibirlo, y una atención mas profunda para admirarlo irremediablemente.

Un abrazo

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Me alegra que compartamos la admiración por Borges. Aplicándole a él a lo que él mismo recordaba que se decía de cómo cantaba Gardel, "cada día escribe mejor".

The Fisher King dijo...

Magnífica entrada sobre el azar y el amor humano, amor que supera épocas y estilos, fisiólogos y ristras de kenningar como perlas, amor por la lectura. El texto es un homenaje perfecto de referencias y poemas engarzados. Mi enhorabuena por tus palabras, Antonio :)