
(Unas viejas páginas de mi libro Las ciudades del hombre (Llibros del Pexe, 1999). En esta aparición van dedicadas a la poeta Olga Bernad, que conoce bien la ciudad.)
El avión de la British Caledonian se acerca al aeropuerto como el ave que merodea a su presa en busca de la mejor coyuntura, para clavar su hambre en la cerviz. Pero es Edimburgo quien al aterrizar se hunde como un aguijón de hermosura en la conciencia de quien venía en el pasaje del gran pájaro. El agua del Atlántico Norte y de la ría del Forth, durante la evolución del aeroplano, van adueñándose y apartándose, sucesivamente, de las ventanillas de un cristal que impide la comunión absoluta que el viajero desea con esta tierra que ya casi toca.
Hay en inglés dos palabras para los vuelos nacionales -domestic flights les llaman- que bien describen por lo de doméstico este aeropuerto, una gran sala de estar a cuya puerta, como del domicilio de uno, lleva el autobús al corazón de la ciudad. Y uno se siente en casa cuando se apea junto a la estación de Waverley, de scottianos ecos, en este tajo formidable que parte la ciudad, como a una fruta en sazón, para los ojos ávidos.
El farallón del castillo reina -no preside: engendrado, no creado- sobre las calles y plazas, escoltado a mediana distancia por la colina de Calton, con sus monumentos grecorromanos del XVIII, y el áspero cerro conocido como el Asiento de Arturo, el rey de la Tabla Redonda que dice la leyenda se batió no lejos de esta villa. Por la aorta de Princes Street circula la sangre de la ciudad nueva hasta la ciudad vieja, y en dirección opuesta retorna la sabia vida de Edimburgo. Incluso la llamada New Town tiene ya la solera de sus doscientos años. Aquí el granito escocés, que alcanza su paroxismo en Aberdeen, levanta casas armoniosas en armónicas calles. De otras similares, de la inglesa Bath, escribe Andrés Trapiello -al que ya hay que citar como a Baroja o a Pla-: “Cuando el clasicismo son grandes palacios o edificios públicos, suele resultar inhabitable. Cuando vemos en una ventana neoclásica, como aquí, un gato de opulentas curvas y a su dueña, una de esas viejas transparentes e inofensivas como el té, no podemos pensar en otra cosa que en la vida.”
Edimburgo es una ciudad más culta que celta, más clásica que medieval y más neoclásica que barroca. Pero es sobre todo, y en cada una de estas facetas, una ciudad romántica siempre. ¿Quién que es no toma partido por la infortunada María Estuardo o ese mito perdurable del caudillo alzado y vencido, el Bonnie Prince Charlie de las baladas? Esas baladas que a un hombretón de cien kilos lo pueden llevar hasta las lágrimas cuando entre los camaradas suyos una noche canturrea en el musical dialecto "It was a’ for our rightfu’ King" en versos que confiesan la derrota: “Now a’ is done that men can do, / And a’ is done in vain”.
Edimburgo, Dùn Eideann, “El fortín de Edwin” (un rey de Northumbria amigo de Borges) es capital literaria de Escocia, madre del Dr. Johnson y David Hume, y también de Burns, Stevenson y Walter Scott, esas lomas amenas de las letras inglesas, si no cumbres, a las que ya casi nadie sube a aspirar su aire y su ventura. Un primo céltico suyo, nuestro Álvaro Cunqueiro, ha dedicado páginas emocionadas a alguno de ellos. “Que agora non se lea a Sir Walter Scott, a min entristéceme un pouco.” Pero todavía hay otros escritores aún menos leídos y de talla pareja: clandestinamente junto aquí las letras del nombre de Hugh MacDiarmid, el coloso desconocido de la poesía escocesa de nuestro siglo, nacionalista y bolchevique y autor de este verso descorazonador: “Nunca se permite la autenticidad”. Dejemos que Edimburgo sea ella misma y no la alabemos demasiado: como un lugar predilecto y difícilmente secreto que no quisiéramos ver que se divulga.
Comentarios
Un abrazo
Me ha sorprendido que la comparases con Bath a través de las palabras de Andrés Trapiello. Allí pase uno de los veranos más maravillosos de mi vida, en el lejano 1991. Y también que nombrases a Burns. Es una experiencia que tengo en mi corazón, ese 25 de cada enero, cuando se conmemora su muerte comiendo haggis con neets y tatties, leyendo poemas y bebiendo más whisky del recomendable. Si vuelvo a estar allí un 25 de enero, mi poema elegido será tuyo para que estés allí. Igual hasta te traduzco sobre la marcha…:-)
De momento me voy a agenciar el libro, que me has dejado impresionada.
Mil gracias, Antonio, por dedicarme esta entrada y por llamarme poeta. Todo este rollo para disimular mi emoción, ya lo sabes:-)
En cualquier caso, por si alguien no conoce esta posibilidad.
Hice un tour literario por Edinburgo hace unos años. Era a través de los pubs y te contaban 2 actores -uno en plan escritor metódico y ordenado y el otro bohemio y canalla, geniales ambos- la historia de la ciudad con 3 escritores: Burns, Stevenson y Sir Walter Scott.
Fue divertidísimo porque no bebí en los 7 pubs que recorríamos. Si no, hubiera acabado por los suelos. Estos escoceses son peculiares.
Saludos
Ya te dije una vez que lo tuve en mis manos al poco de salir a la luz, ahora va a hacer diez años. Más tarde me obsequiaste con un ejemplar que leí con gran melancolía.
Todo esto no deja de ser increible.
Respecto a mi libro, la Casa del Libro de Gran Vía lo tuvo, y aparece en la página de internet. Yo creo que si pasas por allí y lo encargas te lo pueden pedir. En Antonio Machado del Círculo de Bellas Artes supongo que también te podrían hacer el encargo. Gracias por tu interés.
Por cierto, qué bien queda Olga en el marco de esta “idea” (aunque queda bien en todas).
Gracias desde la caverna y un saludo.
Gracias.
Un abrazo neoclásico.
Sergio Astorga
"La fabrica de avispas", de Ian Banks me pareció muy bueno. Otro escocés.
Es como si en esas latitudes, Escocia e Irlanda, tuvieran una natural tendencia a verse siempre dentro de una buena historia, lo mismo como se está dentro de una sala cálida y acogedora, hablando del paraíso o del infierno.
Aunque hoy día todo haya cambiado, en esa forma de contar historias les quedó la marca de la actitud antigua, de los tiempos en que en esas salas cálidas se reunían a contar historias brillantes o terribles.
Un saludo from the Meadows in Edinburhg.
Un saludo