martes, 28 de abril de 2009

Este poema tiene horas


Aún no tiene título, pero recoge una experiencia de esta mañana:

Nací en este hospital.

En éste no: en aquél.

La fachada es lo único que queda;

detrás, vigas de hierro, y un cielo abierto

que sin más transición habita sus paredes.

 

Un grupo de albañiles recupera

este viejo hospital para otros usos.

Manos encallecidas, recios músculos,

contrastan con mi piel y la dureza

distinta y clandestina

que en este instante ocupa mi garganta.

 

Apuntalada imagen

no de los ladrillos: de mis años.

Por esa ventana que da al cielo,

aunque fuera, estoy dentro, y regreso

a una sala muy blanca, ya borrada

de todo menos de mi imaginación.

 

Un pájaro que sale trae al pico

una rama amarilla.

 

No tiene nido.

                            Como yo.

4 comentarios:

Sergio dijo...

Gracias por la primicia. Ya en el segundo verso, tan sencillo y tan profundo, metes al lector en ese mundo de sutil melancolía; y cuando digo sutil, digo desgarrada, desgarrada y sostenida por la tensión entre imaginación y realidad. Me ha encantado.

Olga B. dijo...

Yo me quedo con la dureza, distinta y clandestina, que en este instante ocupa tu garganta.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Fue un momento en verdad epifánico, de difícil traslación al poema. Gracias por el comentario, Sergio

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Tuve que apartar la mirada de los albañiles, Olga, para que no me vieran cierta humedad en los ojos... No podía no escribir este poema, ante el edificio vaciado.