jueves, 17 de febrero de 2011

La traducción de poesía (I)



Me acaba de llegar el segundo número de la revista Cuadernos andaluces de traducción literaria, que incluye un artículo mío sobre el tema que adelanto en el epígrafe. Lo daré aquí en tres entregas.

LA TRADUCCIÓN DE POESÍA


I


Se distinguen ya atisbos de primavera en Buenos Aires. Al regreso de unas Tierra del Fuego y Patagonia bajo temperaturas bajísimas del agosto austral, los veintitrés grados de la capital federal de la Argentina invitan al paseo despreocupado de sus avenidas, incluso de calles de localidades aledañas, como Beccar, en el partido de San Isidro. Es mañana de domingo y visito allí la hermosa villa que fuera casa y cuartel general literario de Victoria Ocampo.


En el jardín de Villa Ocampo

Fue la propietaria cuyo apellido da nombre a la quinta una destacada animadora y mecenas cultural y, no llamada ella misma por la senda de la creación, traductora de, entre otros, Camus, Graham Greene o Lawrence de Arabia al español (¡e incluso de poemas de Jorge Luis Borges al francés!). También fundó y dirigió hasta su muerte la importantísima revista Sur, cuyo número doble 338-339, de 1976, fue un monográfico dedicado a “Los problemas de la traducción”. En ese número destaca precisamente una realizada por su hermana Silvina, esposa de Adolfo Bioy Casares, que tengo por ejemplo de traducción poética, aquello de lo que puedo aventurar ahora esta apresurada definición, no incompatible con otras: la presentación de un poema en la que no se olvida que éste es un artefacto verbal, por el que respira, tanto como el sentido, el ritmo. Se podrá prescindir de la rima, si la hay, pero no de la intención de musicalidad del original, porque en un poema el qué se dice es indisoluble de su cómo.

Aducir una muestra me dispensará de extenderme en teorizaciones. Vierte Silvina el célebre “To His Coy Mistress” de Andrew Marvell bajo el título “A la púdica amada” (un heptasílabo, lo que ya es buen presagio), y luego, trocando los tetrámetros yámbicos ingleses por endecasílabos nuestros (ocho sílabas agudas frente a once llanas), consigue compensar la propensión inglesa a las palabras monosilábicas sin tener que prescindir de nada del original:

Had we but World enough, and Time,

This coyness Lady were no crime.

We would sit down, and think which way

To walk and pass our long Loves Day.


Si universo y si tiempo nos sobrara,

no sería crimen tu pudor, señora.

Sentados, lentamente pensaríamos

cómo pasar nuestro amoroso día.


Hay que evitar que los árboles nos impidan ver el bosque, que el detalle nos impida saborear el conjunto. Bien es verdad que en el tercer verso inglés citado no hallamos el “lentamente” del español. Pero de alguna forma, éste prepara para el long del cuarto verso, que en nuestro idioma desaparece. Sólo la miopía podría hacernos protestar de esa anticipación.

Me alienta ver que ésta fue solución que también adopté yo mismo cuando al verter una selección de los poemas de In Memoriam A. H. H. de Sir Alfred Tennyson hice equivaler ambas medidas de versos ingleses y españoles. Porque a la postre, lo que hay que procurar es la construcción de un poema que suene como tal en la lengua de llegada, y en español no hay verso que lo consiga como el endecasílabo:


He is not here; but far away

The noise of life begins again,

And ghastly thro’ the drizzling rain

On the bald street breaks the blank day.


Él ya no está aquí, pero allá a lo lejos

el fragor de la vida recomienza,

y en la llovizna, pálido, despunta

en la calle desnuda el vago día.


Uno de los más arraigados errores es el de que la poesía es intraducible. Lo dijo Joachim du Bellay (“Os parecerá pasar de la ardiente montaña del Etna a la fría cumbre del Cáucaso”), y vinieron a repetirlo con otras palabras Paul Valéry o Robert Frost. Aunque este último, ya que hablamos de fuego y hielo, no me parece del todo intraducible en el espejo que labré hace años de su célebre poema “Fire and Ice”:


EL FUEGO Y EL HIELO

Dicen algunos que será por fuego,

y otros por hielo, como acabará el mundo.

Por lo que yo he probado del deseo

estoy con los que se inclinan por el fuego.

Mas si hubiera de perecer dos veces,

creo que conozco el odio lo bastante

como para saber que el hielo

también es bueno

y serviría con creces.


Tal vez cabría conceder que eso de la imposibilidad de traducción tiende a ser así sobre todo en la poesía lírica. Salvo que quien aborde la traducción sea un poeta. Otra cosa será discutir si, en este caso, el resultado es una mera traducción o un poema nuevo.

Son tantos los poetas que se han dedicado, con éxito, a esa tarea (taracea casi; labor de marquetería, artesanía puesta al servicio del arte) que sólo enunciar su interminable lista dispersaría la duda de si es posible la traducción de poesía. Aplicadamente, corrigiendo, puliendo, el poeta traductor hace algo no muy distinto a crear poesía propia. Y tacha, sustituye, busca alternativas como cuando se trata de un poema original. Lo dijo Borges en su ensayo “Las versiones homéricas”: “El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”. Y hablando del aedo de hace veintiocho siglos, recordemos lo que puede una buena traducción: John Keats, que no sabía griego, quedó deslumbrado por la versión que de aquél hizo George Chapman, de lo cual da fe en el soneto “Al asomarme por vez primera al Homero de Chapman”. Sin embargo, T. S. Eliot, poeta doblado de editor de Faber & Faber, que sabía tanto español como Keats griego, rechazó unos poemas de Luis Cernuda traducidos por Edward Wilson precisamente por su falta de brillo en inglés: “Ya he leído lo de Cernuda, y me ha dado la impresión de que es un poeta interesante. Es decir, puedo ver en las traducciones algo de lo que inspiró en usted el interés en el original. Pero no me parece que las traducciones en sí sean muy apasionantes. No tengo la menor duda de que se trata de buenas traducciones, pero el efecto que tienen en inglés es más bien pedestre, y me da la impresión de que es mucho lo que se ha perdido. Tal vez, un mayor número de poemas tuviera un efecto acumulativo que reconocería como más positivo.” Cuando algo después Wilson se lo contó a Cernuda, trató, “en vano, de explicarle que las objeciones de Eliot iban dirigidas contra mis versiones y no contra los originales españoles”. No es una de las menores ironías de la literatura que a Luis Cernuda lo acusara Juan Ramón Jiménez de ser un poeta que parece traducido del inglés.


5 comentarios:

Juan Manuel Macías dijo...

Es un artículo tremendamente interesante. Mil gracias por subirlo aquí y compartirlo.
Yo soy de los que creo que la poesía es intraducible, pero también pienso (esquizoide) que se debe traducir. Una contradicción más, entre tantas, con la que uno va aprendiendo a convivir sin perder el juicio.
Ya espero con ganas la siguiente entrega.
Abrazos.

Antonio Serrano Cueto dijo...

A partir de unas palabras del prólogo de Luis Zapata al "Arte poetica" de Horacio (Lisboa, 1592), Cervantes incluye en "El Quijote" (II 62) una reflexión sobre el arte de traducir en general, pero que se me antoja más acertado si se aplica a la poesía:

"Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se vean las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz."

(La benevolencia con respecto a las traducciones de las lenguas clásicas es, obviamente, exagerada).
Un abrazo, Antonio.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Me siento prestigiado de devolver esos abrazos a tamaños comentaristas, helenista uno y latinista el otro. Abrazos, pues, de este bárbaro, celtista por más señas.

Sara dijo...

En el poema de Frost prefiero tu traducción del final (And would suffice/Y serviría con creces) a ese "Y bastaría" al que han optado otros traductores... Interesantísimo todo el artículo, Antonio. Gracias por este regalazo.

samsa777 dijo...

Fantástico el artículo que nos has ido dando en estas entregas. Gracias por traerlo aquí.

Un abrazo.