viernes, 18 de febrero de 2011

La traducción de poesía (II)



II

Todo poeta ha de ser un inconformista. Y aunque sea para una coma (como la que es fama ocupó a Oscar Wilde todo un día) no abandona la reescritura. De alguna forma, si vuelve sobre sus propios poemas, ¿por qué no también enfrentarse con perseverancia a los de otros con los que halla una especial sintonía? Es la traducción de poesía un modo de apropiación. En mi caso, y lo he declarado alguna vez, la creación de poesía es una droga, pero cuando ésta no se halla a mi alcance la traducción es su metadona.

En ello no soy nada original. Para el poeta, traducir es, pues, una fuente de enriquecimiento, y así lo han visto muchos, desde Dante Gabriel Rossetti a Jorge Guillén, de Octavio Paz a Baudelaire o el recientemente fallecido poeta escocés Edwin Morgan (1920-2010), traductor de, entre muchos, García Lorca y Cernuda. En el ámbito británico hay brillantes antologías de este quehacer, como el The Oxford Bok of Verse in English Translation de Charles Tomlinson o el The Penguin Book of Modern Verse Translation, de George Steiner.


Dante Gabriel Rossetti

Pero estas páginas no van dirigidas a poetas, sino a traductores en ejercicio o a aquellos que tienen intención de hacerlo. La recomendación general para éstos es que, aunque sólo sea por la búsqueda de una digna remuneración de su trabajo, se dediquen a otra cosa, especialmente si no son lectores habituales de poesía en su propio idioma; de otro modo (y orillo aquí la razón crematística), por más exacta que sea su traslación en lo literal, en el sentido, brillarán por su ausencia las virtudes del poema, su efecto. Pero, sensu contrario, quien salga airoso de la prueba podrá llamarse a sí mismo poeta (aunque tal vez sólo sea predicable de una página), esa elusiva condición que todo que el que la haya alcanzado sabe que siempre está en peligro de perderse.

Con todo, el trabajo del ritmo, que siempre enfatizo, también tiene contraindicaciones. Un riesgo de la traducción de poesía es el de caer en el sonsonete, el de poner el piloto automático del ritmo y, tras muchas millas o versos, despertar legañoso en el aterrizaje. No se puede traducir siempre con los mismos metros, por más que seamos duchos en ellos. A veces es preferible verter algún poema en verso más desestructurado y libre si evitamos con ello la sensación de monotonía, la idea de que el poeta traducido no era más que poseedor de un solo registro, incapaz de emplear otros ritmos. Viene esto además a subrayar nuestra vieja idea de que la traducción de un poema ha de ser realizada teniendo en cuenta el conjunto más que los versos por separado. De igual modo, la traducción de un libro, y más aún la de la poesía toda de un poeta, ha de ser abordada con el criterio de que lo que importa es la visión total, por más que en las partes pueda tomarse el traductor alguna licencia. Así abordé la Poesía reunida de W. B. Yeats, en cuyos poemas narrativos (como ya hice con Sansón agonista de Milton o Hero y Leandro de Marlowe) no he tenido empacho en servirme de un número de versos superior al del original, lo que suele ser una pesadilla para el maquetador al enfrentar las páginas de la edición bilingüe y para mí mismo durante el proceso de corrección de pruebas.

Shakespeare le evita el engorro a aquél, pues en su obra lírica ese expediente de alargar la cantidad de versos es solución imposible, pero carga la responsabilidad en el traductor, que siente complejo de Procusto al acomodar tanta carga léxica en lecho tan parvo para una lengua de palabras generalmente polisilábicas: al rehacer en español su Poesía completa no había sino que respetar el marco de los sonetos y de las estrofas regulares de Venus y Adonis, La violación de Lucrecia o Lamento de una amante. A ellas me ceñí con los varios miles de endecasílabos resultantes. Endecasílabos blancos, pues no soy partidario en general de traducir con rima, salvo que ésta tenga en el original un papel especial, como sucede con el anterior ejemplo de Frost o con “El cuervo” de Edgar Allan Poe. Aquí, el ritmo machacón, la insistencia de las rimas internas piden a gritos, con la obstinación del dichoso Nevermore, la réplica en la lengua de llegada. Así hice:


Una noche me aburría y cansado discurría

sobre muchos y curiosos libros de la Antigüedad;

y mientras cabeceaba, escuché como una aldaba:

suavemente alguien llamaba a la puerta de mi hogar.

“Será una visita,” dije, “a la puerta de mi hogar.”

Esto sólo y nada más.


Luego he descubierto que Fernando Pessoa fue también de la misma idea:


Numa meia-noite agreste, quando eu lia, lento e triste,


Vagos curiosos tomos de ciências ancestrais,


E já quase adormecia, ouvi o que parecia

O som de alguém que batia levemente a meus umbrais.


“Uma visita”, eu me disse, “está batendo a meus umbrais.

É só isto, e nada mais.”


En ello fue el portugués más lejos que el predecesor en su lengua Machado de Assis, que modificó la estrofa. En Francia, Baudelaire y Mallarmé, sin embargo, se conformaron con traducir en prosa. El original en inglés de esta primera estrofa es como sigue:


Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,


Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,


While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,


As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.


“’Tis some visitor,” I muttered, “tapping at my chamber door,


Only this, and nothing more.”."


4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gustarìa mucho leer su versiòn completa de "the raven" fue una de la primeras cosas que intenté traducir sin éxito. Hace bastante tiempo en una entrada suya, hablò de la formaciòn del poeta, le pregunté por la mano del tegnidor, cuàl serìa para usted la formaciòn del traducctor de poesìa? (disculpe las grafìas pero me las tengo que qpegnar con un teclado francés) Gracias

P.Cordero

José Luis Piquero dijo...

Creo que ya te hablé una vez de una divertida traducción de "El cuervo" (muy antigua, aún le llamaban Edgardo Poe), cuyo autor no recuerdo, y que decía en algunos trozos:
"Ah, es fatal que lo remembre: era en un frío diciembre"
y
"Me extraño por cierto mucho oir hablar al avechucho".
La tuya es mejor, sin duda.
Un abrazo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Mi traducción de "El cuervo" está recogida en el libro "Poe y otros cuervos. Primeros poetas norteamericanos", publicado por Mono Azul (hay enlace en el blog). En cuanto a la formación, hace falta un buen conocimiento del verso y de la prosodia, y la frecuentación de los poetas de la lengua a la que se traduce. Si se es poeta, mejor. Y desde luego, pero esto se supone, un buen conocimiento de la lengua traducida (que hay que supeditar a la fidelidad a la lengua -en su vertiente poética- de llegada.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Curiosamente, José Luis, Visor acaba de sacar una traducción muy antigua de un argentino, Carlos Obligado. Está bien en la música del verso, pero chirría en no pocas ocasiones a causa de la rima en poemas que no la requieren hoy (en "El cuervo" sin embargo es imprescindible, por su carácter de salmodia de pesadilla). Un abrazo.