sábado, 19 de febrero de 2011

La traducción de poesía (y III)



III

Que la traducción es, además de deseable, posible lo demuestra el caso de una poeta que escribe en una lengua minoritaria: Nuala Ní Dhomhnaill. Esta autora contemporánea que ha escrito toda su obra lírica en gaélico irlandés ha obtenido el reconocimiento gracias a las ediciones bilingües, a veces a cargo de un único poeta (como Michael Hartnett), a veces de toda una pléyade de compatriotas, muchos de los cuales, a pesar de la coexistencia de dos lenguas en Irlanda, sólo han escrito poesía en inglés, como es el caso de Ciaran Carson, Seamus Heaney, Michael Longley, Derek Mahon, John Montague o Paul Muldoon, un traductor juguetón este último que inventa tanto como traduce. Así, en el poema titulado “An bhean mhídhílis”, la autora escribe ag an gcúntúirt (en el mostrador) y Muldoon vierte, amplificando, at the spirit-grocer’s warped and wonky counter. En otras ocasiones se permite juegos de palabras que no están en el original: el Titim i ngrá gach aon bhliain ins an bhfómhar (Todos los años me enamoro en otoño) de ella se convierte en el I fall in love, in the fall of every year de él (aquí Muldoon, profesor en Princeton, se agarra a la forma norteamericana fall en vez de a la insular autumn). En otro poema se siente obligado a especificar la geografía: el irlandés ós na tíortha teo suas go dtí na farraigí fuara (desde países cálidos a fríos mares) muda caprichosa y brillantemente en el inglés from Alaska to the Azores, aunque eso sí, manteniendo el efecto de la aliteración: la doble de las consonantes en irlandés se preserva en la de la vocal a en inglés. En descargo de lo que podría ser descaro inadmisible hay que recordar que la autora ha aceptado esas traducciones (¿o habrá que decir versiones de traductor o, mejor aún, adoptando el lenguaje de Finnegans Wake, lo que se me ocurre llamar transversuras?).



Colección de cajas chinas, ya desde el principio de mi carrera como traductor de poesía reconocí la importancia de la traducción. No en vano aquel primer volumen se trataba de una antología del Ezra Pound anterior a los Cantos; huelga recordar que el poeta norteamericano cultivó la traducción, o la versión si se prefiere, como una prolongación natural de su escritura. En aquel libro, un auténtico palimpsesto, yo no estaba poniendo en español sólo a Pound, sino también a los autores provenzales, orientales, de la Inglaterra anglosajona o de la antigua Roma que había puesto en inglés, a veces de forma muy sui generis, el propio Pound. No incluí en la selección el poema “El navegante”, que preferí traducir en otro lugar directamente del inglés antiguo; haciéndolo, me di cuenta de hasta qué punto el viejo Ezra se había apartado del original, aunque con buen criterio cuando despojó al poema de su parasitaria adherencia cristiana en el tramo final.

A lo largo de mi carrera me he permitido numerosas licencias, como un poeta se las concede en su propia obra. A veces, incluso, he disfrazado de tales mis carencias, como cuando anoté de una traducción de “La canción del pastor feliz” de W. B. Yeats lo que sigue: “Una boutade para los archivos de la desfachatez: si en la versión española se aprecia algún desmayo en el ritmo, atribúyaselo, fiel reflejo, a la impericia del juvenil poeta irlandés, que aún trataba de dominar esa disciplina mezcla de aritmética y música que atiende al nombre de prosodia”. En otra ocasión presumí de haber encargado a Shakespeare, de quien me constaban sus habilidades poéticas de mostradas en su teatro, el traslado al inglés de 154 sonetos míos… Y es que toda traducción poética que se precie debería salir airosa del intercambio de páginas pares e impares en una edición bilingüe.

Por paradójico que parezca, siempre me encuentro más cómodo traduciendo poesía que haciendo lo propio con la prosa; será que soy, fundamentalmente, autor de aquélla y que, pese al constreñimiento de la forma, el verso me ofrece más libertad, porque pese a los muchos elementos que pone en juego (ritmo, figuras retóricas, connotaciones) de lo que hay que estar pendiente es del resultado en su conjunto, como decía.

El conjunto de este artículo toca a su fin regresando a Buenos Aires, como un homenaje al tango “Volver”. El padre de Victoria Ocampo, y de ahí la acumulada fortuna que permitió edificar la bella casa, fue ingeniero, constructor de viaductos y carreteras. Es decir, algo similar a lo que hace un traductor: tender puentes, reducir distancias, aunque nunca se haya conocido –con la rara excepción de Alexander Pope y sus muy difundidas traducciones homéricas (y aquí volvemos como en un eco o estribillo también a Borges)– que un traductor se haya hecho rico con su trabajo. Las recompensas existen, pero son otras.


2 comentarios:

Sara dijo...

Para mi es un misterio cómo Nuala Ní Dhomhnaill ha aceptado esas "transversuras" (una palabra muy acertada!) que ha hecho Paul Muldoon de algunos de sus poemas. Un artículo buenísimo, Antonio; éste me lo imprimo y me lo guardo. ¿Dónde se va a publicar, por cierto?

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias, Sara: acaba de aparecer en "Cuadernos andaluces de traducción literaria", una publicación del Pacto Andaluz por el Libro. Si cuelgan la revista en formato digital (con el número anterior lo hicieron) pondré aquí el enlace. ¿Y sabes? Qué memoria la mía: te iba a preguntar por quién había usado ese término, "transeversuras", y resulta que lo he acuñado yo. Se ve que tengo que tomarme la medicina. ;)