viernes, 11 de abril de 2014

Baco en las marismas



Ahora que llega la semana en que muchos sevillanos se echan a recorrer las calles del centro, querría recomendar un hallazgo que, aunque tiene que ver con Baco, también, por qué no, guarda relación con la Cena (que hay que recordar que no es solo una procesión del ya inminente Domingo de Ramos, sino el origen de la eucaristía, ese ágape en el que no faltó el vino).
            Fue en un reservado de la Antigua Abacería de San Lorenzo donde, tras las deliberaciones del jurado de un premio de poesía, la fortuna quiso que probara uno de los caldos que más gratos me han resultado últimamente. El crianza, del que consumimos dos botellas, no era el consabido riojita ni un Ribera; tampoco de esas denominaciones de origen que, como el Somontano, han ido ganando prestigio en añadas recientes. Este tinto del que guardo tan excelente memoria se elabora en Lebrija, y atiende al nombre de Overo.
            En Sevilla, el vino no acaba en el mosto del Aljarafe, en los gongorinos de Villanueva del Ariscal ni en los que proceden de la Sierra Norte, como los dos que ostentan el nombre de Ocnos, ese blanco ilustrado que homenajea a Cernuda (poco bebedor, por cierto). No soy enólogo, y solo puedo hablar de mi experiencia: me ha gustado descubrir ese vino.
            Como las cervezas artesanales, que están en boga, las bodegas pequeñas, los pagos familiares y a escala humana, van teniendo un hueco en nuestras mesas. De uva syrah y tempranillo, este marismeño Overo tiene una nota de cata que, trasvasada aquí de lo que describen sus productores, invita con moderación a un don de la ebriedad (título del poeta Claudio Rodríguez): las frutas rojas, la ciruela madura, aroma intenso que recuerda a las compotas.
            Es zona de vides esta de la Baja Andalucía, rodeada por municipios vinícolas como Jerez o (qué bueno está también el Barbazul) Arcos. Y también de toros: cuánto amó una de esas dehesas Fernando Villalón. Y aquí situó su Toriada. ¡Cómo han ido cambiando las cosas! Hace medio siglo, en su casa de Madrid Manuel Halcón bebía en bota vino de Lebrija, que no había conocido botella.


            Tomando un vino de la tierra de Antonio de Nebrija, el autor de la primera gramática de nuestra lengua, celebramos el fallo de un premio de poesía. Aunque esta sea a veces agramatical, rompedora de la norma, bien estuvo ese patrocinio. También es una hermosa coincidencia que según una leyenda Lebrija fuera fundada por el dios Baco. Lo cuenta en su Punica (libro tercero, versos 393-395) Silio Itálico, romano como los armaos de la Macarena.

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