domingo, 27 de abril de 2014

Machado y Yeats: paralelismos y divergencias




Con diferencia de solo tres semanas, en lo más crudo del crudo invierno (son palabras de W. H. Auden en su peculiar elegía al irlandés), dos de los más grandes poetas europeos morían, ambos en un país extranjero (Francia), en pequeñas localidades costeras asomadas al Mediterráneo. Era 1939.
Hoy, setenta y cinco años después, tal vez merezca la pena ver juntas ambas trayectorias, lo que de común tuvieron ambos más allá de esa circunstancia final, pues son notables los puntos en común, tanto como –lo veremos– las líneas de divergencia.
William Butler Yeats nació en 1865, diez años antes que el poeta español, en el seno de una familia ilustrada.  Su padre fue pintor, como su hermano Jack (José, el hermano de Machado también lo fue). Y sintió un gran interés por las tradiciones populares de su país, que llevó continuamente a su literatura, con la recuperación de personajes como el héroe gaélico Cú Chulainn. También compuso un buen puñado de baladas, sobre todo en sus primeros libros (la del padre John O’Hart, la de Moll Magee, la del cazador de zorros, la del padre Gilligan…). No pocos de sus poemas se titulan, además, “canciones” (la del errante Aengus, la de la madre anciana). Las baladas, poemas narrativos, tienen su correlato en los romances, y cabe recordar aquí, mutatis mutandis, “La tierra de Alvargonzález”. En cuanto a las canciones, estas son parte inseparable de la obra machadiana, incluso en el título de Nuevas canciones (1924).


El simbolismo está también presente en la primera época de Yeats en composiciones como “La caída de las hojas” y “Ephemera”, y fue, a partir de La rosa (1893) derivando en un simbolismo menos literario (que él había aprendido en parte en Arthur Symons) y cada vez más esotérico, espiritista, astral, manifiesto la reelaboración personal de mitos y creencias sobre el Otro Mundo feérico tan vigente en el campesinado irlandés de su época. Por cierto, y aunque esto es meramente anecdótico, la hermana de Bergson, a cuyos cursos asistió Machado en la Sorbona, fue la esposa de una importante figura de la asociación ocultista la Rama Dorada: el mago MacGregor Mathers.
Parece hoy aceptado que Machado fue masón, como tantos en aquella época, aunque en su caso particular muy poco activo, y más como una vía de conducir sus inquietudes de trascendencia, pues era un hombre religioso, al margen de la Iglesia oficial. El paso de Yeats por esa Golden Dawn y no solo ella, más el conocimiento que tuvo de H. P. Blavatsky son de sobra conocidos.
También se caracteriza Yeats, como Machado, ajena al fanatismo y en la línea de un afán regeneracionista, por una preocupación patriótica: “A la Irlanda del mañana”, aunque en su caso, y a pesar del título de este poema, no tan pendiente de lo porvenir como del pasado, con sus relatos y canciones en la estela de Davis, Ferguson y Mangan. Las críticas acerbas de Antonio Machado a la “España de charanga y pandereta”, un lugar insensible al arte, a lo elevado, tienen su equivalente en “A un rico que prometió una segunda suscripción al Museo Municipal de Dublín si se probaba que el pueblo quería cuadros.” Ahí, Paudeen y Biddy son personajes que se podrían extrapolar a Machado, a esos pagados de sí mismos refractarios a lo nuevo y noble. “La ciudad ciega e ignorante”, ¿no podría ser, incluso, la maravilla que es para Machado la Sevilla sin sevillanos? ¿O en realidad España toda?
Están además las máscaras, las personae, las voces apócrifas que Yeats emplea por ejemplo en el poema dialogado “Las fases de la luna”, donde aparece Aherne y Robartes (a ambos volverá a dar la voz más tarde, y al segundo en el ciclo de poemas Michael Robartes y la bailarina (1921). También, la figura de Hanrahan el Rojo. También Jane la Loca. Esto hizo que el gran estudioso del irlandés, Richard Ellmann, titulara su trabajo sobre él Yeats, The Man and the Masks. Los apócrifos de Machado, aunque descuellen entre ellos Abel Martín y Juan de Mairena, alcanzan (cierto que con poca elaboración) la veintena.
Fue, sí, breve ese lapso de tres semanas en el que murieron Yeats y Machado. Pero en realidad, ahí acaba el paralelismo: el primero lo hizo en una buena vivienda de Roquebrune, en la Costa Azul; el segundo, también muy enfermo, en el cuarto de un muy modesto hotel de Colliure. El primero, con una muy saneada economía que se vio notablemente favorecida por las buenas regalías de sus obras y por la concesión, en 1923, del Premio Nobel de Literatura. El segundo, prácticamente en la indigencia, huido de un país en guerra del que escapaban miles y miles de compatriotas en condiciones aún más penosas que él mismo. Los restos de Yeats fueron trasladados tras la Guerra Mundial a Irlanda, al condado de Sligo del que era una rama de su familia. Los de Machado siguen en la tumba francesa.
Es tarde cuando redacto estas líneas y no deseo agotar (bastante lo estoy yo ya) el tema. Seguro que estas cosas y otras, sobre algunas de las cuales hablé en el curso de mi intervención en una mesa redonda celebrada este viernes pasado en la Feria del Libro de Tomares junto a Enrique Baltanás y Andrés Trapiello, formarán parte del ensayo que sé que prepara el profesor David Gareth Walters, de la Universidad de Swansea, en Gales. He leído que trabaja sobre el asunto. Aguardo con interés la publicación de su estudio.