miércoles, 31 de diciembre de 2008

Suplementos menguantes


La crisis comienza a hacer mella en los suplementos literarios. Cualquiera que se haya acercado en las últimas fechas a El Cultural habrá visto cómo éste ha menguado en número de páginas. Babelia hace ya meses que viene, digamos, delgadito, y el ABCD, el más generoso en papel, de momento se mantiene, pero tampoco va muy allá. Baja la publicidad en todas partes, y se está notando.
Pero la cosa está algo peor en el extranjero (palabra que va cayendo también, como los mismos periódicos en papel, poco a poco en desuso). En el Daily Telegraph ha habido redundancies, y ha salido su responsable literario, Sam Leith. Curioso y no sé si agorero es que en el despido lo acompañe el responsable de la sección de necrológicas. Y en los Estados Unidos, el Los Angeles Times, como el resto de cabeceras de la cadena a la que pertenece, directamente ha optado por eliminar el suplemento de libros.

Lo hablaba hace pocos días con Martín López-Vega: los suplementos publican cada vez menos reseñas, en particular de poesía. Por eso, para cubrir ese hueco, muchos blogs dan cabida a escritos críticos. Martín nos ha regalado en el suyo algunos muy enjundiosos durante los últimos días. Se pueden leer aquí.

martes, 30 de diciembre de 2008

Traductores sevillanos

Alejandro Luque se ocupaba este domingo de los traductores sevillanos en El Correo de Andalucía. Aquí la versión digital del reportaje.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Tres tocayos

Publiqué aquí hace algunas semanas una prosa que, luego, como un fruto que el tiempo ha macerado, ha querido ser poema. Aquí está:

TRES TOCAYOS


Antonio Luján Núñez, el maestro

de Fuente del Maestre asesinado

en los primeros días de la guerra,

era marido de mi tía Guada.

Lo fusilaron los fascistas,

y mi tía dio a luz a su hija póstuma.

La niña murió al año, pero el luto

duró cuarenta más, con su amargura.

Otro Antonio (Rivero Sanz), el tío

de mi padre, también fue asesinado

en los primeros días de la guerra.

Lo mataron los rojos.

Era de derechas y gordo,

como el otro bizco y de izquierdas.

Rivero no murió por Dios y España,

ni Luján por la Rusia comunista.

Censores compatriotas los borraron,

mas hoy trae sus nombres a la página

otro tercer Antonio, que no cree

en trincheras ni en esas retaguardias

en que ambos murieron. Bajo tierra,

en la fosa común o en nicho propio,

sus cuerpos distan leguas pero firman

aquí la paz que nunca quebrantaron.


jueves, 25 de diciembre de 2008

Pesadilla

Anunciaba hace días una muestra de la poesía de María José Rico, autora del recientemente publicado Mi vida que no entiendo (Renacimiento). Aquí va lo prometido:

PESADILLA

Tuve una pesadilla.
Unos seres pequeños
llegaron a mi casa.
Se adueñaron de todo.
Destrozaron mis cosas,
usurparon mi tiempo.
Me privaron del sueño, del descanso.
Lloraban por el día, por la noche.
Me fueron anulando poco a poco,
hasta que me olvidé de cómo era
antes de que llegasen.
Era una pesadilla,
esos seres salían de mi vientre
y me llamaban madre.

martes, 23 de diciembre de 2008

Dos apellidos


En mí, Antonio Rivero Taravillo,

la boda articulada de dos nombres

que, juntos, en las venas se confunden,

los ecos de familias que se ensanchan

hasta ser este erial en que terminan.

¿Un nombre largo? Largo es el olvido.

Yo los conservo en cuanto escribo

como una alianza perdurable,

porque en el fondo sé que significan,

–jornadas de cortejo y de paseos,

el dolor, la emoción, lo compartido–

sinónimos que esconden los más íntimos

Fernando y Manolita.

Nunca

dos nombres se fundieron con más fuerza,

pues no firmo con tinta: firmo sangre

transparente en sus sendos apellidos,

como esos pegamentos que, al soldarse,

se hacen aleación indivisible.


domingo, 21 de diciembre de 2008

Defensa de la tilde

Espero que nadie me tilde de fanático, pero se hace necesario que los programadores informáticos de toda clase y condición, incluido los de los servicios de correo electrónico, normalicen el uso de la tilde en todos los soportes y para todos los países. ¿O es que los hablantes de español, o de francés, o de tantas lenguas que usan el acento, tenemos que soportar la deformación de nuestras palabras y, aún más, de nuestros nombres?
Me responde ayer un gran poeta hispanomexicano, y su mensaje lleva como firma este garabato:

Desiertos frecuentados


Con fórmula tan afortunada califica José Ángel Cilleruelo a los blogs desde el suyo, El visir de Abisinia. Sobre los desiertos frecuentados hemos leído algunos comentarios sensibles e inteligentes en el blog de Jesús Beades. Enrique Baltanás se hacía también una pregunta que se las trae...
Reflexiones para una tarde de domingo...

viernes, 19 de diciembre de 2008

"Aquella noche en Belén"


Ahora que se acerca la Navidad, os dejo aquí este villancico irlandés, interpretado no por tres, sino por cuatro reinas magas. Feliz Navidad a todos, Nollaig shona dhaoibh.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Recordando a Octavio Paz



Hace diez años que murió Octavio Paz. No alzaré aquí un erudito juicio de su obra; más bien traigo una íntima emoción retrospectiva. A veces, los detalles menores -así abajo como arriba, dice Hermes Trimesgisto- son lo que a la postre importa. En la foto (de Opale), no se percibe el punto al que me refiero en esta nota que publiqué, junto con otras, en la revista Clarín:

Octavio Paz es para mí un agujero negro. No, no me refiero a uno de esos centros energéticos que estudia la física del cosmos. Paz es para mí la memoria de una tarde en Sevilla, un breve diálogo durante el cual me cautivó poderosamente un minúsculo orificio sobre su labio superior, apenas nada.
Esa oquedad sobre su voz, como parte del prodigio de su palabra poética, no dejaba de mirarme como un tercer ojo humilde, insospechado y clarividente.
Todo cuanto hablamos estuvo presidido por esa parte que estando en él no era él, ese estigma que seguramente será la huella de una extirpación pero que yo quiero creer joya negra engastada en la corona del Verbo.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Un artículo sobre José Antonio


Pasó noviembre, mes en que suele ser recordado, y hoy, serenamente, distinguiendo el grano de la paja, me apetece reproducir aquí un artículo que hace cinco años, con motivo del centenario de su nacimiento, publiqué en la revista Mercurio, perteneciente a la Fundación Lara y que más tarde llegué a dirigir. Un par de años después, un miserable difundió algunas insidias sobre mí, mezclando verdades con mentiras, y aducía este pobre artículo, del que por supuesto no me arrepiento. ¿O es que se puede hablar de unas cosas sí y de otras no? Acabáramos.

Lo copiaría de mis ficheros, pero últimamente los lectores de este blog habrán observado que tengo problemas con el formato a la hora de volcar texto en html. No pasa nada, aquí el enlace.

Que José Antonio fue una figura sugestiva no lo vamos a descubrir ahora, pero nos lo ha vuelto a recordar Carlos Morla Lynch, que tanto trató a buena parte de la Generación del 27, en sus diarios
En España con Federico García Lorca y España sufre, no hace mucho editados por Renacimiento. En cuanto a las Obras completas del joven Primo de Rivera, éstas han sido finalmente publicadas por Plataforma 2003.

El afecto inglés

Ultimo estos días la recopilación de artículos y estampas que formarán un nuevo libro de viajes. Mientras se publica y no, recupero esta reseña de mi anterior título, Viaje sentimental por Inglaterra, aparecida en la Revista de Arte Logopress.

lunes, 15 de diciembre de 2008

¿Dónde está la errata?

Hojeando una Antología de poetas españoles en los Estados Unidos publicada por la colección Adonais, me topo con la nota biográfica de Ernesto Guerra da Cal, gallego del exilio. En la página 40 se dice que ha colaborado en el Diccionario das Literaturas Portuguesa, Galesa y Brasileira...
Parece que el cajista se contagió de mi celtismo, y que si no todo lo vio verde (véase la entrada anterior de este blog, "Una Irlanda de la mente"), sí se vio contagiado de ese color la mitad, pues la bandera de Gales es blanquiverde.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Una Irlanda de la mente

Uno de esos autores que gozaron de fama y fortuna —es decir, lectores— en cierto tiempo, fue Somerset Maugham; su obra se nos antoja como una moqueta inglesa ya gastada por el uso y que sin embargo conserva un algo de mejores días. Maugham es sobre todo conocido por una novela muy de época, El filo de la navaja, que está en sintonía con el bullir espiritualista de los años veinte y la recepción en Europa de conceptos y creencias, bien que adulteradas, de la India. Nuestro autor fue viajero —cruzó mares y continentes que el Imperio Británico consideraba suyos— y conoció bien, todo lo bien que puede conocer un extranjero, aquellas tierras que son si no antípodas del mapa sí del alma nuestra occidental.

De Somerset Maugham —y lo he leído bastante— prefiero, por ser trasunto de mi propia circunstancia, uno de los cuentos perdidos entre los cuatro tomos de su narrativa breve y que no hubiera descubierto si no me hubiera obligado a ello un profesor de prácticas, cierta noción del deber que yo aún tenía, y la engañifa que fueron mis estudios universitarios. En pocas palabras, su asunto es éste: el protagonista del relato siente tanto fervor por determinado lugar que prefiere, aun acariciando la idea de un posible regreso, demorar el instante de ese reencuentro porque nunca la realidad puede equipararse a las ensoñaciones. Y siempre éstas van a la zaga de una idea o arquetipo —añadiría yo— que sólo alguna vez se nos revela. Cuando esto sucede, cómo nos sorbe el seso, cómo somos de la idea, del arquetipo, y cómo despreciamos a Aristóteles.

Irlanda es ese lugar particular mío, lo que en el relato de Maugham era China, Birmania, o la “happy England” del verso. En ella reconozco mi alma, lo cual no es sino una forma de locura menor, psicopatía aún leve (sólo de momento), sublimación de no sé qué trauma ocasionado por ignoro qué cosa.

En España, un caso más grave se dio en Juan Eduardo Cirlot (hace diez años yo hubiera afirmado que sin duda; hoy sugiero que, probablemente, el poeta más insólito del período abierto tras la guerra civil y hasta hoy). De él me he ocupado en otras páginas y no es cosa de soltar la brida del pensamiento que ahora me lleva: su obsesión por una doncella del siglo IX causa pasmo, vértigo, admiración; también terror por lo que tiene de inexplicable.

Pero yo no soy tan extremoso —ni tan sobrecogedor poeta, es evidente—. Sí albergo, no obstante, un amor desmedido por un país que sólo dos veces he pisado y cuya literatura , su arte, su música —¡su música!— son míos. No se me escapa que es tierra con magia que ejerce un poderoso encanto sobre muchos, pero yo hace tiempo ya que crucé el Rubicón —César contra los celtas— de lo razonable, y el sortilegio aumenta con los días como un amor no consumado en el pecho de un joven.

Regresando a Somerset Maugham y su rueda de reencarnaciones de El filo de la navaja, sería tentador figurarme que soy la reencarnación de algún bardo de la Isla Esmeralda, la tierra de santos y poetas (feliz armonía; raramente coinciden ambos estados en una misma persona). ¿Por qué no? Amergin, el primer poeta de los miles de Irlanda, dejó dicho —y alguien lo llevaría después a la letra—:

Soy el viento en el mar,

soy una ola destructora,

soy el rugido del océano,

soy un buey de siete combates,

soy un halcón en el acantilado (...)

Y aunque la idea de la metempsicosis o transmigración de las almas tuvo algo que ver —sólo algo, no seamos reduccionistas— con la religión celta, no me parece ésa sino una de las explicaciones en liza: otra, pero ya dije que no soy dado al racionalismo, es la mera patología que quedó esbozada arriba. La realidad insoslayable es esta devoción cuasi religiosa —pues se trata más de fe que de comprensión del intelecto—, esta incondicional entrega, este celo del converso.

¿Cuántas veces frente a un irlandés, ante su cara de asombro e incredulidad escrutándome como a un bicho raro de la exótica fauna de charlatanes e iluminados, no he despachado con tres gruesos brochazos el asunto de mi interés por su patria, repitiendo la más que ensayada y extraña cantilena? Aunque verosímil tal vez para otros, esta argumentación es para mí bien poco convincente porque elude —me provocaría rubor declararlo— la intensidad de este amor fou que me arrastra, esta pasión enfermiza.

Pero no, no puede haber nada morboso en esta afección o afecto tan hondo por una tierra y un pueblo que aúnan inseparablemente, como en un filtro de amor de las leyendas medievales, un pasado precristiano, en tantos aspectos vivo, y un catolicismo último y crepuscular en contraste con esta Europa agnóstica; que reina entre los paisajes hermosos por su belleza aún casi impoluta apenas se pone el pie fuera de sus pocas ciudades, fresca novia rural entre las solteronas y grises metrópolis de Europa; aromada de espliego y bañada —esquivando a los salmones y a las truchas bajo la llovizna fugitiva de la tarde— para su cita conmigo, a hurtadillas; que tiene a los suyos esparcidos por el globo —estrellas fugaces de un cielo cambiante y en el que querríamos ver otros signos—, vagabundos o establecidos en la añoranza, en la saudade nuestra, en Nueva York o en Nueva Gales del Sur, lejos.

Cuando he querido acercarme a su alma, he aprendido su lengua: el gaélico, no el inglés. Y lo he leído, y aún más, lo he escrito: desde 1992 llevo un diario intermitente en ese idioma. En el jardín de mi casa tengo una pradera de césped y trébol, su terruño mío o gran alfombra mágica aterrizada desde el condado de Clare. Y cuando me quedo a solas pongo ciertas tonadas que me hacen llorar, lo confieso.

El autor de Crónicas marcianas y Las doradas manzanas del sol (el eco de un verso de Yeats) lo es también de Cementerio para lunáticos (donde yo tal vez tenga un nicho). Ray Bradbury hubo de habérselas con el insoportable y genial John Huston durante la gestación del guión de Moby Dick, en Dublín; y en los meses de su estancia en el país tuvo tiempo de comprender algo del imaginario del lugar, de la capacidad del irlandés para pasarse horas hablando de sucesos menores que la cabeza de una aguja. Después, él seguiría viajando y le he perdido la pista. Su compatriota de ese reino de fronteras estelares que es la ciencia ficción, Arthur C. Clarke, se instalaría en otra isla muy de Maugham: Ceilán. Huston, por su parte, cerró la carrera de su vida en Irlanda, rodando ese hermoso canto del cine que es Los muertos.

Quien concibió el relato, Joyce, veía en su tierra nativa un mal endémico: la parálisis. Y tenía razón, y me diagnosticaba: ya no salgo de mi Irlanda de la mente y sus temas. No puedo dar un paso fuera de ella, y mis ojos padecen una forma irlandesa y aguda de daltonismo: todo lo veo verde.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Agua y mitos: Islandia y Mozambique

Este es el texto que escribí para la exposición Agua y mitos, de Juan Carlos Sánchez de Lamadrid, que se podrá visitar en la Fundación Tres Culturas de Sevilla hasta avanzado enero:


Estuve en Islandia hace pocos años. Miento. En realidad, siempre he estado en Islandia, porque Borges y los mitos, la fantasmagoría de las auroras boreales, la Thule de la Sigrid del Capitán Trueno, ya hibernaban en mis venas, dormidos en un bloque blanquísimo. Sólo aguardaban la llegada del deshielo, de ese verano en que medí la isla de los mapas con la de la imaginación. Traje algunas fotografías; otras muchas, casi todas, quedaron veladas -para mí, al menos- al perder la cámara con la que las hice en algún campo de lava o junto a alguna laguna (en aliteración que gustaría a los escaldas, los antiguos poetas nórdicos). Quien encontrara aquella caja de imágenes plateada, como la arqueta obtenida en una rapiña que acarreara un drakkar, y antes de llenarla con mementos de su propia vida, vería cascadas y meandros de los fiordos, cráteres inundados y géiseres. Agua líquida, sólida, gaseosa. Cierta fatalidad escandinava ha querido que esas instantáneas que arrebató un descuido vuelvan, mucho mejor, más nítidas, en estas otras fotografías, papel de agua en el que reconozco, y ante el que me rindo, la filigrana de todo lo que a miles, como a Auden, fascina y fascinará siempre de Islandia.

En Mozambique no he estado: a mí, que me cautivan las espadas, me dan pánico las agujas, y está fuera de toda cuestión el vacunarme para ir a países exóticos, donde esas agujas otras, las trompas de los infecciosos mosquitos, acechan para dar su merecido al intruso en un país que recorren el Zambeze y el Limpopo, cuya esperanza de vida es sólo de cuarenta años y que aún se recupera de terribles inundaciones. Allí en Chupanga entregó el alma la mujer de Livingstone, y allí está, a la sombra de un baobab, enterrado su cuerpo que devoró la malaria, a un paso de cocodrilos e hipopótamos.

En Mozambique no hay canalizaciones para el riego, de modo que todos los cultivos se apiñan junto a los ríos, y esto hace que la población sea muy vulnerable a las crecidas, al tiempo que las sequías agostan otras partes del territorio. En su costa naufragó Camoens, y allí se quedó un tiempo, enfermo y pobre, antes de volver con Los Lusiadas a Lisboa, esa ciudad a la que el “camino de la ballena”, como los escandinavos llamaban al mar, llevó también en 840 a los vikingos, en expedición efímera, dos generaciones antes de que colonizaran Islandia.

Asistimos estos días al derrumbe de ese otro mito, el de la libre economía de nuevos mercaderes de humo, tan diferentes de los navegantes de antaño tras los que pujaba el viento. La sólida economía de Islandia (etimológicamente “tierra de hielo”) se ha licuado de repente, ha estallado como una burbuja del Strokkur que escupe su hervor al cielo. Se han evaporado ahorros propios y ajenos. Más que el calentamiento global y en vez del agua termal de su subsuelo, los altos intereses y la especulación han derretido ese glaciar que era Islandia, firme como una roca, ahora un charco fangoso y lastimero. Hace semanas ocupaba uno de los primeros puestos entre las naciones más ricas del mundo. Mozambique, con veinticinco veces más población, era, y sigue siendo, una de los más pobres.

En la Última Thule aún perviven entre muchas personas las antiguas creencias paganas. Habrá más de alguno que vea que este jarro de agua fría de dimensiones cósmicas es el anunciado Ragnarok de su mitología. ¿Ha tocado ya Heimdall, junto al puente del arco iris, su cuerno? Entretanto, en Mozambique, casi en las antípodas, el mito permanece frente al timo, esa alucinación de la que los islandeses –también se producen espejismos en el hielo- no han sido tanto culpables como víctimas.

martes, 9 de diciembre de 2008

La generosidad de Iwasaki

Algunas exageraciones cariñosas de Fernando Iwasaki en el periódico mexicano Milenio acerca de mi biografía de Cernuda. Os recuerdo que este sábado a las 12 h. charlaré sobre el poeta en la Feria del Libro del Aljarafe, en Tomares.

lunes, 8 de diciembre de 2008

HUELLAS


Encuentro tus huellas en mis gafas,

ese laberinto inmarcesible

que aunque luego borre la gamuza

vive en mis pupilas, en mis ojos.

Las yemas de tus dedos imprimen

el mapa de un tesoro enterrado:

este amor que no se desdibuja.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Recuerdo de Edimburgo

Rescato hoy un artículo publicado en Letras libres en el que hago memoria de mi vínculo con la capital de Escocia, hoy que he hablado con una chica que conoció la ciudad este verano.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Del no mundo

Anda uno acatarrado estos días en los que se anuncia ya el invierno, y hace algún tiempo que no frecuenta librerías. Por eso es por otro blog, el muy recomendable del poeta Álvaro Valverde, por donde recibo la noticia de que se acaba de publicar el tercer y último tomo de la poesía reunida de ese prodigio inclasificable que fue Juan Eduardo Cirlot. ABC y otros periódicos se hacen eco de la noticia.
Mis visitantes saben que aquí el poeta barcelonés ha sido siempre una sombra tutelar.
Os copio enlaces a otras entradas de
Fuego con nieve en las que se trata de Cirlot. Creo que hay más, pero no dispongo ahora de mucho tiempo para buscarlas. Me disculparéis si el rato que invertiría en ello lo dedico a preparar nuevas entradas.

Lo céltico en Cirlot

Un poeta singular

Las runas circulares

jueves, 4 de diciembre de 2008

EL TIMBRE


El timbre está sonando: alguien que llama

a la puerta de casa de mis padres

(la hija de los nuevos propietarios,

la vecina de arriba, el panadero...).


El timbre está sonando, pero dentro

los muebles son distintos, y las lámparas.

Mis hermanos y yo no lo oímos,

jugando en el balcón hoy más remoto.


El timbre está sonando. A la mirilla

no acuden nuestros ojos. Un extraño

corre por el pasillo hasta la puerta

a abrir al otro extraño que ha llamado.


El timbre está sonando. Reverbera

en esta habitación a tres kilómetros

treinta años después. Alguien que llama

e ignora las mudanzas, las arrugas y grietas.


El timbre está sonando en esa puerta

que lleva a la salita de mi infancia.

Y mi padre no sabe, en su despacho,

que hoy tampoco he hecho los deberes.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Conferencia en Tomares


El próximo sábado 13 de diciembre, a las 12 h., participaremos en la Feria del Libro del Aljarafe, en Tomares (Sevilla) con una conferencia sobre "La lección de Cernuda". Me acompañará como presentador Eduardo Jordá. Aquí enlace sobre la Feria publicada en El Correo de Andalucía.