domingo, 30 de agosto de 2009

Poetas españoles en Cambridge (VI)




Después de serlo en Nottingham, Claudio Rodríguez fue lector de español en Cambridge, de 1960 a 1964. De sus años ingleses es este poema "Gorrión", que a diferencia de los poemas más largos de Shelley a una alondra, o de Keats a un ruiseñor, el poeta español quiso hacer algo humilde, en verso menor y breve. Pero qué intenso. La poesía de Claudio Rodíguez ha sido recientemente traducida al inglés.

GORRIÓN 



 

No olvido. No se aleja 


este granuja astuto 


de nuestra vida. Siempre 


de prestado, sin rumbo, 


como cualquiera, aquí anda,


se lava aquí, tozudo, 


entre nuestros zapatos. 


¿Qué busca en nuestro oscuro


vivir?¿Qué amor encuentra 


en nuestro pan tan duro? 


Ya dio al aire a los muertos 


este gorrión, que pudo 


volar, pero aquí sigue, 


aquí abajo, seguro, 


metiendo en su pechuga 


todo el polvo del mundo.

 

sábado, 29 de agosto de 2009

Flann O'Brien ya es un clásico


Por el último número de The New York Review of Books, y gracias a la reseña de Fintan O'Toole (lo siento, sólo aparece en la edición en papel), me entero de que la narrativa completa de Flann O'Brien ha sido publicada en la colección de clásicos Everyman's Library, en cuyo catálogo ya están Joyce y Sterne, dos autores que tienen mucho que ver con el propio O'Brien. Parece que, como por estos pagos ha visto Nórdica, el viento empieza a soplar a favor del prodigioso autor de El tercer policía
Curioseando en Internet he podido leer la introducción al volumen, y también he dado con una crítica que John Updike firmó para The New Yorker.
La ilustración de esta entrada es la cubierta de la única novela que O'Brien escribió en irlandés, y que uno tradujo del original para Ediciones del Serbal en 1989; la misma que, con una reciente introducción, ha publicado Nórdica no hace mucho.

jueves, 27 de agosto de 2009

Poetas españoles en Cambridge (V)




Ya de regreso en España, continúo con la serie de entradas acerca de los poetas españoles en Cambridge, pues se me quedaron algunas páginas en el tintero.

Y qué mejor que dejar aquí constancia del paso por la ciudad universitaria de José Antonio Muñoz Rojas, ahora que el poeta antequerano va a cumplir cien años de vida dentro de pocas semanas.

Muñoz Rojas, que asistió a la investidura de Unamuno como doctor honoris causa por la Universidad de Cambridge en 1936, cuando él ampliaba estudios allí, fue después lector de lector de español hasta 1939.

Estos días, leyendo el viejo cuaderno que hace de libro de actas de la Spanish Society de Cambridge, he encontrado algunas menciones al autor de Las cosas del campo. Por ejemplo, que el jueves 19 de noviembre de 1938 disertó sobre "La España de algunos escritores del siglo XVII" en Peterhouse. O que fue vicepresidente de la Society, presidida por J. B. Trend.

Muñoz Rojas se especializó en los poetas metafísicos: Herbert, Donne, Crashaw... De ellos se ocupó en Ensayos anglo-andaluces, publicados por Pre-Textos.

En la foto, Peterhouse, donde se celebraban las sesiones de la Spanish Society de Cambridge.



 

miércoles, 26 de agosto de 2009

Rótulo en Bath



Un lector del blog me envía esta fotografía de un rótulo en la muy hermosa ciudad inglesa de Bath. Viene a cuento de la ímproba tarea que tiene ante sí el "Justiciero ortográfico", sobre el que dejaba ayer una noticia.

El rotulista no dejó a la palabra que designa nuestro idioma sin "rabito". Sólo que este aterrizó donde no debía. 

domingo, 23 de agosto de 2009

Un aroma escocés

Definitivamente, este mundo es un lugar que se va quedando pequeño. O tal vez sea que vamos creciendo nosotros, y las experiencias, las personas, los libros, van enredándose en una telaraña cada vez mayor en que queda aprisionada la memoria.

En Cambridge, estos días, he descubierto en las librerías el nuevo volumen firmado por el infatigable Seamus Heaney; esta vez, como ya ha hecho numerosas veces en el pasado, no comparece con un libro de poemas propio, sino con una traducción; personal y magistral, evidentemente, tratándose de quien es.

Si hace años publicaba The Cure at Troy, una versión de Filóctetes de Sofocles, ahora Heaney retoma el tema de Crésida vertiendo unas selecciones de un poema del siglo XV escrito por Robert Henryson, un poeta de las tierras bajas de Escocia. Poco sabemos del makar (poeta o “hacedor”, palabra cara a Borges), pero parece que fue clérigo en Dumferline. De Dumferline recuerdo la abadía, y su cementerio adyacente de lápidas verdeantes e inclinadas, y una providencial furgoneta de helados cuyo conductor nos llevó a lo largo de unas millas cuando hacíamos auto-stop en las carreteras remotas de 1986, entre lectura y lectura de A Scots Quair o The Silver Darlings, dos novelones escoceses.

El tema troyano ha tenido, en tantas partes de una Europa que declina, gran predicamento, vasto cultivo. La lista es larga, pero baste recordar que el primer libro impreso en Inglaterra fue una historia troyana que dio a la estampa el benemérito William Caxton, antes de embarcarse a Avalón con Sir Thomas Malory. Chaucer nos brindó Troilo y Crésida en un inglés naciente, y Shakespeare adoptó esta materia para uno de sus dramas más oscuros y pesimistas, precisamente el que escogió para poner en verso castellano el menos optimista de nuestros poetas del 27. Me refiero a Luis Cernuda y a la traducción que le tuvo ocupado durante años. Al decir de Edward M. Wilson en 1963, el mejor Shakespeare en nuestra lengua.

Cernuda empleó el alejandrino, que es verso con capacidad suficiente para aclimatar el contenido del pentámetro inglés al español. Heaney ha decidido en esta traducción de Henryson el “hendecasyllable”, el endecasílabo; es decir, un verso poco usado en inglés, que casi siempre se queda en la décima sílaba, tónica.

Escribo esto a punto de coger el avión para regresar a España. Fresco y lleno de sabor, como el aroma más intenso de uno de aquellos helados de Dumferline, me llega un aire escocés soplado, al alimón con Henryson, por Seamus Heaney, de Irlanda. Escocia debe su nombre a los scotti, la tribu irlandesa que arraigó en la antigua Caledonia. En este sentido, en este libro un scotto traduce a otro scotto. La pantalla de salidas anuncia un vuelo para Glasgow. Pero yo ya estoy allí, y en Irlanda, y en Troya, mientras paso las páginas y declamo para mi coleto los viejos versos, nuevos, con sabor a turba.

sábado, 22 de agosto de 2009

Más sobre la digitalización de libros



La Biblioteca Nacional de Francia confiará la digitalización de sus fondos a Google. Lo ha sacado El País, pero mejor lo cuenta Pierre Ausoline, con un amplio debate de los seguidores de su excelente blog, aquí.

viernes, 21 de agosto de 2009

Reloj de sol

 

En Senate House Passage, en Cambridge,

un reloj de sol de cuatro caras

hacia los cuatro puntos cardinales.

 

Te recuerdo al pasar por esta calle

hoy en la tarde lluviosa,

camino de la biblioteca en que leo

en el idioma que empecé a aprender torpemente contigo

con más voluntad que pericia

por ambas partes –disculpa-.

 

Te gustaría ver este sun-dial

en la ciudad de Newton,

a la que no viniste nunca sino en libros.

 

En otros viajes te compré

miniaturas de relojes parecidos

aunque no tan hermosos,

pero donde tú estás ahora

ya no puedo mandarte una postal

ni enseñarte a la vuelta fotos torpes.

 

Te gustaría, lo sé,

entrarte por los collages y comentar de Darwin

en este centenario suyo,

el octavo de la universidad.

 

Yo que nunca me licencié

-perdona nuevamente-

te hablaría de los cuatrocientos años

de los Sonetos,

de mis próximos libros,

y tomaríamos un sándwich junto al río.

 

Pero ha pasado el tiempo

-llueve, llueve-,

aunque el reloj de sol de la calleja

hoy no marque la hora.

 

En su cara hacia el sur, un palo inerte

se inclina hacia el suelo y te señala.

jueves, 20 de agosto de 2009

De Cambridge a Mondoñedo


Era Álvaro Cunqueiro un enorme admirador de Shakespeare, devoción que dejó expresada en multitud de páginas de su obra, tanto en castellano como en gallego. Esta noche me acordaré de él en la representación al aire libre de Medida por medida en los jardines de uno de los colegios, pasada la ribera del Cam, precisamente hoy que varios periódicos andaluces se hacen eco de la reedición de sus deliciosas Historias gallegas en la editorial Paréntesis.

En la fotografía, Álvaro Cunqueiro, Josep Pla y Gonzalo Torrente Ballester ante el restaurante El Mosquito de Vigo, donde Manuel Gregorio González, el mayor cunqueiriano del antiguo Reino de Galicia para abajo, y un servidor, brindamos con albariño por Don Álvaro tras la presentación del libro en la ciudad de cuyo periódico, El Faro, fue tantos años director nuestro autor. No es la Taberna de la Sirena de Shakespeare, pero tampoco está mal...

martes, 18 de agosto de 2009

Poetas españoles en Cambridge (IV)






Como decía en la anterior entrada, Aquilino Duque escribió un emocionante poema a un caído de la Segunda Guerra Mundial, un soldado de Arizona con apellido español, enterrado en un cementerio militar a las afueras de Cambridge. 
Se titula "Elegía de Madingley Hill", pertenece a su libro El campo de la verdad, y aquí van algunos versos. No sé si era intención de Duque, pero los primeros versos de la cita evocan los 
iniciales de "Tintern Abbey" de Wordsworth:

Hace diez años, hace diez cosechas

de soldados, tú por los viejos ríos,

siguiendo una bandera respirabas

el aire repentino de la pólvora.

Hace diez años te paró un disparo;

una flor te detuvo en tu camino;

volviste a un lado delicadamente

la cabeza, y caíste como todos

para oler el perfume de la tierra

y sorprenderle lo que nadie sabe.

 

Qué importa ya tu sangre, desleída

en la lluvia y las ráfagas del cielo,

qué importan las estrellas y las franjas

de la bandera, hoy que tienes

llenos de astros los ojos y la boca

y Dios iza a media asta el arco iris.


Las fotos que acompañan a esta entrada son gentileza de Aquilino Duque y testimonio de su etapa cantabrigense. La primera reproduce el programa de una representación de Lorca realizada por estudiantes de español de Cambridge, coproducida por Aquilino.



Poetas españoles en Cambridge (III)






Otro poeta que estuvo una temporada en Cambridge fue Aquilino Duque, que tras licenciarse en Derecho por la Universidad de Sevilla amplió estudios aquí, en el muy hermoso Trinity Hall cuyas fotografías ilustran esta entrada.
Duque escribió una emocionante elegía sobre un cementerio de caídos de la II Guerra Mundial, cercano a Cambridge. Como tienen su poesía -y qué no tienen- en la magnífica biblioteca de la Universidad, copiaré el poema y lo dejaré aquí mañana junto con algunas curiosas fotografías.

domingo, 16 de agosto de 2009

Poetas españoles en Cambridge (II)


De la Generación del 27, varios de los principales miembros (aunque esto suena a club, y éste fue inexistente) vivieron temporadas en este Cambridge en el que paseo, solitarios él y yo esta mañana de domingo, si no no es por el graznido de alguna aérea corneja hacia el segadísimo césped de un colegio universitario.
Pedro Salinas fue lector de español en 1922-1923, y fue sustituido por Dámaso Alonso, lector aquí los cursos 1923-1925, quien luego regresó en 1928-1929. En Cambridge tradujo Alonso el Retrato del artista adolescente (1926) de Joyce. Y, claro, también estuvo Cernuda los cursos 1943-1945 (pero esto me lo reservo para el segundo tomo de su bigrafía).
En febrero del 36 Unamuno fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Cambridge (al acto asistió José Antonio Muñoz Rojas, que se hallaba aquí ampliando estudios). Pero esto ya no alejo del 27 y lo dejo para otro día.
Sobre la Generación dejo, sin embargo, este enlace a El País en su edición de hoy, en donde se da una excelente noticia sobre la recuperación de unos rollos de película en que aparece buena parte de la plana mayor del 27, varios de cuyos integrantes, como digo, fueron vecinos de Cambridge un tiempo.
En la ilustración, dibujo de Cernuda por Gregorio Prieto frente al puente de Saint John's College.

jueves, 13 de agosto de 2009

De amicitia


Os veo en todas las ciudades

cuando ya han cerrado las tiendas

y, si no es vuestra tertulia, no queda

sino invitar con dos copas al sueño:

 

con tus gafas de pasta Robert Lowell

en el grueso volumen de tus Collected Poems;

la barba de Ezra Pound y la mejilla

rasurada de Hopkins.

 

En Amsterdam o Cambridge,

en París o Helsinki,

las efes dobles de Faber & Faber,

una oda de Keats, una estrofa de Shakespeare.

 

A la postre, todo sitio es el mismo

anaquel ordenado de manera distinta.

Qué pequeño es el mundo, y qué grande,

con vosotros, mi círculo de amigos.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Paseos por Cambridge








Dejo aquí algunas imágenes de las caminatas por la ciudad (podría haber alquilado una bicicleta, pero no disfrutaría tanto). En primer lugar, el John's College y su capilla; luego, el Corpus Christi, donde estudió Marlowe en el siglo XVI; el reloj de sol de Senate House Passage; y, finalmente, un atasco de barcas en el río Cam.

Y cierro el ordenador porque me he dejado el adaptador del enchufe en la biblioteca y me estoy quedando sin batería...

martes, 11 de agosto de 2009

Poetas españoles en Cambridge (I)


Son muchos los poetas que de España vinieron a Cambridge como lectores de español o profesores, o simplemente para ampliar estudios.

Uno de ellos es Francisco Brines, que compuso su largo poema "La mano del poeta (Cernuda)" en un viaje a Cambridge, espoleado por la visión de una pieza del Fitzwilliam Museum. En el centenario del nacimiento del sevillano, Brines recordó lo siguiente:

Recuerdo aquella hermosa y fría tarde de Octubre en Cambridge cuya memoria, aunque demasiado disminuida, ya sólo yo guardo. Claudio Rodríguez, con una velada emoción que me sorprendió, nos iba mostrando los lugares que aún guardaban el paso alejado de Cernuda. J. A. Valente y yo, más decididamente cernudianos, le acompañábamos en aquel paseo de encuentros. Visitamos el árbol que cantara, y junto al cual le era tan grato “dejar morir el tiempo divinamente inútil”, ya sin sombra bajo la sombra extinguida del anochecer. Después nos acercamos al despacho del profesor Edward Wilson, buen amigo del poeta sevillano y su traductor en Londres, tan buen lector como persona, y allí seguimos hablando sobre él viendo libros suyos. Es posible que mi más bella tarde cernudiana. Unos pocos días después, y sin despedirse de nadie, imprevisto como en él era costumbre, se marchó para siempre.


Cernuda murió, efectivamente, el 5 de noviembre de 1963. "La mano del poeta" (Cernuda)" apareció por vez primera en febrero de 1964 en el número 207 de Ínsula, dedicado al autor de La realidad y el deseo. Allí se titulaba "En la muerte de Cernuda".

domingo, 9 de agosto de 2009

Horas cantabrigenses






O en román paladino, horas o momentos de Cambridge. Qué gran belleza la de esta ciudad, una hermosura manifiesta en fachadas y agujas pero sobre todo escondida tras los portones de los colegios de su universidad y sus muchas calles que son sólo pasajes entre sus ladrillos, sus piedras, sus rasuradas extensiones de césped. Y hacía un día magnífico, que melaba la piedra y duplicaba el verde, no sólo horizontal; también el que asciende en los chopos y olmos. O el que sube y baja, se comba, de los sauces llorones, que si vierten lágrimas éstas son de una cualidad líquida y con saudade que busca de nuevo el agua del estanque en que se refleja, como el de Chapman's Gardens, en el Emmanuel College de Cernuda.
En estas fotos, el 55 de Saint Andrew's Street, donde vivió Cernuda; el patio de Emmanuel College, con su serena arquitectura neoclásica; el plátano de Indias que inspiró su poema "El árbol", y alguna muestra más de los jardines de este colegio en que el poeta residió de 1943 a 1945.

viernes, 7 de agosto de 2009

No hay dos sin tres




Dejo aquí una tercera muestra de Leyenda y otros poemas:

Ponzoña en las coronas que recorre las frentes,

manchas indelebles en el cetro que pasa

de mano en mano siempre como una ramera.

Doce tribus malditas me escupen en sueños.

 

Un monarca callado hace escribir su edicto,

lo graba en los maderos del patíbulo gris,

su caballo penetra en mi iglesia olvidada,

sus cascos hacen trizas mis doradas vidrieras.

 

Pregona por las plazas con su voz inaudible

que dará a sus sabuesos cada lengua rebelde;

los mudos no dialogan con sus manos cortadas.

Doce tribus malditas me escupen en sueños.

 

lunes, 3 de agosto de 2009

Con Safo




Acabo de leer la estupenda edición bilingüe de las poesías de Safo preparada, con qué mimo y sensibilidad, por Juan Manuel Macías para la editorial DVD. Y con lápiz y dog-ears (esas esquinas dobladas para señalar una página) he ido marcando aquí y allá versos y pasajes. Por ejemplo, el verso aliterativo del fragmento 64.
Pero sobre todo, he visto lo atenta que Safo está a poetas de otras lenguas, especialmente la inglesa (seguramente por el comercio que el turismo hace tener a los habitantes de su isla con visitantes británicos, norteamericanos e irlandeses). Así, es emocionante comprobar cómo basándose en el conciso poema de Ezra Pound "Papyrus", la lesbia compone emocionados versos dedicados a la Góngula del poeta de Idaho. Este es el poema poundiano:

Primavera...
Demasiado tiempo...
Góngula...

Y Safo, aplicada discípula, escribe:

...Te animo, Góngula,...
a que temples las delicadas cuerdas...
Otra vez el deseo está volando
alrededor de ti,

En otro poema incluso se permite recoger una palabra seguramente acuñada por Pound (cuyo apellido significa "libra" y cuyo padre trabajaba en una ceca). Es palabra que leemos en el Canto LXXIV, y de la que Safo se hace eco en el fragmento 37 de la edición de Macías.

Ezra Pound fue un tiempo secretario de William Butler Yeats. No es de extrañar, pues, que llevada de su admiración Safo compusiera un par de poemas que siguen de cerca a otro de Yeats. Véase


LA POLÍTICA

 

En nuestro tiempo, el destino del hombre presenta su significado en términos políticos.

 

Thomas Mann


¿Cómo puedo, estando ahí esa muchacha,

fijar mi atención

en la política de Roma,

España o Rusia?;

Y aun así, aquí hay un hombre que ha viajado

y sabe de qué habla,

y allí un político

que ha leído y meditado,

y tal vez sea cierto lo que dicen

de la guerra y las amenazas de guerra,

pero, ay, ¡si fuera joven de nuevo

y la tuviera en mis brazos!




Safo escribe, estilizando la conversación y prescindiendo de topónimos:

Una tropa a caballo, dicen éstos; de infantes,
dicen ésos; y aquéllos, que una flota de naves
sobre la negra tierra es lo más bello; pero
yo digo que es lo que uno ama.


Y estiliza aún más la idea en este otro poema, el 10 (31 en la edición de Lobel-Page), mediante un hermosísimo homenaje a Yeats:

Igual a un dios se me aparece el hombre
aquel que está sentado frente a ti,
y de cerca te escucha atento mientras hablas
con dulzura y sonríes

cautivadora...



Ahora bien, cuando la                 lesbias escr           necesario que las                 Grecia. Porque en definitiva, la poesía es                                             lo demuestra en cada        de sus

      isl      


Saf

olas
 


domingo, 2 de agosto de 2009

Tras el centenario de Swinburne

Swinburne pintado por Dante Gabriel Rossetti


No caí en la cuenta el pasado abril de que se cumplía un siglo de la muerte del poeta inglés Swinburne. El Times Literary Supplement publicaba recientemente este artículo sobre el autor de "La leprosa". 
En "Fuego con nieve" sí apareció el noviembre anterior alguna estrofa del citado poema, que publiqué en la revista Clarín. Hoy lo transcribo entero:

LA LEPROSA

Mejor sabe el amor que el agua fresca,

a fe mía que no hay nada mejor;

nada es tan exquisito a quien lo prueba:

bien conocíamos esto ella y yo.

 

En un palacio real le servía

licores y manjares opulentos.

Por besarla en la frente me moría,

no comía ni conciliaba el sueño.

 

Sabe Dios que no me quiso jamás,

yo un pobre escribiente feo y modesto

que apartó su capucha clerical

por ver sus labios y amoroso pelo.

 

Me saca de quicio pensar en esto.

Sí, por más que Dios siempre me ha odiado

y lo hace ahora que besar puedo

sus ojos mientras trenzo su peinado

 

igual que antes caía por su frente,

estoy contento de tenerla muerta

en esta choza mísera y agreste

en que hoy beso sus ojos y cabeza.

 

Mejor sabe el amor que tiernos frutos

bajo nieve; nada hay como el amor,

ni ámbar en mar helado -estoy seguro-,

bien que conocemos esto ella y yo.

 

En tres ideas fijas me complazco,

primero me complazco y pienso en esto:

el dorado cabello de su amado,

su boca que incitaba en ella al beso.

 

Luego recuerdo aquel amanecer

que lo llevé por un paso escondido

hasta su reja, y cómo allí después

ella mimosas palabras le dijo.

 

(Frías carreras de pequeños pies

–sus dos pies albergaría mi mano–.

Prodigio es que pudieran sostener

el cuerpo enhiesto de aquella a la que amo)

 

“Dulce amigo, que Dios os lo agradezca.

Soy pura ahora y libre de deshonra,

y no me llevarán hasta la hoguera

por esta dulce falta escandalosa.”

 

Palabra por palabra lo repito.

Ella, recostada sobre la cama

y sosteniendo sus pies, así dijo.

La tercera de que hablé es la más grata.

 

El Dios que crea el tiempo y lo devasta

sin que Él cambie jamás, Dios sempiterno,

el cuerpo todo amor que ella habitaba

mudó con grave mal, su dulce cuerpo.

 

El amor es más dulce y placentero

que el canto en el collar de la paloma.

La escupieron todos, la maldijeron,

la echaron por juzgarla indecorosa.

 

Y pensaron que Dios le había mandado

esa cruel maldición por castigarla.

Necios eran si no veían claro

que a todas en dulzura aventajaba.

 

El que había acariciado su pelo

cegándola con besos en los ojos

sintió que, tenso y desnudo, su pecho

suspiraba bajo él entre sollozos

 

salidos de sus labios y garganta,

de su cuerpo roto por el amor.

La boca de él sufrió de mala gana

esas lágrimas que ella derramó.

 

Sí, aquel en cuyo abrazo por la noche

dormía o saltaba su cuerpo ardiente

con besos que dejaban moratones,           

asqueado la huyó como a la peste.

 

En esta choza agreste la oculté,

agua le servía, y mísero pan.

El placer de besar una y otra vez

su frente me llegó casi a matar.

 

Se acabó el pan; quedaba sólo el agua

y cogíamos hierbas y semillas.

Tanto placer tenía con besarla

que me era igual el sueño y la comida.

                                    

 

Dichoso de servirla, a veces raudas

lágrimas resbalaban de mis párpados

mojándola, tanto me deleitaba

servirla como Dios tiene vedado.

 

“Vete, deja que muera en solitario,

te suplico que me dejes en paz.”

Dicho esto, cesaron de hablar sus labios

junto a los míos, y rompió a llorar.

 

Yo le dije: “Piensa cómo el amor

hizo a los dos correr la misma suerte.

¿He de abandonarte? No quiera Dios.

Mi alma estará ligada a ti por siempre.”

 

Sí, por más que Dios nos aborrezca, Él sabe

que muy difícilmente en una cosa

afloja el amor en la labor que hace

hasta que está granada la mazorca.

 

Seis meses, mas ahora que no vive

me vence el desasosiego: no sé

si estaría bien cuanto hice y dije

o si es que de un detalle me olvidé.

 

Era demasiado dulce toda ella

para haber abandonado la vida

a trozos; si su inmóvil boca se abriera

algo que ahora olvido ver podría.

 

Seis meses; sentado en silencio pongo

en dos frías palmas sus fríos pies.

Su pelo, mitad gris y oro ruinoso,

al besarlo me turba y me hace arder.

 

Me requema el amor, me aguijonea

al ver su rostro enjuto hasta los huesos.

Sus párpados consiguen que enloquezca,

ellos que purpúreos refulgieron.

 

“Pórtate bien conmigo, que me cansa

ya tanta vergüenza,” decía entonces.

“Me moriré si tú no dices nada.”

Y hoy está muerta, y la vergüenza dónde.

 

Y por el desdén suyo de otro tiempo

seguro que sentía desazones.

Jamás debí haberla besado, es cierto:

la ira de Dios se burla de los hombres.

 

A mí también ella me habría amado

si sólo hubiese sido más sumiso.

No vio que la vergüenza da la mano

al amor, aunque su vergüenza lo hizo.

 

Demasiado recibí de mi amor,

ganando por mi humilde servicio

su gran belleza sin comparación,

su rostro y su dulzura, que es lo mismo.

 

Todo el tiempo que me ocupé de ella

sé que recordaba a su antiguo amor,

que creció el viejo desdén que sintiera

unido al asombro en su corazón.

 

Tal vez mi amor estuviera mal

–la copia torcida y emborronada,

que se hace entre tinieblas, de un misal;

música estropeada por palabras–.

 

Pero la verdad, querría haberlo hecho

todo de la mejor forma. Tal vez

porque fracasé, echando algo de menos,

ella retuvo en su corazón a él.

 

Ya todo esto me está dejando a ciegas:

ahora quizás ella pueda ver

con mayor conocimiento; aún queda

la vieja pregunta. ¿No hará Dios el bien?

 

                                                                                    A. C. SWINBURNE