lunes 28 de febrero de 2011
viernes 25 de febrero de 2011
El buen soldado

jueves 24 de febrero de 2011
Habla, memoria
miércoles 23 de febrero de 2011
Amanecer en Carcasona

AMANECER EN CARCASONA
Las viejas barbacanas donde crece
el tiempo como un árbol milenario
defienden con ardor el campanario
altivo en que la luz se comba y mece.
Se astillan las tinieblas, ya amanece,
lo oscuro sigue fiel su itinerario
dejando el campo libre al adversario:
el grana que no es sangre, aunque parece.
Roja la hora, la aurora carmesí
cuando aún el cielo es cota de mallas
de estrellas que atraviesa el nuevo día.
La noche es un herido jabalí
que marcha más allá de las murallas.
Rayos de sol lo siguen en jauría.
(Farewell to Poesy, Pre-Textos, 2002)
martes 22 de febrero de 2011
Noticias de Trapiello
lunes 21 de febrero de 2011
"Puertas cerradas", de María Ruiz
domingo 20 de febrero de 2011
Gato por liebre: una riña

José Antonio votando en una mesa electoral
Y terminé de leer Riña de gatos. Madrid 1936, si no el más logrado libro de su autor, con certeza uno de los mejores que ha obtenido el premio Planeta estos últimos años; y también, sin duda, una narración engañosa y una celada en la que el primero en caer es el propio Eduardo Mendoza, pues queriendo hacer una cosa consigue la opuesta.
En el haber, cómo no, hay que consignar la calidad literaria. Admira en Mendoza la capacidad para mantener la atención del lector, cosa que obtiene mediante los hábiles finales de los capítulos -casi encabalgamientos, pero no de verso, de trepidante prosa-, que administra con sabiduría dejando siempre en uno el gusanillo del suspense, con ganas de continuar y pasar al siguiente tramo, que rápidamente se hace vertiginosa autovía, dejando atrás páginas y páginas.
En la trama de la ficción que recorre la historia real se usa con generosidad el presente histórico, ese vehículo de la inmediatez que ya sirvió a Julio César para manchar la toga del latino con el barro de sus campañas allende el Ródano, en La Guerra de las Galias. En cuanto al léxico y el lenguaje, sería una grosería pretender descubrir ahora la riqueza idiomática y el tino estilístico de quien escribiera La verdad sobre el caso Savolta.
Aunque también hay un debe, y aquí lo anoto. Poco sé del pintor sobre el que gravita este libro, más allá de lo que me ha enseñado Ramón Gaya en Velázquez, pájaro solitario, pero alguna información poseo sobre el político que entra y sale por las páginas.
Numerosas veces durante la promoción del libro le hemos leído y oído al autor barcelonés que uno de los protagonistas de su rocambolesca historia, José Antonio Primo de Rivera, fue tan atractivo como memo. Y varios de los personajes de la obra no ahorran juicios severos sobre el fundador de la Falange. Ahora, las críticas que sobre él vierte una rancia aristócrata, por ejemplo, lejos de mancharlo lo enaltecen, destacando su carácter revolucionario. Lo idéntico sucede con los juicios del Director General de Seguridad, José Alonso Mallol, que apócrifamente dictamina del supuesto chalado, como lo tilda: “Es agraciado de aspecto, orador brillante, vive rodeado de una corte de señoritos tan tontos como él que le ríen todas las gracias.” Naturalmente, se refiere a “tontos” como Agustín de Foxá o Rafael Sánchez Mazas, que ya lo serían menos, a tenor de sus escritos. Pero para atolondrado de verdad, el inglés Anthony Whitelands (Antonio Vitelas, como lo llama un castizo no muy familiarizado con la lengua de Shakespeare). En realidad, Primo de Rivera sale con bien de la historia, hasta el punto de que incluso lectores que jamás habían congeniado con él lo verán ahora como una figura simpática.
Se entreveran en Riña de gatos lances de la vida española de esa primera mitad de 1936 con sucesos de la imaginación, fabulaciones, enredos propios de lo que precisamente constituyen: episodios novelescos. Seguramente ignorando el amor entre el jefe de la Falange y la princesa Bibesco, autora de la novela The Romantic, que le dedicó, Mendoza hace a José Antonio tener aquí una relación con Paquita, hija del apócrifo duque de la Igualada.
Con todo, si es lícito en una novela poner en boca de los personajes históricos como Manuel Azaña o el propio José Antonio diálogos que no certifican las fuentes y ha de idear la imaginación, cosa bien distinta es hacer decir al segundo, en circunstancias sobre las que hay testimonio, cosas que no dijo ligadas a hechos que determinaron no ya la política, sino el mismo desencadenamiento del conflicto armado. Me estoy refiriendo, por ejemplo, al discurso del Cinema Europa: el real se produjo en febrero de 1936, en la campaña electoral que dio el triunfo al Frente Popular; el novelesco, pasado ya el sufragio, a modo de valoración de los resultados; en el verdadero, José Antonio llama a desmantelar el sistema capitalista, tratando de granjearse a quienes éste favorece, haciéndoles ver que es el único modo de impedir la llegada del comunismo; en el postizo, clama por la llegada de la contienda que se produjo meses después: “Nuestro deber no es otro que ir a la guerra civil con todas sus consecuencias”, declara en la alocución espuria. La diferencia es tan grande que resulta un engaño para el lector no avisado.
Sobre José Antonio, una personalidad llena de contradicciones pero sugestiva (“figura extraordinaria”, dijo de él Gonzalo Torrente Ballester, aunque en fecha peliaguda como 1939), se han escrito copiosos ditirambos, no pocos de ellos ridículos, y ataques mucho menos numerosos (a nadie salvo a Mendoza lo hemos oído jamás llamarlo memo, y muchas veces por otros, como Unamuno, lo contrario). Y de su atractivo para la literatura dan fe un puñado de novelas, escritas desde muy diversas posiciones, a cuya cola se pone esta Riña de gatos. Recuerdo ahora la reciente La playa de los Alemanes, de Javier Compás; o Las máscaras del héroe, de Juan Manuel Prada; o Soldados de Salamina, de Javier Cercas; o La noche que fui traicionada, de Andrés Sorel. También Memorias inéditas de José Antonio Primo de Rivera, obra con la que Carlos Rojas obtuvo otro premio (por entonces igualmente de Planeta), el Ateneo de 1977, que parte de la fantasía de que José Antonio no muró fusilado sino que fue trasladado a Moscú e interrogado nada menos que por Stalin. Se narra, además, el asesinato de Trotski en su casa de Coyoacán, en la Ciudad de México (casi un fortín, que tuve ocasión de visitar el año pasado y donde aún se conservan los impactos de bala de un atentado anterior).
La tumba de Trotski en Coyoacán
Es buena y divertida esta premiada farsa de Mendoza, por más que no pocos sucesos presentados como “reales” sean más falsos que el misterioso cuadro sobre el que se dirime la historia. Eso sí, de la otra Historia, con mayúsculas, hay poco en el trampantojo.
sábado 19 de febrero de 2011
La traducción de poesía (y III)
III
Que la traducción es, además de deseable, posible lo demuestra el caso de una poeta que escribe en una lengua minoritaria: Nuala Ní Dhomhnaill. Esta autora contemporánea que ha escrito toda su obra lírica en gaélico irlandés ha obtenido el reconocimiento gracias a las ediciones bilingües, a veces a cargo de un único poeta (como Michael Hartnett), a veces de toda una pléyade de compatriotas, muchos de los cuales, a pesar de la coexistencia de dos lenguas en Irlanda, sólo han escrito poesía en inglés, como es el caso de Ciaran Carson, Seamus Heaney, Michael Longley, Derek Mahon, John Montague o Paul Muldoon, un traductor juguetón este último que inventa tanto como traduce. Así, en el poema titulado “An bhean mhídhílis”, la autora escribe ag an gcúntúirt (en el mostrador) y Muldoon vierte, amplificando, at the spirit-grocer’s warped and wonky counter. En otras ocasiones se permite juegos de palabras que no están en el original: el Titim i ngrá gach aon bhliain ins an bhfómhar (Todos los años me enamoro en otoño) de ella se convierte en el I fall in love, in the fall of every year de él (aquí Muldoon, profesor en Princeton, se agarra a la forma norteamericana fall en vez de a la insular autumn). En otro poema se siente obligado a especificar la geografía: el irlandés ós na tíortha teo suas go dtí na farraigí fuara (desde países cálidos a fríos mares) muda caprichosa y brillantemente en el inglés from Alaska to the Azores, aunque eso sí, manteniendo el efecto de la aliteración: la doble de las consonantes en irlandés se preserva en la de la vocal a en inglés. En descargo de lo que podría ser descaro inadmisible hay que recordar que la autora ha aceptado esas traducciones (¿o habrá que decir versiones de traductor o, mejor aún, adoptando el lenguaje de Finnegans Wake, lo que se me ocurre llamar transversuras?).

Colección de cajas chinas, ya desde el principio de mi carrera como traductor de poesía reconocí la importancia de la traducción. No en vano aquel primer volumen se trataba de una antología del Ezra Pound anterior a los Cantos; huelga recordar que el poeta norteamericano cultivó la traducción, o la versión si se prefiere, como una prolongación natural de su escritura. En aquel libro, un auténtico palimpsesto, yo no estaba poniendo en español sólo a Pound, sino también a los autores provenzales, orientales, de la Inglaterra anglosajona o de la antigua Roma que había puesto en inglés, a veces de forma muy sui generis, el propio Pound. No incluí en la selección el poema “El navegante”, que preferí traducir en otro lugar directamente del inglés antiguo; haciéndolo, me di cuenta de hasta qué punto el viejo Ezra se había apartado del original, aunque con buen criterio cuando despojó al poema de su parasitaria adherencia cristiana en el tramo final.
A lo largo de mi carrera me he permitido numerosas licencias, como un poeta se las concede en su propia obra. A veces, incluso, he disfrazado de tales mis carencias, como cuando anoté de una traducción de “La canción del pastor feliz” de W. B. Yeats lo que sigue: “Una boutade para los archivos de la desfachatez: si en la versión española se aprecia algún desmayo en el ritmo, atribúyaselo, fiel reflejo, a la impericia del juvenil poeta irlandés, que aún trataba de dominar esa disciplina mezcla de aritmética y música que atiende al nombre de prosodia”. En otra ocasión presumí de haber encargado a Shakespeare, de quien me constaban sus habilidades poéticas de mostradas en su teatro, el traslado al inglés de 154 sonetos míos… Y es que toda traducción poética que se precie debería salir airosa del intercambio de páginas pares e impares en una edición bilingüe.
Por paradójico que parezca, siempre me encuentro más cómodo traduciendo poesía que haciendo lo propio con la prosa; será que soy, fundamentalmente, autor de aquélla y que, pese al constreñimiento de la forma, el verso me ofrece más libertad, porque pese a los muchos elementos que pone en juego (ritmo, figuras retóricas, connotaciones) de lo que hay que estar pendiente es del resultado en su conjunto, como decía.
El conjunto de este artículo toca a su fin regresando a Buenos Aires, como un homenaje al tango “Volver”. El padre de Victoria Ocampo, y de ahí la acumulada fortuna que permitió edificar la bella casa, fue ingeniero, constructor de viaductos y carreteras. Es decir, algo similar a lo que hace un traductor: tender puentes, reducir distancias, aunque nunca se haya conocido –con la rara excepción de Alexander Pope y sus muy difundidas traducciones homéricas (y aquí volvemos como en un eco o estribillo también a Borges)– que un traductor se haya hecho rico con su trabajo. Las recompensas existen, pero son otras.
viernes 18 de febrero de 2011
La traducción de poesía (II)
II
Todo poeta ha de ser un inconformista. Y aunque sea para una coma (como la que es fama ocupó a Oscar Wilde todo un día) no abandona la reescritura. De alguna forma, si vuelve sobre sus propios poemas, ¿por qué no también enfrentarse con perseverancia a los de otros con los que halla una especial sintonía? Es la traducción de poesía un modo de apropiación. En mi caso, y lo he declarado alguna vez, la creación de poesía es una droga, pero cuando ésta no se halla a mi alcance la traducción es su metadona.
En ello no soy nada original. Para el poeta, traducir es, pues, una fuente de enriquecimiento, y así lo han visto muchos, desde Dante Gabriel Rossetti a Jorge Guillén, de Octavio Paz a Baudelaire o el recientemente fallecido poeta escocés Edwin Morgan (1920-2010), traductor de, entre muchos, García Lorca y Cernuda. En el ámbito británico hay brillantes antologías de este quehacer, como el The Oxford Bok of Verse in English Translation de Charles Tomlinson o el The Penguin Book of Modern Verse Translation, de George Steiner.

Pero estas páginas no van dirigidas a poetas, sino a traductores en ejercicio o a aquellos que tienen intención de hacerlo. La recomendación general para éstos es que, aunque sólo sea por la búsqueda de una digna remuneración de su trabajo, se dediquen a otra cosa, especialmente si no son lectores habituales de poesía en su propio idioma; de otro modo (y orillo aquí la razón crematística), por más exacta que sea su traslación en lo literal, en el sentido, brillarán por su ausencia las virtudes del poema, su efecto. Pero, sensu contrario, quien salga airoso de la prueba podrá llamarse a sí mismo poeta (aunque tal vez sólo sea predicable de una página), esa elusiva condición que todo que el que la haya alcanzado sabe que siempre está en peligro de perderse.
Con todo, el trabajo del ritmo, que siempre enfatizo, también tiene contraindicaciones. Un riesgo de la traducción de poesía es el de caer en el sonsonete, el de poner el piloto automático del ritmo y, tras muchas millas o versos, despertar legañoso en el aterrizaje. No se puede traducir siempre con los mismos metros, por más que seamos duchos en ellos. A veces es preferible verter algún poema en verso más desestructurado y libre si evitamos con ello la sensación de monotonía, la idea de que el poeta traducido no era más que poseedor de un solo registro, incapaz de emplear otros ritmos. Viene esto además a subrayar nuestra vieja idea de que la traducción de un poema ha de ser realizada teniendo en cuenta el conjunto más que los versos por separado. De igual modo, la traducción de un libro, y más aún la de la poesía toda de un poeta, ha de ser abordada con el criterio de que lo que importa es la visión total, por más que en las partes pueda tomarse el traductor alguna licencia. Así abordé la Poesía reunida de W. B. Yeats, en cuyos poemas narrativos (como ya hice con Sansón agonista de Milton o Hero y Leandro de Marlowe) no he tenido empacho en servirme de un número de versos superior al del original, lo que suele ser una pesadilla para el maquetador al enfrentar las páginas de la edición bilingüe y para mí mismo durante el proceso de corrección de pruebas.
Shakespeare le evita el engorro a aquél, pues en su obra lírica ese expediente de alargar la cantidad de versos es solución imposible, pero carga la responsabilidad en el traductor, que siente complejo de Procusto al acomodar tanta carga léxica en lecho tan parvo para una lengua de palabras generalmente polisilábicas: al rehacer en español su Poesía completa no había sino que respetar el marco de los sonetos y de las estrofas regulares de Venus y Adonis, La violación de Lucrecia o Lamento de una amante. A ellas me ceñí con los varios miles de endecasílabos resultantes. Endecasílabos blancos, pues no soy partidario en general de traducir con rima, salvo que ésta tenga en el original un papel especial, como sucede con el anterior ejemplo de Frost o con “El cuervo” de Edgar Allan Poe. Aquí, el ritmo machacón, la insistencia de las rimas internas piden a gritos, con la obstinación del dichoso Nevermore, la réplica en la lengua de llegada. Así hice:
Una noche me aburría y cansado discurría
sobre muchos y curiosos libros de la Antigüedad;
y mientras cabeceaba, escuché como una aldaba:
suavemente alguien llamaba a la puerta de mi hogar.
“Será una visita,” dije, “a la puerta de mi hogar.”
Esto sólo y nada más.
Luego he descubierto que Fernando Pessoa fue también de la misma idea:
Numa meia-noite agreste, quando eu lia, lento e triste,
Vagos curiosos tomos de ciências ancestrais,
E já quase adormecia, ouvi o que parecia
O som de alguém que batia levemente a meus umbrais.
“Uma visita”, eu me disse, “está batendo a meus umbrais.
É só isto, e nada mais.”
En ello fue el portugués más lejos que el predecesor en su lengua Machado de Assis, que modificó la estrofa. En Francia, Baudelaire y Mallarmé, sin embargo, se conformaron con traducir en prosa. El original en inglés de esta primera estrofa es como sigue:
Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,
While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
“’Tis some visitor,” I muttered, “tapping at my chamber door,
Only this, and nothing more.”."
jueves 17 de febrero de 2011
La traducción de poesía (I)
LA TRADUCCIÓN DE POESÍA
I
Se distinguen ya atisbos de primavera en Buenos Aires. Al regreso de unas Tierra del Fuego y Patagonia bajo temperaturas bajísimas del agosto austral, los veintitrés grados de la capital federal de la Argentina invitan al paseo despreocupado de sus avenidas, incluso de calles de localidades aledañas, como Beccar, en el partido de San Isidro. Es mañana de domingo y visito allí la hermosa villa que fuera casa y cuartel general literario de Victoria Ocampo.
Fue la propietaria cuyo apellido da nombre a la quinta una destacada animadora y mecenas cultural y, no llamada ella misma por la senda de la creación, traductora de, entre otros, Camus, Graham Greene o Lawrence de Arabia al español (¡e incluso de poemas de Jorge Luis Borges al francés!). También fundó y dirigió hasta su muerte la importantísima revista Sur, cuyo número doble 338-339, de 1976, fue un monográfico dedicado a “Los problemas de la traducción”. En ese número destaca precisamente una realizada por su hermana Silvina, esposa de Adolfo Bioy Casares, que tengo por ejemplo de traducción poética, aquello de lo que puedo aventurar ahora esta apresurada definición, no incompatible con otras: la presentación de un poema en la que no se olvida que éste es un artefacto verbal, por el que respira, tanto como el sentido, el ritmo. Se podrá prescindir de la rima, si la hay, pero no de la intención de musicalidad del original, porque en un poema el qué se dice es indisoluble de su cómo.
Aducir una muestra me dispensará de extenderme en teorizaciones. Vierte Silvina el célebre “To His Coy Mistress” de Andrew Marvell bajo el título “A la púdica amada” (un heptasílabo, lo que ya es buen presagio), y luego, trocando los tetrámetros yámbicos ingleses por endecasílabos nuestros (ocho sílabas agudas frente a once llanas), consigue compensar la propensión inglesa a las palabras monosilábicas sin tener que prescindir de nada del original:
Had we but World enough, and Time,
This coyness Lady were no crime.
We would sit down, and think which way
To walk and pass our long Loves Day.
Si universo y si tiempo nos sobrara,
no sería crimen tu pudor, señora.
Sentados, lentamente pensaríamos
cómo pasar nuestro amoroso día.
Hay que evitar que los árboles nos impidan ver el bosque, que el detalle nos impida saborear el conjunto. Bien es verdad que en el tercer verso inglés citado no hallamos el “lentamente” del español. Pero de alguna forma, éste prepara para el long del cuarto verso, que en nuestro idioma desaparece. Sólo la miopía podría hacernos protestar de esa anticipación.
Me alienta ver que ésta fue solución que también adopté yo mismo cuando al verter una selección de los poemas de In Memoriam A. H. H. de Sir Alfred Tennyson hice equivaler ambas medidas de versos ingleses y españoles. Porque a la postre, lo que hay que procurar es la construcción de un poema que suene como tal en la lengua de llegada, y en español no hay verso que lo consiga como el endecasílabo:
He is not here; but far away
The noise of life begins again,
And ghastly thro’ the drizzling rain
On the bald street breaks the blank day.
Él ya no está aquí, pero allá a lo lejos
el fragor de la vida recomienza,
y en la llovizna, pálido, despunta
en la calle desnuda el vago día.
Uno de los más arraigados errores es el de que la poesía es intraducible. Lo dijo Joachim du Bellay (“Os parecerá pasar de la ardiente montaña del Etna a la fría cumbre del Cáucaso”), y vinieron a repetirlo con otras palabras Paul Valéry o Robert Frost. Aunque este último, ya que hablamos de fuego y hielo, no me parece del todo intraducible en el espejo que labré hace años de su célebre poema “Fire and Ice”:
EL FUEGO Y EL HIELO
Dicen algunos que será por fuego,
y otros por hielo, como acabará el mundo.
Por lo que yo he probado del deseo
estoy con los que se inclinan por el fuego.
Mas si hubiera de perecer dos veces,
creo que conozco el odio lo bastante
como para saber que el hielo
también es bueno
y serviría con creces.
Tal vez cabría conceder que eso de la imposibilidad de traducción tiende a ser así sobre todo en la poesía lírica. Salvo que quien aborde la traducción sea un poeta. Otra cosa será discutir si, en este caso, el resultado es una mera traducción o un poema nuevo.
Son tantos los poetas que se han dedicado, con éxito, a esa tarea (taracea casi; labor de marquetería, artesanía puesta al servicio del arte) que sólo enunciar su interminable lista dispersaría la duda de si es posible la traducción de poesía. Aplicadamente, corrigiendo, puliendo, el poeta traductor hace algo no muy distinto a crear poesía propia. Y tacha, sustituye, busca alternativas como cuando se trata de un poema original. Lo dijo Borges en su ensayo “Las versiones homéricas”: “El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”. Y hablando del aedo de hace veintiocho siglos, recordemos lo que puede una buena traducción: John Keats, que no sabía griego, quedó deslumbrado por la versión que de aquél hizo George Chapman, de lo cual da fe en el soneto “Al asomarme por vez primera al Homero de Chapman”. Sin embargo, T. S. Eliot, poeta doblado de editor de Faber & Faber, que sabía tanto español como Keats griego, rechazó unos poemas de Luis Cernuda traducidos por Edward Wilson precisamente por su falta de brillo en inglés: “Ya he leído lo de Cernuda, y me ha dado la impresión de que es un poeta interesante. Es decir, puedo ver en las traducciones algo de lo que inspiró en usted el interés en el original. Pero no me parece que las traducciones en sí sean muy apasionantes. No tengo la menor duda de que se trata de buenas traducciones, pero el efecto que tienen en inglés es más bien pedestre, y me da la impresión de que es mucho lo que se ha perdido. Tal vez, un mayor número de poemas tuviera un efecto acumulativo que reconocería como más positivo.” Cuando algo después Wilson se lo contó a Cernuda, trató, “en vano, de explicarle que las objeciones de Eliot iban dirigidas contra mis versiones y no contra los originales españoles”. No es una de las menores ironías de la literatura que a Luis Cernuda lo acusara Juan Ramón Jiménez de ser un poeta que parece traducido del inglés.
miércoles 16 de febrero de 2011
La Casa de los Poetas
martes 15 de febrero de 2011
El carillón
la pila nada entiende. Mientras dure,
dará cuartos y medias: la observancia
de un rito ya sin dueño, fiel y ciego,
que concede sus horas como dátiles
la palma que levanta un espejismo.
Con su intacto tictac, autista terco,
sigue el reloj sonando en vuestra ausencia.
lunes 14 de febrero de 2011
Nostalgia armada

domingo 13 de febrero de 2011
En el cine

sábado 12 de febrero de 2011
Un artículo sobre Cunqueiro

viernes 11 de febrero de 2011
El año Cunqueiro

jueves 10 de febrero de 2011
Juan Carlos Palma en FNAC
miércoles 9 de febrero de 2011
martes 8 de febrero de 2011
Con Luis Cernuda

lunes 7 de febrero de 2011
Cuentos mortuorios
domingo 6 de febrero de 2011
El amor de Synge

sábado 5 de febrero de 2011
De libros y cacharros

viernes 4 de febrero de 2011
Tránsito

jueves 3 de febrero de 2011
Peligro de vida

miércoles 2 de febrero de 2011
Un siglo de clásicos

