lunes, 28 de febrero de 2011

domingo, 27 de febrero de 2011

viernes, 25 de febrero de 2011

El buen soldado



En Paréntesis acabamos de publicar una nueva traducción de El buen soldado, la gran novela de Ford Madox Ford. Lo ha puesto en español Victoria León, y lleva un prólogo de Felipe Benítez Reyes. En la fotografía, Ford entre Ezra Pound y James Joyce. De pie, el abogado y coleccionista de manuscritos John Quinn.
En los próximos días, el libro estará en las mejores librerías, como suele decirse. Y espero que poco después en las mejores casas (las vuestras).



jueves, 24 de febrero de 2011

Habla, memoria



Con título prestado de Nabokov, dejo aquí la entrada que Juan Carlos Palma dedica hoy a la excelente trilogía en la que está empeñado José Manuel Benítez Ariza, poniéndola en relación con su propia -y estupenda- novela Bancos de niebla, en cuya presentación en Cádiz coincidieron ayer ambos. Este es el enlace.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Amanecer en Carcasona





AMANECER EN CARCASONA


Las viejas barbacanas donde crece

el tiempo como un árbol milenario

defienden con ardor el campanario

altivo en que la luz se comba y mece.


Se astillan las tinieblas, ya amanece,

lo oscuro sigue fiel su itinerario

dejando el campo libre al adversario:

el grana que no es sangre, aunque parece.


Roja la hora, la aurora carmesí

cuando aún el cielo es cota de mallas

de estrellas que atraviesa el nuevo día.


La noche es un herido jabalí

que marcha más allá de las murallas.

Rayos de sol lo siguen en jauría.


(Farewell to Poesy, Pre-Textos, 2002)

lunes, 21 de febrero de 2011

Noticias de Trapiello


Trapiello, Rodríguez Almodóvar y Benítez Reyes el pasado miércoles en Sevilla


Vino a Sevilla la semana pasada Andrés Trapiello para participar con Felipe Benítez Reyes en los Diálogos con Machado organizados en el convento de Santa Clara. Le llevaba uno (repárese en el "uno" tan de él) su ejemplar de la cuarta edición de Las armas y las letras, para que se la firmara. Tenía, sí, la primera, la que ganó el Premio Espejo de España, pero frente a aquella, en blanco y negro y tipografía impuesta, aquí Trapiello ha podido desplegar a su gusto -con una maqueta magnífica e ilustraciones a todo color que reproducen cubiertas de libros, revistas, carteles- muchos datos nuevos en un libro atractivísimo. Un libro que, manejado en una biblioteca y adquirido ese mismo día, no me llevé firmado porque, aunque apareció apenas hace unos meses, pronto se distribuirá en su quinta edición -me avisó Trapiello, que acababa de recibir sus ejemplares-, con un puñado de novedades por las que merece la pena esperar (que no lo tomen a mal los de Destino, que querrán vender lo que quede de la tirada de la cuarta).
Por cierto, que me aseguró el autor del Salón de pasos perdidos que el próximo tomo de esos diarios, retrasado por su dedicación reciente a Las armas y las letras y a la novela que tiene entre manos, saldrá muy aligerado de páginas. Apenas sensitivo (éste es su título, como sabemos desde hace años los fieles) ha sido objeto de una labor de poda que lo devuelve a lo que era habitual en las primeras entregas. 350 páginas: un esbelto atleta frente a los corpulentos tomos de los últimos años. Y le entra a uno nostalgia de El gato encerrado (del libro y del lector que era él entonces).



domingo, 20 de febrero de 2011

"Puertas cerradas", de María Ruiz


María, en el centro, conversando con dos de las sobrinas de Manuel y Antonio Machado,
la semana pasada en el convento de Santa Clara en Sevilla


María Ruiz es una de las alumnas del taller que imparto en la Escuela de Escritores. Este es el tercer año que compartimos los encuentros semanales con la poesía. Dejo aquí, con orgullo, sus más recientes versos.


PUERTAS CERRADAS

Sigues cerrando el parque de tu infancia
con rejas altas como el deseo,
y aunque tú no lo sabes
está el parque esperando marzos.
La primavera extiende sus andamios
y otros niños tendidos en la hierba
descubren abanicos de luz,
las palmeras, tatuadas en sus rostros.

Y aunque tú no lo sepas,
la mañana fija sus carteles;
se ha puesto rubia para ti,
y aunque tú no la esperas,
como un regalo la recibe el insomne.

Recoges las copas sucias.
La amistad vació tu bodega,
pero este vino solo no es tan dulce,
y aunque tú no lo creas
aún resiste la esperanza
como el azúcar en el fondo
de tu vaso de leche;
y aunque perdiste aquel tren sin paradas
que marcó las distancias de tu tiempo,
es inútil entregarse a la melancolía,
recrearse en el dolor ausente
de la pierna seccionada. Te levantas
y está rubia la mañana
y se ordenan las casas para ti,
y aunque sigues cerrando el parque
hay puertas que no encajan,
como un puzle revuelto.
Tu memoria traviesa
olvidó cerrar con llave.




sábado, 19 de febrero de 2011

Gato por liebre: una riña



José Antonio votando en una mesa electoral


Y terminé de leer Riña de gatos. Madrid 1936, si no el más logrado libro de su autor, con certeza uno de los mejores que ha obtenido el premio Planeta estos últimos años; y también, sin duda, una narración engañosa y una celada en la que el primero en caer es el propio Eduardo Mendoza, pues queriendo hacer una cosa consigue la opuesta.

En el haber, cómo no, hay que consignar la calidad literaria. Admira en Mendoza la capacidad para mantener la atención del lector, cosa que obtiene mediante los hábiles finales de los capítulos -casi encabalgamientos, pero no de verso, de trepidante prosa-, que administra con sabiduría dejando siempre en uno el gusanillo del suspense, con ganas de continuar y pasar al siguiente tramo, que rápidamente se hace vertiginosa autovía, dejando atrás páginas y páginas.

En la trama de la ficción que recorre la historia real se usa con generosidad el presente histórico, ese vehículo de la inmediatez que ya sirvió a Julio César para manchar la toga del latino con el barro de sus campañas allende el Ródano, en La Guerra de las Galias. En cuanto al léxico y el lenguaje, sería una grosería pretender descubrir ahora la riqueza idiomática y el tino estilístico de quien escribiera La verdad sobre el caso Savolta.

Aunque también hay un debe, y aquí lo anoto. Poco sé del pintor sobre el que gravita este libro, más allá de lo que me ha enseñado Ramón Gaya en Velázquez, pájaro solitario, pero alguna información poseo sobre el político que entra y sale por las páginas.

Numerosas veces durante la promoción del libro le hemos leído y oído al autor barcelonés que uno de los protagonistas de su rocambolesca historia, José Antonio Primo de Rivera, fue tan atractivo como memo. Y varios de los personajes de la obra no ahorran juicios severos sobre el fundador de la Falange. Ahora, las críticas que sobre él vierte una rancia aristócrata, por ejemplo, lejos de mancharlo lo enaltecen, destacando su carácter revolucionario. Lo idéntico sucede con los juicios del Director General de Seguridad, José Alonso Mallol, que apócrifamente dictamina del supuesto chalado, como lo tilda: “Es agraciado de aspecto, orador brillante, vive rodeado de una corte de señoritos tan tontos como él que le ríen todas las gracias.” Naturalmente, se refiere a “tontos” como Agustín de Foxá o Rafael Sánchez Mazas, que ya lo serían menos, a tenor de sus escritos. Pero para atolondrado de verdad, el inglés Anthony Whitelands (Antonio Vitelas, como lo llama un castizo no muy familiarizado con la lengua de Shakespeare). En realidad, Primo de Rivera sale con bien de la historia, hasta el punto de que incluso lectores que jamás habían congeniado con él lo verán ahora como una figura simpática.

Se entreveran en Riña de gatos lances de la vida española de esa primera mitad de 1936 con sucesos de la imaginación, fabulaciones, enredos propios de lo que precisamente constituyen: episodios novelescos. Seguramente ignorando el amor entre el jefe de la Falange y la princesa Bibesco, autora de la novela The Romantic, que le dedicó, Mendoza hace a José Antonio tener aquí una relación con Paquita, hija del apócrifo duque de la Igualada.

Con todo, si es lícito en una novela poner en boca de los personajes históricos como Manuel Azaña o el propio José Antonio diálogos que no certifican las fuentes y ha de idear la imaginación, cosa bien distinta es hacer decir al segundo, en circunstancias sobre las que hay testimonio, cosas que no dijo ligadas a hechos que determinaron no ya la política, sino el mismo desencadenamiento del conflicto armado. Me estoy refiriendo, por ejemplo, al discurso del Cinema Europa: el real se produjo en febrero de 1936, en la campaña electoral que dio el triunfo al Frente Popular; el novelesco, pasado ya el sufragio, a modo de valoración de los resultados; en el verdadero, José Antonio llama a desmantelar el sistema capitalista, tratando de granjearse a quienes éste favorece, haciéndoles ver que es el único modo de impedir la llegada del comunismo; en el postizo, clama por la llegada de la contienda que se produjo meses después: “Nuestro deber no es otro que ir a la guerra civil con todas sus consecuencias”, declara en la alocución espuria. La diferencia es tan grande que resulta un engaño para el lector no avisado.

Sobre José Antonio, una personalidad llena de contradicciones pero sugestiva (“figura extraordinaria”, dijo de él Gonzalo Torrente Ballester, aunque en fecha peliaguda como 1939), se han escrito copiosos ditirambos, no pocos de ellos ridículos, y ataques mucho menos numerosos (a nadie salvo a Mendoza lo hemos oído jamás llamarlo memo, y muchas veces por otros, como Unamuno, lo contrario). Y de su atractivo para la literatura dan fe un puñado de novelas, escritas desde muy diversas posiciones, a cuya cola se pone esta Riña de gatos. Recuerdo ahora la reciente La playa de los Alemanes, de Javier Compás; o Las máscaras del héroe, de Juan Manuel Prada; o Soldados de Salamina, de Javier Cercas; o La noche que fui traicionada, de Andrés Sorel. También Memorias inéditas de José Antonio Primo de Rivera, obra con la que Carlos Rojas obtuvo otro premio (por entonces igualmente de Planeta), el Ateneo de 1977, que parte de la fantasía de que José Antonio no muró fusilado sino que fue trasladado a Moscú e interrogado nada menos que por Stalin. Se narra, además, el asesinato de Trotski en su casa de Coyoacán, en la Ciudad de México (casi un fortín, que tuve ocasión de visitar el año pasado y donde aún se conservan los impactos de bala de un atentado anterior).


La tumba de Trotski en Coyoacán


Es buena y divertida esta premiada farsa de Mendoza, por más que no pocos sucesos presentados como “reales” sean más falsos que el misterioso cuadro sobre el que se dirime la historia. Eso sí, de la otra Historia, con mayúsculas, hay poco en el trampantojo.


La traducción de poesía (y III)



III

Que la traducción es, además de deseable, posible lo demuestra el caso de una poeta que escribe en una lengua minoritaria: Nuala Ní Dhomhnaill. Esta autora contemporánea que ha escrito toda su obra lírica en gaélico irlandés ha obtenido el reconocimiento gracias a las ediciones bilingües, a veces a cargo de un único poeta (como Michael Hartnett), a veces de toda una pléyade de compatriotas, muchos de los cuales, a pesar de la coexistencia de dos lenguas en Irlanda, sólo han escrito poesía en inglés, como es el caso de Ciaran Carson, Seamus Heaney, Michael Longley, Derek Mahon, John Montague o Paul Muldoon, un traductor juguetón este último que inventa tanto como traduce. Así, en el poema titulado “An bhean mhídhílis”, la autora escribe ag an gcúntúirt (en el mostrador) y Muldoon vierte, amplificando, at the spirit-grocer’s warped and wonky counter. En otras ocasiones se permite juegos de palabras que no están en el original: el Titim i ngrá gach aon bhliain ins an bhfómhar (Todos los años me enamoro en otoño) de ella se convierte en el I fall in love, in the fall of every year de él (aquí Muldoon, profesor en Princeton, se agarra a la forma norteamericana fall en vez de a la insular autumn). En otro poema se siente obligado a especificar la geografía: el irlandés ós na tíortha teo suas go dtí na farraigí fuara (desde países cálidos a fríos mares) muda caprichosa y brillantemente en el inglés from Alaska to the Azores, aunque eso sí, manteniendo el efecto de la aliteración: la doble de las consonantes en irlandés se preserva en la de la vocal a en inglés. En descargo de lo que podría ser descaro inadmisible hay que recordar que la autora ha aceptado esas traducciones (¿o habrá que decir versiones de traductor o, mejor aún, adoptando el lenguaje de Finnegans Wake, lo que se me ocurre llamar transversuras?).



Colección de cajas chinas, ya desde el principio de mi carrera como traductor de poesía reconocí la importancia de la traducción. No en vano aquel primer volumen se trataba de una antología del Ezra Pound anterior a los Cantos; huelga recordar que el poeta norteamericano cultivó la traducción, o la versión si se prefiere, como una prolongación natural de su escritura. En aquel libro, un auténtico palimpsesto, yo no estaba poniendo en español sólo a Pound, sino también a los autores provenzales, orientales, de la Inglaterra anglosajona o de la antigua Roma que había puesto en inglés, a veces de forma muy sui generis, el propio Pound. No incluí en la selección el poema “El navegante”, que preferí traducir en otro lugar directamente del inglés antiguo; haciéndolo, me di cuenta de hasta qué punto el viejo Ezra se había apartado del original, aunque con buen criterio cuando despojó al poema de su parasitaria adherencia cristiana en el tramo final.

A lo largo de mi carrera me he permitido numerosas licencias, como un poeta se las concede en su propia obra. A veces, incluso, he disfrazado de tales mis carencias, como cuando anoté de una traducción de “La canción del pastor feliz” de W. B. Yeats lo que sigue: “Una boutade para los archivos de la desfachatez: si en la versión española se aprecia algún desmayo en el ritmo, atribúyaselo, fiel reflejo, a la impericia del juvenil poeta irlandés, que aún trataba de dominar esa disciplina mezcla de aritmética y música que atiende al nombre de prosodia”. En otra ocasión presumí de haber encargado a Shakespeare, de quien me constaban sus habilidades poéticas de mostradas en su teatro, el traslado al inglés de 154 sonetos míos… Y es que toda traducción poética que se precie debería salir airosa del intercambio de páginas pares e impares en una edición bilingüe.

Por paradójico que parezca, siempre me encuentro más cómodo traduciendo poesía que haciendo lo propio con la prosa; será que soy, fundamentalmente, autor de aquélla y que, pese al constreñimiento de la forma, el verso me ofrece más libertad, porque pese a los muchos elementos que pone en juego (ritmo, figuras retóricas, connotaciones) de lo que hay que estar pendiente es del resultado en su conjunto, como decía.

El conjunto de este artículo toca a su fin regresando a Buenos Aires, como un homenaje al tango “Volver”. El padre de Victoria Ocampo, y de ahí la acumulada fortuna que permitió edificar la bella casa, fue ingeniero, constructor de viaductos y carreteras. Es decir, algo similar a lo que hace un traductor: tender puentes, reducir distancias, aunque nunca se haya conocido –con la rara excepción de Alexander Pope y sus muy difundidas traducciones homéricas (y aquí volvemos como en un eco o estribillo también a Borges)– que un traductor se haya hecho rico con su trabajo. Las recompensas existen, pero son otras.


viernes, 18 de febrero de 2011

La traducción de poesía (II)



II

Todo poeta ha de ser un inconformista. Y aunque sea para una coma (como la que es fama ocupó a Oscar Wilde todo un día) no abandona la reescritura. De alguna forma, si vuelve sobre sus propios poemas, ¿por qué no también enfrentarse con perseverancia a los de otros con los que halla una especial sintonía? Es la traducción de poesía un modo de apropiación. En mi caso, y lo he declarado alguna vez, la creación de poesía es una droga, pero cuando ésta no se halla a mi alcance la traducción es su metadona.

En ello no soy nada original. Para el poeta, traducir es, pues, una fuente de enriquecimiento, y así lo han visto muchos, desde Dante Gabriel Rossetti a Jorge Guillén, de Octavio Paz a Baudelaire o el recientemente fallecido poeta escocés Edwin Morgan (1920-2010), traductor de, entre muchos, García Lorca y Cernuda. En el ámbito británico hay brillantes antologías de este quehacer, como el The Oxford Bok of Verse in English Translation de Charles Tomlinson o el The Penguin Book of Modern Verse Translation, de George Steiner.


Dante Gabriel Rossetti

Pero estas páginas no van dirigidas a poetas, sino a traductores en ejercicio o a aquellos que tienen intención de hacerlo. La recomendación general para éstos es que, aunque sólo sea por la búsqueda de una digna remuneración de su trabajo, se dediquen a otra cosa, especialmente si no son lectores habituales de poesía en su propio idioma; de otro modo (y orillo aquí la razón crematística), por más exacta que sea su traslación en lo literal, en el sentido, brillarán por su ausencia las virtudes del poema, su efecto. Pero, sensu contrario, quien salga airoso de la prueba podrá llamarse a sí mismo poeta (aunque tal vez sólo sea predicable de una página), esa elusiva condición que todo que el que la haya alcanzado sabe que siempre está en peligro de perderse.

Con todo, el trabajo del ritmo, que siempre enfatizo, también tiene contraindicaciones. Un riesgo de la traducción de poesía es el de caer en el sonsonete, el de poner el piloto automático del ritmo y, tras muchas millas o versos, despertar legañoso en el aterrizaje. No se puede traducir siempre con los mismos metros, por más que seamos duchos en ellos. A veces es preferible verter algún poema en verso más desestructurado y libre si evitamos con ello la sensación de monotonía, la idea de que el poeta traducido no era más que poseedor de un solo registro, incapaz de emplear otros ritmos. Viene esto además a subrayar nuestra vieja idea de que la traducción de un poema ha de ser realizada teniendo en cuenta el conjunto más que los versos por separado. De igual modo, la traducción de un libro, y más aún la de la poesía toda de un poeta, ha de ser abordada con el criterio de que lo que importa es la visión total, por más que en las partes pueda tomarse el traductor alguna licencia. Así abordé la Poesía reunida de W. B. Yeats, en cuyos poemas narrativos (como ya hice con Sansón agonista de Milton o Hero y Leandro de Marlowe) no he tenido empacho en servirme de un número de versos superior al del original, lo que suele ser una pesadilla para el maquetador al enfrentar las páginas de la edición bilingüe y para mí mismo durante el proceso de corrección de pruebas.

Shakespeare le evita el engorro a aquél, pues en su obra lírica ese expediente de alargar la cantidad de versos es solución imposible, pero carga la responsabilidad en el traductor, que siente complejo de Procusto al acomodar tanta carga léxica en lecho tan parvo para una lengua de palabras generalmente polisilábicas: al rehacer en español su Poesía completa no había sino que respetar el marco de los sonetos y de las estrofas regulares de Venus y Adonis, La violación de Lucrecia o Lamento de una amante. A ellas me ceñí con los varios miles de endecasílabos resultantes. Endecasílabos blancos, pues no soy partidario en general de traducir con rima, salvo que ésta tenga en el original un papel especial, como sucede con el anterior ejemplo de Frost o con “El cuervo” de Edgar Allan Poe. Aquí, el ritmo machacón, la insistencia de las rimas internas piden a gritos, con la obstinación del dichoso Nevermore, la réplica en la lengua de llegada. Así hice:


Una noche me aburría y cansado discurría

sobre muchos y curiosos libros de la Antigüedad;

y mientras cabeceaba, escuché como una aldaba:

suavemente alguien llamaba a la puerta de mi hogar.

“Será una visita,” dije, “a la puerta de mi hogar.”

Esto sólo y nada más.


Luego he descubierto que Fernando Pessoa fue también de la misma idea:


Numa meia-noite agreste, quando eu lia, lento e triste,


Vagos curiosos tomos de ciências ancestrais,


E já quase adormecia, ouvi o que parecia

O som de alguém que batia levemente a meus umbrais.


“Uma visita”, eu me disse, “está batendo a meus umbrais.

É só isto, e nada mais.”


En ello fue el portugués más lejos que el predecesor en su lengua Machado de Assis, que modificó la estrofa. En Francia, Baudelaire y Mallarmé, sin embargo, se conformaron con traducir en prosa. El original en inglés de esta primera estrofa es como sigue:


Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,


Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,


While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,


As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.


“’Tis some visitor,” I muttered, “tapping at my chamber door,


Only this, and nothing more.”."


jueves, 17 de febrero de 2011

La traducción de poesía (I)



Me acaba de llegar el segundo número de la revista Cuadernos andaluces de traducción literaria, que incluye un artículo mío sobre el tema que adelanto en el epígrafe. Lo daré aquí en tres entregas.

LA TRADUCCIÓN DE POESÍA


I


Se distinguen ya atisbos de primavera en Buenos Aires. Al regreso de unas Tierra del Fuego y Patagonia bajo temperaturas bajísimas del agosto austral, los veintitrés grados de la capital federal de la Argentina invitan al paseo despreocupado de sus avenidas, incluso de calles de localidades aledañas, como Beccar, en el partido de San Isidro. Es mañana de domingo y visito allí la hermosa villa que fuera casa y cuartel general literario de Victoria Ocampo.


En el jardín de Villa Ocampo

Fue la propietaria cuyo apellido da nombre a la quinta una destacada animadora y mecenas cultural y, no llamada ella misma por la senda de la creación, traductora de, entre otros, Camus, Graham Greene o Lawrence de Arabia al español (¡e incluso de poemas de Jorge Luis Borges al francés!). También fundó y dirigió hasta su muerte la importantísima revista Sur, cuyo número doble 338-339, de 1976, fue un monográfico dedicado a “Los problemas de la traducción”. En ese número destaca precisamente una realizada por su hermana Silvina, esposa de Adolfo Bioy Casares, que tengo por ejemplo de traducción poética, aquello de lo que puedo aventurar ahora esta apresurada definición, no incompatible con otras: la presentación de un poema en la que no se olvida que éste es un artefacto verbal, por el que respira, tanto como el sentido, el ritmo. Se podrá prescindir de la rima, si la hay, pero no de la intención de musicalidad del original, porque en un poema el qué se dice es indisoluble de su cómo.

Aducir una muestra me dispensará de extenderme en teorizaciones. Vierte Silvina el célebre “To His Coy Mistress” de Andrew Marvell bajo el título “A la púdica amada” (un heptasílabo, lo que ya es buen presagio), y luego, trocando los tetrámetros yámbicos ingleses por endecasílabos nuestros (ocho sílabas agudas frente a once llanas), consigue compensar la propensión inglesa a las palabras monosilábicas sin tener que prescindir de nada del original:

Had we but World enough, and Time,

This coyness Lady were no crime.

We would sit down, and think which way

To walk and pass our long Loves Day.


Si universo y si tiempo nos sobrara,

no sería crimen tu pudor, señora.

Sentados, lentamente pensaríamos

cómo pasar nuestro amoroso día.


Hay que evitar que los árboles nos impidan ver el bosque, que el detalle nos impida saborear el conjunto. Bien es verdad que en el tercer verso inglés citado no hallamos el “lentamente” del español. Pero de alguna forma, éste prepara para el long del cuarto verso, que en nuestro idioma desaparece. Sólo la miopía podría hacernos protestar de esa anticipación.

Me alienta ver que ésta fue solución que también adopté yo mismo cuando al verter una selección de los poemas de In Memoriam A. H. H. de Sir Alfred Tennyson hice equivaler ambas medidas de versos ingleses y españoles. Porque a la postre, lo que hay que procurar es la construcción de un poema que suene como tal en la lengua de llegada, y en español no hay verso que lo consiga como el endecasílabo:


He is not here; but far away

The noise of life begins again,

And ghastly thro’ the drizzling rain

On the bald street breaks the blank day.


Él ya no está aquí, pero allá a lo lejos

el fragor de la vida recomienza,

y en la llovizna, pálido, despunta

en la calle desnuda el vago día.


Uno de los más arraigados errores es el de que la poesía es intraducible. Lo dijo Joachim du Bellay (“Os parecerá pasar de la ardiente montaña del Etna a la fría cumbre del Cáucaso”), y vinieron a repetirlo con otras palabras Paul Valéry o Robert Frost. Aunque este último, ya que hablamos de fuego y hielo, no me parece del todo intraducible en el espejo que labré hace años de su célebre poema “Fire and Ice”:


EL FUEGO Y EL HIELO

Dicen algunos que será por fuego,

y otros por hielo, como acabará el mundo.

Por lo que yo he probado del deseo

estoy con los que se inclinan por el fuego.

Mas si hubiera de perecer dos veces,

creo que conozco el odio lo bastante

como para saber que el hielo

también es bueno

y serviría con creces.


Tal vez cabría conceder que eso de la imposibilidad de traducción tiende a ser así sobre todo en la poesía lírica. Salvo que quien aborde la traducción sea un poeta. Otra cosa será discutir si, en este caso, el resultado es una mera traducción o un poema nuevo.

Son tantos los poetas que se han dedicado, con éxito, a esa tarea (taracea casi; labor de marquetería, artesanía puesta al servicio del arte) que sólo enunciar su interminable lista dispersaría la duda de si es posible la traducción de poesía. Aplicadamente, corrigiendo, puliendo, el poeta traductor hace algo no muy distinto a crear poesía propia. Y tacha, sustituye, busca alternativas como cuando se trata de un poema original. Lo dijo Borges en su ensayo “Las versiones homéricas”: “El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”. Y hablando del aedo de hace veintiocho siglos, recordemos lo que puede una buena traducción: John Keats, que no sabía griego, quedó deslumbrado por la versión que de aquél hizo George Chapman, de lo cual da fe en el soneto “Al asomarme por vez primera al Homero de Chapman”. Sin embargo, T. S. Eliot, poeta doblado de editor de Faber & Faber, que sabía tanto español como Keats griego, rechazó unos poemas de Luis Cernuda traducidos por Edward Wilson precisamente por su falta de brillo en inglés: “Ya he leído lo de Cernuda, y me ha dado la impresión de que es un poeta interesante. Es decir, puedo ver en las traducciones algo de lo que inspiró en usted el interés en el original. Pero no me parece que las traducciones en sí sean muy apasionantes. No tengo la menor duda de que se trata de buenas traducciones, pero el efecto que tienen en inglés es más bien pedestre, y me da la impresión de que es mucho lo que se ha perdido. Tal vez, un mayor número de poemas tuviera un efecto acumulativo que reconocería como más positivo.” Cuando algo después Wilson se lo contó a Cernuda, trató, “en vano, de explicarle que las objeciones de Eliot iban dirigidas contra mis versiones y no contra los originales españoles”. No es una de las menores ironías de la literatura que a Luis Cernuda lo acusara Juan Ramón Jiménez de ser un poeta que parece traducido del inglés.


miércoles, 16 de febrero de 2011

La Casa de los Poetas


Caballero Bonald y Rodríguez Almodóvar en Santa Clara



Se inauguró ayer, bajo la lluvia, la Casa de los Poetas. O más bien, el remozado convento de Santa Clara, transformado en centro cultural. Y allí que fuimos a empaparnos de poesía aunque ya había escampado, y a disfrutar de la rehabilitación del hermoso claustro, y del refectorio, donde tendrán lugar las lecturas y conferencias.
La tarde estaba tempestuosamente cernudiana, con un mudable cielo plomizo y tornasolado de morado, irreal cuando nos acercábamos merced a la luz artificial proyectada sobre la cercana Casa de las Sirenas, haces de luz que se derramaban en torno.
Podríamos hablar mucho del compás, de la azulejería de la sala, del diálogo mantenido por Caballero Bonald y Rodríguez Almodóvar. Sobre Antonio Machado, protagonista de las jornadas que se celebran esta semana (esta tarde les toca hablar a Trapiello y Benítez Reyes). Sí y no, porque lo que quiero dejar hoy aquí es una muestra de reconocimiento hacia quien debía ser director de este espacio, y lo fue (antes de que se abriera): Francisco José Cruz. Con él se celebraron los encuentros de Casa de los Poetas cuando aún la sede no estaba disponible, y gracias a sus abrazos con los mejores poetas de la lengua que habitan al otro lado del Atlántico pudimos disfrutar de tardes y noches memorables antes de que se malograra aquel proyecto inicial.
El que le ha sucedido (el proyecto, digo, porque el puesto de director de Casa de los Poetas permanece vacante) nace como una promesa ya granada en estos primeros pasos machadianos, pero no se debería caer en el error de la dispersión cuando lo que dio sentido a la recuperación del edificio, su alma, fue el centro dedicado a la poesía. A Fran Cruz, nombrado director por Juan Carlos Marset, el promotor de la idea, le debemos las gracias por esa travesía del desierto cuando la Casa era nómada, aunque él, finalmente apartado por decisión propia y creo que muy digna, no haya visto la tierra prometida.
Nuestros parabienes a Santa Clara, con la Fundacion Cansinos Assens y tantas otras iniciativas. Pero justicia a Francisco José Cruz, director de Casa de los Poetas, a cuya dimisión sucedió en bloque la del prestigiosísimo comité asesor, del que formaban parte tres galardonados con el Premio Cervantes. Que no se devalúe aquel inicial proyecto.
Dejo aquí una entrevista de Toni Montesinos a Fran, que hace pocos meses publicaba un excelente poemario en Sibila.




martes, 15 de febrero de 2011

El carillón


Cortada ya la luz, filtrándose el sol por la cortina, la otra mañana volví a la que fue la casa familiar. El asunto que me llevó es lo que se dice "darle una vuelta": comprobar que todo estaba en orden, recoger la posible correspondencia... No bien había dado dos pasos en su interior me sacudió el gong del salón, como alegre de recibirme de nuevo, aunque sé que con la pasividad y flema de un guardia en su garita, sin mover un músculo del rostro, del rastro de los años idos. De ese estupor ante el sonido, cuando ya no vive allí nadie que lo escuche, son estos versos:


EL CARILLÓN


En la casa cerrada y su silencio,

la pila nada entiende. Mientras dure,

dará cuartos y medias: la observancia

de un rito ya sin dueño, fiel y ciego,

que concede sus horas como dátiles

la palma que levanta un espejismo.


Con su intacto tictac, autista terco,

sigue el reloj sonando en vuestra ausencia.



lunes, 14 de febrero de 2011

Nostalgia armada



Her name is Courage & is written Olga, escribió Ezra Pound acerca de la violinista que, contra todas las adversidades, fue la compañera de su vida. Olga Bernad es también el valor, el arrojo, de haber entregado su vida a la poesía, esa amistad que no la traiciona y que va dando frutos tan excelentes como éste que hoy ve la luz.

(De mi prólogo)


domingo, 13 de febrero de 2011

En el cine



"Dickens' Dream", de Robert W. Buss


Rompiendo una larga racha de abstinencia (quizá porque el género a la venta no merecía la pena), hemos vuelto a visitar las salas de cine. Del Avenida, naturalmente, el único lugar de Sevilla en que se presentan las películas en versión original, gran cosa no sólo por el deleite sensorial y del intelecto, al poder disfrutar de la película en su lengua, sino también física y de supervivencia, pues se evita una fatal subida de tensión o un ictus, o simplemente liarse a mamporros con alguno de los galopines (uno ha visto cine doblado antiguo) que se complacen más en molestar al vecino que en gozar de la proyección.
En el Avenida solemos encontrarnos con José María Conget y Maribel Cruzado. En puridad, no puedo decir que no coincidiéramos ayer o la semana pasada, porque hacía tiempo que no veíamos tantísimo público en la cola, en el vestíbulo, trepando como una planta enredadera y cinéfila por las escaleras de las tres salas superiores, e ignoro si estaban entre la multitud.
El sábado pasado vimos una de esas películas que sorprende que no se estrenen inicialmente en versión original subtitulada: hemos tenido que esperar varias semanas para ver como hay que ver -es decir, sinestésicamente, escuchando- El discurso del rey. Muy bien Firth, pero en particular me gustó el detalle, que no sé si llamar guiño, de que Derek Jacobi hiciera de arzobispo de Canterbury junto al tartamudo heredero al trono y luego rey, en eco trasmutado del propio tartamudo que fue él mismo personificando a otro monarca: el emperador al que encarna en Yo, Claudio, una de las más famosas series televisivas de hace unas décadas.
Anoche, Jacobi vino a saludarnos as himself como lector en público y en grabaciones de Charles Dickens, con quien ha tenido trato de antiguo en programas de televisión y emisiones de radio. La película es, claro, la última de Clint Eastwood, un filme que si no pone a este espectador al otro lado de la muerte lo avejenta sin duda cuando comprueba que conoce sus tres escenarios, Londres, París y San Francisco. Y que en la primera, por ejemplo, ha recorrido las estancias de la casa de Doughty Street en que vivió Dickens antes de que los actores en la escena hagan lo propio (afortunadamente, leo por ahí que la casa se librará de la piqueta que la amenazaba). El protagonista, un médium que sería la envidia de W. B. Yeats y su mujer, es rendido admirador del autor de Pickwick, al que prefiere sobre Shakespeare. Curiosamente, también Jacobi, que ha representado en mil ocasiones papeles del Bardo, no cree mucho en éste. De hecho, es de los que sorprendentemente favorecen la tesis de que las obras admiradas del de Stratford fueron escritas en realidad por Edward de Vere, Conde de Oxford, cosa que, permítaseme el juego de palabras, se me antoja poco verista o, ya que el DRAE no recoge esta palabra, verosímil.
No sé si Jacobi volverá a la pantalla la semana que viene. Desde luego, yo ya sé que no acudiré a ver la de los Coen, esos hermanos malasombra con los que estoy de acuerdo al cincuenta por ciento cuando afirman que no les interesa el Oscar ni John Wayne. A mí tampoco me interesa el primero. Ni ellos. Y prefiero al Duque aun en las ocasiones en que no trabajó para ese artista que en frase memorable digna de Shakespeare (Conde o no) dijo con concisión de haiku: "Me llamo John Ford y hago westerns."




sábado, 12 de febrero de 2011

Un artículo sobre Cunqueiro




Lo reproduje aquí hace tres años, en otro febrero. Sirva como muestra de homenaje -que no será la única- en su centenario.

viernes, 11 de febrero de 2011

El año Cunqueiro



Nació el 22 de diciembre de 1911. Se celebra, pues, este año el centenario del gran escritor mindoniense, al que le debemos algunos de nuestros más felices momentos como lector. El Centro Virtual Cervantes le dedica esta excelente página. Y aquí hemos hablado de él en diferentes ocasiones, por ejemplo en esta entrada, luego recogida en Macedonia de rutas. Aprovecho para recomendar el estupendo Don Álvaro Cunqueiro, juglar sombrío, de mi querido amigo Manuel Gregorio González, una indagación, más que una biografía al uso, sobre el mundo interior del autor de Las mocedades de Ulises o Cuando el viejo Simbad vuelva a las islas.



jueves, 10 de febrero de 2011

Juan Carlos Palma en FNAC



Lo anuncia Daniel Ruiz García en su blog: esta noche a las 20 h. presentará Bancos de niebla, de Juan Carlos Palma, en el FNAC de Sevilla. La novela , que ya se vistió de largo en Jerez y próximamente se presentará también en Cádiz y Madrid, es muy buena.
Allí estaré, en uno de los sillones de metacrilato rojo.


martes, 8 de febrero de 2011

Con Luis Cernuda



El febrero pasado estaba uno en la Ciudad de México investigando sobre los años que pasó allí Luis Cernuda, sobre los que trata, con el resto de años de su exilio, el segundo tomo de su biografía, que verá la luz en Tusquets el próximo mes de abril. Ahora que corrijo pruebas he recordado que la otra tarde escaneé esta foto que acompañó a una entrevista en El Universal, tomada y hecha, ambas, en el Panteón Jardín.
Y no dejo de emocionarme.



lunes, 7 de febrero de 2011

Cuentos mortuorios



Grande, Quiroga. Y, gracias, Toni.

(Lo digo sin ambages, uno de los mejores libros que se pueden hallar hoy en las mesas de novedades).

domingo, 6 de febrero de 2011

El amor de Synge



Joseph O'Connor ha publicado hace pocos meses una novela sobre los amores de John Millington Synge y la actriz Molly Allgood. Por el libro desfilan William Butler Yeats (cuya Poesía reunida, por cierto, sigue siendo el libro de poesía más vendido en España) y Lady Gregory, la autora de esa maravilla recopilatoria que es Cuchulain de Muirthemne (uno de los primeros volúmenes que edité en Paréntesis) antes de que siguieran sus pasos, pero en traducciones que abandonaban lo que se ha llamado el dialecto de Kiltartan, poetas como Thomas Kinsella o Ciarán Carson.
El suplemento de libros del New York Times publicaba hace unos días reseña de Ghost Light, la novela de O'Connor. Quien desee saber más sobre el libro y su autor puede leer esta amplia entrevista en The Irish Times, donde O'Connor muestra su admiración por Flann O'Brien, cuyo centenario se celebra este año (otro día nos ocuparemos de él).


sábado, 5 de febrero de 2011

De libros y cacharros


La fotografía es del Irish Times


Abro la tapa del portátil y en el correo electrónico dos mensajes que hablan del Kindle, el dispositivo de lectura de Amazon. La filial británica me anuncia un nuevo modelo (ahora ya no es blanco sino gris) a sólo 111 libras, confirmando la tendencia a la baja de los precios. Cierro el mensaje y en el siguiente, que me trae el sumario del último número de Letras libres hallo un artículo de Ramón González-Férriz titulado "40 días con un Kindle" que, cómo no, me recuerda a otro similar publicado por Nicholson Baker hace año y medio en The New Yorker.
Los cacharros hacen ruido, aunque aún la venta de libros (los textos) en formato electrónico no haya despegado. En España no hay aún nada similar a la amplia oferta de Amazon o Barnes&Noble, cuyo sistema Nook tengo instalado en el teléfono móvil. La verdad es que, sin abusar, la lectura en un iPhone puede resultar placentera; aunque, no tanto, por lo que he podido ver, como en el iPad.
Mientras, grandes cadenas de librerías lo pasan mal: la norteamericana Borders que hace ocho años estuvo a punto de adquirir Casa del Libro está a un paso de la quiebra, y la británica Waterstone's cierra sucursales, entre las que se encuentra la de Dawson Street en Dublín (primera sede en el siglo XVIII de Hodges Figgis, ahora también del mismo propietario HMV, y que aparece mencionada en Ulises aunque en otro emplazamiento que tuvo en Grafton Street).
La cosa en España no está más que regular, como diría un castizo, y me temo que se acelerará el cierre de librerías sin que aún se haya implantado la lectura en pantalla. Preocupante, ¿no?



viernes, 4 de febrero de 2011

Tránsito




Dejábamos la otra tarde aquí constancia del centenario de la colección de clásicos grecolatinos Loeb, y hoy comparece el flamante poemario de un helenista y traductor, Juan Manuel Macías, que tiene como pocos asimilada la tradición de Grecia. Juan Manuel ha colaborado en la Revista de la Sociedad Española de Estudios Clásicos y es autor de una magnífica traducción, en la que al rigor se alía la poesía, de la fragmentaria e imborrable obra de Safo.
En esa misma editorial, la benemérita DVD, da ahora Juan Manuel Macías Tránsito, un gran poemario, distinto por independiente; sin aire de escuela alguno; en todo caso, con un magisterio propio.
Se mezclan en estos versos generalmente flexibles (bodas invisibles, salvo para el oído, que ve con ojos clariaudentes, de heptasíabos, eneasílabos y endecasílabos) los dioses y las putas, los escenarios urbanos y los de la imaginación. El yo apenas aparece, o se muestra velado; quiero decir que sólo se advierte al poeta: enajenado, transfigurado en sus letanías.
"Y hacer del cielo / una lenta liturgia tipográfica", escribe en "Villancico". Con ello no sólo nos revela, hijo de Gutenberg, su pasión. También nombra el lugar, ese vasto dominio, en que el lector se halla, no sin las zozobras del infierno, a los largo de sesenta y tantas páginas.
Que el poema "Alberca" me venga dedicado me invalidaría, seguramente, para firmar una crítica profesional y verosímil; no impide, sin embargo, que muestre mi limpia admiración por el libro y por su autor. Y mi agradecimiento.



jueves, 3 de febrero de 2011

Peligro de vida




De Alcalá de Henares, ciudad de doctos e ilustres, me llega un ejemplar del hermoso libro de cuentos de Francisco José Martínez Morán, a quien ya conocíamos como -estupendo- poeta. Digo hermoso, y me refiero al continente, a la factura del libro. En su interior, con una alta calidad de prosa, una realidad fea, sucia, a la que el autor no da la espalda; al contrario, hace que las páginas del libro sean nuestras solapas; y nos las sacude, nos zarandea, presentándonos la historia de una niña vendida a un prostíbulo, o la declaración de amor de un maltratador, o un error en un bombardeo, con consecuencias fatales, esclarecido por una fría comisión deshumanizada y cartográfica. El volumen está editado con todo el mimo y la belleza que acostumbra prodigar El Gaviero. De los 666 ejemplares de la edición (cifra que cuadra a a la bestialidad de la vida en muerte de la que es espejo el libro), el mío, numerado, es el 106. En tinta roja, como de sangre.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Un siglo de clásicos


Fue un buen año: el de los nacimientos de Álvaro Cunqueiro y Flann O'Brien. Desde aquel 1911 en que la fundó James Loeb, atravesando diferentes avatares la Loeb Classical Library ha publicado cientos de elegantes y manejables volúmenes en cuarto en los que a los textos latinos (cubiertas y encuadernación rojas) y griegos (encuadernación y camisas verdes) se hace acompañar de impecables traducciones inglesas, ilustrativas introducciones, índices onomásticos y, en muchos casos, apéndices como mapas o -tengo por delante las cartas de Plinio el Joven- el croquis de este edificio o el otro (en el tomo del que hablo, el de la casa de Plinio en Laurentum).
Sobre los volúmenes de la Oxford University Press, tienen la ventaja estos de la Loeb editados al amparo de las prensas universitarias de Harvard de contar con el texto traducido a una lengua moderna (la lengua franca de hoy, por cierto). Sobre los de Clásicos Gredos, aportar los textos originales.
Allá cada cual con sus fantasías. Si a mí me tocase la Primitiva, me haría servir unas cuantas cajas (me las imagino de madera) con estos libros salidos de un almacén del Cambridge de Massachusetts, junto al río Charles sobre el que escribió Dámaso Alonso.

¡Feliz centenario!