viernes 30 de septiembre de 2011
El día del traductor
jueves 29 de septiembre de 2011
Puente de hierro

PUENTE DE HIERRO
Para Lola Terol
Después de jugar en la venta,
cuando era niño, los domingos
volvíamos por el puente de hierro:
el recio, el imponente, el inmutable
que ya no existe.
Aún me trae el traqueteo
de los neumáticos en sus planchas,
pero ya no cruza
aguas que no corrían;
como hoy yo, estancadas.
Desde que lo desmantelaron,
el río va ensanchando su cauce.
Mi infancia está del otro lado
aislada, inaccesible, en la neblina.
miércoles 28 de septiembre de 2011
En "El Público lee"

martes 27 de septiembre de 2011
Los Reyes Magos
lunes 26 de septiembre de 2011
"Irlanda", un poema
IRLANDA
Para María Ruiz
Su clorofila se hace hemoglobina
que arraiga entre mi sangre
y una y otra vez, siempre,
cuando veo su verde reverdezco
y recorro a la inversa la rotonda
de este carrusel de los años
como una película que se rebobina
hacia su origen
y va desde los títulos de crédito
a su primera escena.
domingo 25 de septiembre de 2011
Nuevos libros sobre John Donne

sábado 24 de septiembre de 2011
Con Cernuda en Jerez
viernes 23 de septiembre de 2011
Diario austral
Should we have stayed at home and thought of here,
Where should we be today?
Is it right to be watching strangers in a play
In this strangest of theatres?
Elizabeth Bishop, “Questions of Travel”
Toda historia tiene su prólogo, y todo vuelo su embarque.
Después de que el viajero haya practicado halterofilia camino del aeropuerto, cargado de bolsas y maletas, se merece un generoso aire acondicionado, y no esta birria tropical soplada por el ministril Sebastián, del todo insuficiente para el calor de Sevilla. Antaño, los aeropuertos eran lugares con glamour; hoy, en calamidad propiciada no sólo por las líneas de bajo costo, son regiones de sudor. Y Sudamérica, pese a su nombre (espuria etimología) es estos meses lugar más higiénico, limpio y fresco que esta meridional región de España, desde la que parte el viajero de nuestro relato. Mira con avaricia las bajas temperaturas del destino, la nieve, el hielo y el agua congelada de glaciares en los que descansará sus pupilas dentro de pocos días. Para huir del calor del ferragosto, el europeo del sur puede desplazarse a Escandinavia, a la sueca Upsala por ejemplo o, como es su caso, a la Upsala argentina –no ciudad universitaria sino glaciar- en uno de los parques nacionales de la Patagonia.
Repasa en el móvil las previsiones del tiempo: 4 de mínima en Buenos Aires, -2 en Calafate, 2 en Ushuaia, 4 en Salta; sólo Iguazú con 12 de mínima y 26 de máxima aparta una idea de calor en cualquier caso muy inferior a los 36 que el termómetro de su ciudad marca en este momento. Y luego, Barajas, y al otro avión, doce horas de vuelo. Da varias cabezadas.
Ya habrá tiempo de dormir esta noche: ahora, recién inaugurada la mañana de Buenos Aires, y más en un día invernal, que será breve, lo que urge es tomar posesión de la habitación del hotel, soltar el equipaje y salir arreando cuanto antes a recorrer a pie la megalópolis, cotejarla con la idea que de ella traía, acopiar la experiencia de las visitas a un puñado de lugares que hacía tiempo estaban censados en sus sueños, empadronados de pleno derecho en su imaginación.
Apenas hay carritos para el equipaje, pero, tras ceder uno cortésmente a una embarazada, por fin se hace con otro, sobre el que deposita la valija (habrá, igual que adaptarse al cambio de hora, que ir empleando ya los términos que aquí se usan cotidianamente), y sale al hall de la zona de arribos (otro argentinismo). A mano derecha hay una sucursal del Banco de la Nación, donde ante una circunspecta empleada que decide no hacer alarde del cantarín acento que lo encandila (y es pena, porque la mina es rubia y guapa) cambia 1.000 euros que, metamorfoseados en pesos, constituyen un buen fajo que haciendo bueno el nombre de la divisa crea un considerable engorde de la cartera, grávida. Tendrá que acostumbrarse a billetes hasta ahora desconocidos, y más aún: a calcular la equivalencia de éstos en su propia moneda. Pero esto tardará todavía en hacerlo: la primera vez que tenga que alargar uno de esos billetes meterá bien la pata cuando dé uno de cincuenta pesos al hombre de la compañía de remises que lo acompaña al vehículo. Tras haber metido éste las maletas en el portaequipajes, ha reclamado una propina. Podría haberle entregado cinco o diez pesos (tampoco está seguro de que contara con uno de esos billetes en la cartera reventona), pero extiende una mano (que luego querría ver cortada) con la efigie impresa de Domingo Faustino Sarmiento. El maletero ha acabado él solo, de golpe, con la cuota de rumbosidad que él tenía asignada para el país. Le oye decir “Gra..”, nomás, porque es una exhalación que escapa. Grá en irlandés, significa amor, y bien que puede profesárselo el sujeto, que se lleva el escandaloso equivalente de diez euros. En el resto de la Argentina irá quedando el rastro de su tacañería como una manera, ya inútil, de reparar su desliz, su horror a haber tirado así el dinero, la plata.
Va dejando el aeropuerto internacional de Ezeiza, oficialmente llamado Ministro Pistarini. Son algo más de treinta kilómetros hasta el centro, y atraviesa algún peaje no del todo colapsado, aunque un camión averiado crea un atasco en el carril de la derecha. Por ser domingo, el tránsito es menos denso. Lo que cree una nube de contaminación sobre la ciudad resulta ser mera y natural niebla, así se lo asegura el conductor. De hecho, la víspera fue más espesa, afectando al área metropolitana y el Río de la Plata, y el aeropuerto permaneció sin operar durante tres horas, precisamente las coincidentes con su aproximación y aterrizaje de hoy. Ha tenido suerte, ya la cosa es más leve. Y aprecia, en su aproximación, la urbe.
Hace más frío, desde luego, pero muchas cosas le recuerdan a la ciudad de México, en que ha estado sólo seis meses antes. No poca carestía y penuria en los barrios que orillan la autopista, poblaciones de aluvión, un turbión de pobres en un apiñamiento de casas mal construidas, precarias. Son las villas miseria, la forma argentina de las favelas, su trasliteración (buena palabra, por lo que de apretadas literas tienen) al español. Ve un gran mural: “Seineldín, Héroe de las Malvinas. Volveremos”, junto a una mapa blanquiceleste de las islas Malvinas. Termos y depósitos de agua, antenas y vallas publicitarias de productos y programas de televisión que no ha visto nunca, más otros de la ubicua Coca-Cola.
(...)
jueves 22 de septiembre de 2011
El premio Café Gijón

miércoles 21 de septiembre de 2011
Adiós al verano
martes 20 de septiembre de 2011
Regreso a Edimburgo

lunes 19 de septiembre de 2011
Fonética
domingo 18 de septiembre de 2011
En Jerez
sábado 17 de septiembre de 2011
Teotihuacan

POLVO DE TEOTIHUACAN
Para Moramay Kuri, que me acompañó
Rojo como el tezontle,
poroso al sol como esta piedra volcánica,
vas de una pirámide a otra
subiendo escalones, descendiendo
por pendientes agudas, pronunciadas
en una lengua nunca inteligible.
¿Quién levantó estas piedras,
qué profundos
túneles conducen a su inframundo esquivo,
tanto más extraño cuanto hondo,
no en la tierra: en el inconsciente y el eco
de poblaciones oscuras?
¿Quién pespunteó esta argamasa
con la piedra pómez que eruptaron
mitos como conos truncados,
como estas truncadas construcciones
a cuyo pie los frescos
en donde resuena el jaguar?
El ala del sombrero te protege
lo mismo de insolarte que del vértigo,
los ojos clavas como estacas que agarras
en los pies y en el estrechísimo suelo.
Casi reptando vas igual que la serpiente
por no ser esa águila que hizo
pitanza de ella sobre el cactus
y volar un instante para ser luego plomada,
último sacrificio sin creencia.
Como en el amor, jadeas
camino de la cúspide sin cráter,
las piernas apenas si resisten
y el sudor te bautiza nuevamente
en otro sacramento inmolatorio.
De pronto un vendaval remueve el polvo,
el súbito plumaje de la sierpe.
Nube veloz o remolino,
o presencia de un dios importunado.

miércoles 14 de septiembre de 2011
Y llegó Amazon

martes 13 de septiembre de 2011
lunes 12 de septiembre de 2011
Sextinas

domingo 11 de septiembre de 2011
Aquella librería bajo las Torres Gemelas

sábado 10 de septiembre de 2011
Lúnasa
LÚNASA
Para Sara Clavero
Ahora será invierno en Argentina
como es verano en la abrasada España,
pero aquí ha comenzado otra estación:
si septiembre es Meán Fómhair en gaélico
–mitad de otoño–, agosto entonces
es su principio. Ya la chimenea
crepita junto a pintas a temperatura ambiente
y conviven los tweeds y camisetas
de quienes van a las semifinales
de Croke Park bajo el breve arco iris,
última grada aérea del estadio
en que tiene su palco el aguacero.
Apenas se distingue algunas veces
el cielo de la penumbra de un pub.
Como una risotada baja un trueno
y un relámpago es una chispa
de ingenio en la conversación.
Las nubes sobre el río, reflejando
su plomo que discurre hacia los muelles
igual que desciende el mercurio
por el termómetro
o sobre el posavasos la cerveza
cristal abajo.
Yo cruzo el umbral tantas veces
a recoger, mojado, de su olvido el paraguas.
Spare change, pide un mendigo agitando
un vaso de cartón al que hace mucho
que no calientan ya té ni café;
cansinamente bailan las monedas
y hacen un ruido gris
como el de la lluvia en la verja,
tan breve como lo que dura un chaparrón
o la ilusión de una apuesta
en una carrera de galgos.
La bolsa de papel de Hodges Figgis
con el último libro de Muldoon,
empapada, se torna un chubasquero verde
que por extraña pulsión de sus moléculas,
en homenaje a Flann O’Brien y sus cien años,
de repente dimite de su esencia
y atónito se vuelve permeable.
Fugaz
como el muñeco verde en el semáforo,
rápido
como el correr del peatón
en el naranja extenso,
veloz
como la exasperación ante el rojo
interminable,
el sol asoma, luce y se retira
como ese carterista frente a Trinity
cuando pasa la Garda.
viernes 9 de septiembre de 2011
jueves 8 de septiembre de 2011
Tablero de sueños

miércoles 7 de septiembre de 2011
Genealogías
GENEALOGÍAS
Para Chesús Yuste
Este profesor de Nueva Jersey
o este policía de Baltimore
buscan aquí su árbol genealógico.
Ya hay algo de un viaje al pasado
en recorrer los microfilmes
en busca de parroquias con verdina
y listas de pasajes
amotinados contra la pobreza.
Aquí yo, observándolos mientras,
que conozco mi estirpe, mi genealogía
que se remonta a Niall de los Cuatro Rehenes
y a Rafterí el poeta, y a Moore y a Pearse.
También procedo
de una avellaneda y de salmones
que siempre desovan en mi imaginación.
De un prado en que compiten las reses
y de barricas de licor clandestino.
Estoy seguro de mi linaje,
reconozco la canción,
y aunque no encuentre Dublín en Dublín,
la lluvia conoce mi nombre.
martes 6 de septiembre de 2011
Brujas y Gante
lunes 5 de septiembre de 2011
Vida y obra
domingo 4 de septiembre de 2011
Don de Dios
sábado 3 de septiembre de 2011
Huckleberry Finn
viernes 2 de septiembre de 2011
Edward Thomas

Edward Thomas fotografiado por su hijo Merfyn meses antes de morir
EDWARD THOMAS (1878-1917)
Remembering again that I shall die
E. T.
Cuántos murieron gaseados,
cuántos por metralla o por gangrena,
la bayoneta o los fusiles
y las mentiras de otros.
De todas las muertes, la más limpia
fue la del poeta de la lluvia y los pájaros.
En plena victoria sobre los alemanes
salió de la trinchera de su batería
para, de otra forma artillero,
aplicar la llama a la cazoleta:
tabaco de Virginia ante la pólvora
como frágil muralla de la dicha,
volutas entre vastas humaredas.
Un cañonazo pasó tan cerca
que, confiado,
el obús se olvidó de atravesarlo.
Aunque no hallaron sangre en la guerrera
ni encontraron heridas en su cuerpo,
el corazón no supo resistirlo.
Diligente, se paró
al rozarlo la muerte.
En el frente de Arras cayó Edward Thomas.
A su lado la pipa, su humo aún
luchando contra el humo del incendio
que devoraba el mundo
como una brizna a la que engulle el bosque.
