
-La nave de los locos, de Fernando Valls. Un panorama representativo de los diferentes géneros, con criterio y no pocas muestras inéditas, además de buen conocimiento del mundo editorial.

-La nave de los locos, de Fernando Valls. Un panorama representativo de los diferentes géneros, con criterio y no pocas muestras inéditas, además de buen conocimiento del mundo editorial.





COOLE PARK Y BALLYLEE, 1931
Debajo del alféizar las aguas se apresuran,
abajo está la nutria y el urogallo arriba,
corren toda una milla límpidas cara al Cielo
y luego caen, oscuras en la “tasca” de Raftery,
avanzan subterráneas, se elevan entre rocas
en la heredad de Coole, y allí para acabar
se extienden por un lago y caen por una poza.
¿Y qué es el agua, pues, sino el alma engendrada?
Justo al borde del lago se extiende una arboleda,
hoy toda ramas secas bajo un sol invernal,
y en un pequeño hayedo detuve yo mis pasos
pues el coturno trágico calzó Naturaleza
y todo su discurso reflejo es de mi ánimo:
al tronar repentino del cisne que se alzaba
me di la vuelta y vi donde las ramas quiebran
la refulgente cuenca del lago desbordado.

EL SALTAMONTES, LA LIBÉLULA
El saltamontes, la libélula,
el canto de aspersor de las chicharras
(su pequeña Provenza),
los limones lunares que maduran
como senos de doncellas, aún verdes;
las ramas en que mezclan el olivo y la higuera
sus hojas diminutas y sus hojas enormes
en esta encrucijada del estío
en que brevas y aceitunas se sientan
todavía en los mismos pupitres
bajo la escolanía de los pájaros;
todas estas señales y prodigios,
¿se irán un día por el sumidero?
¿Y vendrá, vendimia amarga, septiembre
a cosechar el mosto de nuestra resina
más negra y venenosa, la nostalgia
de este atardecer en el jardín de junio?



DERRUMBES
Baraja el mar sus olas, y el poeta
reparte palabras entre alcohol,
blasfemias, humo. Partida nocturna,
envite de tahúr que apostó la vida
en un farol que a nadie ya convence.
Juega un solitario. O mejor:
sus palabras, un castillo de naipes,
se alzan y luego se derrumban.


LOS DOCE PARES Y LOS VEINTICUATRO HIJOS DE LLYWARCH
Según Anton Vantuch, los pares de Carlomagno fueron una invención de un clérigo, basada en los plerique aulicorum de Eginhardo y en los palatini del llamado Poeta Sajón.[1] No queremos llevar este estudio al campo de la simbología, pues adentrarnos mucho en ella sin duda haría duplicar el número de sus páginas y distraer la atención de su propósito, pero aunque sea someramente hay que declarar que, como ha señalado René Guénon en su obra El Rey del Mundo, no es casualidad que sea doce precisamente el número de pares, pues este número es un reflejo, es a imagen de, no importa si tras de este de van apóstoles, signos zodiacales, consejeros del Dalai Lama, tribus de Israel, caballeros de la Tabla Redonda, estados de los etruscos, lictores de Rómulo, etc. Estamos por tanto en el campo de las repeticiones arquetípicas, sobre las que el lector interesado puede hallar más información en el artículo “Dodecanario” del genial e inigualable Diccionario de símbolos de Juan-Eduardo Cirlot.[2]

En el campo de las literaturas célticas o de tema artúrico, también podemos señalar que doce fueron según Nennio las batallas que libró Arturo al lado de los bretones contra los sajones, siendo la última la del monte Badon.[3] Por otra parte, en el texto irlandés conocido como El festín de Bricriu se lee que éste preparó una gran fiesta para el rey Conchobar y sus hombres, y construyó un palacio nuevo para agasajarlos, y que alrededor de una estancia sobreelevada para el rey se dispusieron doce habitaciones para los doce guerreros del Ulster que luchaban en carros. Como señalan los Rees, “alrededor del cojín de Conchobar en la Sala de Bricriu estaban los cojines de los doce héroes del Ulster, una disposición que tiene su paralelo en los lechos de los Doce Pares de Francia en derredor del magnífico lecho central de Carlomagno.”[4] A continuación, anotan que ello recuerda a los doce caballeros de Arturo, a Odín sentado en un círculo con sus doce dioses consejeros, a Hrolf y sus doce berserks, a Ulises y sus doce compañeros y a las diferentes agrupaciones de doce que aparecen en la Biblia.[5] Como observan los Rees, Conchobar y sus doce héroes no son el único ejemplo de un rey en medio de doce en la tradición irlandesa. Según el texto conociso como Crí Gablach, doce eran los acompañantes de un rey de un tuath (una de las divisiones tribales de los irlandeses), y había doce cojines en una casa real. En Tochmarc Emire (El Galanteo de Emer) se habla de un rey de Munster y de doce virreyes. Cuando Conaire marchó a la fiesta taurina de Tara, tres reyes lo estaban esperando en cada una de las cuatro calzadas que conducían a Tara para cubrirlo con ropajes, lo que hace un total de doce “pares” de nuevo. Y antes de su muerte en la mansión de Da Derga, cuatro grupos de tres hombres se apostaron alrededor de su habitación.[6] En “Branwen, hija de Llyr”, la segunda rama de los Mabinogion, Matholwuch, rey de Irlanda, llega a Gales en un barco al que acompañan otros doce.[7] Por cerrar esta serie de combinaciones de uno más doce, podemos recoger el caso de Crom Cróich en Mag Slécht[8], que forma parte del acervo poético-topográfico irlandés conocido como Dindshenchas:
’Na srethaib
trí hídail hloch fo cheathair:
fri sáebad serb inna slóg
delb in Chruimm d’ór dodechaid.
En filas
tres veces cuatro ídolos de piedra:
para engañar lastimosamente a las gentes
la imagen de Cromm estaba hecha de oro.[9]
En la literatura galesa hay un texto conocido como Pedawr Marchog ar Hugain Llys Arthur que data de aproximadamente el siglo XV o antes, y que habla no de doce, sino de veinticuatro caballeros en la corte de Arturo[10]. Los caballeros mencionados son Gwalchmai (Gawain), Drudwas, Eliwlod, Bwrt (Bors), Peredur (Perceval), Galath (Galahad), Cadwr, Lanslod Lak (Lancelot), Ywain (Owain), Menw, Trystan (Tristán), Eiddilig, Nasiens, Medrod (Mordred), Howel, Blaes, Cadog, Pedrog (Petroc), Morfran, Sanddef, Glwelwyd, Cyon, Aron y Llywarch Hen. Éste, que es el último en aparecer en la lista, es junto con los dos que lo preceden, uno de los tres Caballeros Consejeros (Chynghoriad Varchog) de la Corte de Arturo. En cuanto a Ywain (el Owain del que ya hemos hablado), se dice que era hijo de Urien de Rheged (por tanto, primo segundo de Gwên).
El número veinticuatro fue un número muy favorecido por los bardos.[11] Unos interesantes poemas galeses por lo que respecta a este número son los llamados “Poemas de las tumbas”, o más bien debería decirse “estrofas de las tumbas”, texto del siglo X donde se listan las sepulturas de veinticuatro guerreros (Cerwyd, Cywryd, Caw, Gwrien, Morien, Morial, Gwên, Gwrien, Gwriad, Tydai, Dylan, Ceri Cletifhir, Seithennin, Pryderi, Gwallawg, Gwalchmai, Cynon, Cynon mab Clydno Eiddin, Owain, Cynddylan, Meigen, March, Gwythyr y Gwgawn Cletyfrut), a continuación de cuyos nombres se dice: “es un misterio dónde esté la tumba de Arturo”.[12]
El número veinticuatro también aparece con prodigalidad en otros textos galeses, como por ejemplo en “El sueño de Rhonabwy”: veinticuatro emisarios enviados por Osla Cuchillo Grande para pedir una tregua a Arturo, o veinticuatro asnos con angarillas cargadas de oro y plata, a los que acompañaba igual número de hombres que traían a Arturo tributo de las islas griegas. Y veinticuatro son los asientos destinados a los caballeros del Rey Arturo que tiene la Tabla Redonda conservada en Winchester. Por lo que respecta a la literatura bretona, De la Villamarqué recoge un poema en el que tiene especial preponderancia el dodecanario, en una serie de interrogaciones cruzadas entre un druida y un niño, que él fija en el siglo V a cuenta de la coexistencia aún de elementos paganos y cristianos.[13] Si bien este autor no es muy fiable, pues, como Macpherson en Escocia, aliñó elementos antiguos con otros de su magín, dando por genuinos textos que sólo a él se deben, el caso es ilustrativo de una tradición de Bretaña, aunque la fecha o los detalles sean discutibles.

En los poemas de Llywarch Hen se nos dice, por boca del mismo protagonista, que eran veinticuatro sus hijos:
Pedwarmeib ar hugueint am bu
eurdorchawc tywyssawc llu.
oed gwen goreu onadu.
Yo tenía veinticuatro hijos,
caudillos de una tropa con torques de oro.
Gwên era el mejor de los hijos de su padre.
En la Chanson mueren los doce pares y, tras la muerte del arzobispo Turpín, Roldán es el último en caer. El héroe como último superviviente de una mesnada, familia o grupo (teulu en galés), antes de su propio y trágico fin, está también presente en los poemas de Llywarch Hen. En el lamento de Llywarch por Gwên, el padre exclama:
Gwen gwgyd gochawd vy myrt.
dy leas ys mawr
casnar. nyt car ath ladawr.
Gwên, guerrero, se me entristece el ánimo.
Tu pérdida es un gran revés.
Ningún pariente te vengará.
El último verso alude precisamente, como ha señalado Rowland,[14] a que ya han muerto todos los hijos de Llywarch y al hecho de que éste, como ya se ha dicho en otras estrofas, es un anciano sin vigor. No todos los textos acerca de la materia carolingia retratan por igual a los pares de Francia. A diferencia de la Chanson, donde Roldán era el único sobrino del emperador, según la Nota Emilianense los pares eran todos sobrinos de Carlomagno (in his diebus habuit duodecim neptis).[15]
Un caso relevante que merece ser consignado aquí es el de la literatura da corda de Brasil: a menudo en estas baladas de pliegos de cordel, debido a una mala interpretación de la palabra portuguesa homónima, a Carlomagno lo rodea un séquito de veinticuatro caballeros: los Doce Nobles Pares. ¿Es posible que los pares de Carlomagno, sobre los que hay tantos puntos oscuros, y de los que habla la literatura pero no la historia, no sean más que una mala interpretación a su vez de los veinticuatro hijos de Llywarch?
(continuará)
[1] “Les Douze Pairs de Charlemagne”, Philologica Pragensia, I (1958), pp. 6-10.
[2] Diccionario de símbolos, Barcelona, 1985 (6ª ed.), p. 174.
[3] Historia Brittonum, capítulo 56.
[4] Celtic Heritage, p. 150. Idéntica descripción leemos en El galanteo de Emer: “Había doce estancias con camas de doce guerreros de carro alrededor de este dormitorio” (La embriaguez de los ulates y otras andanzas de Cú Chulainn, edición y traducción de Juan Renales y Pilar Ortiz, Madrid, 1989, p. 76).
[5] Véase L. H. Loomis, “The Celtic Twelve”, Modern Philology, XXV, pp. 345 y siguientes.
[6] Celtic Heritage, p. 151.
[7] Mabinogion. Relatos galeses, ed. de Victoria Cirlot, Madrid, 1982, p. 104.
[8] Celtic Heritage, p. 75.
[9] The Metrical Dindshenchas, parte IV, ed. de Edward Gwynn, Dublín, 1924, p. 22.
[10] Trioedd Ynys Prydein. The Welsh Triads, 2ª ed., editadas con introducción, traducción y comentario de Rachel Bromwich, pp. 250-253.
[11] G. J. Williams y E. J. Jones, Gramadegau’r Peincerddiaid, Cardiff, 1934, p. xxx.
[12] Se puede consultar en la edición bilingüe de la antología de Meirion Pennar, The Black Book of Carmarthen, Lampeter, 1989, pp. 100-104. No queda claro en el original si se trata de un solo Cynan o de dos, pues cambia la ortografía; en un caso, tendríamos a veintitrés guerreros más Arturo (veinticuatro); en el otro, a veinticuatro más Arturo, como en Pedawr Marchog ar Hugain Llys Arthur. Véase también “The Black Book of Carmarthen Stanzas of the Graves”, Proceedings of the British Academy, vol. 53 (1967), pp. 97-137.
[13] El misterio celta (Barzaz Breiz). Relatos populares de Bretaña, Palma de Mallorca, 1997, pp. 71-86.
[14] Early Welsh Saga Poetry, p. 520.
[15] Dámaso Alonso, Primavera temprana de la literatura europea, Madrid, 1961, p. 131.


![]() | Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963), Antonio Rivero Taravillo, Tusquets Editores, México, 2011. |
Con este volumen se complementa la biografía que comienza con Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938), merecedora del vigésimo y español Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias. Como todo buen ensayo biográfico, éste que ha compuesto Rivero Taravillo trasciende con mucho el mero recuento cronológico-vital del personaje abordado, para erigirse en un fresco de horizontes bastante más amplios. En el caso que ocupa estas líneas, la mirada del autor se extiende a la situación cultural, política y económica de los muchos sitios en los que Cernuda vivió su muy prolongado exilio, entre los que se cuentan Inglaterra, Estados Unidos, Cuba y, por supuesto, México. Como en el volumen que antecede y complementa este robusto corpus biográfico, el autor ofrece un índice onomástico y una bibliografía ad hoc para todo aquel interesado en abundar, por su propia cuenta, en el estudio de Cernuda, su vida y su obra.
