sábado, 31 de mayo de 2008

Cuatro haikus



Unos días junto al mar me han traído algunos versos, de los que iré publicando aquí espaciadas muestras. Comienzo hoy con un conjunto de cuatro haikus:


PINAR Y DUNAS

1

Único verso.
La fábula que traza
fila de hormigas.

2

La S sisea.
Qué grande la mayúscula
de la serpiente.

3

Escarabajo,
no subes esta duna;
bajas mi infancia.

y 4

¿Qué clorofila
te corre por las venas,
camaleón?

Una soledad metafísica



Bajo este título, Ángel L. Prieto de Paula publica hoy en Babelia su crítica de Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938). Con las matizaciones que se quiera y con la advertencia que me hace de tres gazapos (uno de ellos atribuible al propio Cernuda, que citó mal un libro de Dámaso Alonso, aunque es cierto que uno debiera haberlo subsanado), se trata de una reseña muy favorable. De los grandes suplementos, sólo queda el ABCD por sacar el libro. Y puede que lo haga incluso hoy mismo, quién sabe, pues aún no he visto el periódico. En cualquier caso, estoy satisfecho por la acogida crítica, tomo nota de las observaciones que hacen y ya voy preparando, lentamente, como requiere la tarea, el segundo volumen de la biografía, correspondiente a los años de exilio.

jueves, 29 de mayo de 2008

El tercer policía






UNA GRAN OBRA PÓSTUMA

Decir que El tercer policía es una de las novelas más inteligentes y divertidas de la literatura inglesa, tan rica en obras que comulgan con una u otra cualidad, puede parecer sin duda temerario, pero lo cierto es que es éste un libro que participa de lo mejor de Swift y Sterne sin perder en ningún momento su propio pulso y genio, únicos e inimitables. Por otra parte, recuerda no poco a Lewis Carroll y sus aventuras de Alicia. El humor, la sátira, la digresión que lleva por caminos sorprendentes y el juego con el lenguaje son en verdad portentosos, y su lectura es un verdadero placer que por incitar a la gimnasia mental debería ser recomendado en las facultades de Medicina para la prevención del mal de Alzheimer.
Flann O’Brien fue en realidad uno de los seudónimos de Brian Ó Nualláin, un irlandés de 1911 que desarrolló toda su carrera como novelista y columnista del Irish Times en la ciudad de Dublín, de la que apenas salió en su edad adulta, un rasgo que le aleja de sus paisanos Joyce y Beckett, con quienes tiene más de un rasgo en común.
En otras páginas, O’Brien, medio en broma, medio en serio, propugnaba que los personajes de las novelas fueran “contratados” una vez acabadas éstas para aparecer en otras ficciones. Al sabio bufo De Selby, gran hallazgo sobre el que está obsesionado el protagonista de El tercer policía, lo presentó por primera vez O’Brien en The Dalkey Archive, novela menor de 1964 que tiene como principal característica, rizando el rizo, contar con los servicios como personaje del mismísimo Joyce. Pero su nacimiento se remonta a 1940, fecha en que O’Brien escribió El tercer policía. Al ser rechazada para su publicación, su autor perdió el interés en esta novela, y siempre mantuvo que había extraviado el manuscrito. Se publicó finalmente en 1967, un año después de la muerte de su autor. Lo cierto es que junto con En Nadar-Dos-Pajaros y La boca pobre (escrita en gaélico) compone la tríada de sus grandes novelas, y probablemente sea la más acabada y perfecta de las tres.
Si la lectura de Flann O’Brien es siempre recomendable, traducirlo entraña sus riesgos, e intentar verter El tercer policía debe haber causado a Héctor Arnau no pocas desazones. El lenguaje de gran parte de la novela constituye un dialecto de la pedantería, plagado de barbarismos procedentes de un discurso solemne hasta el ridículo, con un empleo muy efectivo de palabras de origen latino que, en inglés, chocan al lector y lo envuelven en una nube de hilarante irrealidad. En español, es difícil que esos palabros, cuyas raíces nos suenan, conserven su carga satírica. Por chocante que parezca, casi hubiera sido necesario traducir algunas frases a un latín macarrónico, y ni aun así el resultado sería equiparable.
El prólogo de Cabrera Infante, pese a contener alguna inexactitud sobre la obra de nuestro autor (como por otra parte ya le sucedió a Borges al reseñar su primera novela, medio siglo antes de que se tradujera al español), constituye una apetitosa semblanza de O’Brien y una entusiasta invitación a su lectura.
No sería justo, desvelando la estructura de su trama, decir que El tercer policía es una novela circular. Más exacto es, atendiendo a su calidad, calificarla de novela redonda.



(Reseña publicada, no recuerdo dónde, al traducirse por primera vez esta obra al español. Actualmente está disponible en Nórdica, que va poco a poco recogiendo los títulos de Flann O'Brien)

martes, 27 de mayo de 2008

Crítica de Ignacio F. Garmendia


Diario de Sevilla publica una crítica de Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938) firmada por Ignacio F. Garmendia. La reseña aparece la misma mañana que me entrevista, también sobre el libro, Tico Medina, para su programa en Canal Sur Radio. Las dos cosas me producen alegría, y la segunda un estupor retroactivo. ¿Quién me iba a decir a mí en la infancia que iba a hablar con Tico Medina? Es como si lo hiciera, no sé, con Kiko Ledgard. O, remontándome un poco en el tiempo, tal que si apareciera uno -en blanco y negro, claro- en el NO-DO.

domingo, 25 de mayo de 2008

Un poema de Freneau



Viene hoy al blog la antología de primeros poetas norteamericanos que publiqué hace un par de años en la editorial Mono Azul, que, como suele decirse, está disponible "sólo en las mejores librerías". Son siete los poetas recogidos, y entre ellos se incluye a Phillip Freneau, del que me apetece incluir aquí este hermoso poema, lo primero que traduje de él (en el libro hay varios poemas más, de tono bien distinto). Ya se sabe que me gusta la épica (esa musa de la elegía).



EN RECUERDO DE LOS VALEROSOS AMERICANOS
QUE A LAS ÓRDENES DEL GENERAL GREENE, EN CAROLINA DEL SUR, CAYERON EN LA ACCIÓN DEL 8 DE SEPTIEMBRE DE 1781


En Eutaw Springs murieron los valientes;
el polvo cubre ahora sus cadáveres;
verted, fuentes, vuestro llanto que anega.
¡Cuántos héroes no volverán ya nunca!

Si en medio de esta ruina desastrosa,
una lágrima aún pueden robarnos,
golpead vuestros pechos y decid:
“los amigos de la libertad aquí dormitan”.

Tú, que huellas el llano ensangrentado,
si el bien urge a tu pecho generoso,
suspira por el fin de este bucólico
reino de los pastores que reposan.

Adorna sus humildes sepulturas,
también puedes caer y pedir lágrimas.
La belleza del alba no asegura
que sea clara la tarde tras de ella.

Vieron la aflicción de su herida patria;
el pueblo en llamas y arrasado el campo;
corrieron a enfrentarse al enemigo;
empuñaron la lanza, no el escudo.

Guiados por tu invicto genio, Greene,
hicieron escapar a los ingleses;
ninguno divisó la cruel llanura,
ninguno lamentó el ir a la muerte.

Mas igual que los partos afamados
que, escapando, sus flechas arrojaban,
los desviados ingleses, atrevidos,
se marcharon, matando en retirada.

Descanse en paz nuestra patriota hueste:
expulsados del límite del mundo,
ojalá encuentren tierras más dichosas
y un sol que para ellos mejor brille.


PHILIP FRENAU

viernes, 23 de mayo de 2008

Homenaje a la fiesta del Ultra





La afición al fútbol y a los energúmenos de las gradas me resulta ajena, y también lejanos ya los tiempos en los que me codeé, y choqué a veces, con aprendices de pistolero en el instituto o en las calles de Sevilla, durante la transición y los primeros años de la democracia. Por tanto, lo del ultra se limita a lo literario, al ultraísmo, y a un volumen homenaje publicado por el Ateneo de Sevilla. En él colaboramos varias decenas de poetas, y para la ocasión rescaté un poema antiguo, que, pluriempleado, también ficha en el blog y resuelve la jornada de hoy. Helo aquí:






MUJER-POESÍA

Yo marco la cesura entre tus piernas,
tus largos hemistiquios, los acentos
que ritman con los míos; nos unimos
en dulce sinalefa que nos lleva
hasta un lugar distinto y sin lenguaje,

allí donde el lenguaje se hace lenguas
y choque de la carne enmudecida.



jueves, 22 de mayo de 2008

Merlín y el destello



MERLÍN Y EL DESTELLO

I

Oh joven Marino
que en el puerto estás
bajo el acantilado,
tú que contemplas
al Mago encanecido
con ojos de asombro.
Yo soy Merlín
y me muero,
yo soy Merlín
en pos del destello.

II

¡Poderoso era el Brujo
que me halló al amanecer
dormido, y me despertó
y me enseñó la Magia!
Grande el Maestro
y dulce la Magia,
cuando sobre el valle,
despuntando el verano,
sobre la montaña,
sobre rostros humanos
y en derredor de mí
siguiendo la melodía
flotaba el Destello.

III

Una vez, al graznar un cuervo
con el que se cruzó,
un pueblo de bárbaros,
ciego a la magia
y sordo a la melodía,
me gruñó y me maldijo.
Un demonio me atacó,
se retiró la luz,
se oscureció el paisaje,
se apagó la melodía,
el Maestro susurró:
“Sigue el Destello”.

IV

Siguiendo la melodía,
sobre un páramo
deslizándose, y poniendo su vista
sobre el elfo del bosque,
el duende de la caverna,
el grifo y el gigante
y el baile de las hadas
en solitarias hondonadas,
y espectros de los montes
y chapoteo de dragones
por rumorosas riberas
o musicales cascadas
de torrentes que caen,
revoloteaba el Destello.

V

Montaña abajo
y en lo alto,
brillando a raudales
sobre silenciosos ríos,
plateados sauces,
pastos y sembrados,
inocentes doncellas,
niños parlanchines,
granja y cosecha,
segadores y espigadores
y rostros curtidos
por labores humildes,
se deslizaba el Destello.

VI

Luego, con una melodía
más fuerte y majestuosa,
me condujo finalmente
a la ciudad y el palacio
del rey Arturo:
tocó en la dorada
cruz de las iglesias,
relampagueó en el torneo,
parpadeó reverberando
de yelmo en yelmo,
y al fin sobre la frente
del intachable Arturo
se posó el Destello.

VII

Nubes y oscuridad
sobre Camelot se cernieron;
Arturo había desaparecido,
no sabía adónde,
el rey que me amara
y que morir no puede;
pues fuera de la oscuridad,
silenciosa y lentamente,
el Destello, reducido a luz tenue de invierno,
sobre helado barbecho
y espesuras ajadas
se acercó al valle
que llaman de la sombra,
y lentamente avivándose
desde la trémula luz
y lentamente otra vez siguiendo una melodía
tiernamente delicada
cayó sobre la sombra,
ya no más una sombra,
sino cubierta por el Destello.

VIII

Y más radiante y rápido,
el Destello siguió volando
unido a la melodía
cantando a través del mundo;
y más lento y desfallecido,
viejo y fatigado,
pero ansioso de seguir,
vi, cuando quiera
que al pasar contemplaba
aldea o ciudad,
que debajo de las cruces
el jardín del difunto,
la colina mortal,
querían brotar en flores;
y así llegué hasta el último
extremo del país,
y más no puedo
sino morir con júbilo
pues por medio de la Magia
de Aquel Poderoso
que me enseñó siendo niño,
allá junto al límite
del océano ilimitado,
por doquier mas no en el cielo
flota el Destello.



IX

¡No de la luz del sol!
¡No de la luz de la luna!
¡No de la de las estrellas!
Oh joven Marino,
abajo al puerto:
llama a tus camaradas,
bota tu barco,
dispón sus velas
y antes de que desaparezca
sobre la margen,
tras él, síguelo,
sigue el Destello.

ALFRED TENNYSON

martes, 20 de mayo de 2008

A la imaginación

A LA IMAGINACION (FRAGMENTO)

Cansada ya del trágafo del día,
terrena sucesión de mil dolores,
perdida y presta ya a desesperarme,
de nuevo tu voz cálida me llama...

EMILY BRONTË


sábado, 17 de mayo de 2008

Poemas de John Clare (y V)

SOY

Soy –aunque a nadie le importe ni lo sepa–;
los míos me huyen como a un mal recuerdo;
yo solo me consumo por mis penas:
vienen y se van en legión de olvidos,
sombras de amor, angustias sofocadas,
y aun así soy, como un vaho arrojado

a la nada del desprecio y del ruido,
al mar viviente del soñar despierto,
insensible a la vida, a la alegría,
mas no al vasto naufragio de mi estima;
y hasta los más queridos –los que amo–
son extraños, más extraños que nadie.

Suspiro por parajes nunca hollados
por hombre ni mujer, risas o llanto,
y allí morar con Dios, mi Creador,
y plácido dormir como en la infancia
sin que yo turbe a nadie, imperturbado,
la hierba abajo, arriba la azul bóveda.

JOHN CLARE

Hazañas bélicas


En la guerra desigual que uno va librando contra el Tiempo, siempre cruenta de pequeñas estocadas suyas, traidoras, que nos van descosiendo el alma y su continente, destacan por su inútil gallardía los esfuerzos de la literatura que uno esgrime en su descargo, fintas que apenas le oponen un gesto, un arrogante enemigo desbaratable. Con la precisión científica de Von Clausewitz sabemos que el desenlace sólo puede ser uno: el que ha de ser sin duda y será, como tuvo que ser que la caballería polaca, en un claro homenaje póstumo y culto al Tennyson de “La carga de la Brigada Ligera”, quedara romántica y literalmente aplastada por los engranajes y ruedas dentadas de las divisiones Panzer, con su maquinaria de mortífera relojería, es decir, de Tiempo.
El de los polacos y el palique, si no oral, impreso: dos maneras y ademanes contra Cronos, ambos igualmente vanos pero hermosos también los dos en su resistencia. En esa encrucijada de torre ebúrnea y muros numantinos, ahí está uno de los terrenos de la escritura, su hazaña bélica o babélica.
Como en el ajedrezado tablero de coordenadas —espaciotemporales diríamos si no fuera palabra horrísona—, el autor va moviendo sus piezas. A los peones de esta partida quiere cantar este otro peón, aún casi blanco: a los artículos con los que se va despachando al menor el talento, donde lo haya; la fiel infantería que tantos escritores han adiestrado y enviado contra el enemigo, que viene a veces aliado con el hambre y azuza el ingenio. El del artículo es, sí, un género menor y numeroso que poco tiene que enfrentar en comparación con otras armas o ejércitos, ya sea la poesía o la novela. Y sin embargo, en este terreno de las columnas que buscan su soldada ha habido y hay Patons, Montgomerys, Rommels; Ruanos, Cunqueiros, Umbrales. Entorchados mariscales y también clandestinos caudillos partisanos.
Por este espacio de La mirada, sin ir más lejos, se ha ido desplegando ante el lector curioso un vasto y capaz “Rincón de páginas perdidas”, una casa de huéspedes que, en sepia, como en retratos de antepasados ilustres, ha ido albergando artículos de don Ramón María del Valle-Inclán, José Bergamín, Emilio Carrere, César González-Ruano, Julio Camba y otros muchos nombres, eufónicos pues siempre su mención despierta el eco de una excelente prosa que en leyéndola nos prende, de la que nunca dejamos de aprender.
Vemos en los grandes articulistas, que casi siempre son los de vasta obra —trabajo— en el género, una impedimenta que a las veces rompe en textos de más envergadura, pero que en sí misma, en traje de paseo o de faena, es de admirar con esa boca abierta del niño que se fascina en el desfile o ante imágenes de la marcial propaganda, con ese embelesamiento de quien ignora o quiere ignorar las miserias y los desastres de la guerra que son también las vidas de los escritores que se baten con la muerte por un plato de lentejas, por una ración de gloria, que es lo mismo.
Los hay que se dedican al artículo, que siempre sorprendemos como una escaramuza en los partes de guerra que son revistas y suplementos, con la idea de poder así ganar palmo a palmo el territorio de su literatura, como el espacio vital o zona de seguridad que les permita ir levantando páginas más ambiciosas, volúmenes mayores, alcanzar mayor hondura. Con la calderilla del artículo, llenar la bolsa, el fuelle del que sacar los afinados sones de la creación. Pero en el escribir diario y para la prensa se dan muchas bajas que desangran al ejército. Se distraen energías y efectivos, se movilizan demasiadas fuerzas para lo que no deja de ser, conceptualmente, la retaguardia de la obra, y se echa un velo de humo sobre los verdaderos objetivos.
No es menos cierto que hay escritores que descubren en la guerra de guerrillas del artículo periodístico su propia identidad, la mejor disposición de su estilo, una forma de campear en la que cada vez se sienten más cómodos por pegarse al terreno, por adaptarse a sus pliegues, claudicando ante esa voz interior que les pedía más altas campañas y conquistas. Desde la humildad de estos soldados rasos que se reenganchan siempre en las mismas páginas van, mediando la experiencia, sucediéndose los ascensos que hacen alféreces en poco tiempo. Unos cientos de artículos más imponen a éstos los fajines o fajas publicitarias, aquellos que separan al mercenario del héroe, al oscuro cronista del autor de best-sellers.
Un tipo de libro que casi nunca defrauda es el de la recopilación de estos escritos, a los que así se salva de su condición efímera y de reemplazo. Son batallones que vertebran lo disperso, y por su carácter de varia lección siempre tienen unas líneas —no enemigas— de interés para todos, para los cualquiera que somos muchos y distintos. Para su autor tienen el valor añadido de pasar dos veces por caja (aunque ya se sabe que la paga es pobre y no siempre hay botín que repartir).
Y se da, por último, el caso de que hay libros que nacen con la idea de reunir diferentes ensayos, incluso poemas, no anteriormente publicados: de este bando de fuerzas irregulares surgen las aprestados comandos, que valen por divisiones, que son algunos libros de Borges. Sus bases y evoluciones, sus tácticas y armamento, son universalmente espiados por la Inteligencia.


Publicado en La mirada, 119 (El Correo de Andalucía, 5/9/97)

viernes, 16 de mayo de 2008

Con Dylan



Ha cumplido uno esta semana su cuarenta y cinco cumpleaños, y lo ha hecho como a hurtadillas, que no es cosa de dar tres cuartos al pregonero (la sospecha de que quizá hayan transcurrido ya tres cuartos de nuestra vida). Uno siempre creyó que viviría poco, le hostigaba la pesadilla de que se lo llevara un cáncer, como a la madre apenas conocida. ¿No decía Nietzsche que el pensar en el suicidio nos ayuda a pasar más de una mala noche? Pero contra todo pronóstico del hipocondríaco, han ido pasando los años y el portador de ese temor ha llegado a esta edad respetable.
Mi amigo Martín me ha regalado como en homenaje a Eliade (el mito del eterno retorno) el disco doble en CD de grandes éxitos de Bob Dylan (More Bob Dylan Greatest Hits), el segundo que yo compré en mi vida, naturalmente en vinilo (el primero fue otro de grandes éxitos del de Duluth).
El chico que distraía unas monedas para comprar esos álbumes con los que tapar su melancolía ha venido así a visitarme al salón del dúplex, en el buen equipo de sonido que nada tiene que ver con el pick-up paterno, y me ha hecho rejuvenecer. Quiero decir, me ha devuelto las lágrimas de antaño.
Llueve también fuera, una llovizna mansa como de latitudes distintas, y gime “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”, como sonaba cuando uno iba al Cine-Club de Medicina las tardes de los sábados, hace lustros y amores, guerras y años que se fueron ya por el sumidero.
Uno es, ha sido muchas cosas.

Comparece entonces también aquí un poema que guardaba inédito, correspondiente a mi vigésimo segundo cumpleaños. Hoy tengo más del doble de años que cuando lo escribí. Soy el mismo y soy otro. Qué raro es todo.

MEMORIA (DOS FRAGMENTOS)

Ahora, desde la alta gradería
que, vigas, veintidós años sostienen,
testigo soy del tiempo transcurrido
que llega hasta este vértigo presente.
Veintidós años, sí, los dos patitos,
feos igual que aquel otro del cuento
de Andersen. Ay, “El soldadito de plomo”,
“El príncipe feliz”, “La sirenita”,
“La pequeña cerillera”, “Blancanieves”,
“El gigante egoísta” y “Pulgarcito”.
Y aquel libro de Las mil y una noches,
y aquel tomo de Fábulas de Esopo,
dónde estarán ahora, qué se hicieron:
libros bellos que no pueden morir
porque una vez vivieron en nosotros,
lo mismo que nosotros por su causa
por siempre viviremos en el reino
que no es, que no puede ser de este mundo.

* * * * *

Y yo admiraba tanto a Mussolini...
A menudo marchaba sobre mí
un cassette que guardaba sus discursos,
himnos marciales, desplantes viriles
a la muerte no menos que a la vida.
Así en mi habitación se establecía
un efímero imperio victorioso.
Pero apenas duraba si un instante.
Tras la voz y la música del Duce
ponía luego a Dylan y lloraba
con aquella fuerte lluvia con que iba
a acabar la injusticia de la tierra.
Y me compré una armónica que nunca
por mi mal oído aprendí a tocarla.
La tiré cuando se oxidó más tarde
y sólo me quedé con el estuche,
mas aún la contemplo con nostalgia:
los suyos fueron, durante unos meses,
mis únicos besos en largos años.
La memoria me falla y ya no sé
si un día prendí fuego a un garito,
cueva de pervertidos y de droga.
No sé si fui yo el ángel de Sodoma
o si es que algún muchacho fue tal vez
objeto de mi amor desesperado.
Ya no recuerdo si he matado a alguien
o fue el tiempo quien, lentamente cruel,
crimen perfecto el suyo, inevitable,
durante años me estuvo envenenando.
Y no recuerdo ya tampoco el rostro
de mi primer amor. Ni tan siquiera
sé si la amaba o deseaba sólo
su cuerpo mi lujuria ya incipiente.
No recuerdo de qué calibre fue
la pistola primera entre mis manos,
ni el gesto de mi padre al descubrirla
una tarde de abril en mi pupitre
cuando aún mis hermanos distraían
su niñez y la mía con juguetes
y mis brazos delgados se extremaban
en puños guarnecidos de pirámides.
No sé cuántas carreras inicié
ni logro recordar las puras notas
de “Los tiernos lamentos” de Rameau.
No sé cómo silbar ya “Giovinezza”.
No sé si alguna vez supe silbarla.

jueves, 15 de mayo de 2008

El Bloomsday

Not there, but here


Dentro de un mes, las calles de Dublín se llenarán de espantapájaros disfrazados al estilo de 1904, año en que se desarrolla una novela a la que, sobre cualquier otro adjetivo, le cuadra el de de divertida. Sin papanatismos de ningún tipo: si no te gusta Ulises para darte el atracón de leerlo entero, "tapea", cata los estilos de sus capítulos. Y si estás en Dublín, tómate una pinta a mi salud.

Poemas de John Clare (IV)




EL ABADEJO

Prefieren la melodía del cuco
y ensalzan del ruiseñor la queja,
¿no hay para los poetas otro pájaro,
entre la gaya ciencia de Natura,
que inunde el corazón de regocijo?
Aunque no critique yo el gusto ajeno,
otras aves hay que repicando alzan
un tropel de dichosas añoranzas:
así canta en el valle el petirrojo
y el pequeño abadejo, que a menudo
de la lluvia guarecíase en mi choza.
Guardando ovejas en el llano vienen
en tierna primavera, repitiendo
de nuevo los contentos del pasado.

JOHN CLARE

miércoles, 14 de mayo de 2008

En la calle Acetres


Fotografía que tomó mi editor de Tusquets, Josep María Ventosa, durante el paseo que dimos por la Sevilla cernudiana antes de la presentación de hace unos días en el Hotel Alfonso XIII. Corresponde a la Calle del Aire, último domicilio sevillano del poeta.

martes, 13 de mayo de 2008

Poemas de John Clare (III)




EL ÁRBOL HUECO

Mil veces de las lluvias del verano
me he resguardado yo en un árbol hueco,
un fresno desmochado, viejo y enorme:
su copa aún crecía y daba flores,
y a diez alzaba del batido suelo,
y aún quedaba sitio para más.
Quien buscara una vida de ermitaño
su puerta allí tendría y su cabaña;
parecía un hogar al que el deseo
llamara así al hacer fuego de cíngaros,
rústicas cenas de guisantes tiernos,
hasta llegar el agua a las rodillas.
Pero en el árbol viejo, nuestra casa,
si no escampaba nunca nos mojábamos.

JOHN CLARE

lunes, 12 de mayo de 2008

La imprenta Sur


De vuelta de Málaga, donde he presentado la biografía de Cernuda en el Centro Cultural de la Generación del 27, me traigo en la retina, y también en el corazón, la visita a la imprenta Sur, que se conserva en el citado Centro que dirige el amigo Julio Neira. Emociona saber que, aunque en ubicación distinta, uno ve, y huele, y toca, la imprenta en la que se hicieron los libros de Litoral y tantos otros, ya míticos, de la tipografía malagueña y española. Tipos de plomo y chibaletes, tinta, presencias de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre...




De este último me traigo, recién salida de la prensa, una traducción que, rescatada de Cruz y raya, nos devuelve en su belleza y con sensibilidad de poeta varias páginas de El Paraíso perdido de Milton. Feliz iniciativa. Al día siguiente asisto, ya en Sevilla, a la presentación de un libro de vinos con cata incluida. Menuda cata la de los libritos de Sur. Delicia para la mano, el olfato, la vista, y a través de los endecasílabos blancos de Milton/Altolaguirre, también, cosa nada baladí, para el oído.

Nueva edición de los Sonetos



En los próximos días empezará a llegar a las librerías la nueva edición de los Sonetos de Shakespeare que saqué en Renacimiento, ahora en el Libro de Bolsillo de Alianza. La obra estuvo entre los finalistas del Premio Nacional de Traducción hace dos años. Vaya aquí una de las versiones, elegida al azar:


XXI

No me sucede a mí lo que al poeta
que pintada beldad le mueve al verso
y dice que adorno es del firmamento
y todo lo bello a su bella imita,

y en audaces imágenes la iguala
a sol y luna y gemas de los mares,
a las flores de abril y los prodigios
que el vasto cielo encierra bajo el orbe.

Que fiel en el amor, fielmente escriba:
y así, sabed, mi amor es tan hermoso
como cualquier nacido, mas no brilla
tanto como las lámparas del cielo.

Que digan más los charlatanes vanos:
yo no pregonaré lo que no vendo.

domingo, 11 de mayo de 2008

Poemas de John Clare (II)




AMOR Y SOLEDAD

Odio el tumulto y el frenesí del hombre,
que me hizo y me hace cuanto daño puede;
libre del mundo ansío estar preso
con mi sombra por única compaña,
y a solas ver el fuego de los astros,
mundos que al Juicio sin cesar avanzan.
Oh, llevadme a la más aislada umbría,
el más caro lugar, donde en sosiego,
contemplar las caléndulas más bellas,
su cerrado verdor que estalla en oro.
Adiós a la poesía y al deseo,
apartadme del mundo, mas dejadme
la voz de una mujer, que con su música
alegre al corazón y lo conforte.

JOHN CLARE

viernes, 9 de mayo de 2008

Poemas de John Clare (I)





Uno de los secretos mejor guardados de la literatura inglesa del siglo XIX es John Clare, un poeta rural y loco. De “Juegan las liebres” al estremecedor “Soy” vemos en pálpito y acierto expresivo el anverso de otros autores, léase Byron, cuya personalidad eclipsa no ya a sus contemporáneos, sino también a la obra de éstos. Iré dejando aquí algunos poemas suyos que publiqué en Clarín:


JUEGAN LAS LIEBRES

Duermen los pájaros, las vacas callan,
sobre las viejas toperas el rebaño
resuella, y bajo la rama del sauce
de afán reposa ya en barbecho el surco.
Las liebres tornan su temor al día
polvo junto al camino, y bailan, juegan,
y se hunden a sus anchas en el grano
lamiendo el rocío de las espigas.
Luego corretean donde la loma
y brincan cual felices pensamientos
hasta que llega el alba y las lecheras
su cántaros tintinean, y se asustan.
Por senderos familiares la ágil liebre
zumbando que se va a la madriguera.

JOHN CLARE

Los cortadores de simientes



LOS CORTADORES DE SIMIENTES

Parecen de hace cientos de años. Breughel,
los conocerás si los pinto fielmente.
Se agachan bajo el seto en semicírculo
al abrigo del viento penetrante.
Son los que cortan simientes. La alforza
de los brotes apunta en las patatas
bajo la paja, y pues les sobra el tiempo
van sin prisas. El cuchillo afilado
separa con pereza las raíces
sobre la palma: un resplandor lechoso
y una oscura filigrana en el centro.
¡Oh costumbres del calendario! Bajo
la retama que se mustia, componen
el friso de un común anonimato.

SEAMUS HEANEY

miércoles, 7 de mayo de 2008




Borges lo menciona en su obra Literaturas germánicas medievales. Se trata de un poema escrito en inglés antiguo o anglosajón, compuesto por el primer poeta conocido de Inglaterra, un monje del siglo VII y de Northumbria. Lo vierto aquí, buscando mantener algunas de sus aliteraciones.






EL HIMNO DE CAEDMON

Alabemos ahora al Guardián de los cielos,
el poder del Creador, sus ideas y designios,
las obras del Padre, pues de todo prodigio
el eterno Hacedor estableció el origen.
Él al principio a la primera prole
por tejado dio el cielo, Dios poderoso;
Guardián de la humanidad, la tierra media
el Padre sempiterno después dispuso
para suelo de hombres, el Santo Señor.

martes, 6 de mayo de 2008

Planetario



MERCURIO

Te desdoblas como un Jano
en auroras y ponientes
ocultándote a las lentes
que te pretenden en vano.
Diminuto como un grano
al lado de Faetón,
soportas su gran calor
en cualquiera de tus fases,
no importa mucho que pases
más cerca o lejos del Sol.




VENUS

Estrella tú de la tarde,
estrella de la mañana,
redonda y clara manzana
asada, que quema y arde
haciendo de brillo alarde
aunque velada por nubes.
No sabemos si hay querubes
o demonios en tu suelo;
rotando estás en el cielo,
alto infierno al que te subes.



TIERRA

Con indudable ironía
la Madre Naturaleza
dispuso que en tu corteza
viviera una raza impía
a la que no importaría,
trastocando tu fortuna,
dejarte como la Luna:
baldío y árido yermo.
Para ese linaje enfermo
no hay esperanza ninguna.



MARTE

Donde acaba el anteojo
se me encara tu figura
de guerrero que en la altura
viste de bélico rojo.
Te escudriña, ansioso, el ojo
por notar tus espectrales
canales, que no son tales:
son la imagen confundida
de quien sueña con que hay vida
en tus cráteres y eriales.



JÚPITER

Oh tú, grande entre los grandes,
rostro de dios jaspeado,
a mis ojos ha llegado
la luz dorada que expandes.
De América eres los Andes,
de Asia el sagrado Himalaya,
ves desde tu alta atalaya
tu dominio, emperador.
Tu órbita es firme, señor,
tu pulso nunca desmaya.



SATURNO

Grueso balón achatado
siempre en continuo ajetreo,
girar te vio Galileo
de pulseras rodeado.
Toro trigueño enjoyado,
tus satélites novillos
—rojos, grises, amarillos—
pacen contigo en rebaño
mientras luces todo el año
tus refulgentes anillos.




URANO

Te tomaron por cometa
hace apenas dos centurias,
pero fueron sólo injurias,
pues eres recio planeta
que giras en la ruleta
de este casino solar.
Por ti resuelvo apostar,
mágico número siete,
y busco, loco, un cohete
que a ti me quiera llevar.




NEPTUNO

Verde color macilento
cubre tu esfera imprevista
que no se ve a simple vista,
reciente descubrimiento.
Para ver tu curso lento
fue necesario el acopio
de estudios, y el telescopio.
Tú circunvalas al Sol;
mientras, Nereida y Tritón
hacen contigo lo propio.




PLUTÓN

Al final del horizonte
resides casi en olvido,
cuerpo celeste aterido
sin otro que te remonte
si no es tu luna, Caronte.
Bajo un aire de metano
alienta tu cuerpo enano
aunque de muy prieta masa,
oh benjamín de la casa,
triste planeta lejano.



Publicado en RevistAtlántica de Poesía, 31 (2007)

Callejeando con Cernuda



Dimos el anunciado paseo por la Sevilla de Cernuda. Iba a durar una hora y se extendió media más. Un periodista de Diario de Sevilla nos acompañó, y ya fuera porque no estaba lo suficientemente cerca de uno, ya porque mi voz, nunca potente, sonara confusa y apagada, los nombres de los libreros de Cernuda han quedado deformados e irreconocibles. Conste aquí que la librería primera, de la calle Granada, era la de Tomás Sanz. La segunda, madrileña, la de León Sánchez Cuesta. Por lo demás, la crónica es fiel. Ana Yanguas, sobrina nieta del poeta, me facilita este enlace con imágenes de las lápidas que en 2002 se colocaron en diferentes lugares mencionados por Cernuda.

domingo, 4 de mayo de 2008

José María Bernáldez



En acto de servicio a la literatura, después de presentar un título en la Feria del Libro de Sevilla y a esa hora ambigua de la medianoche, no sé si el sábado u oficialmente ya el domingo, José María Bernáldez, maestro de periodistas culturales, ha muerto en Sevilla al lado de su mujer, Teresa, víctima de un ataque al corazón. Su larga trayectoria, que le hizo compartir tertulia con González Ruano o Cela, le vio colaborar con diferentes cabeceras (fue director de El Socialista), y en los últimos años dirigía el programa Al Sur, de la Radiotelevisión Andaluza. Al dolor general por su muerte se añade en mí el pesar, intransferible y propio, por no haber frecuentado más su sabiduría y su amenísima conversación, y por un malentendido, del cual ninguno de los dos fuimos culpable, que le hizo pensar que poco menos que lo ninguneaba cuando, tras ser expulsado yo en una intriga que podría llamar shakespeareana de la dirección de Casa del Libro de Sevilla y de la revista Mercurio creyó, al no responder a sus mensajes desde una dirección a la que, ay, ya no tenía acceso, que quería uno excluir sus reseñas de la revista. Luego, aquello, si no se aclaró, al menos José María lo olvidó y no me guardó rencor: volvió a saludarme efusivamente hace ya algunos meses, y me cabe el triste honor de haber sido entrevistado para el último programa que dirigiera, justo la víspera de su fallecimiento. Utilizo el indicativo porque eso es lo que cumple a tan excelente persona, y porque no me cabe duda de que así ha de ser: Descansa en paz.

Vida y crítica literaria

Thomas de Quincey


VIDA Y CRÍTICA LITERARIA

Nada le agradaría más a uno que reseñar, favorablemente y por extenso, con una gavilla de argumentos que se fueran entrelazando con el espigado grano de la sabiduría y el arte, la vida que le ha sido dada; hacerse eco de ella como de un libro nuevo que llega de la imprenta, lleno de promesas y posibilidades. A ese crítico —más que benigno, entusiasta— de su propia vida, le gustaría declarar las excelencias de la obra, su elegante estilo y, sobre todo, su argumento feliz. Una trama que culminase dichosa tras muchas y entretenidas aventuras, lacada de episodios admirables y dificultades salvadas, chispeantes anécdotas más de almíbar que de acíbar, y todo ello no demasiado prolijo, de proporciones netas y expresión ajustada.
Se trataría en suma de ponderar el libro de una vida a la que se es favorable porque así lo es ella con quien la juzga, de ensalzar las virtudes que adornan al protagonista metido a crítico: si no honda reflexión, sí la operación reflexiva y egotista de las matemáticas que nos enseñaron en el colegio, la autarquía de una flecha que trazaba el recorrido de un boomerang sobre la pizarra.
Otras veces, uno imagina su biografía no como algo hecho a posteriori y para la posteridad, cuando ya no puede aprovecharle su lectura, sino como un guión que le sería dado antes de principiar el drama, sobre el que si es menester y se está de ánimo se puede discutir con el autor o en su defecto con el director de escena (otras veces, la vida es de tan baja índole que sólo consiente ser tratada por el apuntador). Para el crítico-intérprete se trataría del “papel de su vida”, concebido para su lucimiento y para llenar de letras gruesas los carteles de los teatros. Tal vez para conquistar a una chica del público, y en todo caso para alimentar su vanidad, que no suele ser pequeña en los grandes artistas.
En esa recensión o crítica de su existencia, uno debería seguir los cánones de este género menor y poderoso y aducir no menos de seis o siete autoridades irrefutables —Cervantes, Borges, Rabelais, Wordsworth...— además de alguna menos obvia y caprichosa, para pavonearse de abundosas lecturas y prolongado comercio con los grandes escritores que en el mundo han sido.
También sería cosa de oponer alguna objeción menor, con esa bienquiescencia del que se cree oráculo del porvenir y faro de jóvenes literatos, a los que a veces un requiebro viene acompañado de un reproche leve que más que ensombrecer realza su dibujo.
Y en punto a sombras, a uno le gustaría, sí, ir por esas calles tétricas de la especie humana como Diógenes con el farol, y no ser un personaje más de Luces de Bohemia, parte de un esperpento. Aunque siendo sinceros y realistas, mejor sacrificar la hondura turbadora de Hamlet a la plácida y amable comedia de la temporada o el vodevil de turno; ser pareja de una prima donna cualquiera, no vil vasallo de la miseria y la muerte, que es lo que suele tocar en el reparto.
De no poder ser el relato entretenido y con happy ending que uno quisiera, pedir al editor —Dios, el Hado, quien fuere— que nos publique y dé vida bajo la forma de un considerable fárrago —con el tedioso estilo que barniza al prestigio literario y académico— de una novela postmodernista, engendradora a su vez de una crítica aún más adormidera y deconstructivista trufada de citas de Lacan, Derrida y Barthes. Demoler en la molicie de uno, todo bostezos, la vida hastiada como en una página de Thomas De Quincey. Pasar de este sopor al sueño eterno.


Publicado en La mirada, 109 (El Correo de Andalucía, 2/7/97)


sábado, 3 de mayo de 2008

Tríada irlandesa



El Babelia de este sábado incluye un artículo de José María Guelbenzu en que éste repasa la novelística irlandesa contemporánea. En su texto menciona tres obras con las que estoy relacionado: El delator de Liam O'Flaherty como prologuista y La boca pobre de Flann O'Brien y Nadan dos chicos de Jamie O'Neill como traductor. A esta última la califica de libro único, y desde luego no es Guelbenzu el único (valga la redundancia) en declararlo. No hace mucho también se expresaba en estos términos Ricardo Martínez Salmón en ABCD. Dejo aquí el enlace a este repaso de Guelbenzu titulado "Vida después de Joyce". Sobre estas líneas, un retrato de Jamie O'Neill.

jueves, 1 de mayo de 2008

Más sobre la biografía


Este pasado martes presentamos en Sevilla el primer tomo de la biografía de Cernuda. Fue una tarde memorable y hermosa en muchos sentidos, que me recordó a la de "Primavera vieja", ese bello poema de Como quien espera el alba. Ahora, tras el paso por la Feria del Libro de Sevilla, donde firmaré algún ejemplar (supongo) en la caseta de FNAC el día 2 de 20 a 22 h., y tras hacer de cicerone el día 5 a las 12 h. en un paseo por lugares cernudianos organizado por la Escuela Andaluza de Escritores, la siguiente escala será Málaga, donde se presentará el libro en el centro cultural de la Diputación (calle Ollerías) el próximo 8 de mayo a las 20 h., gracias a la hospitalidad del Centro Cultural de la Generación del 27. Entre tanto, acaba de aparecer reseña de Luis Antonio de Villena en El Cultural.

Primero de mayo



Era este día, llamado Beltaine, uno de los principales del calendario céltico, y no pocas composiciones poéticas lo celebran, naturalmente. Quiero decir que es lógico que lo hagan, y también que lo hacen desde el canto a la naturaleza, a los fenómenos de las estaciones y el correr del tiempo. Desde la observación lírica. Estas estrofas que selecciono y copio aquí proceden de un poema irlandés del siglo IX escrito en gaélico, por supuesto, y que aparece incluido en mi libro Antiguos poemas irlandeses (Gredos, 2001):


Deliciosa esta época del año;

se ha ido el crudo viento invernal;

brillante el bosque, fértil el agua;

gran paz, alegre verano.


Una bandada de pájaros se posa

en el sitio por el que anda una mujer;

hay un rumor en un campo verde

por el que corre un brillante y raudo arroyuelo.


Gran ardor, monta de caballos;

se alinea la apretada hueste;

la charca es noble en prodigalidad:

pone oro en las pupilas.