lunes, 28 de abril de 2008

UN TERCIO DE NUESTRA VIDA

No pensaba yo comentar por escrito La manía, el más reciente de los diarios de Trapiello. Y no por desprecio a él o a su libro, ni mucho menos, sino justamente por lo contrario. Ya le había dedicado algunas páginas a ese Salón de pasos perdidos suyo y nuestro que llevamos quince años leyendo sin desmayo, y no es cosa de repetirse. Él puede estar tres lustros publicando esos maravillosos libros, cada vez más caudalosos, y uno leerlos, pero de ahí a glosarlos todos y cada uno de ellos, como un funcionario... Y sin embargo, no me resisto ahora a dejar aquí el breve testimonio de mi agradecimiento a Trapiello y a ese ciclo diarístico suyo, que ya ha llenado un tercio de nuestra vida. Que se ha hecho inseparable de ella.
La manía es, en mi opinión, una de las mejores entregas de la serie; o al menos, reciente su lectura, así me lo ha parecido, y aún me estoy relamiendo de gusto. Han desaparecido ya los chispazos en la estela de las greguerías y los aforismos (quien quiera un amplio repertorio de éstos puede saciarse con El arca de las palabras, de 2006), pero se mantienen casi todas las características conocidas, acrecentadas en sabiduría y madurez. Un pleito por llamar “completo idiota” a alguien en una página ajena a los diarios (donde una X le habría eximido de toda culpa), unos paseos venecianos (desternillante la visita a la fábrica de cristal), dimes y diretes con otros escritores, camafeos de una ministra pasada y otro ministro presente, el locus amoenus de Las Viñas... Se beben con sumo gusto las páginas, y las más de ochocientas se hacen breves. El humor de Trapiello se ha ido afilando, afinando, y hoy, además de uno de los mejores escritores de España, puede afirmarse, con una sonrisa que perdura, que es también uno de los más divertidos.

Lola y Teresa

Petronila Vera, "Niñas",1921

LOLA Y TERESA

En mil novecientos setenta y dos,
jugaban -eran primas- en un parque
a ritos que, como hombre, desconozco:
cosas de niñas, esas blandas bobadas
para el dueño de tanques y de aviones.

Teresa estaba enferma (me ha contado).
Y ahora es Lola quien se muere
en un hospital muy lejano
donde no pueden rescatarla mis comandos de entonces
ni tampoco los rezos del adulto
cuando hoy la fe se bate en retirada.

A la mujer que abrazo se la lleva
el recuerdo de aquellos juegos infantiles;
y aunque aprieto su carne, su alma ausente
corre por un parque abandonado.

Es mil novecientos setenta y dos
debajo de los párpados que beso.

domingo, 27 de abril de 2008

Con Canaletto y Wordsworth (morriña de Londres)



ESCRITO EN EL PUENTE DE WESTMINSTER


Nada muestra la tierra más hermoso:
cegada estará el alma de quien pase
y no lo embargue vista tan excelsa.
La ciudad luce ahora, cual su veste,
la hermosura del alba; silenciosos,
buques y torres, cúpulas, teatros,
se abren a los campos y hasta el cielo.
Todo brilla y fulgura al aire puro,
y nunca el sol bañó con más belleza
en su prístina luz valle o roquedo.
¡Nunca vi ni sentí calma tan honda!
Deslizándose el río va a su antojo:
hasta las casas parece que sueñan
y el fuerte corazón duerme apacible.

WILLIAM WORDSWORTH

(Traducción, como todas las que aparecen en el blog, de A. R. T.)

viernes, 25 de abril de 2008

Los nombres de las calles


La actualidad se empeña en no ser tal, sino más bien cansina repetición de lo ya visto. Este artículo lo publiqué hace dos legislaturas municipales y ahora un edil sevillano me lo ha hecho recordar.
Decíamos ayer...

KARL MARX STRASSE



¡Ah, el azaroso destino de las calles! ¡Cómo Fortuna, caprichosa, al hacer girar su rueda va triturando los rótulos de rúas, plazas, bulevares, callejones infestos y alamedas, trocando suertes y destinos y papeles en este Gran Teatro del Mundo!
Fiel seguidor de ella, y equilibrando sinos y famas, el consistorio hispalense ahora acomete la tarea de renombrar un puñado de calles y bautiza a otras nuevas, que la ciudad crece y mucho de su asfalto anda ayuno de nombres, anónimo y esquivo.
Todo es lógico y va con los tiempos: que se busquen nombres nuevos y que los del régimen anterior desaparezcan. Otra cosa es ver qué nombres les tocan en suerte a los sevillanos, porque algunas de las propuestas son cuando menos peregrinas, por no decir de dudosísimo gusto.
Sería una lástima que ahora que se va a hacer mudanza en el callejero no se aprovechara para borrar de él al coautor del Manifiesto Comunista. Veamos: si el título que recibe ese tramo de calle junto al Parque Amate honra al pensador decimonónico, la indigencia cultural de Sevilla queda de manifiesto; aquí, donde a diferencia de Barcelona no hay calles de Beethoven, Wagner, Marco Aurelio o Séneca, donde los nombres de los genios y grandes talentos seculares apenas se codean con los de las advocaciones marianas o los de las tallas de Cristo, el sólo ejemplo de Carlos Marx (¿por qué no Kant, o Feuerbach, o Hegels?) es una afrenta, un agravio comparativo a los filósofos, músicos, escritores, políticos, que penan en el municipal olvido sin una placa o unos azulejos. Y si la calle recibe el nombre del que con Lenin ha sido el gran dios Júpiter tronador de esa pesadilla, el comunismo, entonces la cosa, de la estulticia, ha de pasar por fuerza al juzgado de guardia o a un tribunal de más alto rango, internacional si es posible, pues el marxismo llevado a la práctica —está contabilizado— tiene en su nada plausible haber la cifra de cien millones de muertos.
En contra de lo que sucede, que discurre entre nombres tan hermosos y poéticos como Calle Amor y Avenida de San Juan de la Cruz, de la calle Carlos Marx, piensa uno, deberían salir calles rotuladas con nombres como Paseo de las Purgas, Calle de las Chekas, Ronda de las Deportaciones o Avenida de Pol-Pot. Éste sí que es el último resto del Muro de la Vergüenza y la RDA. Llamémosla mejor Karl Marx Strasse. O si pensamos en Rusia y su literatura, que sus pisoteados adoquines lleven los nombres, como lápidas, de Ajmátova, Mandelstam, Pasternak, Mayakovski, Solzhenitsyn, Tsvetáieva, Brodsky...


Publicado en El mirador, 9 (Diario de Andalucía, 7/16/00)

El lunes por la tarde




UN POEMA DE UILEAM ROS

TRADUCCIÓN Y NOTA DE ANTONIO RIVERO TARAVILLO


Hace años, yo supe gaélico. El escocés, quiero decir, porque el de Irlanda aún no lo he olvidado. Hoy me cuesta trabajo leer en aquella lengua que comencé a aprender el verano que estudié en Edimburgo, en el que, en singular corrimiento de tierras, las Tierras Altas de allí viajaron por mi corazón enajenado y visité alguna de las islas occidentales de Escocia a la zaga de los señores Samuel Johnson y James Boswell.

Yo no sé cuántos poemas traduje ese y los años sucesivos con mi amiga Catriona Zoltowska. De entre aquella colección agavillada con la frecuentación del grueso diccionario de Dwelly y de volúmenes de la Gaelic Texts Society de Inverness rescato hoy este poema que permanecía inédito. A diferencia de tantos otros vertidos al alimón, éste lo traduje yo solo en la isla de mi cuarto y al pie de su castillo de librotes propios y prestados, acarreados en un avión de la British Caledonian por mí mismo o tomados de la biblioteca impresionante y pantagruélica de Catriona.

Uileam Ros murió de tuberculosis, como Keats, antes de cumplir los treinta años, en 1791. Había nacido en la isla de Skye. Este poema es un ejemplo de la tradición del sueño visionario, tan cara a los poetas gaélicos de Irlanda y Escocia. Podría aportar aquí, en bilingüe, su texto original, pero ¿a quién le aprovecharía el trabalenguas?


EL LUNES POR LA TARDE


El lunes por la tarde iba de ronda

cuando oí un son que no me fue desagradable,

una música de cuerdas, armónica, clara,

sobre la cual se alzaba un melodioso coro;

me sobresaltó aquella maravilla

y di rienda suelta a mi deseo;

entonces resolví ir tan lejos

como me dictara mi propia voluntad.


Me fui derecho donde el jolgorio,

donde bebían, cantaban y bailaban

jóvenes zagalas y donceles,

todos en apacible concierto sin tacha;

contemplé una por una a las mozas,

aquí y allá detuve la mirada;

se adueñó de mi corazón, igual que de mi vista,

y me hirió en el acto el amor.


Apareció como un ángel ante mí,

virginal, bajo la más hermosa forma;

esbelta y vigorosa como el vilano

o como el cisne sobre las aguas;

ojos azules, dulces, bajo finas cejas,

y un tierno mirar en su semblante,

boca balsámica, sincera, sin sombra de pesar,

de afable trato, modesta.


Como un rayo de sol una mañana de mayo

ella apagó la vista de mis ojos,

y dando los pasos giraba

siguiendo los acordes de la música;

una elegante doncella, de honda sabiduría,

de sangre pura, espléndida, es mi amor;

estrella de las mozas, sol de los coros,

de encantadora charla, melosa, serena.


Difícil sería encontrar tu parangón

de entre todas las tierras de Europa;

en verdad, nunca antes había visto

el encanto de tu hermosura, tu superior belleza;

la fama de tu alegría crece por doquier,

de tu jovialidad y la fragancia de tu boca;

cuantos tributos de beldad tuvo Diana

todos sin excepción Mòr ha heredado.


Ensortijado, rizado, trenzado, crespo,

tu cabello rubio entretejido,

hermoso, elegante, enguedejado, de oro,

en excelsas ondas y perfecto orden.

No se podría hallar un solo defecto

desde tu coronilla al talón de tu suela;

moza, las virtudes vinieron a rodearte

aumentando la gloria de todos tus rasgos.


Sería un remedio contra los males,

protección contra la muerte,

para un hombre poder estar contigo;

mejor que guardar cama tenerte,

escuchar la conversación de tu boca;

no fue tan bella Venus, entre sus joyas,

a pesar de su abigarrada magnificencia,

como Mòr, tierna niña que hirió mi corazón

con sus encantos, y no la tendré en la vida.


Pura la sangre noble de la que desciendes,

sin perversión, cobardía ni mancha;

un linaje magnífico, valiente,

hueste para la lucha de espadas;

ellos ganarían a los de Dùbh‑Ghall,

los barrerían hasta sus lejanas tierras,

la persecución los llevaría hasta la fría Cataich

y los vencerían en todas partes.


Las astas del ciervo son como tú,

siempre están prestas para el combate;

hombres sin temor, con la frente erguida,

irían a luchar contra un rey.

Furibundos en la tempestad de la pelea,

armados, engalanados, con determinación,

yendo a la refriega sin desmayo

no volverían al hogar como siervos.


Grave es mi suspiro, triste mi suerte,

sin una nota de sosiego y sin gozo,

con la mente puesta en mi único querer,

la que tuvo mi amor sin dar amor a cambio.

Los dioses me han castigado doblemente

y me han hecho obedecer a mi deseo.

La nana de Cupido me adormiló

¡y desperté hecho polvo y debilitado!


Mi adiós a la encantadora doncella

de alto linaje, de la más noble estirpe;

presentad mis respetos

a mi amor de rizado pelo rubio.

Pues que ninguna visión en sueños agitó mi espíritu,

doloroso es que no pueda descansar,

y aunque esté de ronda o en el océano

siempre estarán contigo mis pensamientos.


Publicado en Turia, 85-86, 2008

jueves, 24 de abril de 2008

Presentación en Sevilla

Con Miguel Ángel Aguilar en la presentación y entrega delpremio en la Residencia de Estudiantes




El próximo martes 29 de abril, a las 20,30 h., presentaremos el primer tomo de la biografía de Cernuda en el Aula de Cultura de ABC (Hotel Alfonso XIII, c/ San Fernando, 2, Sevilla). Me acompañará Fernando Iwasaki.



Vayan como aperitivo estas líneas de la Introducción del volumen:



El tiempo, uno de los temas recurrentes de la gran poesía, de la que ésta se nutre y crece, es también la medida por la que computamos la estancia en la tierra de los hombres y mujeres que a aquélla se entregaron, junto con sus posteriores ecos, cuando los hay, y en su correr se va apreciando quiénes, más allá de la duración física, son los que quedan para ser leídos por generaciones sucesivas y quiénes se van oscureciendo hasta el olvido. Luis Cernuda es sin duda de los primeros. Su poesía ha sido frecuentada, in crescendo, desde la década de los cincuenta para acá, durante ya más de medio siglo. Poetas españoles de varias generaciones e intereses bien distintos han ido recalando una y otra vez en su obra, sin que ninguna promoción poética le haya vuelto la espalda hasta la fecha. Algo habrá tenido que ver en ello, junto a la calidad intrínseca de sus páginas, el ejemplo moral de su entrega a la poesía, su independencia, su radical soledad, su ahondamiento meditativo, la aceptación sin aspavientos de su sexualidad, su apertura a otras tradiciones más allá de la hispánica.
La vida del poeta Luis Cernuda, como creador de esa obra admirable, es no sólo atractiva, por encima de la aparente grisura de sus días profesorales y su acedía y constante aislamiento, a veces su rechazo de puercoespín a los que querían invadir su ámbito íntimo. También, sobre todo, es una muestra de fidelidad a la poesía, ejemplo de la asunción del papel romántico del artista enfrentado con el mundo y de él enamorado sin embargo –y de los hombres, sus contemporáneos, a los que fustiga no menos que compadece y ama–. Salvando el tiempo, doblegándolo –muerto, se le lee más que en vida–, su obra se despliega pensando en los lectores y poetas futuros: es decir, nosotros, que hoy lo leemos con admiración y queremos saber más de su vida para mejor apreciar su obra. Es además aquélla eje que recorre seis décadas de creación e intelectualidad española y europea y americana, un camino lleno de encrucijadas a las que se asoman otros viajeros y seres errantes. Siguiéndolo, vemos sucederse uno tras otro movimientos como la poesía pura y el simbolismo, el clasicismo, el surrealismo, la poesía romántica como en España no hubo, sin olvidar técnicas como el collage, el monólogo dramático aprendido de la lengua inglesa (en Browning) o la recreación de nuestra mejor poesía del Siglo de Oro.
Sobre Luis Cernuda hay libros excelentes. A la breve pero útil introducción de Jordi Amat, Fuerza de soledad, hay que unir el catálogo de la exposición Luis Cernuda (1902-1963). Entre la realidad y el deseo, donde diferentes especialistas fueron desgranando los avatares literarios y vitales del poeta, más el Álbum redactado por James Valender, excelente en tantos aspectos, en el que el tesoro iconográfico, apabullante, no aplasta la aportación biográfica, muy valiosa. En el terreno de la narrativa, por otra parte, está el interesante experimento titulado Apócrifo de Luis Cernuda, de Andrés Sorel, donde Cernuda/Albanio es el protagonista de una biografía novelada. Pero más allá de algunos acercamientos tan loables como insuficientes a su persona, aún carecíamos (y esto lo ha señalado toda la crítica desde hace ya varios lustros) de una biografía amplia y detallada de su desarrollo personal y poético y la trabazón de su vida con los mimbres de otras en el conjunto del tiempo que a él le tocó en suerte o en desgracia. Él mismo vio preciso hablar de su propia vida en trabajo tan memorable como «Historial de un libro», en el que viene a pedir disculpas por hablar del hombre que hizo la poesía. Pero, ¿no servirá para apreciar mejor ésta el entendimiento de quien la compuso, el hombre que sufrió las experiencias de las que aquella brota? Cernuda supo que no siempre era visible la conexión entre su poesía y su vida, pero dejó la puerta abierta esa conexión: «al lector corresponde establecerla, si cree que vale la pena y quiere tomarse la molestia».

miércoles, 23 de abril de 2008

Para celebrar el Día del Libro

Recupero un artículo que publiqué hace tiempo:



ROSAS DE ALEJANDRÍA

El hecho es suficientemente conocido, pero merece ser recordado: William Shakespeare y Miguel de Cervantes tuvieron la ocurrencia —última cuenta de su rosario de genialidades— de morirse en idéntica fecha. La fúnebre coincidencia para pasmo del mundo fue el 23 de abril de 1616, una fecha que en tiempos de ellos correspondía sin embargo a días distintos, pues España e Inglaterra se regían a la sazón por diferentes calendarios.
El 23 de abril no tuvo hasta el siglo pasado la consideración de Día del Libro, y eso gracias a Cataluña, donde arraigó la idea de celebrar ese día que además es la festividad de San Jorge, en la que se regalaban rosas. Una coincidencia más que abunda en lo shakespeareano y cervantino a un tiempo: San Jorge es el patrón de Inglaterra (el país de la rosa), y en Barcelona, donde la festividad de Sant Jordi tiene el mayor protagonismo desde el siglo XV, fue donde por primera vez se dio a la estampa el Quijote. 1616 fue un año si no capicúa sí sonoro y de guarismos repetidos, como lo es éste de 2002, en el que en las mesas de novedades de las librerías han coincidido, y ahora no por muerte, sino por la celebrada vida de la literatura, que siempre se renueva, dos títulos que hacen justicia a uno y otro coloso: la novedad absoluta Shakespeare o la invención de lo humano, de Harold Bloom, y la reedición ampliada de Las vidas de Miguel de Cervantes, de Andrés Trapiello. Trapiello, amén de escritor, es tipógrafo, como lo fue Manuel Altolaguirre. Y Altolaguirre editó una revista en homenaje a Cervantes y Shakespeare que se tituló, como no podía ser de otra manera, 1616.
He olvidado decir que San Jorge vivió en tiempos del emperador romano Diocleciano, y murió hacia 303, otra cifra redonda. Por cierto que en latín, la lengua que hablaría San Jorge, liber es al mismo tiempo “libro” y “libre”, feliz coincidencia que viene a refrendar una verdad incontestable a lo largo de los siglos y las civilizaciones: el hombre culto goza de más libertad en su interior, mientras que los tiranos suelen abominar de la cultura.
Como se ve, unos autores llevan a otros, y unos libros empujan, con educación pero firmemente, hacia otros libros, y más en un día como hoy, en el que todo es un torbellino de obras y escritores, generaciones juntas e ínsulas extrañas de engarzadores de palabras e historias. Borges escribió esta sentencia insuperable: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo, pero el libro es una extensión de la memoria y la imaginación”.
Hoy, Día del Libro, el eco de Shakespeare y Cervantes llega, sobre las olas del Turco, que baldó el brazo al uno, y con la pasión de Antonio y Cleopatra, llevada al escenario por el otro, a la ciudad de Cavafis y Durrell, en la que se inaugura la nueva Biblioteca de Alejandría, un edificio que nace escaso de volúmenes y que habrá que llenar de vida, es decir, de libros, para que remede a su antecesor antiguo. La Alejandría de los mapas queda lejos. Vaya hoy el lector a las librerías, curiosee por sus mesas y estantes, compre para sí o regale, que suele esto ser mayor placer cuando se atina, y obtenga el descuento que su librero le hará de mil amores, porque hoy todos tenemos algo que celebrar: que en los libros caben los Himalayas y la tundra, la espiritualidad de los monjes y la frívola sabiduría del señor Casanova, la justa infidelidad de una señora en Vetusta y las teorías sobre el origen del universo, un tratado sobre el cultivo de las orquídeas y el relato de las cosas acaecidas muy lejos en tiempo y espacio, adonde no hay pasaje que nos lleve si no es el salvoconducto de un buen libro, ese tesoro siempre al alcance de la mano.



martes, 22 de abril de 2008

Un poema de Michael Hartnett


Hartnett (1941-1999), como Brendan Behan, como Flann O’Brien y tantos otros poetas que a diferencia de Beckett o Joyce no dieron el salto fuera de Irlanda, murió alcoholizado. Llegado cierto momento de su carrera, quiso despedirse del inglés para cortejar a la lengua gaélica. Su Farewell to English quizá haya pesado más de lo que yo sospechaba en mi poemario Farewell to Poesy. Traduzco aquí un poema cuyo final tanto recuerda al Ed è subito sera de Salvatore Quasimodo:




EN UN ABRIR Y CERRAR DE OJOS

Veo el Lucero del Alba
a través del tragaluz de mi infancia
y cierro los ojos y durante cincuenta años sueño,
reviviendo cada revés, cada momento cumbre;

abro los ojos y ahí está el Lucero de la Tarde.
Y de pronto, anochece.



MICHAEL HARTNETT

domingo, 20 de abril de 2008

De promoción




DE PROMOCIÓN

Ante falsos tomos en piel, encuadernados,
en biblioteca apócrifa
de un salón de hotel, el decorado
donde el fotógrafo me pide que sonría.
Y yo lo hago, mintiendo a mi tristeza.

Ante el single malt, tan copioso
de ámbar o miel, el tótem de escritor
bebedor y nocturno
-conteniendo un bostezo,
y tras mezclar con agua, otra impostura-.

Al día siguiente, en el periódico,
a tres columnas, sí, y con retrato,
palabras que en realidad no he dicho.
Y en otras cabeceras que me esquivan,
lo que hubiese querido decir y no se imprime.

Noticia de Patrick Kavanagh



Otra alegría de la escapada a Córdoba, además de escuchar a Seamus Heaney, fue conocer personalmente a Jordi Doce, con quien mantengo correspondencia desde hace años, y a Fruela Fernández, joven poeta asturiano que está haciendo el doctorado de Traducción en Granada y que ya ha dado buenas muestras de su talento. Fruela me comunica que está realizando una antología del poeta Patrick Kavanagh para Pre-Textos, noticia que me llena de alegría. Copio aquí un artículo que publiqué sobre Kavanagh.

NOTICIA DE PATRICK KAVANAGH

He visto su rostro en un pub, decorando una pared como las botellas de John Power o Black Bush la repisa de las bebidas, como las vidrieras de colores de las mamparas entre los reservados, o como la réplica de entrelazados célticos que causan admiración a quienes no saben qué es un libro ni dónde situar a Kells.
El primer recuerdo que tengo de Patrick Kavanagh es el de otro retrato suyo enmarcado en el rectángulo blanco al que a su vez ceñían las letras ff de la edición de sus poesías completas en Faber and Faber. Para un escritor en lengua inglesa, al menos a este lado del Atlántico, no hay mejor corona de laurel que la de esos tipos de imprenta rodeando su efigie, coronándola, en la orla de esa colección canónica que dirigiera Thomas Stearns Eliot, el ángel guardián o anglicano San Pedro de ese Parnaso inglés cuyas puertas se cerraron a muchos: a Luis Cernuda, sin ir más lejos. Pero eso es otra historia...
Lo malo que tiene hablar de escritores irlandeses, como lo fue Kavanagh es esto: que es fácil divagar y deslizarse a la deriva de la conversación, enmarañándose en lo oral, en la anécdota, lejos de todo academicismo. Ésta es su virtud. Porque lo importante es pasar el rato. Y sin embargo, cumpliría hablar de ellos con mayor precisión de la que exige en su indulgencia una charla de café o de bar, pues se trata, en sus figuras más destacadas, de escritores de gran obra y dotes extraordinarias, dilapidadas a menudo: son autores que si bien gozan de la ventaja de emplear una lengua ampliamente inteligible fuera de su país también padecen, por contra, la sombra que les hacen por su mayor proyección internacional los de la vecina Inglaterra.
Por lo que a Kavanagh se refiere, éste viene a ocupar en la cronología una zona intermedia entre sus compatriotas Yeats y Heaney, ambos Premio Nobel de Literatura con un intervalo de setenta y dos años. Es atributo del prestigio literario mostrarse de forma guadianesca, y Yeats, que desde luego ha supuesto un antes y un después en la poesía irlandesa, ha relegado a caudal oculto a sus predecesores Thomas Moore, James Clarence Mangan, Samuel Ferguson y Thomas Davis, por más que algunos de ellos fueran enormemente populares en vida. También el autor de “Sailing to Byzantium” oscureció, como un relámpago que ciega, la obra de los poetas que lo seguirían, entre los que destacan un poco conocido Patrick Kavanagh (1904-1967) y un muy ignorado Austin Clarke (1896-1974). Ha hecho falta que alguien que destacaría como un formidable crítico si no poseyera además el don de su poesía, Seamus Heaney, haya llamado la atención sobre él en una serie de ensayos dispersos por su obra en prosa para que Kavanagh empiece a salir del silencio fuera de su país.
Esto es moneda corriente en literatura: que un escritor delate en su obra las claves de un “antepasado” de cuya estirpe se reconoce o de la que, lejano pariente, conoce los rasgos familiares. No es poco lo que tienen en común Kavanagh y Heaney: su procedencia del Ulster (de Monaghan uno, de Derry el otro), y su origen campesino, con lo que esto representa de visión y dicción realistas, lejos de la idealización de muchas plumas del Irish Revival. Uno de los más citados poemas del primer Kavanagh, “Spraying the Potatoes”, tiene su equivalencia en muchas composiciones de Death of a Naturalist (el primer libro de Heaney, que ahora acaba de aparecer traducido en la editorial Hiperión).
A diferencia de Clarke, que en su primera época se sumergió en la tradición vernácula medieval, Kavanagh siempre fue refractario a la idea de la regaelización de Irlanda y al romanticismo nacionalista: lo suyo era la realidad desnuda, sencilla y mísera —no sólo en el sentido material— del agro irlandés. Como ha visto su mejor crítico, él fue un poeta de lugares y experiencias ligadas a esos lugares, que son casi exclusivamente dos: los campos de su aldea de Inniskeen y la zona del Grand Canal que colinda con el puente de Baggot Street, en la ciudad de Dublín. Bajo ambos pilares del puente de su vida, las aguas turbias de sus años en la capital, cuando queriendo ganarse la vida como escritor y colaborador de prensa tuvo que enfrentarse a la animadversión y autosuficiencia de quienes componían el asfixiante mundillo literario dublinés, tan provinciano que lo soslayó por considerarlo a él pueblerino. Son los años del Palace Bar, una especie de Café Gijón pero sin café, menos estimulante y más etílico aún, donde concurrían los plumíferos del Irish Times, periódico en el que él mismo empezó a colaborar y cuyas páginas vieron una disparatada polémica que mantuvo con Flann O’Brien cuya consecuencia fue decisiva en la vida de éste: gracias a ella ocupó una columna diaria que durante dos décadas firmó con el seudónimo de Myles na Gopaleen.
Uno de los más notables episodios de aquellos tiempos fue la celebración, en 1954, del Bloomsday, en el cincuenta aniversario de los episodios narrados en Ulises. Allí que se fue a Sandycove esa pandilla de espantapájaros (las fotografías son para verlas); ya en la Torre Martello empezaron a beber, y O’Brien y Kavanagh se enzarzaron en una competición que participaba a partes iguales de escalada y lucha libre. Aquella escaramuza (y otra en la que Kavanagh tuvo que refugiarse tras la barra de un bar para evitar las iras de un beodo O’Brien ante una observación suya) muestra que ambos personajes tenían importantes y graves puntos en común, además del cáncer que se llevó a los dos a una edad no demasiado avanzada y el abandono de la novela y su sustitución por el artículo, humorístico y feroz en un caso y más bienintencionado en el otro. Pero también enormes eran las diferencias: al primero le aburría la poesía, y el segundo destacaría como el creador de una memorable obra en verso (una obra que gana particularmente cuando se la antologa; se ha dicho que su verdadero libro sería sus Selected Poems, en vez de los más dispersos y desiguales Collected). Su novela, Tarry Flynn, y su autobiografía, The Green Fool, están muy lejos de la capacidad imaginativa de Flann O’Brien, y por ello constituyen un excelente contrapunto, casi naturalista, a la disparatada ficción de éste.
Al final de sus días, Patrick Kavanagh sufrió una enfermedad que le mordió el pulmón y el alma, y una sensibilidad nueva creció en él, llevándolo a mirar de forma diferente al mundo y a su propia vida: con su renacimiento interior junto a la poco profunda corriente del Canal, donde el agua se represa y baja hasta una noria, el poeta de Inniskeen y de esta segunda patria chica dublinesa se adentró en la siempre difícil resignación, dejando una hermosa serie de sonetos, algunos estremecedores en su serenidad y aceptación de la muerte.
También de sus últimos años es una canción, “On Raglan Road”, de conmovedora sencillez, que hemos escuchado interpretar a media docena de cantantes distintos; la más heterodoxa y genial versión es la de Van Morrison, el cantante de Belfast, en esa rareza en su discografía que es Irish Heartbeat, en la cual se hace acompañar por nada menos que los Chieftains. Aquí Kavanagh no hizo sino retomar la costumbre arraigada entre los poetas irlandeses de componer canciones al modo tradicional, casi siempre pensando en su adaptación a una determinada melodía ya existente, por lo que no es raro que una misma música acompañe a diferentes letras que nada tienen en común. De este género poético de la creación de canciones han brotado, sobre todo en el siglo XIX, joyas ya clásicas del repertorio musical que se confunden con las baladas anónimas, como son “The Last Rose of Summer” de Moore, “A Nation Once Again” de Davis, o “She Moved Through the Fair” de Padraic Colum. También Yeats firmó un puñado de estas baladas.
Si alguna vez vais a Dublín (“If Ever You Go to Dublin Town”, como reza el título de un poema suyo) no dejéis de ir a la estrecha alameda que corre paralela al Grand Canal. Allí, verde del metal fundido y del reflejo de árboles y líquenes sobre él mismo y el agua, Kavanagh está sentado —así la estatua de Gerardo Diego en Santander— como haciendo realidad unos versos suyos que piden: “Oh, conmemoradme donde haya agua, / agua de canal si es posible, tan callada / y verde en el corazón del verano.” Sólo puedo deciros que es un sitio sencillo y mágico que guarda un eco suyo, como de otros poetas la Huerta de San Vicente o la Calle del Aire.
Ya advertí que hablar de y con irlandeses es muchas veces hablar por hablar. Veo ahora que la edición de sus poesías completas no estaba publicada en Faber and Faber, como yo mal recordaba, sino por Brian and O’Keeffe. El tomo que guardaba mi memoria debe de ser, seguramente, el de los también poemas reunidos de Richard Murphy, uno de esos irlandeses que nacen en el condado de Mayo, se educan en Gran Bretaña y marchan a ganarse la vida a los Estados Unidos. Cuando escribo esto, en días en que la tensión vuelve como todos los veranos al Ulster, recuerdo las estrofas de su vitriólica “Orange March”... Tal vez se tratara de un recuerdo futuro, quizás aún no se han talado los árboles que darán el papel a los impresores de Faber. Pero ahí tiene su hueco merecido, que lo espera; ahí, y en la antología infalible de la memoria que ha reunido el corazón, el poeta Patrick Kavanagh.


Publicado en La mirada, 133 (El Correo de Andalucía, 10/10/97)

sábado, 19 de abril de 2008

Ecos de la biografía




Reseña de la biografía de Cernuda en La Razón, y noticia en la edición impresa de El País (la recogida aquí el otro día era de la edición digital y fue elaborada con la información proporcionada por Efe). Añado lo publicado en La Vanguardia.

En Córdoba (una experiencia poética)


Ni lejana ni sola, Córdoba, poblada de poetas y muy próxima, se me ha revelado con una insólita belleza, pluvial y acuarelada, este fin de semana . Habíamos ido para escuchar a Heaney, a quien hacía dieciséis años que no veía, y nos hemos traído un par de breves conversaciones con él y una dedicatoria en un ejemplar de su primer libro, Death of a Naturalist. Lo leería por primera vez hacia 1985, y el año siguiente más a fondo cuando asistí a la Scottish Universities International Summer School en Edimburgo, donde su obra formaba parte del curso de literatura inglesa. Aún no había entrado él en el cánon, y de la antología de poesía "británica" de Penguin (Heaney nació en Derry, uno de los seis condados del Ulster cuyos nativos tienen ese pasaporte) luego pasé al resto de su obra, ya en libros exentos. También el viaje ha propiciado un nuevo poema -don muy preciado por lo escaso-, que transcribo aquí, en borrador:

Seamus Heaney leía sus poemas
con la ventana abierta al Alcázar Cristiano:
martines pescadores en los versos
y, fuera, el parlamento de los mirlos.
Entre un chaparrón y otro,
la lluvia hizo cesura unos instantes.

De los viejos poemas conocidos,
el frescor de otros trinos y otra lluvia
cayendo, como sílabas, de Irlanda.

"St Kevin and The Blackbird": sin intérprete,
oímos su negrura y su naranja.
El poeta dijo mirlo, y éste cantaba.

viernes, 18 de abril de 2008

Sibila 26




Se distribuye estos días, y se presenta la semana que viene en Madrid, la más reciente entrega de la estupenda revista Sibila. En este número 26 colaboramos, entre otros, Carlos Germán Belli, Jordi Doce, Enrique Vila-Matas, Valerio Magrelli, Juan Carlos Marset, Margo Glantz y este intruso que atiende a mi nombre, que lo hace con tres poemas.
De Sibila me gusta no sólo que atienda también al pensamiento, al arte y a la música, sino que tienda puentes entre países y continentes. Mucha de la mejor poesía hispanoamericana contemporánea se publica, número tras número y desde hace años, en estas páginas tan gratas al tacto y a la inteligencia.

jueves, 17 de abril de 2008

En la Residencia de Estudiantes



De vuelta de Madrid y la presentación en la Residencia de Estudiantes, incluyo aquí algunas noticias y ecos del libro sobre Cernuda. Más aquí. O también aquí (El País en su edición digital). Me resultó emocionante charlar con Ian Gibson, el biógrafo de Lorca, o abrazar a Tomás Segovia, que conoció a Cernuda en México.

lunes, 14 de abril de 2008

Con Cernuda



Este miércoles 16 de abril, a las siete y media de la tarde, presentaremos en la Residencia de Estudiantes el primer tomo de mi biografía de Luis Cernuda, correspondiente a sus años españoles. Alguien a quien leo atentamente desde hace más de quince años, y que es amigo, Andrés Trapiello, abrirá el acto. Y lo cerrará otro grandísimo poeta, también amigo, Luis García Montero. Yo no sé muy bien qué pinto entre ellos y el homenajeado, Cernuda, pero reconozco que más que nervioso estoy emocionado. Hoy, como aperitivo, cuelgo aquí este poema que escribí hace ya cinco años. Puede que en la presentación, quién sabe, vista el traje del que hablo en el poema.




GUARDANDO UN TRAJE (HOMENAJE A CERNUDA)

En un galán de noche, reposando,
fútil convaleciente de una fiesta
como todas las fiestas lamentable,
el traje suma polvo a su tejido,
tristeza a su grisura.

El ojo de perdiz: hermoso nombre,
lírico y vagamente venatorio
para oscuras incursiones venéreas
que no cobraron pieza.

Ya es hora de volverlo con los otros,
doblar el pantalón y cepillarlo,
poner sobre la percha la chaqueta
y meterlo en su funda
como a alguien que ha bebido entre las sábanas,
tarde, de mal humor y sin paciencia.

Todo una gran pérdida de tiempo
para quien no lo tiene
y prefiere leer unos poemas
a pactar con lo práctico y lo útil;
las líneas o versos, a la raya
de un pantalón que con arrugas cuelga.

Pero entonces recuerdo a Luis Cernuda.
Solos los dos, cerrado el centenario,
me viene a la memoria su elegancia,
sus escasas camisas escogidas,
el celo que adivino que pondría
en guardarlas, metáfora a su modo
de la obra bien hecha y lo poético.

Lo vacuo se me llena de sentido,
y no maldigo ya los dos minutos
que tardo en recoger el puto traje.

domingo, 13 de abril de 2008

New York, New York


Este fin de semana, han sido varias las páginas impresas que en diferentes suplementos nos han llamado la atención sobre la ciudad de los rascacielos. Mercedes Monmany se hacía eco en ABCD del estupendo -por espontáneo y libérrimo- libro de Brendan Behan Mi Nueva York, que ya habíamos recomendado aquí. El mismo día, "El viajero", suplemento de El País, daba un reportaje sobre cómo aprovechar la baja cotización del dólar para ir de compras a la gran manzana. Y el domingo el Magazine se adentraba en el Nueva York con más solera, amenazado por los locales de moda y las omnipresentes cadenas. Pero sin ir más lejos, el lector hipotético de este blog puede picotear, y con qué provecho, en el blog de Alejandro Luque, raíces y puntas, donde verá que el gaditano lleva días recorriendo Manhattan. Léanlo. Ahora que tantos van a Nueva York buscando gangas, él persigue diamantes. Y nos los entrega a manos llenas.

Reencuentro con Pablo Marín Estrada




TRES TRISTES CHIGRES

Apenas amortiguado el eco de los elogios con que acogió la crítica a Xuan Bello y su Historia universal de Paniceiros, la misma editorial Debate, aún salpicada de olas del Cantábrico, vuelve a presentar en su colección de narrativa la obra traducida al castellano de un escritor en lengua asturiana, Pablo Antón Marín Estrada. Como Bello, Marín Estrada es poeta y articulista; además, ha cultivado la novela, y se le considera el más prolífico de los escritores de su generación en el Principado. A diferencia de Paniceiros, El amor de la Habana se nutre no sólo de la memoria propia o tribal y de erudiciones varias, sino también, y mucho, de fabulaciones, de invenciones maravillosas revestidas del gris gabán de los falsos sucedidos y los conocimientos espurios, de un costumbrismo o naturalismo, en apariencia, que en el fondo no son sino el hábito de imaginar de un gran creador.
Son páginas en las que hay sucintas aldeas y minas clausuradas, de las que Marín Estrada hace aflorar legítima literatura, el metal más noble de cuantos conocemos; indianos y maquis, caminos y saudades, son algunos, sólo algunos, de los personajes y escenarios de este maravilloso libro de prodigios. Con qué placer leemos sus homenajes a Rosalía o al algo embustero y lírico postrer hablante del gaélico de la isla de Man. Su compatriota asturiano (de una patria sin fronteras a la que vertebran, es un decir, las ondas lo mismo de la mar que de la música) demuestra una sensibilidad exquisita en el narrar, y saberes poco comunes, como el de la vida y obra de don Flann O’Brien, del concejo de Strabane, en Tyrone, semisecreto autor irlandés que Estrada contribuye a presentar al lector de estos pagos.
O’Brien escribió obsesionado por el número tres, como se ve en su novela En Nadan-Dos-Pájaros (a pesar de lo binario de su título), en la que se recogen funéreas y desternillantes tríadas medievales, o, más explícitamente, en El tercer policía. A Guillermo Cabrera Infante, autor de otro libro a cuyo título se asoma La Habana y admirador también de O’Brien, le gustaría saber que las tabernas de Asturias, sus pubs, en dos o tres de los cuales nacen o se desarrollan buena parte de estas historias, reciben el casi borgeano nombre de chigres. En ellos, estas historias tristes y melancólicas pero también alegres y siempre maravillosas, inventariadas unas del acervo popular, inventadas otras.
La literatura, ese oro entreverado de hulla del que hablábamos arriba, tiene esto: que unas calles de La Habana recuerden a Gijón (“A veces, paseando por las calles de La Habana bajo un chubasco tropical, me he encontrado a la vuelta de una esquina con una calle de Gijón en la que también estaba lloviendo a esas horas” en cita de Antonio Ortega que abre las páginas del libro), lo mismo que, como refrendan unas coplillas de Antonio Burgos que ignoro si conocerá Marín Estrada, también evoquen a Cádiz ―no teniendo mucha relación entre sí los dos puertos españoles si no es por esa hermandad oblicua en lo habanero, a la que uno ha llegado a través de la geografía humana de la emigración y otro por la geografía física de emplazamiento― edificios, malecones...
El amor de la Habana tiene ese don impagable, la brevedad (aunque sean treinta y nueve brevedades, una tras de otra); en ello coincide con uno de sus numerosos maestros, Álvaro Cunqueiro, galaico monarca de la distancia corta, del artículo, del cuento: como él, presenta como verídicas situaciones y tipos que sólo surgen del magín del autor. Del muy dotado de Marín Estrada (o de las tradiciones orales que en él confluyen, pasadas por el tamiz de su inteligencia) nace un bellísimo relato, variación del muy viejo del doble, tan de Borges o Poe, como es “Colás de Morana/Owen Moor”, a cuyo lado palidecen las cuatrocientas páginas del reciente El hombre duplicado de José Saramago.
Marín Estrada aparenta ser un tanto tímido y lacónico al natural, como si se estuviera reservando para, junto al fuego, narrarnos sus historias en las noches ociosas de un verano de eterna juventud artúrica en Avalón, entre culines de sidra y mozas de ojos muy abiertos ante lo sobrenatural, en otros chigres si, no tristes, melancólicos por célticos. En irlandés, a la tradición oral se la llama béaloideas. Belleza, en nuestra lengua, es palabra que cuadra a la magia del contar de este paisano del norte.



(El caso es que no encuentro ahora dónde publiqué esta reseña).

sábado, 12 de abril de 2008

Invitación a la lectura de Xuan Bello



UNA ALDEA EN EL CENTRO DEL MUNDO

Claudio Magris es autor de una obra, Microcosmos, cuyo título cuadra a la perfección al último libro de Xuan Bello, Historia universal de Paniceiros. La del autor italiano recoge el mapa de todo un mundo traducido, miniado, a la pequeña escala de su ciudad natal, Trieste, pequeño espejo de todo lo más grande. Algo similar acomete Bello en el libro dedicado a su aldea asturiana de un puñado de casas, en el que recoge lo acontecido o soñado en otras latitudes como un vaso de lluvia puede albergar todo el contenido del océano.
En Trieste vivió también James Joyce. Y ya se sabe que si bien Asturias, como Galicia, limita al norte, caminos de agua adelante, con Bretaña, más adentro y por doquier, con trochas abiertas por Álvaro Cunqueiro y otros, en su imaginario colectivo linda con Irlanda. “Los muertos” es uno de esos relatos que enamoran por su verdad sencilla, y en su final nieva sobre toda la isla de San Patricio, sobre todos los vivos y los muertos. En unas líneas que son apéndice de Historia universal de Paniceiros, Bello escribe “Nieva en mi memoria”, y poco después “Está nevando en las calles de Oviedo, en los versos de Villon, en las imágenes de Uxío Novoneira. Me acuerdo ahora de un poema de este último donde alguien mira la inmensidad nevada del Caurel y exclama: «¡Aquí se ve bien lo poco que es un hombre!»”. Es un sentimiento muy parecido sin duda al que en el relato de Joyce experimenta Gabriel ante el descubrimiento de aquel amor soterrado de Gretta, del pobre Michael Furey que murió de frío cantando esa balada, “The Lass of Aughrim”. Lo que parece sólido puede resquebrajarse en cualquier momento como el hielo, deshacerse como la nieve y compartir con ella la licuada condición de las lágrimas.
El Aughrim de la canción que despierta insondables emociones en Gretta, y a su vez en su esposo, no es más que uno de los incontables topónimos de los que rebosan las baladas, aires y melodías de danza irlandeses. El celta en general, y el irlandés en particular, siente unos vínculos con la tierra que son sin duda herencia de su pasado pagano, y no tanto en lo religioso como en lo local (pagano procede del latín pagus, lugar), pues en época cristiana monjes y eremitas trasladan a sus estrofas ese plantel de nombres de navas, riachuelos, cumbres. En uno de sus artículos más penetrantes, Seamus Heaney ha llamado la atención sobre “el sentido del lugar” en la tradición irlandesa, tan arraigado. Y se hace eco de otro gran poeta de su patria, John Montague, para el cual todo el paisaje irlandés es un manuscrito que ya no somos capaces de leer. En los nombres de ríos, montañas, valles, vados, alientan unas etimologías tradicionales que ligan los parajes a los héroes, a los reyes de antaño, a sucedidos que han quedado impresos en la memoria del pueblo. De este numen céltico vinculado a la naturaleza dieron cuenta en su día Matthew Arnold y Renan, y los estudiosos posteriores no han podido sino asentir a esa tendencia a que los versos de los celtas estén, como ramas entrelazadas a su árbol, entreverados de referencias a un pedazo de tierra familiar y propia que es siempre de alguna manera el centro del mundo.
Los irlandeses cultivaron un tipo de poema que habla del origen del nombre de un lugar, y a este género lo llamaron dindshenchas. La literatura medieval y posterior es muy abundosa en estas composiciones, pero aún en la literatura contemporánea los grandes poetas de Irlanda han vinculado de manera sobresaliente su obra a un paisaje familiar, a una geografía íntima por conocida, a las coordenadas del alma. Así, Heaney es Mossbawn, su aldea del condado de Derry, Kate O’Brien es Mellick, Brian Friel es Ballybeg, Frank O’Connor es Cork, Máirtín Ó Direáin es Inis Mór, y Patrick Kavanagh es Iniskeen.
Xuan Bello es, siguiendo esta línea, Paniceiros, y a su aldea ha dedicado poemas y escritos que reunidos vienen a componer este libro hermoso y en el que, fragante, aflora ese gusto tan céltico por el fragmento, por las pequeñas flores silvestres de la literatura más que por los versallescos jardines del racionalismo. En su libro hallamos poemas, reflexiones sobre literatura, relatos de la infancia o escuchados a los mayores, evocaciones de personajes y lugares. Ese gusto céltico por nombrar topónimos, como si al nombrarlos, por raro encantamiento, el poeta los hiciera más suyos, es manifiesto precisamente en el comienzo del primero de los poemas del libro, en el que el autor declara: “Conozco un país donde el mundo se llama / Zarréu Grandiella Picu la Mouta Paniceiros”.
Sí, están presentes los nombres propios de una comarca, del microcosmos. Y como es natural, está presente también la emigración, pero aún más, porque esta es masiva, la traslación de comunidades enteras que conservan sus costumbres. En uno de los capítulos de su libro, Bello hace mención a un libro del irlandés Pádraic Ó Conaire, Deoraidheacht, que no ha leído y del que confiesa no conocer el significado de su título (le gustará saber que es Exilio, y no Llanto, como le aventuré hace poco, confundido con la palabra deoir, lágrima). Para mover su fantasía le bastan las sugerencias de un autor gaélico y una palabra que para él constituye un arcano indescifrable.
Dice Pádraic Ó Conaire:


Hace seis meses, la parte de Londres en la que yo vivía era en sí misma un microcosmos irlandés. Los ingleses la llamaban La Pequeña Irlanda. Todo el mundo, salvo alguna rara excepción, procedía de la provincia de Munster. Algunos habían heredado las tradiciones de los bardos y poetas. Todos los vecinos se conocían unos a otros, y no sólo eso, también conocían las familias de las que procedían. Todos habían venido del mismo distrito de Irlanda. Por las noches tenían reuniones sociales, en las que podían encontrarse violinistas, gaiteros y flautistas.


Compárese con estas líneas de Bello y se verá la identidad de las situaciones:


Hace unos años conocí a un paisano de Tineo y cuando le pregunté qué era lo que más le gustaba de Asturias respondió sin dudar: el malecón de La Habana. Y como yo le dije que aquello no era Asturias, el paisano, que ya rondaba los ochenta, insistió y dijo:
— Tú eres muy joven y no sabes cómo era ir cantando por las calles, saludando a uno de Nava que tenía una ferretería en la esquina o a uno de Luarca que estaba recién llegado.
Aquel paisano se llamaba Lulu y había sido uno de los muchos asturianos que, en tiempos de hambre, no había encontrado otro camino que la emigración.


Y hablando de las diversiones públicas de invierno, escribe: “Se va de casa en casa hablando con los vecinos, en unas reuniones que se llaman filandrones. Cuando llega un extraño se aprende de él todas las historias y las canciones que sepa”. No hace falta comenzar ahora la redacción de un diccionario asturiano-gaélico para saber que filandrón es un céilí, lo que en otro diccionario, éste gaélico-inglés, viene definido como friendly call, visit, social evening, Irish dance session. En cuanto a lo de escuchar los relatos o coplas que traiga un visitante, aprenderlos y enriquecer con ellos el acervo común, no otra cosa es el folklore irlandés, en el que la transmisión oral es tan decisiva, y el béaloideas, que ha sido hasta hace muy poco la principal fuente de entretenimiento del pueblo irlandés: los relatos junto a un fuego, las consejas, la recitación de poemas, todo lo que cabe bajo el manto de la tradición o seanchas (palabra compuesta cuyo primer componente significa antiguo).
Lo tradicional huye siempre de abstracciones, la verosimilitud de un relato se consigue siempre mediante la deixis implícita de lugares (el ver para creer: una roca, un terraplén, un prado, una colina). Y como microcosmos, el mundo todo es representable en el escueto escenario de una aldea, en el que lo pueblerino es una reactualización o representación de lo universal. Pocos poemas han reflejado tan a la perfección esta coincidencia de lo centrípeto y lo centrífugo como este poema de Patrick Kavanagh, que tanto puede iluminar el exiguo mundo inmenso de Xuan Bello. Traduzco:


ÉPICA

He vivido en lugares importantes,
en tiempos en que el hombre ventilaba
asuntos trascendentes: de quién era
un pedregal, una tierra de nadie
de dos varas, reclamada con bieldas.
Oí a los Duffys gritar: “¡Te den por saco!,
y vi al viejo MacCabe, descamisado,
desafiando el metal pisar un prado:
“¡Eh, las lindes son estas piedras de hierro!”
Fue el año del lío de Munich. ¿Qué
fue más importante? A punto estuve
de perder mi fe en Ballyrush y Gortin,
pero al fin el espíritu de Homero
me vino a confesar entre susurros:
“De disputas de aldea hice la Ilíada.”
Los dioses crean su propia importancia.


Así en la tierra como en el cielo, lo bajo como lo alto. La clave está en el penúltimo verso: de un enfrentamiento remoto en el espacio y el tiempo brota una de las principales obras de la literatura. Lo particular puede ser elevado a universal, y una pelea entre vecinos que se disputan un campo puede ser de más importancia que el putsch con el que Hitler comienza su ascensión al poder, y las aldeas de Ballyrush y Gortin significar más que la populosa ciudad de Munich, donde tuvo lugar el hecho histórico. Cómo no recordar aquí otro poema, esta vez de Yeats, en el que lo internacional no es que quede eclipsado por lo local, sino, con otra vuelta de tuerca, por lo personal, por esa realidad más cercana por íntima que es el deseo, esa última patria que es un cuerpo hermoso:


POLÍTICA

Cómo puedo, estando ahí esa muchacha,
fijar mi atención
en la política de Roma,
España o Rusia;
y aun así, aquí hay un hombre que ha viajado
y sabe de qué habla,
y allí un político
que ha leído y meditado,
y tal vez sea cierto lo que dicen
sobre la guerra y las amenazas de guerra,
pero, ay, ¡si fuera joven de nuevo
y la tuviera en mis brazos!


El Yeats que compone este poema ya no está desde luego en sus años mozos, pero cuando era un muchacho, en una temporada en la que, como Ó Conaire, vivió en el exilio londinense, escribió un poema que ha quedado como uno de los más célebres suyos. “La isla en el lago de Innisfree” está transido de nostalgia, o como diría un asturiano, de señaldá, y la imagen que traslada es la de una Arcadia perdida a la que el poeta anhela volver para sembrar allí, como unos guisantes o habas, su felicidad, esa planta que medra peor que cualquier otra y que está más indefensa ante las heladas y toda suerte de granizos. Innisfree es, también como Paniceiros, un territorio mítico a la par que real, y está fundado sobre la tierra de los sueños. La aldea asturiana no ha tenido todavía un John Ford que recree en celuloide su magia, ni un José Luis Guerín que venga a recrear de nuevo lo que ya era recreación libérrima en Ford, pero Bello le ha dedicado una y otra vez versos y estampas literarias que en su Historia universal componen un fresco pintado con una paleta de muchos matices.
Quienes hemos frecuentado las letras asturianas durante los últimos años sabemos que Paniceiros ha sido hasta su publicación, y aún después de ella o simultáneamente con los Treinta y tres cabos sueltos para entender Paniceiros, una work in progress que se ha ido acrecentando poco a poco. Pero a diferencia de la de Joyce, esta es una obra que no obedece a un esquema preconcebido o sistemático. Si Ulises (¡de nuevo Homero trasladado a lo local!) es también de alguna manera la exposición de un microcosmos, en el que un día en la vida de Dublín es todos los días en cualquier parte del globo; y Finnegans Wake, la expresión en deliberado y laborioso galimatías de todas las noches del mundo, con sus asociaciones oníricas, Historia universal de Paniceiros, más indolente, como corresponde a cierto rasgo del espíritu asturiano según Bello, ha ido creándose por acumulación, por el placer de contar y seguir la errancia de las cosas naturales, más que por el afán de construir una narración ortodoxa.
En ello recuerda a Laurence Sterne, nacido en Clonmel, una aldea de Tipperary, cuya Vida y opiniones de Tristram Shandy discurre por las más variadas digresiones y rodeos, o cuyo Viaje sentimental por Francia e Italia es a la literatura de viajes lo que Historia universal de Paniceiros, publicada en una colección de narrativa, a la novela: algo muy tangencial, con sólo algunas lejanas y tenues coincidencias. Es característica de la literatura irlandesa la mayor predisposición a lo breve, tanto que incluso en el largo aliento el texto extenso puede ser considerado la suma de otros textos más breves, como sucede con Ulises o la epopeya nacional Táin Bó Cúailnge (esta vez la disputa es por la primacía de unos toros sobre otros, y no por unos palmos de tierra como en el poema de Kavanagh), en la que aparte de encontrar ya en su mismo título un topónimo hallamos una historia nuclear a la que se han ido añadiendo sucesos previos y posteriores a lo largo de los siglos hasta llegar a su versión canónica en la refundición de Lady Gregory, quien vino a bautizar por su cuenta el ciclo como Cuchulain de Muirthemne, curioso título en el que introduce un topónimo innecesario, porque ha habido algunos personajes que se llamaran Cú en la literatura irlandesa (Cú Roí, Cú Brettan mac Congusso, Cú Chonget mac Coirpri, Cú Chaille mac Dublaide...), pero sólo uno que sea Cú Chulainn. De nuevo la pasión por el detalle, el gentilicio, la topografía hibérnica (así, Topografía Hibernica se titula un tratado de Giraldus Cambrensis, escrito allá por el siglo XII).
Como Bello, los escritores gaélicos irlandeses siempre han estado especialmente dotados para el relato corto (resultado de la importancia de la tradición oral) y el sketch. No recuerdo ahora una sola novela escrita en irlandés que sea equivalente a las de otras literaturas; su calidad suele ser inferior salvo en el caso de Flann O’Brien y La boca pobre, que es parodia de otros libros de narraciones autobiográficas procedentes de los distritos más atrasados del oeste, como las Islas Blasket. ¿En qué se diferencia la Historia universal de Paniceiros de El isleño de Tomás Ó Criomthain, Veinte años creciendo de Muiris Ó Suilleabháin, o Peig de Peig Sayers? Básicamente, y de ello saca provecho el lector, en que el autor de la primera es un autor culto que lo mismo habla de una vaca que de la poesía de Li Po o la pintura de Poussin, y rehuye las notas quejumbrosas que satirizó O’Brien, los estereotipos de la vida dura en comunidades remotas que, si bien son documentos antropológicos de primer orden, pueden pecar de simples, buena materia prima para la literatura pero aún no literatura en el sentido en que la entendemos.
Historia universal de Paniceiros sí tiene más de un punto en común con los relatos cortos de Liam O’Flaherty o de Máirtín Ó Cadhain. El capítulo vigésimo quinto de Paniceiros, un cuento para el que Bello se inspira en Irlanda, tiene la crudeza de “La muerte de la vaca”, de O’Flaherty, y otras páginas suyas recuerdan a “La marchitez de la rama” de Ó Cadhain, con la ya citada señaldá que mana siempre de la fuente de lo irrecuperable. Y no menos comparte con la poesía de otro Máirtín, Ó Direáin, en quien conviven las recuperaciones de la tierra nativa con las impresiones de desarraigo en la ciudad: un islote de las Aran puede ser Paniceiros como Oviedo puede ser Dublín en el poema “Arrancados”.
Se habla mucho estos días de globalización, de peces grandes y chicos. En un mundo como el actual, la preservación de las culturas locales es esencial para mantener un mínimo de equilibrio y sentido común. Se puede mirar con nostalgia una aldea perdida, sin aldeanismos ni aislamiento, y con admiración y respeto un museo de Nueva York, sin deslumbrarse ante él como el cateto que nunca ha salido de su pueblo. Por ello, porque mira hacia adentro y hacia afuera, y ambas cosas las hace con respeto, atenta mirada literaria y con el buen hacer de un escritor de raza, bienvenida sea la un tanto deslavazada, dispersa e inclasificable, pero muy gozable, maravillosa y necesaria Historia universal de Paniceiros, aquí presentada de forma parcial y desde una óptica que nace de las afinidades electivas. Patrick Kavanagh no podía imaginar que el camino que va de Ballyrush a Gortin tiene un atajo que lleva a Paniceiros.



Publicado en Clarín, 39 (2002)

Asombros del sábado



Llevaba años sin saber de ellos y hoy, con un intervalo de minutos, zas, me entran casi en estéreo en la blackberry sendos mensajes de correo electrónico de Xuan Bello y de Pablo Antón Marín Estrada, antes aún de descorrer la cortina del portátil para que entre la luz de la mañana nueva. ¿Casualidad?
Xuan rompe su silencio con un artículo sobre Flann O'Brien y La boca pobre, que publicará el diario asturiano El Comercio. Y Pablo, respondiendo a un saludo que dejé en su blog, ese lago en que vierte su torrencial poesía, llena de greda y niebla, en asturiano.
Luego, porque uno es céltico en el alma como ellos, y tiende al tres, el tercer asombro del sábado es la colaboración semanal de Félix Romeo en el ABCD, donde da noticia de un DVD que yo desconocía sobre Cirlot y su obsesión por Bronwyn, tema sobre el que ya hemos colgado alguna entrada aquí. Me haré con el documental, claro. Cuánta alegría en tan pocos minutos.

viernes, 11 de abril de 2008

Vías muertas



Deberían estar prohibidos -hoy me he levantado ordenancista- los blogs a los que se llega y, como vías muertas, no facilitan el paso a otros blogs, a otras páginas. Tienen vocación de colofón, de epitafio incluso, autosuficiente. De finis terrae. Abrid las ventanas, amigos. Que corra el aire.

miércoles, 9 de abril de 2008

Encuentro en Bizancio




Mucho nos dicen, desde el pasado, voces
Ilustres, ascendientes de la palabra nuestra,
Y las de lengua extraña, cuyo acento
Experiencia distinta nos revela.

(Luis Cernuda: “El poeta”)




ENCUENTRO EN BIZANCIO

Hay líneas que parecen destinadas a cruzarse, en las que adivinamos trayectorias comunes y convergentes trazadas por unas afinidades que no siempre coinciden con la voluntad de ellas mismas o los individuos que han de recorrerlas. Luego, la dirección cambia ligeramente –el viento de la fortuna– y las líneas, cuando se diría que iban a hacerlo, no se encuentran. Si además uno cree en cartas astrales y determinaciones esotéricas, como cierto escritor de Sligo que ganó el Nobel de Literatura en 1923, el imperativo del hado es cosa muy seria. No es descabellado afirmar, entonces, que seguramente Luis Cernuda y William Butler Yeats debían de haberse encontrado en Sevilla cuando el segundo pasó por la ciudad en noviembre de 1927, poco antes del celebérrimo homenaje a Góngora en el Ateneo, en el que cobró carta de naturaleza una generación poética y en el cual participó Cernuda. Pero Yeats, aquejado de un mal pulmonar, y con fiebre, se pasó la mayor parte del tiempo encerrado en su hotel, del que finalmente salió para partir a Cannes.
Sevilla había sido visitada unos años antes, en el invierno de 1898, por su amigo Arthur Symons, un inglés que derramó su interés y curiosidad por diferentes partes de Europa y que cuando publicó un libro de impresiones viajeras en 1903, ampliado en 1918 como Cities and Sea-Coasts, abrió el volumen, esa colección de lugares espléndidos, con sendos artículos sobre Sevilla, dedicado uno a la ciudad y otro, con bastante solvencia artítisca, a sus pintores: Velázquez, Murillo, Valdés Leal...
En la decisión del matrimonio Yeats de venir a Sevilla hubo de pesar sin duda la visita de Symons y los numerosos piropos que éste tuvo para con la ciudad. No bien avanzado el artículo, Symons dice: “Sevilla, más que ninguna otra ciudad que yo haya visto, es la ciudad del placer”. A la hora de establecer comparaciones, no le pareció provinciana Sevilla, a diferencia de lo que para él era Valencia, y en bastantes aspectos le recordó nada más y nada menos que a Venecia. Le llamaron la atención sus parques y jardines y afirmó que el Paseo de las Delicias hace honor a su nombre: “Te puedes sentar allí durante horas, bajo un cálido silencio, y con unas cuantas hojas secas amontonándose en torno a tus pies para recordarte que es invierno”. Y la misma idea de que en la ciudad el invierno es benévolo, suave, llevadero, se repite cuando, desde su propia experiencia y en frase que habría de empujar a Yeats a comprobarlo en 1927, dice: “Para el extranjero del norte, sus días de sol y cielo azul parecen convertir la palabra invierno en poco más que un nombre”.
En 1927, Yeats arrostraba problemas de salud, ya se dijo, y acompañado por su mujer George, decidió venir al sur soñado buscando un alivio a su mal. Abandonaron Irlanda el tres de noviembre hacia Inglaterra, y al día siguiente partieron de Tilbury en el Morea, un buque con rumbo a Gibraltar. Su idea era pasar en Sevilla la mayor parte del tiempo y regresar a Irlanda para Navidad. La travesía duró cinco días y nada más atracar el barco se dirigieron al Hotel Reina Cristina de Algeciras, ciudad que abandonaron antes de lo previsto porque el tiempo era más frío de lo que habían esperado. Antes de partir, Yeats escribió a su amiga y colaboradora Lady Gregory anunciándole el viaje (“unas seis horas en automóvil”) en busca de una temperatura más templada.
Simultáneamente, con sus habituales descuidos ortográficos, Yeats escribe a Maud Gonne desde Algeciras diciendo que va a viajar a “Saville” (sic), “donde la festividad de la Inmaculada Concepción veré a los dieciséis chicos bailar delante del altar mayor, una ceremonia de tu iglesia que no odio”. Sin duda, Yeats malescribe “Saville”, en vez de “Seville” (el nombre de Sevilla en inglés) influido por el Savile Club londinense, al que pertenecía y del que también formaron parte escritores británicos como Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling, H. G. Wells o Thomas Hardy. Symons había dedicado en su libro algunos párrafos a la impresión que le había causado la Inmaculada y el baile de los seises, de los que compone una bonita estampa. Yeats ya había fallecido cuando en 1942 apareció en Londres la primera edición de Ocnos. Allí, en “La catedral y el río” se leen líneas que, publicadas antes, hubieran sido del gusto de Symons y Yeats:
Por el coro se adelantaban silenciosamente, atravesando la nave hasta llegar a la escalinata del altar mayor, los oficiantes cubiertos de pesadas dalmáticas, precedidos de los monaguillos, niños de faz murillesca, vestidos de rojo y blanco, que conducían ciriales encendidos. Y tras ellos caminaban los seises, con su traje azul y plata, destocado el sombrerillo de plumas, que al llegar ante el altar colocarían sobre sus cabezas, iniciando entonces unos pasos de baile, entre seguidilla y minué, mientras en sus manos infantiles repicaban ligeras unas castañuelas.


En la citada carta a Maud Gonne, antes de adentrarse por las fantasmagorías astrales en las que incurrió toda su vida, Yeats manifiesta a su amor imposible que se encuentra muy bien de salud, aunque se cansa enseguida y el pulmón aún no ha sanado del todo. Pero tiene importantes planes para desarrollar en la ciudad: “Sin embargo, disfruto de la vida. Empezaré a escribir poesía la próxima semana en Sevilla. Aquí hace un hermoso tiempo veraniego.”
Viajaron a Sevilla el día 14, y el mal estado de las carreteras hizo que el viaje resultara mucho peor de lo esperado. El periplo al sur salvífico comenzaba a ser un fiasco, y cuando llegaron a la “bonita pensión” que George había reservado a razón de quince pesetas la noche se quedaron horrorizados, y de inmediato la pareja se fue el Grand Hotel, que tenía agua fría y caliente en sus cien habitaciones y un ascensor, que a Yeats se le antojó poco menos que necesario dado su estado general de fatiga. En palabras de George, el Grand Hotel era “un poema, y nada barato”; magro consuelo, su confortabilidad, cuando Yeats empezó a tener hemorragias pulmonares.
Lo cierto es que su estado de salud le preocupaba mucho más a él que a ella, que en su correspondencia parece quitar importancia a los preocupantes síntomas y se burla de que Yeats esté diciendo de continuo que se va a morir y “haciendo testamento a todas horas del día y de la noche y apresurándose para terminar un poema que ni siquiera ha comenzado”. Yeats hablaba por entonces de componer un poema sobre las garzas que habían visto en Algeciras, que diariamente viajaban a África a buscar su pitanza y regresaban a este lado de las Columnas de Hércules. Aquel poema rumiado en Sevilla sería finalmente “En Algeciras, una meditación sobre la muerte”.
En Sevilla, el matrimonio visitó el Alcázar, y reposando en su habitación del Grand Hotel Yeats corrigió el manuscrito de La torre (poemario que aparecería en 1928) y leyó diariamente a Bertrand Russell. El día 18, leyó Man and the Western Man, de Wyndham Lewis. Cuando su esposa vio que Yeats empezaba a desvariar y confundía Sevilla con Siena empezó a tomarse el asunto en serio. El 23 de noviembre partieron de Sevilla hacia Madrid, y de allí a Barcelona, brevísimas escalas en las que Yeats permaneció casi todo el tiempo en la cama del hotel, hacia su destino, Cannes. La queja de George es amarga: según ella, en Sevilla “hablan un inglés y un francés macarrónicos y no hay servicios de ningún tipo”.
Dolido con la crítica y su recepción de Perfil del aire, Cernuda tampoco atravesaba por un buen momento en noviembre de 1927. El día 19 escribe a su amigo Capote: “Nada que contarte, salvo un aumento de mi acostumbrada tristeza, inexpresable ya”. En septiembre de 1928, tras la muerte de su madre, abandonó Sevilla para siempre.
Que sepamos, Yeats y Cernuda no se encontraron en las calles de Sevilla. Y de haber permanecido Yeats unos días más en la ciudad, como era su primera intención, y de haberse alojado también los participantes en el homenaje a Góngora en el Grand Hotel y no en el también lujoso Hotel París, invitados por Sánchez Mejías, el más grande poeta irlandés se habría cruzado con, pongamos por caso, Federico García Lorca, Rafael Alberti, José Bergamín, Gerardo Diego o Dámaso Alonso. Pero Cernuda, a partir de su estancia en el Reino Unido, y sobre todo en sus años finales, siempre profesó una gran admiración por el autor de La rosa, admiración que cristalizaría en la traducción de dos poemas, “Ephemera” y “Bizantium”, la segunda de las cuales a su vez incluye otra (“The Spur”) en la nota que lo compaña, además de dos ensayos (uno de los cuales, “Jiménez y Yeats”, incluye asimismo la traducción del poema “Coat” de Responsibilities). Por tanto, Cernuda llegó a traducir cuatro poemas de Yeats, que si no es un corpus importante tampoco se trata de un solo, único poema.
“Ephemera” se publicó en compañía de “El niño negro” de William Blake y “La oda al otoño” de John Keats bajo el título común de “Tres poemas británicos” en el número 10 de la revista mejicana Romance, en junio de 1940. Casi dos décadas después, en el número 453 de la revista México en la Cultura (noviembre de 1957) apareció la traducción que Cernuda hizo de “Bizancio”, más tarde recogida en el primer tomo de Poesía y literatura. Al poema, Cernuda le añadió, como se ha dicho, una nota en la que es imposible no ver, aplicada a Yeats, su propia circunstancia personal, cuando sólo le quedaban cuatro años para morir: “la vejez, el hecho de envejecer, producía en Yeats un despecho, una rabia que acaso ningún poeta haya expresado antes que él.” Para la ocasión, Cernuda leyó el libro de A. Norman Jeffares W. B. Yeats, Man and Poet, y, meticuloso, preparando la recolección de “Bizancio” en libro, aún hizo alguna consulta sobre el sentido de un verbo a Concha de Albornoz en carta de 1 de febrero de 1959, donde la interroga sobre la idoneidad de una de las acepciones del verbo break.
Y hay más alusiones. En carta de 13 de junio de 1959 a Sebastian Kerr, a propósito de una postal que éste le envía desde Roma, habla de los posibles delfines de una fuente y de los chicos que se ven representados sobre ellos, poniendo todo esto en relación con “Bizancio” de Yeats:


No estoy seguro de que esas bocas enormes sean delfines. Si lo son, y los garzones arriba son garzones y no grown up men, entonces el escultor debía recordar que, en la antigüedad, se suponía a los delfines capaces de un attachment singular hacia dichos garzones. No sé dónde leí una historia del muchacho que se acercaba al mar por la mañana, antes de ir a la escuela, y del agua surgía un delfín, siempre el mismo, que se lo llevaba a lomos, a través de la bahía, hasta la escuela. Por lo demás, el delfín era símbolo del alma. ¿No recuerda el final del poema apocalíptico de Yeats “Byzantium”?


El otro poema de Yeats dedicado a Bizancio sin duda fue también conocido por Cernuda, aunque no llegó a traducirlo. Escrito en septiembre de 1926, exactamente tres años antes, y seguramente revisado en Sevilla, como el resto de La Torre, en él hay también un canto a la juventud y a la atemporalidad. En A Vision, Yeats escribió lo que para él represantaba, como símbolo, esta ciudad. La traducción es de Cernuda: “En la temprana Bizancio, como acaso nuncan antes ni después en los anales de la historia, la vida religiosa, estética y práctica eran una sola”. Esta armonía, cuyo anhelo se reforzó en Cernuda al traducir a Hölderlin, sin duda habría de atraer su interés. Cito por mi propia traducción:


SAILING TO BYZANTIUM

I

This is not country for old men. The young
In one another’s arms, birds in the trees
―Those dying generations― at their song,
The salmon-falls, the mackerel-crowded seas,
Fish, flesh, or fowl, commend all summer long
Whatever is begotten, born, and dies.
Caught in that sensual music all neglect
Monuments of unageing intellect.

II

An aged man is but a paltry thing,
A tattered coat upon a stick, unless
Soul clap its hands and sing, and louder sing
For every tatter in its mortal dress,
Nor is there singing schoo, but studying
Monuments of its own magnificence:
And therefore I have sailed the seas and come
To the holy city of Byzantium.

III

O sages standing in God’s holy fire
As in the gold mosaic of a wall,
Come from the holy fire, perne in a gyre,
And be the singing-masters of my soul.
Consume my heart away; sick with desire
And fastened to a dying animal
It knows not what it is; and gather me
Into the artifice of Eternity.

IV

Once out of nature I shall never take
My bodily form from any natural thing,
But such a form as Grecian goldsmiths make
Of hammered gold and gold enamelling
To keep a drowsy Emperor awake;
Or set upon a golden bough to sing
To lords and ladies of Byzantium
Of what is past, or passing, or to come.


RUMBO A BIZANCIO

I

No es un país para ancianos. Los jóvenes
se abrazan, hay pájaros en los árboles
–generaciones que mueren– cantando,
cascadas de salmones y mares de caballas,
peces, aves y carne que en verano celebran
cuanto ha sido engendrado, nace y muere.
Cautivos de esa música sensual todos olvidan
monumentos de perenne intelecto.

II

Un hombre viejo es algo miserable,
un andrajoso abrigo sobre un palo,
a menos que el alma haga palmas, y cante, y cante
para todos los andrajos en su traje mortal;
y no hay escuelas de canto, mas se estudian
monumentos de su propia grandeza;
y por eso he surcado los mares y he venido
a la ciudad sagrada de Bizancio.

III

Oh, sabios, los que estáis en el fuego santo de Dios
como en el mosaico de oro de un muro,
venid del fuego santo, bajad en espiral,
sed los maestros cantores de mi alma.
Consumid mi corazón; enfermo
de deseo, y atado a un animal que muere,
desconoce lo que es; y haced que me una
al artificio de la eternidad.

IV

Ya abandonada la naturaleza,
nunca tomaré mi forma corpórea
de nada natural, mas de esa forma que hacen
orfebres griegos trabajando el oro
para que no se duerma su soñoliento Emperador;
o subiré a una rama dorada a pregonar
para todos los nobles de Bizancio
el pasado, el presente y el porvenir.


La estima por Yeats fue siempre muy alta, y en algún lugar de su epistolario descarta Cernuda la posibilidad de leer a Rupert Brooke (de quien la revista Ínsula había publicado algunos poemas en agosto de 1950), al que contrapone a Yeats, a quien juzga muy superior. “Yeats es algo tan diferente, que no hay relación posible entre ellos. Debe leerlo, aparte de que su irlandesismo me sea antipático, así como su seudofascismo, porque es un poeta, cosa que Brooke no me lo parece ser.”
Yeats siguió interesando a Cernuda aún después de haberse publicado su ensayo de 1960 sobre aquél. El 8 de noviembre de 1960 escribe al ya mencionado Sebastian Kerr: “Compré en un momento extravagant las Letters of W. B. Yeats, y luego compuse un estudio sobre Yeats a base de esas cartas y de otro libro sobre Yeats, también de Ellmann, Yeats. The Man and the Masks.” Aquí, Cernuda se está refiriendo a que acaba de leer la monumental biografía de Ellmann sobre Joyce publicada en 1958 (lástima que este dato se me escapara cuando compuse mi artículo sobre Sevilla y Dublín, en el que creía haber agotado los puntos en común entre las dos ciudades, para el libro Cien años y un día, Ulises y el Bloomsday). Así, en carta de 30 de enero de 1961 a Philip Silver manifiesta estar leyendo el libro Yeats’s Iconography, de F. A. C. Wilson, y el 1 de noviembre de 1963, cuando ya está a punto de morir, en carta a Carlos-Peregrín Otero se lamenta de que no le llega su ejemplar de los Collected Poems de Yeats que debería enviarle Concha de Albornoz. Estos años finales Cernuda confirma lo que ya había expresado a Fernández Figueroa en una entrevista publicada en Índice Literario, abril-mayo de 1959, donde respondía que Yeats era para él uno de los principales “contemporáneos muertos”, siendo el primer poeta que menciona, no sin alguna objeción a lo más antipático de su carácter nacionalista. En esa respuesta también alaba a Cavafis y su famoso poema sobre Marco Antonio. Cavafis camparte con el Yeats de “Bizancio” una estética y un modo de estar en el mundo, anhelante de la Antigüedad clásica.
El artículo “Yeats”, de 1960, aparecido en la revista Cultura universitaria de la Universidad Central de Venezuela, sitúa al poeta irlandés como uno de los principales poetas dominantes de aquel tiempo, y expresando la extrañeza de que no sea un poeta apreciado o conocido por los lectores en lengua española, observa: “Únicamente J. R. Jiménez, en quien la obra de Yeats tuvo una repercusión evidente, solía mencionarlo con admiración nunca desmentida”. Esto, efectivamente, lo corrobora Juan Guerrero Ruiz en Juan Ramón de viva voz, cuando el 11 de julio de 1917 anota: “Me habla de un propósito, que le gustaría mucho realizar, traducir toda la obra de Shakespeare, las poesías de Edgar Poe y a algunos autores irlandeses como Yeats y Synge, a los que admira mucho”. En 1931, Jiménez dispondría de tres textos de Yeats listos para su publicación, traducidos por él mismo (véase a este respecto, The Line in the Margin: Juan Ramón Jiménez and His Readings in Blake, Shelley, and Yeats, de Howard T. Young
, University of Wisconsin Press, Madison, 1980).
Quizá no sea muy elegante desvelarlo, pero hay algunas inexactitudes en el artículo de Cernuda, que sin duda obedecen a lagunas en la bibliografía de la época y a lo limitado de las referencias a las que pudo tener acceso. Así, por ejemplo, cuando afirma que las cartas de Yeats a Gonne resultaron destruidas durante la guerra civil irlandesa (1922-1923), pues lo cierto es que hay otras cartas que han sido posteriormente recogidas en libro, como evidencia The Gonne-Yeats Letters, 1893-1938: Always Your Friend, en edición de Anna MacBride White, Hutchinson, 1992. El ejército británico destruyó muchas de ellas cuando saqueó el domicilio dublinés de ella, es cierto, pero muchas otras se conservan (incluida aquella de noviembre de 1927 en la que le anuncia el inminente viaje a Sevilla). Por otra parte, el libro de Ellmann es de 1948, no 1958, como anota Cernuda; y la concesión del Nobel fue en 1923 (“la concesión del premio Nobel en 1924” debe referirse a la entrega del premio en Estocolmo). En otro lugar (en este caso, “Jiménez y Yeats”), y esto es muy yeatsiano, comete un error de spelling (ortografía) cuando escribe Responsabilities (sic) en vez de Responsibilities, título del poemario de Yeats de 1914. Por otra parte, en una nota observa: “Recuerdo haber visto una antología titulada Mil años de poesía irlandesa. C’est un peu trop”. Lo cual no sorprende en alguien como él, que confiesa estar “poco enterado acerca de dicho país”, pues Irlanda sí tiene, en gaélico, una tradición que se remonta a hace más de un milenio como podrá comprobar quien quiera acercarse a las páginas de, por ejemplo, mi libro Antiguos poemas irlandeses, publicado en 2001 por la editorial Gredos.
Vemos más de un paralelismo entre ambos poetas. Así, cuando Cernuda escribe que “Yeats necesitó siempre de amistades femeninas, y en su correspondencia hallamos diversos nombres de amigas” no podemos sino pensar inmediatamente en él mismo y las mujeres que desfilan por su epistolario: Concha de Albornoz, Paloma Altolaguirre, Nieves Matthews o Concha Méndez.
Pero las diferencias son sin duda notables, como no tiene empacho en señalar el propio Cernuda: ni el nacionalismo de Yeats, con su veneración por los héroes de antaño, ni el cultivo de la magia, que roza para él lo pueril, tienen correspondencia en él. Sobre lo local y universal en Yeats dejó las últimas líneas de su artículo:


¿Es que la poesía de Yeats nos aparece como una fuerza elemental de la tierra de Irlanda? En parte, puede parecerlo; pero, aunque se tenga dicha creencia, no se debe atender a cuanto debe esa poesía al mundo de la cultura europea. «Innisfree» bien pudo dárselo su tierra el poeta. Pero «Sailing to Byzantium», no. Y entre ambas formas de su poesía, ¿cuál es la que preferimos hoy?


En el ensayo de 1962 sobre Juan Ramón Jiménez y Yeats, Cernuda se hace eco de la admiración del primero por el segundo, que se manifiesta, como observa el poeta sevillano, a partir del casamiento de aquél con Zenobia Camprubí, que hablaba inglés. En estas páginas, Cernuda se fija en el despojamiento en la poesía de ambos poetas, enunciada por cada uno a su manera en los poemas “Vino, primero, pura” de Eternidades (1918) y “Coat” de Responsibilities (1914). La coincidencia es clara, pero anota que quizá más que de hablar de influencia imitación haya que hacerlo de identificación, de experiencias reflejadas. Lamentablemente, este segundo artículo sobre Yeats no parece tan destinado a enjuiciar o a dar a conocer a éste como a dar un varapalo a Jiménez, a quien hace perder en combate amañado con el primero, al que entrega llaves de pugilato que no necesita.
Pero dejemos a Jiménez y centrémonos en las afinidades y diferencias entre Cernuda y Yeats. Brian Hughes ha hecho notar muy inteligentemente los cambios cruciales que se produjeron en la obra de ambos poetas a partir de los sucesos dramáticos que fueron el levantamiento de Pascua de 1916 y la guerra civil española, que dejaran huella en sus respectivas obras, forzando incluso la apertura a una nueva forma de escribir en ambos.
Hay sin embargo juicios de Hughes que no podemos suscribir enteramente, como la opinión de que el sostenido crecimiento poético de Yeats, que en su etapa final dejó tan grandes poemas como “The Circus Animal’s Desertion”, contrasta con el “deterioro” del Cernuda último, que cae en la irritabilidad, en el prosaísmo y la animosidad personal, pues siendo esto cierto lo es sólo en parte y junto a acerbos ajustes de cuentas hallamos hermosísimos poemas a la par que prodigiosos artefactos verbales como “Luis de Baviera escucha Lohengrin” o “Despedida”.
Hughes analiza notables similitudes entre “Vereda del cuco” de un lado y “La torre” y “Bizancio” de otro; entre “Río vespertino” y “Meru”; pero para él, y no podemos estar más de acuerdo, el gran tema que los une, a Yeats y Cernuda, es el de la perdurabilidad del amor, o más bien del deseo, en la edad avanzada, de lo que hay incontables ejemplos en los dos poetas. Por otra parte, hay similitudes estilísticas que pueden considerarse influencias de Yeats, como el empleo de un lenguaje no lejano del de la prosa, en lo que ambos, Yeats y Cernuda, coinciden con Browning y Pound.
Hay además frases de Yeats engastadas en versos del poeta sevillano, como el título del poemario de 1899 The Wind among the Reeds, que reverbera en “Noche del hombre y su demonio”:


Y mi voz no escuchada, o apenas escuchada,
Ha de sonar aún cuando yo muera,
Sola, como el viento en los juncos sobre el agua.


Perteneciendo este poema a Como quien espera el alba, libro escrito entre 1941 y 1944, el eco supondría la segunda aparición, bien que velada (la primera fue la traducción de “Ephemera”), de Yeats en la poesía o la crítica de Cernuda, lo que sin duda le confiere notable importancia. No obstante, se trata de un título de uno de los libros más conocidos del irlandés, que podría “sonarle”, lo que no quiere decir que Cernuda estuviese más profundamente familiarizado con su poesía. Otra notable similitud, Hughes indica, hay que verla entre “Los espinos” y “The Wild Swans at Coole”, pues “ambos parten de la contemplación de la belleza natural y prosiguen en la exploración del contraste doloroso con la evanescencia del yo individual”.
Aún encuentra paralelismos, cuando no deudas, Hughes entre el “Apologia pro vita sua” de Cernuda y “The Tower”: “ambos poetas hacen uso de espejos, el ave y la luz que se desvanece”. Para este crítico cabe más hablar de influencia o magisterio que de coincidencias, y volvemos a estar de acuerdo con él, no sin cierta reserva. Porque además de lo visto por él hallamos otras similitudes. Así, el breve poema“The Magi” y el relato “The Adoration of the Magi”, de Yeats, tienen su eco en el extenso “La adoración de los Magos” de nuestro paisano (que como Yeats en The Wanderings of Oisin emplea aquí metros muy diferentes que llegan al versículo largo). Es cierto que detrás del poema de Cernuda está también “The Journey of the Magi”, de T. S. Eliot, pero el eco de un poema no tiene por qué impedir el del otro. El poema de Cernuda, digámoslo sin rodeos, es mejor que sus posibles fuentes, Yeats o Eliot, y llega donde aquellos no alcanzan. También, según Alexander Coleman, el breve drama de Yeats, The Resurrection, con la presencia de tres testigos, no ya del nacimiento sino de la resurrección de Cristo, estaría en el origen del poema cernudiano. Cierto. Pero también se me ocurre que todo The Wind among the Reeds, con esas personae o máscaras por las que habla Yeats puede estar en la génesis del poema de Cernuda. Michael Robartes, Hanrahan y Aedh, los personajes que originalmente estaban tras el “He” o “The Poet” o “The Lover” en el poemario de Yeats, según el poeta irlandés: “Hanrahan es la simplicidad de una imaginación demasiado mudable para reunir posesiones permanentes, o la adoración de los pastores; y Michael Robartes es el orgullo de la imaginación que medita sobre lo grandioso de sus posesiones, o la adoración de los Magos; mientras que Aedh es la mirra y el incienso que la imaginación ofrece continuamente ante todo lo que ama.”
Pero hay más. En Égloga, Elegía, Oda (1927-1928) hallamos pasajes que parecen estar bajo la sombra del irlandés, particularmente de dos poemas del que también es su segundo poemario, Crossways (no en realidad un libro exento, sino una sección de su poesía completa). La “Égloga” y la “Oda” cernudianas habitan una Arcadia en la que también moran los pastores de Yeats. Compárese esta estrofa de la “Égloga”


Idílico paraje
De dulzor tan primero,
nativamente digno de los dioses.
Mas ¿qué frío celaje
Se levanta ligero,
En cenicientas ráfagas veloces?
Unas secretas voces
Este júbilo ofenden
Desde gris lontananza;
Con estéril pujanza
Otras pasadas primaveras tienden,
Hasta la que hoy respira,
Una tierna fragancia que suspira.


O esta otra


Sobre el agua benigna,
Melancólico espejo
De congeladas, pálidas espumas,
El crepúsculo asigna
Un sombrío reflejo
En donde anega sus inertes plumas.
Cuánto acercan las brumas
El infecundo hastío;
Tanta dulce presencia
Aún próxima, es ausencia
En este instante plácido y vacío,
Cuando, elevado monte,
La sombra va negando el horizonte.


con ese díptico yeatsiano constituido por “The Song of the Happy Shepherd” y “The Sad Shepherd”, en versos como éstos (cito una vez más por mi propia traducción):


THE SONG OF THE HAPPY SHEPHERD

The woods of Arcady are dead,
And over is their antique joy;
Of old the world on dreaming fed;
Grey truth is now her painted toy;
Yet still she turns her restless head:
But O, sick children of the world,
Of all the many changing things
In dreary dancing past us whirled,
To the cracked tune that Chronos sings,
Words alone are certain good.
Where are now the warring kings?
An idle word is now their glory,
By the stammering schoolboy said,
Reading some entangles story:
The kings of the old time are dead;
The wandering earth herself may be
Only a sudden flaming word,
In clanging space a moment heard,
Troubling the endless reverie.
Then nowisse worship dusty deeds,
Nor seek, for this is also sooth,
To hunger fiercely after truth,
Lest all thy toiling only breeds
New dreams, new dreams; there is no truth
Saving in thine own heart. Seek, then,
No learning from the starry men,
Who follow with the optic glass
The whirling ways of stars that pass―
Seek, then, for this is also sooth,
No word of theirs―the cold star-bane
Has cloven and rent their human truth.
Go gather by the humming sea
Some twisted, echo-harbouring shell,
And to its lips thy story tell,
And they their comforters will be,
Rewording in melodious guile
Thy fretful words a little while,
Till they shall singing fade in ruth
And die a pearly brotherhood;
For words alone are certain good:
Sing, then, for this is also sooth.

I must be gone: there is a grave
Where daffodil and lily wave;
And I would please the hapless faun,
Buried under the sleepy ground,
With mirthful songs before the dawn.
His shouting days with mirth were crowned;
And still I dream he treads the lawn;
Walking ghostly in the dew,
Pierced by my glad singing through,
My songs of old earth’s dreamy youth:
But ah! she dreams not now, dream thou!
For fair are poppies on the brow:
Dream, dream, for this is also sooth.


LA CANCIÓN DEL PASTOR FELIZ

Los bosques de la Arcadia yacen muertos,
su lejana alegría ya no existe;
de sueños se nutría el mundo antiguo;
hoy es verdad gris su juego de colores
pero aún vuelve su rostro intranquilo:
con todo, oh hijos hastiados del mundo,
de las incontables cosas que mudan
siguiendo la cascada melodía
que Cronos canturrea, solamente
las palabras son un bien indudable.
¿Dónde están ya los reyes aguerridos
que del Verbo se burlaban? Por Dios,
¿dónde están ya los reyes aguerridos?
Una palabra vana es hoy su gloria
dicha por el colegial balbuciente
que lee alguna historia enrevesada:
los reyes de antaño ahora están muertos;
incluso la errante tierra puede ser
sólo una palabra que breve luce,
casi inaudible en el sonoro espacio,
y perturba el ensueño interminable.
No adores, pues, hazañas polvorientas
ni quieras –pues esto es cierto también–
ansiar intensamente la verdad,
no sea que tus afanes alimenten
sueños y sueños: la verdad no existe
sino en tu propio corazón. No busques
el vano conocer de esos ilusos
que con sus cristales ópticos siguen
las sendas rotatorias de los astros.
Ni busques, pues esto es cierto también
palabra alguna de ellos. La ruina
de una estrella rompió sus corazones:
muerta está toda su verdad humana.
Ve y coge junto al bullente mar
una concha espiral que abrigue un eco,
y narra junto a sus labios tu historia,
pues ellos te podrán reconfortar
con arte melodioso repitiendo
tus palabras de queja unos instantes
hasta que el canto compasivo acabe
y una fraternidad de nácar muera.
Sólo las palabras son un bien cierto:
canta entonces, que esto es cierto también.

Tengo que marchar: hay una sepultura
en la que ondean narcisos y lirios,
quisiera complacer al pobre fauno
que yace bajo el suelo soñoliento
con cantos de alegría antes del alba.
Coronó el gozo sus ruidosos días
y todavía sueño que huella el césped
caminando espectral sobre el rocío,
penetrado de mi alegre cantar,
mis canciones de aquella juventud
soñadora de la ya anciana tierra:
pero ¡ah! ya ella no sueña. ¡Sueña tú!
Bellas son las amapolas en la cumbre.
Sueña, sueña, que esto es cierto también.


Es el mismo mundo y parecida imaginería. Lo curioso es que Cernuda aún no había leído a Yeats, sino la poesía española de tradición pastoril (Garcilaso, por ejemplo) y, por tanto, aquí sí cabe hablar de coincidencia en vez de influjo. Por otra parte, en la “Égloga” de Cernuda, como viera Derek Harris, alienta el Mallarmé de “L’ Après-midi de un Faune” que está glosado en las estrofas quinta y sexta. Cernuda conoció bien a Mallarmé, a quien se lo allegó Góngora sin duda, y habla de él en numerosos pasajes de su obra en prosa (en "Historial de un libro" escribe que su verso “me pareció ya entonces, y nunca dejó de aparecerme así a través de los años, de una hermosura sin igual”). Por lo que respecta a Yeats, aunque podría pensarse que la influencia de Mallarmé le llegó a través de Symons, que le leyó su obra, y que en 1899 publicaría un libro capital en la renocación de la estética inglesa, The Symbolist Movement in Literature, lo cierto es que “La canción del pastor feliz” fue escrita y publicada en 1885, cinco años antes de que ambos se conocieran. A propósito de conocerse: en febrero de 1894 Yeats visitó el domicilio de Mallarme con el propósito de conocerlo, pero no pudo ser, porque a la sazón éste se encontraba en Inglaterra.
Espero que mi previa lectura de Cernuda no haya condicionado mi traslación de Yeats en un verso como “But O, sick children of the world” como “con todo, oh hijos hastiados del mundo”, que tanto recuerda en particular a “el tierno lamentar, los enojosos / hastíos escondidos del que ama” de la “Oda”. En cuanto a la presencia de la Arcadia en Yeats y Cernuda, ésta aparece aún en uno de los últimos poemas del segundo recogidos en Desolación de la Quimera, “Luna llena en Semana Santa”, que termina, como cerrando el arco de su obra, con el verso “Et in Arcadia ego”.
Aún se puede ver otro eco de Yeats en la poesía de Cernuda. En “El poeta”, texto entre 1946 y 1948 y que alude a Juan Ramón Jiménez cuando aún no sentía la pulsión de asaetearlo en su prosa crítica o sus versos, Cernuda escribe:

Gracias por la rosa del mundo.

Para el poeta hallarla es lo bastante.
E inútil el renombre u olvido de su obra,
cuando en ella un momento se unifican,
tal uno son amante, amor y amado,
los tres complementarios luego y antes dispersos:
el deseo, la rosa y la mirada.


Ningún lector de Yeats pasará por alto que el sintagma “la rosa del mundo” es título, precisamente, de uno de los poemas de The Rose. “The Rose of the World” es uno de tantos textos que Yeats compuso para Maud Gonne, objeto de su deseo.


THE ROSE OF THE WORLD

Who dreamed that beauty passes like a dream?
For these red lips, with all their mournful pride,
Mournful that no new wonder may betide,
Troy passed away in one high funeral gleam,
And Usna’s children died.

We and the labouring world are passing by:
Amid men’s souls, that waver and give place
Like the pale waters in their wintry race,
Under the passing stars, foam of the sky,
Lives on this lonely face.

Bow down, archangels, in your dim abode:
Before you were, or any hearts to beat,
Weary and kind one lingered by His seat;
He made the world to be a grassy road
Before her wandering feet.







LA ROSA DEL MUNDO

¿Quién soñó que la belleza pasa como un sueño?
Por estos labios rojos, con todo su triste orgullo,
triste de que ningún nuevo portento pueda suceder,
Troya desapareció en funérea lumbre
y los hijos de Usna murieron.

Pasamos con el mundo jadeante:
entre almas que flaquean y el paso ceden,
como las aguas pálidas en su curso invernal,
bajo estrellas que pasan, espuma de los cielos,
continúa viviendo esta faz solitaria.

Doblegaos, arcángeles, en vuestra oscura morada:
antes de que vosotros existierais, o corazones latieran,
cansada y dulce una se quedó ante Su asiento;
y Él hizo que el mundo fuera un camino de hierba
ante sus pies errantes.


En principio, parecen poemas de temática diferente, sobre el papel del poeta uno, el otro sobre la amada que trasciende lo mutable para residir en lo eterno. Lo parecen, mas sólo en la superficie; en el poema de Cernuda también hallamos ese carácter ilusorio del tiempo que hallamos en Yeats en la coincidencia de las edades y los espacios (Troya y los hijos de Usna) en quien es desde siempre. Pues dice el poeta sevillano: las voces extranjeras “nuevas y arcanas, hasta que al fin traslucen / un día en la expresión de aquel poeta / vivo de nuestra lengua, en el contemporáneo”. Y en la estrofa siguiente: “Aquel tiempo pasó, o tú pasaste, / agitando una estela temporal ilusoria”. La amada que es eterna en el poema de Yeats y el poeta que concilia “el deseo, la rosa y la mirada”, en Cernuda.
Mucho se podría escribir sobre el símbolo de la rosa en Juan Ramón y Yeats, la rosa del mundo que aparece en el citado poema de Como quien espera el alba. Sin embargo, cuando Cernuda arremeta contra el poeta español en su ensayo “Jiménez y Yeats” en el segundo tomo de Poesía y literatura no mencionará para nada a la rosa, algo que ni un mediocre estudiante omitiría, y sí, como vimos, esas otras influencias que querrían minar la reputación de JRJ.
Hemos visto que Cernuda y Yeats (como tampoco lo hicieron Yeats y Mallarmé en París) no se encontraron en la real Sevilla –calles, adoquines, manzanas, cafés, plazas–, sino que lo hicieron en la obra de éste frecuentadas por aquél –versos, cartas, páginas–, interés que cristalizaría en la versión de Cernuda de “Bizancio”. Bastantes años después, un poeta muy influenciado por Cernuda, Luis Antonio de Villena, publicó su segundo poemario con el título de yeatsianos ecos El viaje a Bizancio, donde en palabras de José Olivio Jiménez “el libro reafirma esa realidad íntima –y universal– de Bizancio, ya que este dorado sitio simbólico puede hallarse en cualquier sitio donde se encuentre un hombre habitado por el deseo”. Porque Luis Antonio de Villena, a diferencia de Cernuda, no es tanto un poeta de la fricción, del desajuste, del desequilibrio entre realidad y deseo, como lo es del triunfo supremo y libérrimo de éste. La literatura es un palimpsesto en el que capas o estratos posteriores arrojan luz sobre otros pretéritos. Así, la lectura de Luis Antonio de Villena del mito bizantino en Yeats viene a iluminar también a Luis Cernuda y su lectura del deseo en los poemas de Yeats y su traducción de uno de ellos:


El poeta anglo-irlandés William B. Yeats, levantó en dos de sus mejores poemas una ciudad-símbolo. Bizancio como enclave de eternidad. Mito donde la vejez no es posible (That is no country for old men). Y los jóvenes que allí habitan se abrazan entre el oro eterno. Bizancio brota del mar de la muerte, y es así el mito de la Nueva Jerusalén. Pero en tal ciudad la eternidad la construye –o la inventa– sólo el hombre.


Y en la sección tercera del poema “Navegando hacia Bizancio”:


No son las imágenes ni el mármol. Ni una nave siquiera quien consigue hacer del deseo la forma que quiere el labio y el tacto ambiciona. No es la nave, cargada de atributos, ni la danza sobre el verde mosaico que el vino abrasa como un cuerpo que se ama. Pero todo es Bizancio. Cada palabra que se escurre y combate, cada sonido pleno como el sol y sus ubres, cada retumbe que se siente, todos los amores que ambicionas, el fuego que te arde, ese sin nombre hermoso que te exige maldad, el árbol, la planta, el cuerpo que desconozco, su perfume de axilas y de ajenjos, su cabello perfecto, su vello como el ámbar que redime y golpea... Allí está Bizancio, las fraguas doradas del Emperador, el oro y el bronce junto al mar espumeante que resuena. Ese mar que rasgan los delfines y un gong atormenta...



Publicado en mi libro Con otro acento. Divagaciones sobre el Cernuda "inglés" (Diputación de Sevilla, 2006), Premio Archivo Hispalense de Literatura, 2005