martes, 30 de septiembre de 2008

De un cuaderno bretón (III)



Locronan, antes de llegar a Douarnenez, ejemplifica la pervivencia de las creencias paganas en el cristianismo, la sucesión de usos y costumbres de diversa genealogía, no tan diferentes entre sí, sobre un mismo terreno. Cuando los galos habitaban la región, aquí había un nemeton, templo natural en el corazón de un bosque sagrado que era imagen del universo y calendario, reflejo de los solsticios y equinoccios, espacio abierto en el que realizar sacrificios a los dioses, ritos de fecundidad. Después de los druidas, otra fe arraigó en este monte, traída por Ronan, un monje irlandés del siglo VII que dio su nombre al lugar. Pero siempre estos parajes retuvieron su vinculación con la fecundidad, y hasta los mismos Duques de Bretaña acudieron aquí para asegurarse la descendencia y el mantenimiento de su linaje (supongo que ayudarían al santo con liberal lujuria).
Cruce fiel de ambas tradiciones, la cristiana y la pagana, Locronan celebra cada seis años una romería o pardon, llamada La Troménie, que recorre la docena de kilómetros del nemeton original. La celebración dura una semana, y a ella acuden peregrinos por millares. Entretanto, el pueblo conserva a la perfección sus casas de los siglos XV y XVI, cuando las telas aquí producidas llegaban a toda Europa y hasta el Nuevo Mundo. Incluso hemos leído que en alguna página suya Shakespeare menciona el tejido de Locronan.
En las inmediaciones, diversas capillas se alzan en pagos en los que anteriormente se adoró a los dioses del panteón céltico, como la de Ar Sonj, en Plas ar Horn, donde se veneraba al principalísimo Lug, o la de San Théleau, que se asienta en un lugar en el que se rendía culto a Cernunnos, el dios astado cuya efigie celebramos haber encontrado, tan cautivadora, en el caldero de Gundestrup, que alguna vez vimos en un viaje a Copenhague. Pervivencia de los símbolos, en la de San Thélau el santo homónimo aparece representado en el calvario, al pie de la cruz, junto a un ciervo, como Cernunnos.
Hoy el paisaje, incluso en la a veces inquietante espesura, es mucho más bucólico que aquél que trasladó Lucano a su Farsalia, donde habla de bosques como éstos, en la Galia, donde los celtas adoraban a sus dioses y realizaban, según leyendas que él acepta, sacrificios humanos. El latino no nos presenta aquí las abejas y los surcos virgilianos, sino pájaros a los que da miedo posarse en los árboles y ramas de las que penden restos sanguinolentos y terribles. Uno no sabe a qué carta quedarse con estas expresiones del horror céltico, pues la historia nos enseña que siempre los vencedores han adornado con toda clase de ignominias, no siempre ciertas y a menudo exageradas, a sus vencidos.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Poemas de Anthony Thwaite (y IV)

IMAGINA UNA CIUDAD

Imagina una ciudad. No es una ciudad que conozcas.
Llegas a ella por río o por uno de cuatro caminos,
nunca por aire. El río corre a través de la ciudad.
Los caminos entran por los cuatro puntos cardinales.
Hay murallas, viejas, ya hace mucho en ruinas,
pero allí también continúan, trozos de un pasado que tuvo.

Llegas a ella -digamos- por el camino del este.
Puedes ver la derruida puerta a una milla,
y, tras la puerta, torres que pueden ser templos o tumbas.
Va a anochecer, y aquí y allá se alzan fumaradas.
Así que preparan cenas, supones, en millares de casas.
Hay un olor a asado, un suculento aroma.

Ahora entras en la ciudad, atraviesas la puerta del este.
Grandes pájaros, como buitres, se turnan sobre sus rotas tejas.
La calle frente a ti la oscurece el sol poniente,
una pelota bermeja de deslumbrantes tonos.
El adoquinado bajo tus pies es desigual. Tropiezas,
y te agarras a una puerta que cede al tocarla a tu mano.

Y ahora por vez primera te inquietas.
No hay nadie en la calzada ni en las bocacalles,
o asomado a las ventanas, o de pie en los portales.
La luz que desfallece conspira con el humo que el viento arrastra,
pero si aquí hubiese gente seguro que la verías,
o, al menos, la oirías. Pero hay silencio.

Y aun así prosigues, aunque sólo sea porque ahora
volver parece peor, peor -digamos- que lo que pueda
esperarte, mientras la calle se estrecha, y callejuelas
corren acá y acullá, una maraña sin salida
que se enreda adelante, a los lados, ni aquí ni allí, mas de algún modo
cambia de dirección como agua que el viento detiene bruscamente.

Y allí estás ahora. Podrías hallar la puerta del oeste,
debe estar en línea recta, el norte a tu derecha,
el sur a tu izquierda. ¿Pero dónde está el río
del que oíste -dirás- al principio?
Eso lo tienes que descubrir tú o no descubrirlo.
En cualquier caso, no podría servir de escapatoria.

Imaginaste una ciudad. No es una ciudad que conozcas.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Tríadas




Muchas veces, alguien me pregunta por el significado de una de mis direcciones de correo electrónico. Significa, en galés o más bien britónico, su antepasado, "Tríadas de la Isla de Britania": Trioedd ynys Prydein. Traduzco aquí las nueve primeras, procedentes de la magna edición de Rachel Bromwich:



LAS TRÍADAS DE LA ISLA DE BRITANIA



1

Tres tronos tribales de la Isla de Britania:

Arthur como príncipe en jefe en Mynyw, y Dewi como obispo en jefe, y Maelgwn como anciano en jefe;

Arthur como príncipe en jefe en Cellinig de Cornualles, y el obispo Bytwini como obispo en jefe, y Caradawg Brazo Fuerte como anciano en jefe;

Arthur como príncipe en jefe de Pen Rhionydd en el norte, y Gerthmwl Wledig como anciano en jefe, y Cynderyn Garthwys como obispo en jefe.



2

Tres generosos de la Isla de Britania:

Nudd el Generoso hijo de Senyllt,
Mordaf el Generoso hijo de Serwan,
Rhydderch el Generoso hijo de Tudwal Tudglyd.

(Y Arthur era más generoso que los tres)



3

Tres blancos príncipes de la Isla de Britania:

Owain hijo de Urien,
Rhun hijo de Maelgwn,
Rhufawn el Resplandesciente hijo de Dewrarth Wledig.



4

Tres bien dotados de la Isla de Britania:

Gwalhmai hijo de Gwyar,
y Llachau hijo de Arthur,
y Rhiwallawn Cabello de Retama.

5

Tres postes del combate de la Isla de Britania:

Dunaw hijo de Pabo,
y Gwallawg hijo de Lleenawg,
y Cynfelyn el Leproso.



6

Tres toros cubridores de la Isla de Britania:

Cynfawr Cubridor de la Hueste, hijo de Cynwyd Cynwydion,
y Gwenddolau hijo de Ceidiaw,
e Urien hijo de Cynfarch.



7

Tres toros caudillos de la Isla de Britania:

Elinwy hijo de Cadegr,
y Cynhafal hijo de Argad,
y Afaon hijo de Taliesin.

Los tres eran hijos de bardos.



8

Tres caudillos postrados de la Isla de Britania:

Llywarch el Viejo hijo de Elidir Llydanwyn,
y Manwydan hijo de Llyr Medialengua,
y Gwgon Gwron hijo de Peredur hijo de Eliffer del Gran Séquito.

(Y he aquí por qué se les llamaba caudillos postrados: porque no había dominio que quisiesen que no les fuera negado)



9

Tres caudillos de la Corte de Arturo:

Gobrwy hijo de Echel de Muslos Prietos,
Cadrieith hijo de Porthawr Gadw,
y Fleudur Fflam.

sábado, 27 de septiembre de 2008

De un cuaderno bretón (II)




Se divisa desde el muelle de Larmor Baden, el túmulo de Gavrinis. No tengo ahora a mano mis diccionarios, también casi megalitos ellos mismos, y sin su apoyo no puedo aventurar qué sea Gavr sin miedo a desbarrar, pero inis es isla en bretón y en otras lenguas célticas, de eso no hay duda, y efectivamente Gavrinis es una sucinta isla, no la mayor desde luego, de las que se desparraman por el golfo de Morbihan, que, vuelta a los significados del bretón, significa “Mar menor” o “Mar pequeño”. Como tantos otros túmulos de Irlanda o Escocia, se trata de una colina artificial, una construcción en piedra cubierta de tierra sobre la que ha ido a crecer el césped, ya que otras plantas no pueden arraigar en ella, en los exiguos huecos que deja su ciclópea mampostería.
Dicen los arqueólogos que fue hace cincuenta y tantos siglos cuando se erigió el monumento, la bóveda o cairn que cubre al dolmen. Sobre las caras de éste, grabadas en la piedra, curvas laberínticas trazadas a pulso o con compases arcaicos, y también figuras de bueyes o toros astilargos. Uno se pregunta cómo se transportaron estas grandes rocas, sobre qué embarcaciones neolíticas. Hoy, una lancha nos lleva y nos devuelve, carga más leve, sobre las ondas. Cuando amarra y ya pisamos de nuevo tierra firme, arrojo unos guijarros al agua, sólo por ver la efímera réplica que las ondas hacen de las otras, sólidas, relieve perdurable de la roca, dibujadas en la piedra del cairn.

viernes, 26 de septiembre de 2008

De un cuaderno bretón (I)



La mayoría de estas entradas ya aparecieron en la revista Clarín hace tres años:



Metempsicosis de las manzanas, la sidra es céltica. Después de haber apurado uno varios vasos de ella, las carreteras se ponen a imitar alegremente, con improvisado genio, las artes decorativas que desde la época de La Téne han bendecido a los pueblos celtas: sus líneas se comban, giran sobre sí y tienden ya irremediablemente a la espiral, al baile. La sidra hace que las carreteras bretonas sean más curvas. Como el cuenco en que se bebe o como sus redondas burbujas, microcosmos perfecto en el que, vertiginosa imagen del universo, surgen y desaparecen astros, meteoros, planetas.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Monedas

Hacía algún tiempo que no dejaba aquí ningún poema propio. Éste es el más reciente:


MONEDAS

Moneditas del alma
(Antonio Machado)

Caen del bolsillo,
y antes de que se mezclen con las otras
examino su níquel y su cobre:
los quarters y los dimes y tantos pennies
con rostros de lejanos presidentes
y el Memorial de Lincoln, que nos dio
refugio un mediodía caluroso.

Esta nos la dieron con la vuelta
de ese bar en que tomamos sidra en Boston;
ésta es de la comida en un museo
que atesora ya la memoria;
ésta emerge brillante de la niebla
que rompen los tranvías de San Francisco;
y también está, sucia y triste,
aquella que negué a una mendiga
en la boca del metro, en Nueva York,
y esa otra, que fue oro viejo en la mesa
de un atardecer frente al Pacífico.

Poseen más valor que el que declaran.
E PLURIBUS UNUM: monedas
de un viaje que hicimos de la mano,
desde el Este al Oeste, cruz y cara,
unidos, como dice en su inscripción
este metal que ahora tintinea.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Otras bitácoras

Hace un par de semanas, el autor de un excelente y reconocido blog, "El baile de los silenos", me nominaba para un bienintencionado premio de bitácoras que agradecí enormemente, pero cuyas estipulaciones me parece que no podré cumplir. Ni me complace el nombre del premio, ni su logotipo con diamante que habría de reproducir, ni su concepto de cadena de premios que por razones matemáticas -todo se andará-terminará por alcanzar a los confines de la galaxia. Sí, y mucho, que otros se acuerden de mí, al parecer por lo que uno escribe.
En vez de propagar aquel premio, y transformando su energía positiva, venga aquí mi mención a tres bitácoras que he visitado recientemente y que me han llamado la atención. En la primera no faltan junto a poemas de Juan Sierra numerosas entradas sobre la intelectualidad falangista, que la hubo y fue importante. Absténganse los políticamente correctos. La segunda, a la que llegué a través de esta que digo, pertenece nada menos que a un nieto de Adriano del Valle, que, junto a otras cosas, se ocupa desde diferentes esquinas de su abuelo. Una curiosidad para iluminar a un "raro".
La tercera (aquí los ordinales nada tienen que ver con la calidad) es del poeta y traductor José Manuel Macías, en la que podemos hallar versiones de Homero junto con estupendos poemas originales. Siendo como es helenista, los comentarios a la bitácora se llaman allí, muy apropiadamente, escolios.


martes, 23 de septiembre de 2008

Poemas de Anthony Thwaite (III)

MONÓLOGO EN EL VALLE DE LOS REYES

He escondido algo en la cámara interna
y sellado la tapa del sarcófago
y atrancado la puerta con una mole de granito,
y tan perfectamente la han cubierto los escombros
que aunque la pisaras a diario no sospecharías.

Todos los días sudas bajo ese hueco, y ves en los muros
las pinturas que te convencen de que estoy en casa, que ahí vivo.
Pero eso es un pasadizo sin salida, una falsa entrada
flanqueada por una estancia con unas baratijas
bonitamente expuestas, convencionalmente elegidas.
El trono es pintoresco pero vulgar, las joyas de segunda,
los artesonados no del mejor periodo,
aunque hay suficiente para contentar a los conservadores.

Pero la cámara interna encierra la verdadera esencia.
No te desilusiones si te digo
que nunca la encontrarás: el auténtico fénix de oro,
la muselina empapada en hierbas de recetas
que nadie ya recuerda, el intrincado adorno,
y sobre todo las copiosas literaturas inscritas
en marfil y papiro, el saber destilado
de sacerdotes y médicos, poetas y dioses,
que garantizan mi inmortalidad. Pues aun si las hallases
en vano buscarías la clave, pues están cifradas
y la clave está en mi cabeza.

La clave está en mi cabeza. Si hallaras el camino
hasta esta cámara, esto hallarías por último:
mi cabeza. Pero antes tendrías que buscar a los otros,
mis parientes elegantemente envueltos, veintisiete
que se deshacen de diferentes maneras.
Una mujer de cuyo rostro han levantado las especias
la delicada piel escamada, un hombre cuyo cuerpo
parece sumergido en un cuajarón de brea, decapitado,
una mano rota que a través de la mortaja protesta,
bocas con rígidas muecas o sordos gritos:
un catálogo de declinaciones.

¿Cómo, pues, sobrevivo? Amordazado en mis telas enrrolladas,
las cuatro rosas pardas marchitas sobre el pecho
dejan una morada mancha. ¿Cómo soy diferente
al trascender estos pequeños detalles?
Suponiendo que con habilidad desusada
penetraras en la cámara, el granito, los sellos,
arrastraras fuera el tesoro con júbilo, distinguieras
a mis veintisiete parientes lamentables,
los clasificaras, barrieras y midieras todo
excepto este sarcófago, dejándolo
para lo último, suponiendo que
me alzaras con cuidado fuera bajo la luz voltaica,
sintiendo las uñas de oro, el olor sobrenatural
de la conservación, ¿no temblarías
al pensar de quién podría tratarse? Mantendrías firmes
las manos por un momento, como alguien que apunta, y alzarías
la máscara.
Hipótesis absurda. Ya te he dicho
que nunca la encontrarás. A diario caminas
sobre los cascotes, te asomas sobre el largo hueco
que a parte alguna lleva, haces tus anotaciones, añades
otro apéndice a tu laboriosa obra.
Cuando mueras, ya convenientemente incinerado, tu muerte
sancionada por el Registro Civil, y con tu esquela
de dos módulos en el Times, tal vez yo
tenga ocasión de hablarte. Hasta ese momento,
oigo tus pasos sobre mi cabeza, mientras yazco y pienso
en lo que he escondido aquí, perfecto y a salvo.

lunes, 22 de septiembre de 2008

El desiderátum de la traducción

Publicado en La mirada, 148 (El Correo de Andalucía, 2/6/98):

Es universalmente reconocido que el arte de la traducción ha de tener no poco trato con esa virtud de Job: la paciencia. Y que sin ella —y con su enemiga, la prisa— se pueden hacer verdaderos desaguisados y entuertos. Acaba de ver la luz el Libro blanco de la traducción en España. Sin querer hacer sombra a ese notable centón de estadísticas y datos, y sin querer ni mucho menos llegar a la radicalidad de los planteamientos de Jonathan Swift en su Humilde propuesta para evitar que los hijos de los pobres sean una carga para sus padres, donde sugería la creación de granjas de engorde y mataderos de niños como primera providencia para solventar el problema de la endémica hambruna irlandesa, creo que es mi deber exponer las siguientes consideraciones sobre el hambre de buenas traducciones que aflige a los lectores, bien entendido que aquéllas —las consideraciones— se aducen como descargo de las acusaciones que de traidor suele recibir el gremio, tantas veces puesto en la picota.
Creo que todo traductor literario, al comenzar su carrera, debería fijarse una amplia nómina de obras sobre las que trabajar, y, sentado este censo del que querría estar orgulloso al acabar sus días, poner manos a la labor, que ha de ser lenta y repetitiva, torneadora y tornadora sobre los propios pasos. Esto tendría una ventaja añadida: las novedades se pondrían en cuarentena (de años, no de días), y nos evitaríamos las innecesarias traslaciones de tantas obras superfluas. Una vez establecido qué novelas o poemas —tantos como permitan la salud y el ímpetu; también, la ambición de cada uno—, el traductor habría de poner en su lengua, y de la mejor manera, eso que en otra se dijo y para siempre. ¡Para siempre! Las más de las ocasiones, los escritores liman y corrigen, pulen, cercenan, talan, clavan cuñas y podan sus creaciones, y lo que dan al editor, ya en caracteres inamovibles, no es más que la ilusión de un texto acabado (que sólo lo es porque su autor, un día, decidió no enmendarle ya más la plana). ¿Por qué habría de ser menos detenida la traducción? ¿Quién que ha traducido versos no convendrá que su traducción no sólo es una de entre las posibles, sino que además siempre cabe mejorar el ritmo o introducir un sinónimo?
El traductor debería contar con todo el tiempo que la obra requiere y muchas veces por educación ésta no pide. Así, en su estudio, como un artista que hoy da una pincelada más a ese lienzo o sigue biselando ese volumen, el traductor debería emplearse a fondo con el buril, y conforme avanzan las legiones de sus horas de esfuerzo por las selvas vírgenes que irán domeñando, pacificando y haciendo suyas, ir dejando puestos en la retaguardia donde un puñado de no menos valientes, pero sí más solitarios y sin duda oscuros afanes, privados de esa gloria que se dispensa en primera línea, vayan perfeccionando lo ganado.
Es una profesión que debería estar mejor pagada, cuando no sujeta al mecenazgo rumboso. Por su parte, editores y público no deberían apremiar a la finalización del empeño, y el traductor, cada vez más cerca del adjetivo justo, del calco del original —imposible—, sólo tendría que ocuparse de mantener en perpetuo y perfecto estado de revista el texto traducido, de forma que siempre la última versión fuera transparente y accesible a sus albaceas. Ello hará posible que al morir, acabada sólo unos años antes de su muerte la traducción de aquellas obras que escogiera en su juventud, y transcurridas sus postrimerías en correcciones, dé al fin a la estampa, porque la vida no quiso ya darle más prórroga, el fruto corregido de su esfuerzo: esa decena de volúmenes netos y precisos, fielmente hermosos o terribles.
Con intereses mercenarios nada de esto podría conseguirse, pues el tiempo o su valor en oro —ése que delimitan las declaraciones de la Renta y los plazos del piso, los años de esas bocas que crecen y hay que alimentar, y lo que resta para llegar a esa exigua pensión de la senectud—, el tiempo, decíamos, esa ficción de los filósofos, es el mantillo del que crecen las buenas versiones.
A diferencia de la obra propia, que con el paso del tiempo el autor va viendo como más extraña —“hoy no habría escrito eso”, “me siento muy ajeno a esa novela mía”, “me causa sonrojo recordar aquel libro”— la del traductor se aproxima cada vez más al modelo y, sin embargo, aunque aquél se identifique mucho con la obra, jamás llegará a ver como propios los defectos de la misma. En el trance de la muerte muchos escritores condenarían al fuego todo o la mayor parte de lo escrito, pues después de las satisfacciones de la carne nada hay que sea más efímero que el goce que un escritor recibe de su reciente obra. El poema que en el momento de finalizado e irse a la cama su creador era genial, a la mañana siguiente no suele ser más que un demudado logro que ha perdido su aroma, como un rostro ante el espejo el día que sigue a la ebriedad.
Los buenos traductores, dispensada ya esa dádiva del tiempo casi ilimitado, serán los que por vocación no es ya que escojan el trabajo de una vida, sino la forma en la que querrán desarrollarlo: qué libros, qué autores, qué destinos afines. No por el dinero que pudiera reportarle tradujo Baudelaire a Poe. No sólo por esas treinta monedas tradujo Judas, primero en actos y luego éstos por medio de otros al griego o al arameo, el texto que en la mente de Dios estaba, informe y eterno, dispuesto para el destino de su Hijo.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Taller de poesía



Este miércoles comienzo a impartir el curso de poesía en la Escuela de Escritores de Sevilla. Creo que aún queda alguna plaza disponible... Si alguien quiere animarse, ya sabe: el número de teléfono está a la izquierda. El enfoque es práctico, empezando por mí mismo, que soy el que más aprendo.

Poemas de Anthony Thwaite (II)

ALFARERO

Cogió una masa de arcilla,
se reclinó sobre su torno,
la arrojó de cierto modo,
y la hizo girar. Podías
sentir sus pulgares biselando
el borde: girando, girando, girando.
Luego la tiró, la apretó, dejó
que la arcilla se hiciera surtidor
que se elevaba, controlado por el aire;
después lo dejó ir, y más tarde
bajo el penacho de arcilla
dio un corte: así lo convertía
en un perfecto y moldeado cuenco.
Otros tres cuencos salieron
de esa columna de arcilla,
consecuciones, finales.
Después tomaron
estas cuatro perfecciones como un libro acabado
y cerraron las páginas sus manos abiertas;
aplastaron arcilla contra arcilla. Con burla
sonreía anulando su arte. Mientras
que sólo la masa informe permanece y dura.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Entrevista en Milenio

Como ya tuve ocasión de anunciar, Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938) ha sido muy bien acogido en México. Hoy el diario Milenio publica una entrevista que me hizo este verano.

Cumha Shomhairle Mic Gill-Eain


Creo que la actualidad nada tiene que ver con el calendario. Recojo aquí una necrológica que pertenece al presente eterno eliotiano:
Ha muerto Somhairle Mac Gill-Eain. Su nombre no le dirá nada a nadie. Para su pueblo, sin embargo, era el poeta, más que ningún otro; el depositario de su tradición y su lengua antigua, de las más antiguas de este viejo Occidente.
Ha muerto Somhairle Mac Gill-Eain, cuyo nombre gaélico ni siquiera en su versión inglesa (Sorley MacLean) suena a nada más allá del territorio de Alba, el hermoso topónimo de Escocia en el idioma vernáculo e íntimo que es de una tribu, del clan.
Ha muerto Somhairle MacGill-Eain. A él pueden aplicarse, palabra por palabra, muchos de los versos que escribió para su hermano Calum y que hora duele traducir: “Aún es hermoso el mundo / aunque no estés en él”.
Con Escocia e Irlanda, España constituía la tríada de sus países amados. La nombra —con el temblor de un amante al hablar de su amada— en una decena de poemas de su escasa obra, y sobre su representación, como sobre la de Eimhir, su amor de juventud, gravita un sentimiento de culpa y amargura. Tenía que sostener a su familia, que dependía económicamente de él, y no pudo venir a España con las Brigadas Internacionales, como le exigía el corazón. Tenía veinticinco años en 1936; las responsabilidades y el remordimiento le echaron años encima y, como su malograda relación con Eimhir, España le dolió hasta la muerte.
Aquí, como en otras partes de Europa, el conocimiento de la poesía de su patria se limitó al fenómeno del osianismo, que, si no las cuitas de Werther, aquí inspiró a Vicente Risco y a Pondal en Galicia, y no sólo a ellos; también el meridional Bécquer se hizo eco de las recreaciones de Macpherson. Pero esta munificencia del romanticismo tardío no era sino la capa más epidérmica y exportable de la rica poesía gaélica, esa fuente de aves canoras, de la que él bebe y se aparta, trascendiéndola, como el autor del Romancero gitano hace con el flamenco.
Cuando Catriona Zoltowska y yo le escribimos hace una década para decirle que queríamos verterlo al español, el hombre nos respondió con una emocionada carta contra la que el tiempo hoy conspira, para hacer de ella, fríamente, el espécimen manuscrito de una lengua ya muerta. Entrevistado hoy por la BBC, sólo he sabido hilvanar unas cuantas torpezas de las que salvaría la expresión de su admiración y afinidad a ciertas facetas de Lorca, con su maridaje de lo popular y lo culto, lo local y lo universal; también el reconocimiento de una deuda de ejemplo moral y magisterio bárdico.
Recuerdo los acantilados de su isla contra el mar de Irlanda, y un aire de gaita, elegíaco, que se hace paso entre el crespón negro de las nubes bajas.
Ha muerto un gran poeta. Éste es un indigno tributo pero sí un sincero lamento, un lamento por Sorley MacLean, cumha Shomairle MhicGill-Eain.
(Sorley Maclean murió el 24 de noviembre de 1996)

viernes, 19 de septiembre de 2008

Poemas de Anthony Thwaite (I)


Anthony Thwaite (Chester, 1930) es un destacado poeta inglés, autor de una extensa obra. Hace años traduje estos poemas suyos para una lectura que dio en el Paraninfo de la Universidad de Sevilla. Recupero ahora esos textos:


LECCIÓN

En los grandes corrales, donde cerdos, vacas y ovejas
se agolpan hacia el firme punzón que martillea
dejando sin sentido de un golpe a los cuerpos,
algunos viejos animales son amaestrados para guiar a los otros
y, donde ellos van, van mansamente los jóvenes .

Semana tras semana estos veteranos muestran el camino;
después, dando la vuelta a tiempo, también ellos son guiados
de nuevo a los rediles donde los novatos aguardan.
Los jóvenes deben empollarlo todo en un día,
pero los viejos que guían siguen viviendo y educan.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Desde fuera


Esto de los blogs tiene sus recompensas, que no todo es dejarse las pestañas en el ordenador. Una de ellas es entrar en contacto con personas que uno admira, a las que leía de antiguo en ese otro formato, el papel, y con los que un día cruza un comentario, y otro empieza a visitar su página a menudo, y ya se hace vecino, colindante, aunque diste de él, físicamente, un buen puñado de kilómetros. Por eso se disgusta uno, como amigo novicio, cuando se entera de noticias adversas, de mezquindades de las que pueda ser víctima un compañero de bitácoras y enlaces. Y se lamenta de que en algunos blogs, como éste del que hoy me ocupo, no haya posibilidad de dejar comentarios, para dejar un abrazo. Pero si no en su casa, lo dejaré en la mía.

Álvaro Valverde, gran poeta, estrena libro y libertad. De Tusquets ha salido hace unas semanas su más reciente poemario, Desde fuera. Y desde fuera ve Valverde ahora el mundo de la edición institucional, pues desde hace unos días ya no dirige la Editora Regional de Extremadura, en la que ha dejado tan buenos frutos. Cesado de mala manera, cualquiera diría que trabajaba para ese gran grupo editorial de Barcelona, maestro en esas puñaladas. Pero no entraré en las miserias de plutócratas o políticos: la buena noticia es el poemario. Extenso, variado, siempre de gran altura, como del poeta que lo ha escrito, no defrauda. Para la creciente cofradía de amigos en Cirlot, en que milito, un hermoso homenaje al poeta barcelonés: "El señor de la guerra". Os recomiendo su lectura. Como aperitivo, copio aquí el poema que da título al libro:
DESDE FUERA
Vivir es deslizarse, repetiste,
captar nuestra existencia de soslayo
o verla desde lejos, en lo alto,
con la perplejidad del que contempla.
Los que te conocieron aseguran
que tu viviste así, que no hubo nada
ni nadie que pudiera desviarte
ni un ápice siquiera de ese trazo
que le diste por fin a tu camino.
Esa senda emboscada conducía
a una casa perdida entre los páramos.
Sobre aquel pedregal erosionado,
bajo la ardiente luz de los veranos,
una sombra precisa dibujaba
el estupor final de tu extravío.
En ese santuario estableciste
una visión del mundo peligrosa.
Rogabas a los dioses con frecuencia
que no nos castigaran con desgracias
(capaces en su ardor de destruirnos)
sin antes enseñarnos lo importante:
la frágil transparencia de la vida.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Sibila, 27

Acaba de publicarse el número 27 de la excelente revista Sibila. Como siempre, es motivo de felicitación, por la calidad y lo variado de los contenidos. Junto a excelentes poetas españoles, como Eduardo Jordá o Francisco José Cruz, muchos de los mejores de nuestro idioma al otro lado del Atlántico, como Humberto Ak'Abal, Rafael Courtoisie o Gonzalo Rojas, y algunos, también, de las dos orillas, como el hispanomexicano Tomás Segovia o el hispanocolombiano Eduardo Cote Baraibar. En la prosa destacaría el artículo de Margo Glantz "Sergio Pitol cumple 75 años". Y no olvidaré mencionar, en el capítulo de la música, el "Retrato" de José Luis Turina, que viene con partitura y CD y todo.

martes, 16 de septiembre de 2008

Dos tocayos


Siempre supe que al marido de una tía abuela mía, maestro de la República, lo habían asesinado los “nacionales” en Fuente del Maestre (Badajoz) durante los primeros días de la guerra civil. Mi tía Guada estaba embarazada y poco después dio a luz una hija póstuma de Antonio Luján Núñez. La cría murió al año, y mi tía, que nunca se repuso del doble golpe, llevó uno de esos lutos perennes que no llegó a suavizar su innato buen carácter.
Y sólo hace dos años, porque de eso no se habló nunca en mi casa, me enteré de que por la otra parte de su familia mi padre también había perdido a un tío, Antonio María Rivero Sanz, asesinado por los “rojos” en Guadalcanal (Sevilla) igualmente durante los primeros días de la guerra. Su delito, tener posición acomodada y, quizá, ser gordo; como el otro tío, dicen, era de izquierdas y bizco.
Ambos Antonios murieron en el peor de los frentes de aquella guerra: la retaguardia. Uno sería de derechas; socialista, el otro. Pero no creo que el primero muriera “por Dios y por España”, como no creo que el segundo lo hiciera por la dictadura del proletariado.
¿Cuántos Antonios hay en los cementerios y las cunetas de España? ¿De cuántos de ellos confluye en nosotros -hijos, nietos, biznietos- la sangre o ese otro parentesco que llamamos “político”?
Si un español quiere hoy encontrar y honrar los restos de sus antepasados asesinados, mi apoyo y mi respeto. Las víctimas, por serlo, casi nunca tuvieron parte en las matanzas y los desafueros.

lunes, 15 de septiembre de 2008

La vibración del hielo



Jordi Doce, poeta, estudioso, traductor, y diarista... Hace poco recibía un ejemplar de su último título, La vibración del hielo (Diario 1998), publicado en Littera Narrativa.

¿Cómo no va a interesarme un libro que se desarrolla en Oxford, que narra la visita a la casa en que Cernuda pasó sus veranos ingleses, en el que aparecen pubs, al que se asoma Tolkien? ¿Y cómo entonces no recomendarlo? En este sentido, es perfecto complemento, en su anglofilia, de su anterior Curvas de nivel (Artemisa), aunque también aparezcan otros escenarios: Gijón, Córdoba... Precisamente allí, en Cosmopoética, lo vimos la pasada primavera.

"Se lleva un diario o un cuaderno de notas por muchas razones. En mi caso, poco me importa anotar lo vivido. Yo anoto más bien para ampliarlo", escribe Doce en una de sus estradas. Me permitiré una paráfrasis: "Se lee un diario o un cuaderno de notas por muchas razones. En mi caso, poco me importa hallar lo que otro haya vivido. Yo leo más bien para ampliar mi vida". Y Jordi Doce, como tantos escritores con los que uno tiene sintonía, la acrece, la amplía, la ensancha.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Actualidad de Eliot


La revista Renacimiento dedica su último número doble a T. S. Eliot. Con este motivo, recupero aquí un artículo que publiqué en la no menos estupenda revista Clarín, (número 11, 1997):




Puesto que la realidad física de Thomas Stearns Eliot está acotada y permanece inalterable bajo el fijador del cabello y la rigidez del compás con que han sido trazados los ángulos de su rostro; y ya que no se puede ir más allá de la certera —casi cetrera— definición que de él ha dado Juan Luis Panero (“cara de pájaro sobre un alto y desgarbado cuerpo de espantapájaros”), más provechoso parece entonces centrarse en su obra, de tan alto vuelo, y abandonar los ya lugares comunes de su estampa.
Dejando el campo de lo ornitológico (no hace mucho Felipe Benítez Reyes se ocupó de recordar que Robert Craft lo había identificado con un “pájaro hitita de cerámica”, y Richards con un “pájaro oscuro” que picoteara el comedero que se le figuraba su mesa de trabajo), hay que dar fe, porque el terreno de la especulación constituye servidumbre de paso hacia el entendimiento pero también al desvarío, de que hay quienes no cejan en buscarle tres pies al gato del autor del Old Possum’s Book of Practical Cats.
Ahora mismo se deben de estar redactando no menos de una docena de tesis o estudios sobre Eliot a la luz o sombra de la reciente publicación de su volumen de poemas inéditos Inventions of the March Hare, que datan del período 1909-1917. Si se editan, esas monografías se alistarán a la ya numerosa guerrilla bibliográfica que mina y zapa, sabotea y dinamita la obra de Eliot; una guerrilla alzada contra los aspectos más reaccionarios del poeta, a veces hasta quererlo hacer triunviro, con Yeats y Pound, de cierto “fascismo” literario anglosajón. A lo ya conocido sobre el poeta —su adscripción monárquica y anglicana, su conservadurismo político, que no formal ni temático— se añade ahora esta colección de poemas juveniles y alocados (Invenciones de la liebre de marzo), con sus salidas de tono y su precursora political incorrectness.
El nuevo volumen de viejos versos que dormían en un manuscrito cedido a su benefactor John Quinn no ha venido solo: lo han precedido un celuloide polémico (Tom y Viv) y unos artículos en el Times Literary Supplement en los que se acusa a Eliot de plagiador. De la película —un producto industrial culto, refinado y popularizador a un tiempo, feminista, cuya tesis es el apocamiento e inseguridad del poeta ante su genialoide primera esposa, encarnada por Miranda Richardson— no haremos propaganda (todavía se alquila en algunos videoclubs). De los artículos, de sus insidias, cómo no destacar la candidez.
A estas alturas, la de plagio es una acusación que hay que hacer siempre con tiento, pues fácilmente se puede volver contra quien la hace, demostrar su ingenuidad: quienes han creado, y sólo ellos, saben hasta qué punto es posible llegar a resultados aparentemente parecidos a los de otros sin haber por ello influencia ni emulación. ¿Quién puede negar que hay coincidencias que proceden más de las aguas subterráneas de las afinidades, del entorno, la época o, por qué no, el azar? Y además, ¿qué descubrimiento es ése? El propio Eliot dijo en un ensayo: “Una de las pruebas más fiables es ver el modo en el que un poeta toma prestado. Los poetas inmaduros imitan; los maduros, roban; los malos poetas desfiguran lo que cogen, y los buenos poetas lo convierten en algo mejor, o al menos en algo diferente” Denuncias, chivatazos, inculpaciones... Cosas del mundillo de las letras: el TLS contra T. S. Eliot.
La primera andanada: a las reconocidas fuentes de muchos pasajes de La Tierra Baldía (Baudelaire, Dante, Webster, Ovidio, Spenser, Marvell, Goldsmith, Kyd, las upanishads) ha venido a añadirse un chocante paralelismo con Charlotte Mew, una poetisa —se nos dice— admirada por Thomas Hardy, Virginia Woolf y Ezra Pound. De su primer libro, The Farmer’s Bride (1916), Eliot parece haber extraído material en bruto, pulimentado a su manera en las secciones “El entierro de los muertos” y “Una partida de ajedrez”. Entre los versos que tendrían su origen en la señora o señorita Mew está la que tal vez sea la más rotunda línea eliotiana: “Abril es el mes más cruel” (un verso, que por ser el primero de The Waste Land es citado incluso por quienes ni siquiera han leído íntegramente el poema: un “ábrete, Sésamo” pronunciado por los ladrones de una cueva repleta de tesoros en la que no han querido adentrarse). También en el poema de Mew aparece el “puñado de polvo” que, parece, recogió Eliot.
Tres años antes, otro artículo de la mencionada revista de libros había hallado un poema de otro autor tan “conocido” como Madison Cawein que parece estar en la génesis de La tierra baldía, ese fruto del pecado que es la promiscuidad literaria, con sus citas y lo que viene después de las citas, cuando una cosa lleva a la otra. ¿No es casualidad? El de Cawein, publicado en la revista Poetry de Chicago en 1913 se titula “Waste Land”; como el poema de Eliot, aunque sin artículo.
Robert Ian Scott, el autor de ese otro artículo (el que destapó la caja de los truenos en el TLS) alude a unas cuantas razones verosímiles por las cuales Eliot hubo de haber leído el poema de Cawein. También pormenoriza un catálogo de las naves o coincidencias capaces de echar a pique la reputación eliotiana. ¿Y bien? Uno lee ambos poemas y saca sus propias conclusiones: la primera, que Cawein, que tiene apellido vagamente camelotiano, por la misma regla de tres debería ser acusado de plagio de Sir Thomas Malory y su Le Morte d’Arthur, por citar sólo un ejemplo: el tema del erial, el baldío, la gasta floresta, se remonta —demos grandes zancadas, para abreviar— a Tennyson, a la literatura artúrica del XV, a Chrétien de Troyes, y se hunde en el sustrato céltico del que nacen todos estos mitos y leyendas. De otra parte, su poema, tan rico en plagas vegetales y animales, no deja de tener un paisaje rural que poco tiene que ver con el escenario urbano de La tierra baldía que conocemos (la de Eliot de 1922), y que aún tiene menos que ver con la primera redacción que permaneció inédita hasta que Valerie Eliot la publicó en 1971 con el subtítulo de “Facsímil y transcripción de los borradores originales, con inclusión de las anotaciones de Ezra Pound”. ¿Ratas y grillos? ¿Malas hierbas? ¿Y qué esperar, si no, de dos yermos, dos solares abandonados? ¿O es que el señor Cawein tenía la escritura de propiedad de ese terruño infesto, parábola del mundo contemporáneo? Lo que hiciera o dejara de hacer Eliot con su poema tal vez tenga mucho que ver con una expropiación en toda regla, la enajenación de un terreno mal aprovechado, una forma peculiar de reforma agraria. ¡Oh, él, tan conservador en la política, tan buen malversador de malos versos!
Por último, y entrando en la materia reciente de las Invenciones de la liebre de marzo, dos son las principales jeremiadas con las que la sociedad literaria ha lamentado el proceder de Eliot: su propensión al poema obsceno y sus apuntes de racismo, a veces disoluto, pues que ambas perversiones se unen en algún poema.
Christopher Ricks, el editor de estos textos que el mismo Eliot consideraba primerizos y no quiso publicar más tarde, tiene la amabilidad algo prolija y vana de explicarnos los mil y un detalles de la colección. Así, la “liebre de marzo”, el alias que el autor de estas invenciones se da a sí mismo, es de la estirpe del absurdo del Lewis Carroll de Alicia y A través del espejo, y se nos recuerda que ya en 1958 Elizabeth Sewell escribió de Carroll y Eliot como poetas del nonsense (algo que respecto a nuestro poeta intuye cualquier estudiante que se enfrenta por primera vez a La tierra baldía).
Esta liebre alocada y en celo tiene un aire muy de época, y en su dicción por lo general artificiosa se atreve a escribir en la lengua de Laforgue y Corbière (esto se verá en los cuatro poemas de la misma época recogidos en los Poems de 1920). Pero es en la segunda parte del volumen donde pierde los papeles y se demora en obscenidades y sátiras que desde luego no están entre lo más selecto de su producción: “The Triumph of Bullshit”, “Ballade pour la grosse Lulu”, unos facilones fragmentos priapísticos y el largo texto sobre Colón y el negro rey Bolo de su invención; pedos, fornicaciones, prostitutas y sífilis son los ingredientes de este último poema, tal vez provocador en su momento (Wyndham Lewis lo rechazó para su publicación en la revista Blast) pero que hoy puede ser visto como lo que es: la quincalla al menor de un gran poeta que aún estaba por hacerse, su sal gruesa, ejercicios de estilo juvenil.
Otro motivo de actualidad, esta vez inminente, es que pronto aparecerá en español la traducción de la primera y más amplia redacción de The Waste Land, que no se trata simplemente de un poema más farragoso por extenso, que es la idea que sobre él ha corrido hasta ahora, sino de un poema radicalmente distinto. Ojeándolo, uno comprende por qué Pound aconsejó la supresión de partes de “El sermón de fuego” que son, en contenido y forma, tan parecidas a otras de su Hugh Selwyn Mauberley:

Una anzuelo para captar la atención de Lady Jane,
una modulación para el teatro,
también en caso de revolución,
una posible amistad consoladora.
(Pound)

¡Luini en porcelana!
El gran piano
pronuncia una profana
protesta con una clara soprano.

La lustrosa cabeza emerge
del vestido de áureo amarillo,
como Anadiómena en las primeras
páginas de Reinach.


(Pound)


Fresca había nacido en el mar jabonoso
de Symons-Walter Pater-Vernon Lee, juntos todos.
Y como consecuencia, la Venus Anadiómena
desembarcó buscando variedad en la costa.

La guió Lady Katzegg con su gran experiencia,
conoció las riquezas y costumbres de tierra;
por la fama y belleza de los teatros llenos
pasó siendo el prodigio de nuestro pobre tiempo;


(Eliot)

El mismo entorno de alusiones prerrafaelistas y victorianas (con la alusión en ambos a la prostituta Jenny, protagonista de un poema de Dante Gabriel Rossetti), el uso de la ironía y la puesta en tela de juicio de la idea oficial del arte, hermana estos pasajes de los dos americanos en Londres. Aquí parece oportuno recordar que Pound se jactaba de que su Mauberley era, resumida, una novela de Henry James. Otra, Los papeles de Aspern, ilustra y puede servir de contrapunto moral al asunto de la recuperación de polvorientos manuscritos de las glorias literarias, como éstos de Eliot, en los que no solamente hay notas poundianas; en sus poemas hasta ahora inéditos, en las partes no divulgadas de La tierra baldía, hallamos ecos e imitaciones del propio Eliot, incluso de la obra que llegaría a escribir. No de otro modo, en su veta más cáustica nos recuerdan —preludian— a dos grandes poetas sucesivos: W. H Auden y Philip Larkin. Un empleo parecido de la rima, que ya estaba en ese particular Pound de 1920, una mirada distanciada y vitriólica (un poco de Diablo Cojuelo sobe los techos de Londres o Hull) los acercan efectivamente a composiciones como “Miss Gee” de Otro tiempo o a algunas miserias de Ventanas altas. Para los amigos de las coincidencias se puede añadir que Larkin nació en 1922, con The Waste Land, y que el libro de Auden The Age of Anxiety: a Baroque Eclogue, título que bien podría ser subtítulo o glosa del de Eliot, es un poema extenso que comienza en un bar por la noche y acaba en las calles que empieza a iluminar el amanecer, unos ambientes que están, más que en la versión difundida en todo el mundo y aquí traducida por José María Valverde, en las páginas escamoteadas del manuscrito: ésas que precisamente verán ahora la luz.
Pero hablábamos de Eliot. La aparición de estos poemas suyos nos recuerda un episodio embarazoso y a menudo repetido. Tras la muerte de alguien, al abrirse su testamento, aparece en escena una realidad que a menudo ni sus más allegados conocían (o tal vez preferían ignorar): amantes, hijos ilegítimos, deslices de juventud. Publicar estos poemas, que a partir de cierta fecha carecieron de voluntad de pasar a la imprenta, nos lleva al eterno dilema de si publicar o no los inéditos de los grandes escritores (que los de los menores permanecen sin ver la luz y nadie se preocupa de ellos). Ya surgió la polémica con la incómoda correspondencia de Larkin, alumbradora de una personalidad compleja, también con rasgos de racismo y misoginia. En descargo de la edición de Faber hay que conceder que se trata de un tomo para especialistas y estudiosos, pero también, si éste lo quiere, para el público general de la poesía, que siempre hará mejor en conocer los yerros o balbuceos de un Eliot o un Rilke que los menos malos versos de un mal poeta. Y sin embargo, la arqueología literaria a veces trae sorpresas: también se han publicado ahora unos poemas juveniles de Neruda que, correctos y con fogonazos, no son mejores que el también recientemente exhumado soneto en alejandrinos —el metro del Cuaderno de Temuco— de José Antonio Primo de Rivera. Uno fue creciéndose y llegó a ser el memorable autor de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada y Residencia en la tierra para luego caer y recaer en una doctrina, esa forma de toxina que puede corromper una literatura. El otro disolvió el azucarillo de ese primer poema en el amargo cáliz de la más prosaica política, y lo que de más estético había en su estilo pronto se convertiría en la retórica vacía de sus seguidores. Mencionábamos a James: a diferencia del taimado protagonista de esa caza y cerco de las cartas de Aspern, nosotros no podemos sino sentir una mezcolanza de ingenua curiosidad y rubor al enfrentarnos a los inéditos. Por otra parte, no siempre es cierto, como el romanticismo de John Keats quería, que las melodías no oídas sean más dulces que las ya oídas.
Tienen estos antiguos textos de Eliot el carácter de naipes nuevos introducidos en una ya sobada baraja. Al lector lo atraen más por su novedad y brillo —tal vez el de los abalorios o las baratijas— que por su valor. Hay alguna sota de diamantes o de picas (vulgares bastos cuando escribe de los Reyes Católicos), pero abundan los cincos, los treses, los doses. Los ases brillan por su ausencia, y apenas hay nada que nos recuerde a ese póker que son los Cuatro Cuartetos o a la escalera de La tierra baldía. Si no triunfos o naipes de más prosapia, son pruebas de muchos solitarios. Entre la música de cabaret que parece arropar a algunas de estas letras o poemas, imaginamos a Thomas Stearns Eliot, tahúr de Saint Louis, Missouri, guardándose estas míseras cartas en la manga, pobre envite sobre la mesa de juego de uno de esos vapores del Sur que con las inmensas palas de su rueda —la de la Fortuna, también la del Tiempo— gira hoy y certifica que no está de racha.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Byron en Sevilla



Lord Byron siempre ha suscitado más interés por su biografía que por su obra. Mi amigo Fernando Iwasaki publica hoy en ABC de Sevilla, en su colección de estampas de "Apócrifos sevillanos", un artículo sobre el autor de Don Juan titulado "Lord Byron entre todas las mujeres". Lo recomiendo. Aprovecho para felicitar a Fernando, que ha obtenido esta semana el Premio Algaba por su libro Cuando dejamos se ser realistas, 200 años de pendencias y dependencias entre España y América Latina, de próxima aparición en la editorial EDAF.

viernes, 12 de septiembre de 2008

La naturaleza en la poesía celta




Se puede asegurar, con toda la certeza de quien aún tiene curiosidad y está dispuesto a hallar maravillas desconocidas que lo desmientan, que ninguna literatura entre las vernáculas europeas ha alcanzado jamás a la de los pueblos celtas en su visión y expresión de la naturaleza. Conviene hacer hincapié en este binomio, visión y expresión, porque la segunda sólo es posible, y viene condicionada, por la primera. Como se ha señalado numerosas veces, un rasgo característico de la literatura celta es su desarrollado sentido del color (Borges se hizo eco de ello en sus clases de literatura inglesa): mientras que en otras literaturas clásicas o medievales encontramos adjetivos que significan “brillante”, “reluciente”, “fúlgido”, “pálido”, “blanco”, “pardo”, “oscuro”, “sombrío”, “gris”, “negro” (los adjetivos de alguien que no distingue el color) en las literaturas celtas primitivas hay un uso constante de palabras para diferentes colores, a menudo variedades del mismo: “rojo”, “granate”, “encarnado”, “carmesí”, “púrpura”, “celeste”, “azul”, “verde”, etcétera. Es la misma policromía que tiñe los manuscritos iluminados, como el Libro de Durrow o el de Kells, un cromatismo que existe en la naturaleza y que los celtas se niegan a dejar fuera de su arte.
Ya en el aspecto más simple de la lengua, el nombre de las letras que componen el alfabeto, los irlandeses llamaron a cada una según el nombre de un árbol que comenzara por dicha letra. Así, el alfabeto era ailm (olmo), beith (abedul), coll (avellano), etc. La importancia que los árboles tenían para los celtas queda de manifiesto en multitud de antiguos poemas que tratan de ellos, como es el caso de la Câd Goddeu (Batalla de los árboles) galesa, de la que se ocupó ampliamente Robert Graves en su obra La diosa blanca, o en el sentimiento del bosque como un lugar sagrado y lleno de revelaciones, en donde solían erigirse santuarios y se practicaba el culto del roble, el árbol celta por antonomasia (aunque en Bretaña haya sido desplazado por el manzano). Precisamente, el roble aparece como raíz —qué apropiado para un árbol— de la que surge la palabra druida (druí en antiguo irlandés y derwydd en galés), que literalmente significaría “conocedor del roble”. Un poeta irlandés del siglo XII, cuyo nombre no nos ha llegado, se dirige a él con estas palabras: “Roble tupido, frondoso, eres alto entre los árboles”.
Aquí y allá aparece en la poesía celta el tema del hombre que se marcha a vivir a los bosques despreciando los lujos —pocos para la época— del mundo. Sin embargo no hay idealización: se nos muestra lo duro de esa existencia y la indefensión ante las inclemencias del tiempo. Así sucede con Suibhne, príncipe norirlandés del siglo VII que ha inspirado numerosos poemas (el verso citado arriba pertenece a uno de ellos), o con el propio Merlín según algunas fuentes (como la deliciosa Vita Merlini de Godofredo de Monmouth, basada en los textos galeses sobre Myrddyn). Volviendo a los inevitables robles, hay que decir que según otra tradición el famoso mago terminó sus días encerrado en la corteza de uno de ellos.
Pero este gusto por los árboles no queda limitado al ámbito precristiano en que habría que ver a Suibhne y Merlín; también está presente en toda una serie de composiciones irlandesas en las que eremitas y monjes retirados a la paz de la naturaleza describen su vida sencilla. Júzguese la lozana hermosura de estos versos escritos hacia el siglo X:

Tengo una choza en un bosque,
nadie la conoce sino mi Señor;
un fresno aquí, allá un avellano,
un gran árbol en un montículo la cierran.

Dos jambas de brezo la sostienen
y un dintel de madreselva.
En torno de su cerca, el bosque
echa bellotas a rollizos cerdos.

De esta época anterior al año mil es también una serie de poemas que tienen como protagonista el paso de las estaciones y la mudanza que esto trae no sólo al paisaje, sino igualmente a los seres que lo habitan. Son vivas estampas que bien ejemplifican lo que había dicho Kuno Meyer, insigne precursor de la filología celta: “en ninguno de ellos encontramos una descripción elaborada y continuada de una escena o un paisaje, sino más bien una sucesión de pinceladas e imágenes que el poeta, como un impresionista, nos presenta con ligeros y hábiles trazos”. Un poema típico es éste del siglo IX, que no me resisto a traducir entero:

Os traigo una noticia:
brama el ciervo;
echa nieve el invierno;
se ha ido el verano.

Viento alto y frío;
muy bajo el sol;
breve su carrera;
veloz corre el mar.

Granate el helecho;
perdida su forma;
el grito del ánsar
se hace frecuente.

El frío ha apresado
las alas de las aves;
tiempo de hielo;
ésta es mi noticia.

Muy probablemente, Ezra Pound desconocía este poema; pero bien que le serviría para reafirmar su idea de que literatura es aquella noticia que permanece siendo noticia (literature is news which stays news). ¿Quién negará a esta noticia imperecedera el rango de literatura de la más alta calidad?
Meyer ya había comparado este tipo de poesía con la japonesa, en la que lo sugerido es muchas veces más importante que lo dicho; así resulta que, paradójicamente, el más occidental de los países europeos, Irlanda, posee una sensibilidad afín a la oriental. Mención especial merecen los poemas breves o epigramáticos, como son las notas marginales que los escribas irlandeses dejaron en algunos de sus manuscritos, o la estrofa galesa llamada englyn, que consta de sólo tres versos, como un haiku, y aunque son muchas las diferencias que tiene con él, también es no poca la similitud. Esto puede apreciarse por ejemplo en uno de los englynion atribuidos a Llywarch Hen (siglo IX):

Esta hoja, el viento la lleva.
¡Ay de su suerte!
Es vieja y nació este año.

Así aislado, el poemita es hermoso e intenso, pero sólo cobra su total significación entre los otros de una larga tirada en que el poeta se lamenta de su vejez; como hombre percibe en su propia carne la rapidez inexorable de la decadencia, y como poeta, la ley de la analogía, elemento indispensable del lenguaje poético.
Un nuevo tratamiento de la naturaleza se da con el más grande poeta que haya dado el País de Gales: Dafydd ap Gwilym (c. 1325-1380). Aquí el bosque es visto con los ojos de un Don Juan céltico: es el gozoso escenario que invita al amor, el lugar donde se cita a las muchachas, donde la exuberancia de la primavera despierta a la de los cuerpos. En un poema memorable, Dafydd se lamenta de que una tormenta de nieve le impide acudir a su cita amorosa, y describe la tristeza de los campos entreverada con el propio infortunio.
Nada tiene que ver lo que los celtas medievales describen de la naturaleza con lo que en el resto de Europa se llamó “vuelta a la naturaleza”, el Renacimiento, con sus paisajes bellamente estereotipados que no logran escapar a la convención. Es cierto sin embargo que la frescura innata de los poemas celtas no siempre se ha mantenido con el mismo grado de pureza, y se puede observar una sedimentación que convierte en tradición literaria lo que en un principio era espontaneidad. Pero esto es sólo aplicable a los epígonos: no han faltado poetas de talento que tras la riquísima etapa medieval hayan vertido nueva savia en el árbol centenario. Así, en tiempos más próximos, la poesía de la naturaleza ha seguido floreciendo en las distintas lenguas: poetas como los galeses Iolo Morgannwg y Thomas Telynog Evans o los escoceses Alasdair Mac Mhaighistir Alasdair y Duncan Bàn Macintyre son buena prueba de ello. Macintyre, un guardabosques que no sabía leer, compuso algunas de las más vívidas descripciones que de la naturaleza se hayan hecho en lengua gaélica. Por ellas desfilan el ciervo y las aves, los árboles y los arbustos, desde la perspectiva única de quien pasa su vida como uno más entre ellos. Y siempre con su habilidad para sorprender mediante metáforas como ésta, “los brillantes arroyos con sus melenas de trenzas azules”, que aparece en uno de sus más conocidos poemas.
Especialmente en la poesía gaélica es frecuente la identificación del ser amado con un árbol, atribuyendo a aquél las virtudes de éste. El contemporáneo Sorley MacLean lo hace cuando escribe: “ella es un abedul, es un almendro, un recto y esbelto serbal joven”, en un poema que abunda en este tipo de prosopopeya a la inversa, esta, llamémosla así, arborización de las personas. En otro poema, “Bosques de Raasay”, el poeta se sirve de imágenes proporcionadas por la naturaleza salvaje de esa isla escocesa para ir más allá y elaborar una larga meditación sobre el conocimiento. En una feliz simbiosis de elementos nuevos y antiguos, la poesía de la naturaleza sigue aún hoy viva en Escocia y en los otros países celtas porque ha demostrado ser parte sustancial —connatural, diríamos— de sus literaturas.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Bajo el Ben Bulben

Unos amigos que han estado este verano en Irlanda han colgado en su blog mi poema sobre la tumba de Yeats, que hasta donde mi memoria alcanza permanecía inédito. Curiosamente, me dieron noticias de su visita a Drumcliff justo en el momento que tenía abierta sobre mi mesa la poesía reunida del gran bardo irlandés. He vuelto a leer sus "Meditaciones en tiempos de guerra civil", y en los próximos días publicaré aquí mi traducción de alguna de sus siete partes, a cuál mejor. Creo que me decantaré por "El nido del estornino junto a mi ventana", pero ya veremos.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

2666

No, no es ésta una glosa de la novela póstuma del autor afincado en Blanes. Pero, sí, rimando con él, el año en que calculo dejarán de aparecer mis posts en este blog, gracias a la herramienta de programar entradas. Veo que tengo material suficiente para llegar hasta esa fecha, a razón de una entrada diaria, con independencia de lo que pueda ir pergeñando entre tanto (adivino que me haré personaje de una novela de Asimov o Bradbury, allá por los albores del cuarto milenio de nuestra era.) Entre los textos que tengo listos para publicar, este botón de muestra de un amplio catálogo:

- una traducción en hexámetros del Mahabharata al galés, con aparato crítico en córnico y gaélico de la isla de Man.
- un tratado titulado Técnicas de combate submarino en el Cabo de Java, con el apéndice de un periscopio.
- una historia del libro en veinticuatro tomos (evidentemente, por razones de espacio, sólo el índice).

Si alguien duda que llegue a coronar la empresa, le reto a que esté atento y persista en la lectura. Veremos si llego a esa fecha. Nos vemos en 2666.

martes, 9 de septiembre de 2008

La flor de Californía

Hace unos días, en los Estados Unidos, tuve que padecer los teclados de ordenador sin acentos ni eñes, y el estropicio quedó en algunos mensajes de correo electrónico e incluso en una entrada del blog . Era exasperante. Ahora, aquí mi venganza: en vez de escribir California, reproducir Californía, así con tilde, como José María Hinojosa, uno de los pioneros del surrealismo poético español.

lunes, 8 de septiembre de 2008

En la Biblioteca del Congreso









En su estupendo blog, Fernando Valls ha ido mostrando imágenes de las más bellas bibliotecas del mundo. Hacía tiempo que no añadía ninguna, y para paliar ese silencio de píxeles esta semana nos regalaba un curioso ejemplar alemán. Estas fotos las tomé recientemente en Washington en la imponente Biblioteca del Congreso, que, me entero por su catálogo, acaba de comprar un ejemplar de la biografía de Cernuda. Lo curioso es que tienen también casi todos mis otros títulos, cosa de la que -no hay que extrañarse- no puede alardear la pública de Sevilla. ¿Pero qué son cinco o seis títulos entre millones y millones de volúmenes?

domingo, 7 de septiembre de 2008

Recuerdo de Islandia

Este verano, una cadena de periódicos andaluces me pidió unas palabras sobre un viaje inolvidable, y éstas son las líneas que envié y que se publicaron ligeramente extractadas:

Fue en el verano de 2006 cuando, tras mucho acariciar la idea, por fin viajé a Islandia. El viaje comenzó con muy mal pie, pues la misma mañana que lo emprendíamos se frustró en Londres el famoso atentado con líquidos explosivos que ha cambiado la forma de llevar el equipaje de mano en los aviones y llenó de bolsitas transparentes y recelo las terminales de medio mundo. Nuestro vuelo, vía Heathrow, se canceló, y tuvimos que acortar nuestra estancia en la Última Thule, y aun así, por Odín y todos los dioses del Walhalla, juro que ésta fue inolvidable. Nuestro vértigo se asomó a cráteres imposibles, los brazos quedaron doloridos de agarrarse a la borda de un barco en el que avistamos ballenas, las suelas se empolvaron de ceniza de lava, el pelo se cubrió de gotas en suspensión de cataratas rugientes, ante ellas mi acompañante lució la más bella diadema –el arcoiris, que siempre me recuerda al dios Heimdall- y las manos se sintieron por una vez fuertes, poderosas, sosteniendo las rocas más aleves, de piedra pómez volcánica. Los islandeses son un pueblo muy hospitalario, y una visita que sin duda repetiré es la de la Laguna Azul, en cuyas aguas termales, junto al silicio y bajo la luz que no declinaba, flotó la dicha de estar en Islandia como en un poema de Borges. Aquellos días pasaron con la velocidad que trazó en su correr un zorro ártico que vimos junto aun glaciar. La víspera de nuestro regreso, una bandada de cisnes salvajes graznó sobre nuestras cabezas canciones migratorias.

sábado, 6 de septiembre de 2008

A una mofeta vista en Martha's Vineyard

Saliste del recuerdo –los dibujos
del niño ante la tele en b/n-
y de detrás del cubo de basura,
inmenso take-away para tu cena.
Eras como ese mar nocturno y lábil
-la estela tras la popa- que nos trajo.
Negra y con el blanco de tu cola,
eras como la carretera de la noche.
Curvada, arrinconada en un portal,
nos llamabas intrusos: en tu isla,
así como en tu hambre y tu pitanza.
Mas, ¿quién usurpa a quién el territorio?
Ninguno de nosotros pertenece
a este pueblo de ricos y de excesos.

Escabúllete: mañana nos iremos,
y tú te quedarás, sola y gozosa,
señora de la isla y sus despojos.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Otras casas de Cernuda (y IV)




El último curso que Cernuda dio clases en los Estados Unidos fue el 1962-63. Luego ya no quiso regresar, y el fin es conocido, cumpliéndose el 5 de noviembre de 1963 el destino presagiado en el título de Con las horas contadas.
Aquel año lo pasó en uno de los municipios del gran Los Ángeles: Santa Mónica, frente al Océano Pacífico, a doscientos metros de donde acaba la famosa ruta 66 que atraviesa el país y que, como los ríos que van a dar en la mar, muere en este punto extremo de la geografía americana. El clima es mucho mejor que el de San Francisco, donde había pasado el año anterior, y disfrutar de la playa fue gran cosa para Cernuda, algo con lo que compensar el no entenderse con sus compañeros de departamento, entre los que estaba un Ricardo Gullón al que no apreció nunca a pesar de que éste había escrito un importante ensayo sobre el poeta años antes.

En la manzana de al lado, también en Ocean Avenue, vivía Carlos-Peregrín Otero, el amigo de Cernuda en sus años californianos.




jueves, 4 de septiembre de 2008

Cuarentena (y 40)

40

Las dos hermanas, tendida cada una a la sombra de un pino joven, conversan. Desnudas como están, son apetecidas por insectos, especialmente cínifes que, con todo, no se les acercan. No son gemelas, y sin embargo se parecen tanto.
La mayor piensa en voz alta: recuerda al pájaro aquel, un ruiseñor, que venía a cantar siempre bajo su ventana. La melodía del ave era su único contento en días amargos, los posteriores a la muerte de su amado.
También añora la pequeña algo perdido: el lazo aquel de seda inigualable —violeta, violeta, violeta— que llevaba la noche de su puesta de largo. Con él bailó en brazos de aquel joven forastero al que nunca volvió a ver después, aquel que se llevó el lazo como prenda de una inclinación mutua que quedó en nada.
La hermana mayor roza, despreocupada, una aguja de pino. Se hiere la blanda mano, y la sangre, un hilo delicado y hermosísimo, corre, bermellón, como un trazo de pincel sobre blanco. Blancos los dientes de la menor entre los rojos labios. Como llanto que corre, sonora risa.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Otras casas de Cernuda (III)


Cernuda fue profesor del San Francisco State College el curso 1961-62, y habitó esta casa de la Avenida 24, en el barrio conocido como Sunset. El edificio de la universidad quedaba algo más al sur, en Holloway, y es probable que el poeta acudiera a él dando un paseo a pie.


De primavera a otoño, San Francisco, y especialmente Sunset, se cubre de una niebla pertinaz que no empieza a disiparse hasta el mediodía. Del clima frío de la ciudad, y de sus vientos, se queja el poeta en algunas páginas de su epistolario. De la densa bruma da fe también esta fotografía, tomada una mañana de agosto con temperaturas y humedad más propias de noviembre.

martes, 2 de septiembre de 2008

Enterrad mi corazón en Wounded Knee



(En el Museo del Indio Americano, Washington)


Una emoción recorre las praderas
del alma en el rencuentro con los nombres de hechizo.
El corazón lo cubren vuestras plumas,
apaches y pies negros y navajos,
y una flecha atraviesa la conciencia,
oglalas y lakotas e iroqueses.

No recorro un museo: piso firme
poblados que pisó la fantasía.

Mi pasaporte es falso: soy nez perce.

(Cuidado, no me arrolle ese bisonte)

lunes, 1 de septiembre de 2008

Cuarentena (39)

39

Lo va depositando en jarrones antiguos. Sobre un lecho de húmeda tierra, el mantillo. Luego, el ritual del agua, vertida con la morosidad que en las grutas, sin prisa porque no existe el tiempo, se enseñorea caprichosamente de las formas.
En la cámara, el frío intenso hace el resto. Ni unas cuantas velas encendidas —pocas— con su tímido arder quiebran la penumbra. Crecen, despaciosamente crecen. Imperceptiblemente van añadiendo materia a su materia. Y hay quien cree que esto es vida. Cómo engaña la muerte.