lunes, 31 de marzo de 2008

Sobre Seamus Heaney




El próximo 18 de abril, Seamus Heaney hará una lectura comentada de sus poemas en el festival Cosmopoética de Córdoba. Y allí estaremos. Con este motivo, y para abrir boca, cuelgo aquí esta reseña de Luz eléctrica publicada hace algún tiempo. Revelaré ahora, ya que no lo hice en su día, que solas en irlandés significa "luz", por lo que a las claras queda mi retruécano:






SOLAS

Va para diez años que Seamus Heaney recibió el Premio Nobel de manos de la Academia sueca, ese Sanedrín ario y literario cuyos integrantes descienden de los vikingos que en la Alta Edad Media asolaron, al tiempo que forjaron en feliz aleación con lo celta, esa joya que llamamos Irlanda. No es baladí este parentesco, pues Heaney tiene poemas en los que aparecen sacrificios humanos y tradiciones de la Edad del Hierro en Dinamarca, a los que un día vio como trasunto de la vida que se abraza obscenamente a la muerte en su propia patria. Esto sucedió durante la primera mitad de su obra, particularmente en Norte (1975). Luego, hace pocos años, el poeta regresó a una Escandinavia literaria y arcaica —gautas, daneses— en su fabulosa versión del poema anglosajón Beowulf (una epopeya que ha tenido la fortuna de haber sido puesta en inglés moderno no sólo por el propio Heaney, sino también por uno de los mejores poetas escoceses, Edwin Muir, además de por J. R. R. Tolkien, según se ha conocido recientemente).
Ya en 1995 Heaney era considerado como una de las voces imprescindibles de la poesía en lengua inglesa. Hoy ese status no ha hecho sino acrecentarse. Quien comenzó siendo un humilde profesor, hoy, cuando le apetece, condesciende a ocupar cátedras de poesía en Harvard u Oxford, menudas bagatelas, al tiempo que su agenda como conferenciante permanece ocupada para las próximas temporadas líricas, y ello sin divismo alguno, que, campechano ilustre, parece que en cualquier momento Heaney vaya a subirse a un tractor y roturar un campo u ofrecernos la compra de unas lustrosas terneras en un mercado de ganado de su tierra.
Luz eléctrica es el más reciente de sus poemarios. En él, sus fidelidades conocidas a Virgilio y al Dante, así como a Shakespeare, cuyas obras aparecen en más de un poema. Más que católico en sentido lato, Heaney es por muchos conceptos y desde lo etimológico un poeta universal, abarcador, que sabe, como Patrick Kavanagh, que en las rencillas de una aldea irlandesa late el germen de la Ilíada, lo mismo que está contenida en Asturias (donde vive su hermana) también Irlanda, o en uno de sus “Sonetos de la Hélade” la violencia tribal del Ulster, y en otro, dedicado al Parnaso, los nombres gaélicos para “Monte de la Poesía”: Slieve na mBard, Knock Filiocht, Ben Duan (mezclando más de lo que él mismo imagina formas propiamente gaélicas y otras hiberno-inglesas). Con poemas en recuerdo de Ted Hughes o Joseph Brodsky, con un lamento por otros bardos escoceses, la segunda parte del libro posee un marcado tono elegíaco, sombrío, que llega a su consumación en el poema que da título al libro y que nos presenta al niño que él fue descubriendo la luz eléctrica en los años cuarenta del pasado siglo, una luz que es apenas un destello ilusorio en la creciente oscuridad del adulto.
Los ecos clásicos, y hay muchos, son en Heaney motivo para el diálogo: de él mismo con los poetas del pasado, y de su tradición insular con lo pastoral grecolatino: así la “Égloga de Glanmore”, cuyas cuatro últimas estrofas son la adaptación de unos versos irlandeses altomedievales, algunos atribuidos a Finn, que se enmarcan en el cultivo de la poesía de las estaciones cultivada por sus compatriotas de antaño. Hay también glosas y versiones, como la de una conocida cuarteta de Mo Ling (siglo VII), que alude a las paradojas de la edad. Probablemente no sea gratuita su elección y refleje el ánimo, o el deseo, de Heaney: “Entre los jóvenes de juerga / me toman por alguien más joven.”
Dámaso López García ha realizado una traducción bastante exacta en cuanto al contenido, pero que carece, ay, de intensidad poética en español. No exagera ni un ápice cuando confiesa: “La traducción de la poesía de Heaney es compleja y difícil; tal vez, incluso, sea la suya una poesía imposible de traducir [...]. No es sólo un problema de la lengua, que se sirve de localismos a veces difíciles de interpretar, sino también del universo de referencias del poeta, complejo y vasto a la vez.” Apenas le hemos sorprendido errores de bulto, pero es preciso observar que en la versión libre de la égloga IX de Virgilio, the boyo with the horns no es “el buey de largos cuernos”, sino “el menda de los cuernos”, un sátiro (boyo es forma hibérnica y popular de boy). Mas no seamos puntillosos ni petulantes. En su haber están las impecables notas que facilitan la comprensión de estos textos tan a menudo cuajados de referencias y alusiones (a menudo a poemas anteriores del propio Heaney, como los “Sonetos de Glanmore”). En su debe, la afirmación de haber eliminado erratas de la edición inglesa de Faber, cuando algunas nuevas se han deslizado en los originales, como ya nos tiene acostumbrados la editorial Visor, que debería imponerse como una prioridad tener correctores. A propósito, y esto va para Heaney, no para su esforzado traductor a nuestra lengua: el nombre exacto del lugar donde fue asesinado Michael Collins es Béal na mBláth, no como escribe el Nobel (véase el poema “Establo de caballos”), quien se olvida de los acentos gráficos y tropieza como un escolar, que no un scholar, al declinar en genitivo plural. Hoy, al catedrático de Oxford y Harvard lo catearían en irlandés si obtuviera el inalcanzable premio de volver a la juventud en su Colegio de San Columba, en Derry. Por contra, alcanzaría todas las matrículas de honor en poesía o en creative writing por más que algunos, como denuncia Dámaso López García, hayan visto en este poemario un agotamiento de su inspiración.
“Subsistiendo más allá de la égloga y la traducción” (Subsisting beyond eclogue and translation, un verso suyo), como tantos grandes poetas Heaney está cada vez más preocupado por el tema del tiempo, lo que en otro verso queda enunciado como in the everything flows and steady go of the world (“en el todo fluye y el quieto caminar del mundo”); esto se ve, entre otras cosas, en la presencia, que recuerda a los Cuartetos eliotianos, de los tiempos verbales en expresiones como the continuous / Present of the Bann (“el presente / continuo del Bann”), o divulging into future perfect tense (corrijo de nuevo a Dámaso López García y su por lo demás notable traducción: “divulgando en el futuro el pretérito”, no “divulgando en tiempo de futuro perfecto”).
Seamus Heaney gusta de la polisemia, de las diferentes interpretaciones en sus títulos: así sucedía en Norte, donde se aludía a pantanos y a la arqueología danesa como correlato de la envenenada realidad de su provincia. Lo mismo sucedía con El nivel, donde se jugaba con la palabra espíritu (The Spirit Level). Así sucede, creo, con Luz eléctrica. Uno de sus anteriores poemarios se titulaba Viendo cosas. Parece que, conforme se va haciendo cada vez más tarde, con la vista cansada, Heaney ha de emplear la luz eléctrica del oficio. Frente a la espontánea inspiración de la mañana, el artificio, la técnica poética de un gran orfebre, un ingeniero del verso. Arte, añoranzas, la música del pentámetro, es cuanto le queda al bardo. Nada más y nada menos. Solas, las palabras lo iluminan.


Publicado en Clarín, 45 (2003)



domingo, 30 de marzo de 2008

San Columba y los poetas (y VI)


316. Ésta es la razón, en verdad, por la que regresó Colum Cille a Irlanda, después de haber pasado buena parte de su edad y de su tiempo en Escocia: un gran pesar y una enorme tristeza sentían por él los hombres de Irlanda, y le enviaron vehementes mensajeros para que se reuniera con ellos en la asamblea de Druim Ceat para bendecir a sus legos y a sus clérigos, a sus mujeres y a sus hombres, antes de abandonar este mundo, pues era el final de su edad y de su tiempo; o son estas otras razones por las que fue allí, como dijo el poeta en esta estrofa:

Hubo tres razones para la asamblea:
para darle la libertad a Scannlan,
por Dal Ríada, un encuentro real,
y para desterrar a los poetas.

317. La principal razón por la que fue Colum Cille de Escocia a Irlanda, a la asamblea de Druim Ceat, fue ésta: para que permanecieran los poetas en Irlanda, pues los hombres de Irlanda estaban a punto de expulsarlos a causa de su gran número y de lo afilado de su lengua y de sus quejas y sus malignas palabras. Y además porque habían hecho sátiras contra Aed hijo de Ainmire, Rey Supremo de Irlanda, relativas a la joya real de su linaje; es decir, el broche de oro amarillo que tenía, con una piedra preciosa de gran esplendor, que brillaba lo mismo de noche que de día, como dice el poeta:

Estuvieron un año en Clochur,
aunque para desgracia de Daimin,
y así injuriaron a Aed
por la bellísima joya de oro.

332. “Esto es lo que resuelvo: que se queden los poetas en Irlanda,” dijo Colum Cille.
“No es fácil que puedan quedarse”, dijo el rey, “pues son muchos y numerosos, y es difícil atenderles, debido a su gran cantidad de peticiones injustas.”
“No digas eso,” repuso Colum Cille, “pues duraderos y permanentes serán los elogios que te hagan, tan duraderos como los que hicieron los poetas a Cormac mac Airt, hijo de Conn; pues los elogios permanecen, mientras que no permanecen los tesoros ni las riquezas que se dan por ellos.” Entonces compuso este pequeño poema titulado “Dublaidh”:

El cortés Cormac conquistó a la avaricia:
lozanos sus elogios, decrépitos sus tesoros.

“Y lo mismo sucederá contigo, rey,” dijo Colum Cille, “sobrevivirán los elogios que se hagan para ti por dejar que se queden los poetas en Irlanda, pero no te sobrevivirán tus riquezas. Y sabe que la gente no tendría vergüenza ni generosidad si no tuviese a los poetas a los que dar con generosidad por temor a sus injurias y sus versos de burla, lo mismo que no existirían caridad ni limosnas si no hubiese pobres con los que ser caritativos y a los que dar limosnas por el amor de Dios.” Y entonces compuso esta estrofa:

No habría limosnas si no hubiese pobres,
leprosos desnudos y míseros;
no habría generosidad, al este o al oeste,
si no hubiese poetas pidiendo.

“Y sabe también que el mismo Dios compró a David ciento cincuenta salmos de alabanza”, y compuso estas estrofas:

Incluso Dios compró en verdad
ciento cincuenta salmos a David;
le dio fortuna en su casa en la tierra,
a su alma celestial le dio el Cielo.

No rechazó Dios un rostro humano
cuando vivió en la fructífera tierra,
y nada rechazaron después
sus apóstoles ni sus discípulos.

No rechazó Patricio puerta ni tablero,
no rechazaron Comgall ni Ciaran,
ni yo he rechazado —esto no es falso—,
ni ha rechazado un santo a los santos.

Mientras perviva sin tacha la bondad,
y pura la humanidad,
pervivirá la legítima generosidad
y la largueza en verdad legítima.

Esto no se ha escrito en libros,
ni lo han ordenado cánones sagrados,
que un hombre sea santo
sin desprendimiento, sin liberalidad.

“Y por este motivo sería bueno que compraras los poemas de los bardos y dejaras permanecer a éstos en Irlanda, y puesto que no hay sino falsedad en el mundo entero, estaría bien que comprases el cuento más duradero antes que el menos duradero.” Y compuso estas estrofas:

Si todo poema es un cuento,
son cuentos las ropas y cuento la comida;
y es todo el mundo un cuento
y aún el hombre hecho de barro es un cuento.

El cuento más duradero
daré a quien es menos duradero;
no estarán conmigo en la tumba
ni el azul ni el rojo ni el hermoso verde.

No ha hecho Dios un solo hombre
de la estirpe del rubio Adán
que no tenga una habilidad humana,
o una habilidad divina y pura.

Todo constructor y todo herrero y todo artesano,
y todo sanador brillante de manos rojas...
¿O es que Dios ha ordenado
que sus habilidades no obtengan nada?

333. “No seré yo quien los expulse de Irlanda en esta ocasión,” dijo el rey. Y los poetas se quedaron entonces en Irlanda por consejo de Colum Cille, el cual emitió su veredicto para ellos y los hombres de Irlanda, y les quitó su veneno, como él mismo había dicho en esta estrofa:

Quitaré su veneno de sus poemas
en Druim Ceat de las asambleas,
y haré que la mente de los bardos
diga el bien de una sola manera.

Pues hasta aquel tiempo habían matado a las gentes con sus sátiras, o habían hecho que les salieran ampollas sobre sus caras y sus rostros. Y Colum Cille estableció una ley justa y cierta acerca de ellos para los hombres de Irlanda; esto es, que un bardo consumado de cada tribu mantuviera su linaje y su estirpe para que no decayera la nobleza de su sangre, como ha dicho el poeta en esta estrofa:

Le fue concedido a los poetas
por medio de Colum, el buen legislador,
un poeta por cada tribu, nada gravoso,
esto fue lo que ordenó Colum Cille.

Y no toleró que el poeta de una tribu de Irlanda fuera a otra tribu en busca de riquezas o bienes, ni que compusiese un poema para el señor de otra tribu sin su permiso. Y si éste daba permiso para que le hiciera un poema, mandaría a su propio poeta hasta la frontera para salir a su encuentro, y si éste alababa el poema lo compraría, y si no lo alababa el otro se volvería a su propia tierra. Y Colum Cille bendijo a los poetas si observaban esas condiciones, y bendijo a lo hombres de Irlanda si las cumplían. Y entonces Colum Cille envió a los poetas por toda Irlanda, y no les dejó estar en un único sitio a partir de entonces.

334. Cuando se quedaron los poetas y Colum Cille estableció una ley justa y cierta acerca de ellos para los hombres de Irlanda, cada poeta y cada bardo consumado hizo entonces un poema en alabanza de Colum Cille. Y cuando escuchó que todos los poetas lo alababan al unísono, tanto se exaltaron su mente y su corazón que el aire que había sobre su cabeza se llenó de malos espíritus. Y esto fue revelado por un hombre santo que le acompañaba llamado Baithin, el cual reprendió gravemente a Colum Cille, y le dijo que era más apropiado que prestara atención al juicio de Dios que a las alabanzas mundanales, y le dijo que el aire estaba lleno de demonios sobre su cabeza.

Pies

Apego de mi aire por la tierra,
llana pajarería
más de mirlo que de águila,
hormiguitas o migas como en el cuento añejo
que me lleva a la infancia, nuevamente,


oh pies, infantería,
siervos de la gleba de mi imperio
sobre el mundo, lleváis y conducís
este dolido cuerpo mansamente
por pedregosas rutas.

En la calle de ella, en las playas,
las márgenes del río del olvido,
la colina de Tara o los glaciares,
con botas o sandalias o descalzos,
me habéis atado al mundo, siempre encima
del polvo o la ceniza,
de la última casa.

Una vez, un esguince dio reposo
a vuestra hinchada vela, pies gemelos,
melodiosa copia de pájaros,
y en la calma sedente cien poemas
en un periplo inmóvil me trajisteis.

Estáis hechos de tiempo, encallecidos.
Ya no tan lejano, otro día,
vosotros por delante, marcharemos
al sostén de la tierra hecho caricia
en un viaje por fin inacabable.

sábado, 29 de marzo de 2008

Recomendaciones de literatura fantástica (VI)




Adolfo García Ortega, Autómata, Bruguera, 2006

Inquietante novela donde las haya, híbrida de géneros y de estilos, esta Autómata. Es la aventura de una navegación que recuerda a la del Pequod de Moby Dick, en la que se van intercalando episodios en los que aparece el amor imposible entre una mujer y un autómata hallado en el Estrecho de Magallanes. Magos de la Praga del siglo XVI, la corte de Felipe II, los sucesos épicos y espeluznantes de la expedición de Sarmiento de Gamboa, se mezclan con la acción que se desarrolla en el siglo XX... Se ha dicho que en esta novela se oye latir a Verne o a Stevenson. Pero no menos cierto es que acredita a un novelista que lo es, y muy bueno, por derecho propio.

Otro poema

A VERSOS QUE TAL VEZ SE PUBLICARON

Hijos desconocidos, entregados
a revistas que un día os publicaran
sin que fuera a recibiros mi alborozo
tras de rasgar un sobre que venía,
desde cerca o lejos, del país de los sueños;
cuando enviar un poema emocionaba
no menos que dejarlo entre las manos
de un amor jamás correspondido.

Si los más de vosotros naufragasteis,
aún queda el atisbo de una duda.
Olvidados vilanos o simientes,
sois mensajes enviados en botellas
que tal vez un día volváis hasta mi playa.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Recomendaciones de literatura fantástica (V)




Charles G. Finney, El circo del doctor Lao, Berenice, 2006.

A un pueblo de Arizona llega un extraño circo con todo tipo de criaturas y espectáculos extraordinarios. Un cóctel de magia y fantasía sacude las ramplonas vidas de sus habitantes, lo que da pie a la irrupción también de la sátira de costumbres, en la estela de Jonathan Swift, por ejemplo. El libro está escrito en estado de gracia, es profundo y divertido y a su disfrute contribuye además su premiada traducción. A destacar su variedad de perspectivas, su polifonía, y ese impagable índice de personajes que lo cierra, una propina con nuevas páginas de creación que recuerda los finales de las novelas de Cunqueiro.

martes, 25 de marzo de 2008

Dos poemas ingleses

Saltana, revista digital dedicada a la traducción, publica dos versiones mías de poemas ingleses, con el añadido de una rica y sugerente iconografía. Se trata de "Al ver los mármoles de Elgin", de John Keats, y del no menos famoso "La Dama de Shalott", de Lord Tennyson:

http://www.saltana.org/2/docar/0232.htm

http://www.saltana.org/2/docar/0230.htm

No puedo pronunciarme sobre la calidad, o no, de las traducciones; pero en ambos casos las imágenes que acompañan a los poemas son de una gran belleza.

domingo, 23 de marzo de 2008

Una golondrina


Se acaba de publicar el decimoquinto tomo de Salón de pasos perdidos, el ciclo diarístico-novelesco de Andrés Trapiello. No me ocuparé ahora de esta más reciente entrega, La manía; creo que ya no tengo mucho que añadir a lo que al respecto he escrito otras veces. El siguiente artículo se publicó en La mirada (El Correo de Andalucía, 11/13/99):



UNA GOLONDRINA



Una golondrina no hace verano. ¿Y qué, si es así? No deja de ser una frase que lleva en su pico una ramita de sabiduría, recuerdo de los presocráticos. Desde hace siete años ya, que es número también muy sapiencial y mágico, mis primaveras vienen marcadas por la lectura de los diarios de Andrés Trapiello. Son ya una cita concertada, como la del ave con la tierra y el cielo del estío, o incluso también la visita anhelada de la primavera. ¿Acaso no se llama así, “Primavera vieja”, uno de los poemas más melancólicos y románticos de Cernuda: “Ahora, al poniente morado de la tarde, / en flor ya los magnolios mojados de rocío, / pasar aquellas calles mientras crece / la luna por el aire será soñar despierto. // Bandos de golondrinas harán más vasto el cielo con su queja...”? Menos la primera entrega, que lo hizo por mayo, las siguientes llevan colofón de cuando acaba el año, en el invierno. Entonces es cuando terminan de imprimirse. Luego, como los pájaros que regresan con las estaciones, los libros empiezan a distribuirse y yo los compro como en marzo o así, cuando la primavera hace descorrer las cortinas del palacio invernal llenándonos la cabeza de pájaros, y aún los reservo unas semanas para cuando ya, definitivamente, llaman a la puerta abril y la Semana Santa, ese momento que no es tan sagrado por su asociación con la muerte de Cristo como por su vínculo con el regreso de la vida.
El gato encerrado, Locuras sin fundamento, El tejado de vidrio, Las nubes por dentro, Los caballeros del punto fijo, Las cosas más extrañas y Una caña que piensa tienen en común no sólo haber sido escritos por Andrés Trapiello, sino que, en lo que a mí me toca (y lo digo, contagiado del género, como si ésta fuese una página de mi diario), son las lecturas que siempre, desde hace más de un lustro, hago en una habitación junto al mar.
Yo a Trapiello llegué por la poesía: su nombre me sonaba cuando un amigo, Fernando Raya, me pasó un ejemplar de un anuario que editaba el Ministerio de Cultura y en el que se hacía repaso a lo más destacado en la creación literaria aparecida en España durante los doce meses anteriores. Debió de ser hacia 1988, y el poema de Trapiello se titulaba “E. D.”, por la poetisa americana Emily Dickinson; era muy breve, pero captaba como un pequeño frasco de perfume toda una esencia, el aroma de aquella rara mujer que sólo vivió para dejarnos casi dos mil poemas y que salvo un puñado dejó inéditos y temblorosos de un misterio que aún hoy conmueve. Me gustaron aquellos versos, y de ahí pasé a leer otros del autor.
Cuando la Universidad de Sevilla publicó mi traducción de una antología del Ezra Pound anterior a los Cantos, fui a llevarle un ejemplar a Abelardo Linares, el editor de algunos de los libros de poesía que más me habían emocionado en mi tardía carrera como lector de versos. No había cruzado nunca una palabra con él, y tras agradecerme el libro, me regaló uno de los que él había editado en Renacimiento. Yo esperaba que me alargara un ejemplar de alguno de sus dos únicos libros de poesía hasta entonces, Mitos o Sombras. Pero el volumen de color mostaza que puso en mis manos, áspero al tacto mas con una exquisita encuadernación, pareja con su tipografía, era de Andrés Trapiello, El mismo libro. Y Abelardo Linares lo mostraba como si se tratara del que mejor reputaba entre los suyos propios. Lo leí con gusto, a la par que me fui encontrando primero —luego, buscando ávidamente— artículos y reseñas suyas en periódicos y revistas, también los volúmenes compilatorios de su prosa. Y en esto llegó El gato encerrado, al que le abrimos un día la puerta de nuestra casa y que ahora ha traído consigo su numerosa prole, que no tiene visos de cesar.
El loco de su calle, las mañanas del Rastro, un poco de Solana por aquí, un mucho de Gaya en casi todas partes, viajes a dar lecturas o conferencias en provincias, otros al extranjero pero sin alejarse mucho de España, con su León, su Trujillo, el ominoso recuerdo de un Valladolid no propicio —ciudad impar, como repite siempre—, un lagar, unos hijos, una mujer cuyo nombre vela una M. mayúscula, unas imágenes impresionistas de Granada o una escena medieval y mágica en la Catedral de Santiago, hecha música en el pórtico de la Gloria, su emoción ante la película Los muertos, sus chivos —o bichos— expiatorios, a veces nombrados, otras sugeridos, entre conocidas figuras de la Cultura, esa antipática entelequia que Trapiello, como Juan Ramón Jiménez, preferiría ver sustituida por mayor cultivo de la educación...
Hago balance de estos años y veo que he leído ya más de 2.500 páginas de los diarios de Trapiello, más de 3.000 si tomamos por cierto que títulos como Mil por mil o Todo era nada pertenecen, como se afirma en las solapas de éstos, al ciclo narrativo del Salón de pasos perdidos. Que a no ser que Trapiello, inopinadamente, haya dejado de rellenar esos cuadernos de hule negro que utiliza para la labor, al día de hoy serán ya los tomos escritos no los que igualan al número de velas de un candelabro de siete brazos, sino al de los discípulos de Cristo o el de caballeros de la Tabla Redonda, pues deja que transcurran cinco años antes de dar a la imprenta sus anotaciones. Que con el porcentaje de derechos de autor que espero que el autor haya recibido, convenientemente guardado en una hucha, rota para la ocasión, ya debo de haberle invitado a un almuerzo en un restaurante no del todo modesto.
Como la golondrina, fiel en su retorno, el año que viene volveré a comprar el volumen siguiente de esta obra en marcha, que ya sé que se llevará tan enigmático título como Los hemisferios de Magdeburgo. Entonces le invitaré a Trapiello a café y puro. Un festín, como el de Lúculo, que me gustaría fuese interminable.

sábado, 22 de marzo de 2008

San Columba y los poetas (V)


168. En una ocasión fue Colum Cille a quedarse con Finnen de Druim Finn, y le pidió que le prestara un libro, lo que obtuvo de Finnen. Y después de las horas y la misa, le plugo quedarse en la iglesia, transcribiendo el libro sin que Finnen lo supiera. Y cuando llegó la noche, se encendieron velas para que pudiera escribir, esto es, los cinco dedos de su mano derecha que ardían como cinco luces brillantísimas, de manera que iluminaron y alumbraron todo el templo. Y la última noche, en la que Colum Cille estaba copiando el final del libro, Finnen mandó a alguien para reclamarle el libro. Cuando llegó a la puerta de la iglesia en la que estaba Colum Cille, se maravilló de la gran luz que allí había, y se apoderó de él un miedo extraordinario, y se asomó lleno de pavor por la mirilla que había en la hoja de la puerta del templo, y cuando vio a Colum Cille de la guisa que ya hemos contado, y por miedo, no pudo articular palabra ni pedirle el libro.

Sin embargo, a Colum Cille le fue revelado que el muchacho le estaba así observando, lo cual le encolerizó, y le habló a una grulla que tenía como mascota, diciéndole: “Tienes mi permiso, si Dios lo quiere, de arrancar el ojo de ese mozuelo que viene a espiarme sin mi conocimiento.” La grulla se alzó nada más oír las palabras de Colum Cille y dio un picotazo a través de la mirilla de la hoja de la puerta en el ojo del muchacho, de manera que le sacó el ojo de la cabeza, y lo dejó sobre su mejilla.

Lo céltico en Cirlot


Hace algún tiempo redacté un ensayo sobre "Lo céltico en Cirlot", que, si bien nunca ha sido impreso, fue editado por la revista digital El fantasma de la glorieta. Como sé que en esta bitácora recalan de vez en cuando amigos en Cirlot, copio aquí el enlace, que aúna dos inveteradas pasiones mías: el gran poeta barcelonés y la literatura y la poesía de Irlanda y Gales.




Homenaje a Robert Frost

Una versión de un poema muy conocido de Robert Frost y un poema en que, haciendo alusión al primero, tomo prestados el título y un verso a Coleridge y su no menos célebre “Escarcha a medianoche"



EL FUEGO Y EL HIELO


Dicen algunos que será por fuego,

y otros por hielo, como acabará el mundo.

Por lo que yo he probado del deseo

estoy con los que se inclinan por el fuego.

Mas si hubiera de perecer dos veces,

creo que conozco el odio lo bastante

como para saber que el hielo

también es bueno

y serviría con creces.

* * * * * * *

FROST AT MIDNIGHT

Es medianoche, y Robert Frost

ignora —si por hielo, si por fuego—

cómo acabará el mundo.

Tampoco yo lo sé, sólo comprendo

que entre el poniente y el alba

el mundo ha terminado ya muchas veces,

que fuego, hielo, al cabo dan lo mismo,

y bien puede afirmarlo Frost, que ya no vive,

que dejó el mundo el año en que nací.

Como un verso de Coleridge, la muerte

ejerce su secreto ministerio.

viernes, 21 de marzo de 2008

Londres, desvelada


En frase célebre de Samuel Johnson, quien está cansado de Londres es que está cansado de la vida. Aún hoy, que ha dejado de ser capital de un imperio, la ciudad del Támesis, a la que salvo unos contados monumentos no adorna una especialmente hermosa arquitectura, es un constante polo de interés, un lugar trepidante y cautivador que encierra no pocos secretos.
Enric González fue corresponsal en Londres durante un puñado de años, el suficiente para asomarse a la vida pública y no tan pública de la capital y darnos con su prosa de periodista, efectiva pero mucho más cuidada que la de otros colegas, un retrato de la misma, lleno de contrastes y virajes. Ha sido acierto del autor entreverar sus experiencias personales, con su pequeña trama y suspense, en la imagen que nos da de Londres, mezclando la suya con otras muchas historias de habitantes presentes y pasados de la urbe. Con ello, y en tono menor, sin pretensiones, hace su pequeña contribución a la literatura española de la última década, cuya primera mitad ha estado marcada por la irrupción de la literatura diarística y del yo, y la segunda por el cultivo cada vez más extendido del género de viajes, que desde hace mucho tantos y buenos seguidores ha tenido precisamente en las letras inglesas.
Dosificando el humor y la noticia, la información útil y los caprichos de ilustres o sombríos londinenses, el Enric González de Historias de Londres nos recuerda por igual al Salvador de Madariaga menos conocido de Arceval y los ingleses y a quien como él fue periodista en Londres, el rey de los best sellers de viajes Bill Bryson, en su impagable Notes from a Small Island.



Publicado en Culturas, 68, Diario de Sevilla, 15-6-00

jueves, 20 de marzo de 2008

San Columba y los poetas (IV)


157. En cierta ocasión el viejo poeta Senchan, bardo supremo de Irlanda, acudió con su gravoso séquito a la casa de Guaire hijo de Colman, rey de Connacht. Y esta era su cantidad: nueve artesanos de cada tipo, y ciento cincuenta poetas consagrados, y ciento cincuenta aprendices, y cada uno tenía dos mujeres, un sirviente y un perro, como ha dicho el poeta:



Ciento cincuenta poetas indóciles

y ciento cincuenta aprendices,


cada uno con dos mujeres, un sirviente y un perro,


alimentó Guaire en su casa.



Guaire hizo un enorme palacio real en Durlus para toda aquella multitud. Y durante cuatro meses y un año se les sirvió y atendió en aquel palacio, como dijo el propio Senchan al abandonar a Guaire:



Nos partimos de ti, intachable Guaire,


y te dejamos una bendición,


un año y cuarto y un mes,


hemos estado contigo, oh rey supremo.



Y no hubo antojo que alguno tuviese durante aquel tiempo que Guaire no se lo satisfaciera, para no ser víctima de las sátiras y pullas de todo el gravoso séquito. Y aunque fuesen fastidiosos y difíciles de complacer aquellos antojos, como se dice en el libro titulado El gravoso séquito de Guaire, Guaire los complació todos por la gracia de Dios y mediante generosos actos. Un día llegó Marban, porquero de Guaire y hermano suyo, y un hombre muy santo, al palacio del gravoso séquito con el propósito de reprenderles por su maldad, su injusticia y su ignorancia, pues le entristecía la gran cantidad de peticiones injustas que hacían a Guaire y a los hombres de Connacht y a todas las tribus libres de Irlanda. E invocó del pecho de Dios todopoderoso maldiciones y desgracias para ellos si pasasen dos noches en una misma casa o si hiciesen peticiones injustas a cualquiera de Irlanda hasta que le contaran el relato de la Táin Bó Cúailnge. Y entonces Marban obtuvo de Dios que les quitara el don de la poesía, de manera que no les fuera posible hacer sátira o elogio si antes no le contaban la historia de la Táin. Y esto fue difícil para aquel séquito gravoso, y se pasaron un año buscando el relato de la Táin por Irlanda y Escocia. Y no consiguieron ni una palabra de ella. Y éste es el consejo que dio el santo Caillín a Seanchan, que era hijo de su misma madre: acudir a Colum Cille y obtener de él la historia de la Táin, pues a él nada le era desconocido de cuanto existió o existirá en la tierra o en el cielo. Entonces se marchó Senchan y pidió a Colum Cille, por Dios, por el conocimiento y por la poesía, que le indicara cómo podía conseguir las historias de la Táin. No le resultaba fácil a Colum Cille rechazar a nadie que le pidiera algo por el amor de Dios. Y aún le resultaba menos fácil rechazar a un hombre cultivado que le pidiera algo, pues nunca hubo nadie que lo aventajara en generosidad. Y reflexionó Colum Cille cómo podría conseguir aquellas historias. Y lo que decidió fue esto: ir a la tumba de Fergus mac Roich, y obtener de Dios que aquél reviviera para que le contase las historias de la Táin, pues sabía que no hubo en el mundo nadie que supiese aquellas historias mejor que él cuando vivía. Pues fue por su causa por lo que se produjo la incursión por la cual el ganado de los hombres del Ulster fue arrebatado por los de Connacht, y él estuvo con su hueste en aquella correría desde el principio hasta el final. Entonces va Colum Cille con los santos de Irlanda en derredor suyo a la tumba de Fergus mac Roich, y ayuna para que Dios se lo devuelva a la vida. Entonces Fergus se levantó de la tumba a la vista de los hombres de Irlanda, lo mismo legos que clérigos.


Y todo este intervalo había estado él muerto en su tumba antes de esto, es decir, desde el tiempo en el que Cristo había encarnado hasta el tiempo de Colum Cille, en el que Gregorio “Boca de Oro” fue Papa en Roma. Y como se lee en el libro titulado El gravoso séquito de Guaire, tal era el tamaño de Fergus que nada se pudo oír de sus palabras mientras estuvo de pie, hasta que él mismo se agachó y se apoyó sobre un codo, y entonces narró entera la Táin Bó Cúailnge. Y Cíarán de Clúain la copió sobre la piel de su vaca parda. Después Fergus regresó a su tumba y fue enterrado en ella. Y del gravoso séquito se enviaron mensajeros que alcanzaran a Marban en Glenn an Scail, para contarle la historia de la Táin. Y éste es el acuerdo al que llegó con ellos: que cada bardo fuera a su propia tierra, y que el gravoso séquito no volviera a reunirse nunca para devorar y consumir a Irlanda, y que nunca volvieran a reunirse en una hueste que siguiese a un bardo. Pero los poetas no cumplieron esto con lo que se habían comprometido con Marban, y de nuevo volvieron a sus peticiones injustas, hasta que Colum Cille alcanzó con ellos y con los hombres de Irlanda un pacto en la asamblea de Druim Ceat, como se lee en el libro de esa asamblea.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Más sobre las caricaturas


El diario El País acaba de publicar la siguiente noticia de agencias:


"La página web Al Ijlas ha emitido la noche de este miércoles un mensaje de audio del líder de la organización terrorista Al Qaeda, Osama Bin Laden, coincidiendo con el quinto aniversario de la guerra de Irak. En el nuevo mensaje, titulado Lo que veis, no lo que escucháis, Bin Laden se dirige a la Unión Europea y promete graves castigos por la publicacion de caricaturas de Mahoma en la prensa danesa, hecho que, según dice, forma parte de una "cruzada" en la que implica al Papa.
Al Ijlas es la página web utilizada habitualmente por Al Qaeda para difundir sus comunicados, en la que ya se han emitido otras grabaciones de este líder terrorista, así como de su lugarteniente, Ayman al Zawahiri, y de otras células terroristas como Al Qaeda en el Magreb Islámico."


Hasta ahí la noticia y el eco de las palabras del majadero peligroso.


Ahora, algunas reflexiones sobre la libertad de expresión:


Evidentemente, Bin Laden no tiene derecho a amenazar a nadie, pero todos tenemos derecho a escuchar o leer las transcripciones de sus bravatas, no solamente por el derecho a estar informados, sino porque nadie en su sano juicio debe temer que se reproduzcan las palabras de un fanático o un memo: discursos tales descalifican a quienes los pronuncian y muestran a las claras lo inane de su "ideología".

Cuando el nazismo estaba en su apogeo en Alemania, la Duquesa de Atholl, aristócrata británica que conoció a Cernuda en 1938, defendió la idea de que el Mi lucha de Hitler debía ser leído, pues nada como dejar que unas ideas absurdas o perversas se pongan en evidencia ellas mismas.

Yo leí Mi lucha hace más de veinte años y me abrió los ojos: más allá del embeleso adolescente ante ciertos símbolos, uniformes y místicas (que, como dijo H. G. Wells en sus memorias, es cosa que se pasa con la madurez), las ideas exacerbadamente antijudías me resultaron ridículas, el fanatismo y las orejeras fuera de lugar, y me di cuenta de que aquello no era lo mío. No creo que nadie pueda ser reclutado para el hitlerismo gracias a ese libro, más bien al contrario.

Por ello, como creo en la libertad y la practico, pienso que hace bien el diputado holandés que quiere divulgar una película en la que critica muy severamente al Islam, y también afirmo que tiene derecho a hacer circular la citada cinta. De hecho, yo quiero verla. En lo que se equivoca el político de los Países Bajos (al que se acusa de ser de extrema derecha) es en comparar el Islam con el fascismo y pedir en consecuencia la prohibición del Corán, como si éste fuera el Mi Lucha. El Corán, como el libro de Hitler, deben estar en las librerías para quien quiera leerlos.

Lo que no está tan claro es que en las calles de Europa tenga que haber millones de individuos que vengan a enmendarnos la plana y decir qué se puede escribir o divulgar en nuestros países. ¿El Papa de Roma instigando a los protestantes daneses? No formularé la pregunta retórica e iré directamente a su respuesta: Sí, es que Bin Laden es idiota. Pero como nosotros aún no lo somos del todo, tenemos que apoyar que en Copenhague o en Atenas, en Toulouse o en Manchester, las ideas circulen con libertad. Y que, por supuesto, no se prohiba el Corán, faltaría más. Pero por eso mismo, pidiendo disculpas a los musulmanes de buena fe si les molesta, mas haciendo prevalecer mi derecho en mi país a la libertad de expresión, reproduzco aquí -sulfúrate, Bin Laden- una de las susodichas caricaturas, en las que no veo burla de Mahoma, sino del propio Bin Laden y sus seguidores carniceros, cuya reacción no hace sino darle la razón al autor de la caricatura.

San Columba y los poetas (III)


147. Una vez que estaba Colum Cille en cierta isla de Loch Ce, en Connacht, vino a él un poeta y hombre sabio que durante un rato estuvo conversando con él, y después se marchó. Y los monjes se sorprendieron de que Colum Cille no le hubiese pedido que diera muestra de su arte, como pedía a todos los otros poetas que a él acudían, y le preguntaron por qué había actuado así. Colum Cille les respondió, y dijo que no le había parecido oportuno solicitar entretenimiento de alguien que estaba tan cerca de la aflicción. Y añadió que no pasaría mucho tiempo antes de que vieran que alguien venía a anunciarles que aquel poeta había sido asesinado. Apenas habían oído la última de estas palabras cuando oyeron un grito en el puerto de aquella isla, y Colum Cille dijo que el hombre que había dado aquel grito había llegado con noticias de la muerte del poeta. Y se vio que era cierto lo que había dicho Colum Cille, y por ello fueron ensalzados los nombres de Dios y de Colum Cille.

Recomendaciones de literatura fantástica (IV)


J.R.R. Tolkien, Los hijos de Húrin, Minotauro, 2007.

Tolkien, un filólogo con vocación de médico de almas, se sirvió en parte del Kalevala para modelar el mundo y los idiomas inventados de su Tierra Media. Lingüista y profesor de literatura medieval, el autor de El hobbit quedó deslumbrado por la epopeya y la extraña lengua finesa, otra rareza que vino a unirse a sus nociones de islandés o galés. Para él, aquello fue “como descubrir una bodega llena de botellas de un vino extraordinario y de un gusto hasta ahora desconocido. Fue muy excitante”. El Silmarillion contiene muchos puntos en común con el Kalevala, y como talismán que ejerce influjo en quienes lo poseen, el sampo finés y su obsesionante búsqueda como de grial artúrico juegan un papel similar al del famoso anillo en su gran ciclo narrativo, hoy enriquecido con su secuela Los hijos de Húrin.
Como en el caso de El Simarillion es ésta una obra elaborada por el hijo Tolkien a partir de las notas de su padre, y un suplemento que recibirán con los brazos abiertos sus incondicionales. A los que me permitiría recomendar que salgan un poco de su ámbito o comarca y lean algo de literatura germánica o céltica, tan queridas de su autor favorito.

martes, 18 de marzo de 2008

Una fidelidad a la poesía


Existía una edición cercenada de este libro publicada en la editorial Ínsula en 1961. Comparándola con aquélla, esta que ahora hace su primera salida completa es mucho más reveladora en una proporción que supera con creces a la del número de nuevas páginas que incorpora, pues muchos de los asuntos que decidió silenciar el artífice de la de hace más de tres décadas, Ricardo Gullón, son tan interesantísimos y curiosos, incluso en la aparente monotonía del día a día, que hacen de este Juan Ramón de viva voz (hermoso título que aportó Ramón Gaya) un monumento indispensable para conocer una parte de nuestra mejor literatura del siglo.
Juan Ramón lo mismo se descuelga con opiniones estéticas sobre las fases que atraviesa todo creador que se pierde en los meandros de su crítica a poetas que le van decepcionando, o como una lechera de Moguer —ordeñadora (y ordenadora) de incontables cubos de blancas y cremosas páginas, que va trasvasando incesantemente de unos a otros— hace cábalas de lo que costará la impresión de tal libro, su encuadernación y tirada, lo que rentará, la comisión a librerías o distribuidores... Por momentos causa angustia, sobre todo en el periodo 1930-1931, la cantidad de veces que cambia de idea sobre la edición de sus obras y el modo en que esto ha de hacerse, proyecto que adopta una nueva planta cada día y a la que Guerrero Ruiz asiente, invariablemente conforme, como un neófito embargado por la emoción de que sólo para él estén abiertas siempre las jambas de ese sancta sanctorum de la poesía. Con minuciosidad de escriba va llevando a su diario las confidencias y misterios en los que le va iniciando, oralmente, como era común en las tradiciones antiguas, ese gran sacerdote de sí mismo, Juan Ramón Jiménez.
Boswell escribió una célebre vida del Doctor Johnson, Eckermann hizo lo propio con Goethe, y Juan Guerrero, a su manera, hizo lo mismo y diversamente con Juan Ramón Jiménez. Pues no se trata su libro de una biografía al uso, sino la fresca y espontánea consignación, en largas temporadas diariamente, de las conversaciones mantenidas con el poeta, reflejando las opiniones de éste, sus admiraciones y sus fobias, los cambios de ánimo. Guerrero es barómetro y termómetro, le toma la tensión y lo ausculta, y por él le oímos decir treinta y tres veces, todas distintas, cómo piensa dar el futuro Nobel su obra, algo que tratándose de J.R.J. es sumamente esclarecedor y apasionante. Como una de esas cámaras que por internet dan dinámicamente un paisaje, muestra un retrato al minuto del evolucionante cielo juanramoniano. Asistimos a sus inseguridades —o más bien a la sucesión constante de certezas que van mudando en otras nuevas, proteicas— y a sus obsesiones con la pulcritud de la tipografía, las erratas, los desaires de Salinas, los errores en que cree sorprender a Ortega, y los desencuentros que harían escribir a Luis Cernuda en 1958 sobre un Jiménez escindido en denostador y guía, que según el autor de La realidad y el deseo —también él mismo perito en intratabilidad y carácter difícil, o al menos ésa es también su leyenda— fue cada vez más señor Hyde que doctor Jekyll. De todo hubo, y aquí se ve fielmente. En una ocasión, cuando el más que roce con Bergamín en 1930, Guerrero, como sin apercibirse de ello, adopta el distanciamiento de un secretario de juzgado, y hasta llega a hablar de sí mismo ¡en tercera persona!
No habrá diarios menos narcisistas que éstos, pues sólo el autor asoma en tanto que tiene algo que referirnos sobre el verdadero protagonista: el poeta al que admira y del que se hace confidente y secretario, amigo y colaborador en proyectos, ideas, sueños. Hay mucho de sacrificado y bastante de heroico en este Juan Guerrero que, tocado por el gusto de la poesía, no se dedica a emborronar cuadernos con versos para los que quizá no estuviera dotado, sino que se pone al servicio de una voz que reconoce como la más alta en nuestra lírica, y muy orientalmente llega casi a anularse para que crezcan en él las enseñanzas y la obra de su maestro. En las densas páginas de este volumen y del que como segunda parte se anuncia para la primavera, vemos una sola y triple fidelidad a la Poesía: la de J.R.J. primero y sobre todas, pero también la de la discreta y en segundo plano Zenobia, a cuyo noviazgo y matrimonio con el poeta asistimos, siempre atenta procuradora de la paz de su esposo, y la del escudero —buen vasallo que hubo buen señor— de nuestro neurasténico y genial hidalgo cuerdo de Moguer. Manuel Ruiz-Funes, con su ajustada introducción y sus pertinentes notas, también se obliga en su fidelidad al texto de Guerrero.



Publicado en La Mirada, El Correo de Andalucía, 4-10-99

Recomendaciones de literatura fantástica (III)


Álvaro Cunqueiro, Viajes imaginarios y reales, Tusquets, 1986

Ahora que está al frente del Ministerio de Cultura un recopilador y divulgador suyo, y cuando ha aparecido su espléndida e insólita biografía espiritual, a cargo de Manuel Gregorio González, ¿cómo no leer, o mejor releer, a Álvaro Cunqueiro, uno de los placeres más hondos y a la mano que ocurrírsenos pueden? Iba a recomendar Las crónicas del sochantre, pero al parecer está agotado en tomo exento). Allí, en una Francia sacudida por la Revolución Francesa, una hueste de muertos recorre los campos bretones, narrándose unos a otros las historias de sus vidas, con dulzura y sin terror. Una cumbre, en su sencillez y brevedad, de la literatura fantástica en cualquier lengua, que no busca el estilete del miedo, sino la caricia, como de espumosa sidra, de la ensoñación. Sí está disponible, en cambio, Viajes imaginarios y reales, silva de artículos espigados y prologados por César Antonio Molina sobre otros recorridos, y etapas, y sendas. Merlín, diablos voladores, San Barandán, ciudades sumergidas. Una página, qué digo una página, un espacio en blanco de Cunqueiro vale más que todo Dan Brown y cincuenta como él juntos. No hablo de calidad o de prestigio; me limito a constatar el placer que nos depara.

Las versiones de un poeta

Si es casi perogrullada afirmar, por palmario, que son varios los posibles acercamientos a un texto poético de cara a su traducción, muchas veces el más fructífero y estimulante en lo literario es el de la versión libre, que si es realizada por un verdadero poeta nunca defrauda por más que el resultado —nueva y alta poesía— a menudo ya no sea propiamente traducción, sino adaptación o reescritura.
Son numerosos los ejemplos aducibles, pero para ceñirnos a unas letras, las inglesas, en que esto ha sido frecuente, cómo no recordar a John Dryden, quien tradujo a Homero, Horacio, Ovidio, Virgilio, Juvenal, Lucrecio y Persio, y cuyas versiones figuran entre las mejores páginas de su propia producción, en raro equilibrio de fidelidad y belleza. Según Dryden, que también publicó adaptaciones de autores de su idioma como Shakespeare y el más lejano Chaucer, y que dedicó bastantes páginas a la teoría de la traducción desde su propia práctica, entre sus compatriotas y más o menos contemporáneos, y distinguiendo tres tipos, la traslación ceñida al texto habría que verla en el Arte de la poesía de Horacio puesto en inglés por Ben Jonson; quien para él mejor cultivó la paráfrasis, esa otra posibilidad, entre los poetas de su tiempo, fue Waller, quien lo hizo con el libro cuarto de la Eneida; finalmente, en punto a libertad, y siempre siguiendo a Dryden, la palma se la llevaría el hoy más olvidado Cowley al verter a su lengua dos odas pindáricas y otra de Horacio. No sabemos qué opinión le merecerían las versiones de Pope de la Ilíada (que también Schlegel puso en alemán) y de la Odisea, tan populares entre los poetas posteriores pero paradigmas para muchos de traducción libérrima hasta el punto de que sobre su versificación en pareados de las aventuras de Ulises alguien llegó a decir: “Es un hermoso poema, señor Pope, pero no diga que es de Homero”.
En Hours of Idleness, Byron incluyó versiones de Catulo, Anacreonte y Virgilio. Tiempo después, Fitzgerald tradujo, además de su merecidamente célebre Omar Jayyam, seis obras de Calderón con el mismo espíritu de adaptación libre. Y entre los postrománticos, Dante Gabriel Rossetti publicó The Early Italian Poets (después revisado como Dante and His Circle), mientras que Elizabeth Barrett Browning dio un paso más, otra vuelta de tuerca, con sus Sonnets from the Portuguese al pretender que era traducción lo que sólo de ella había nacido. Otra adaptación, plagio o falsificación que causó furor en toda Europa fue la de los poemas ossiánicos de Macpherson, cuya versión contribuyó en el país del Rhin a acentuar las cuitas del pobre Werther, y como en carrera de relevos de lenguas traducidas —supuestamente del gaélico al inglés, y de éste al alemán, y de él a todas las lenguas cultas de Occidente— acabó con el eco de la detonación del disparo —no en la salida, sino en la prematura meta— con el que cada suicida tradujo, trajo, vertiendo sangre, tanto arrebatado romanticismo a una sien, a la boca, al corazón.
En tiempos más recientes, Ezra Pound firmaría como suyas adaptaciones de poetas provenzales y chinos y una muy libre muestra de Propercio, así como un descristianizado poema en inglés antiguo, “El navegante”, una suerte de cruz a la que limándola en su extremo aguzó hasta convertir en espada. Robert Lowell haría algo parecido con otros poetas en Imitations, y Auden llevaría al inglés viejas composiciones islandesas. Por su parte, Eliot “tradujo” aromas del teatro inglés del XVII a burlonas canciones suyas contemporáneas de The Waste Land, y aún están frescas de tinta las celebradas versiones de Ted Hughes de muchos de los pasajes de las Metamorfosis, y la de su amigo Seamus Heaney del poema fundacional de la literatura inglesa: Beowulf, con la que ha obtenido el prestigioso premio Whitbread en la modalidad de traducción.
Viene todo esto a cuento de Material imperecedero, que reúne la poesía de José Luis García Martín hasta la fecha. Aunque el autor de este libro —no es el caso— hubiese tenido por baldón y oficio emborronar imprentas con la negra tinta de majaderías sin cuento; agrupar estólidos poetas en lamentables antologías desapercibidas; aburrir con las confidencias e interioridades del mundillo literario que por sus diarios asoma, a veces como cabeza por la guillotina; aunque García Martín, en suma, no hubiese publicado una línea fuera de éstas que conforman su poesía reunida, y sus críticas no fueran seguidas con atención por muchos de los —pocos— lectores de poesía, aun así su nombre habría que escribirlo sin duda, y para pesar de algunos, con veneración y mayúsculas en la historia de la lírica española del final del siglo XX. ¿Demasiado encomio? Júzguese este mérito: Material perecedero es un tomo que como en otros casos de poesías completas no sólo justifica la vida del autor para sí mismo, sino que, para el lector —seamos egoístas— hace mejor el rato que lo lee: más rico y prolongado aún en ese segundo tiempo que la memoria quiere retenerlo, que en el caso de no pocos poemas es mucho e intenso. Unas decenas de poemas absolutamente memorables bien pueden aspirar a ese mérito, y en ellos destaca, sobre todas, una marcada tendencia a la apropiación de textos ajenos.
El concepto de versión de García Martín es doble: de un lado, están sus recreaciones de mitos (el magnífico poema “Ifigenia”, o “Dido y Eneas” o “Nausica”), estilos, maneras, dejos (como las falsificaciones que componen Muestrario, donde siguiendo una tradición antiquísima se ofrecen textos “al modo de”). De otro, ya claramente, las traslaciones más o menos libres de poemas ajenos. En ambos casos, su palabra brilla —deslumbra— y raya a una altura a la que muy pocos llegan. En la mayoría de los casos hay que hablar más bien de adaptaciones; por eso cuando en una página de su libro de diarios Dicho y hecho se hace eco de las críticas que recibió por una incursión suya en el teatro, dice: “Se me reprocha haberle sido infiel a Eurípides (ni siquiera en eso soy original: muchos siglos hace que le traicionó Séneca)”. También por eso admira al gran plagiador que fue Shakespeare, y en cada página, sin declararlo, parece tener presente la célebre frase de John Keats: “Un poeta es lo menos poético de cuanto existe: no tiene identidad”. Es decir, presta su voz a voces distintas.
A García Martín no le asusta la acusación de plagio, y desarma lo que de más peyorativo tiene esta palabra dejándola en un bonancible sinónimo de “ejercicio a partir de”, “imitación”, “homenaje” o “reelaboración”. Así, no es sólo en su proteico libro El taller de la memoria (anteriormente titulado Trasluz y luego La Biblioteca de Alejandría) donde concentra sus traducciones, ya metabolizadas en poesía propia, sino que a lo largo de casi todos los otros títulos que, piedra sobre piedra, componen este impresionante palacio de cámaras que se comunican, lleno de ventanas y espejos, es constante la recurrencia a otras voces que imposta como suyas.
No siempre emplea García Martín la cursiva o las preceptivas comillas para marcar las partes de un discurso que no le corresponde. Muy a menudo, como en “Homenaje a Sandro Penna” (autor del que García Martín, como un pintor espurio, presume haber hecho y publicado la falsificación de un poema), se nos dan imitaciones y textos apócrifos. Volvamos a Dicho y hecho, donde el poeta afincado en Asturias había escrito: “¿Traducción, recreación, plagio? No sabría decir. Lo que parece claro es que soy un poeta de inspiración libresca, casi siempre mis poemas necesitan el pretexto del texto ajeno. Pero luego, en la mayor parte de los casos, pueden prescindir perfectamente de esas líneas auxiliares que les sirvieron de punto de partida”. Eso sucede en “Un secreto”, un poema de Principios y finales, su último poemario independiente hasta la fecha, pero también en composiciones de El taller de la memoria, libro que al recoger traducciones tal vez se esperara de él que fuese más fiel, eso que a menudo es quimera en el amor y no digamos ya en la literatura. Claros ejemplos de la fértil y creativa desviación de García Martín de sus fuentes son, por ejemplo, los poemas “Un susurro”, que sólo conserva de Emily Brontë los primeros versos y después huella terrenos que sólo están en la imaginación del poeta, o “La voz”, que, si bien es guante que se ciñe perfectamente a la mano de Thomas Hardy, hace tocar a éste en el viejo laúd de la nostalgia —como las zapatillas rojas de ballet de un cuento hacían bailar con vida propia a los pies que las calzaban— una melodía más intensa y hermosa que la que la desnuda mano del escritor inglés conocía. Las apropiaciones de García Martín tienen numerosos orígenes: así, el poema “Fragmento de un poema anónimo irlandés” procede de unas estrofas atribuidas a San Cellach recogidas en el Libro del Deán de Lismore traducidas por Marià Manent; las versiones de poetas helénicos y chinos, de traducciones a diferentes idiomas convenientemente embellecidas, depuradas; las de poetas que escribieron en lenguas que nuestro autor domina, de sus propias traslaciones, elaboradas y reelaboradas hasta constituir poemas que funcionan por sí mismos.
Fuera de El taller de la memoria, el autor ha dejado traducciones más fieles —es decir, menos suyas— de poetas en portugués como de Andrade y Pessoa, u otras que sí incluyó en Poesía inglesa del siglo XX, una particular antología de traducciones de poetas realizadas por poetas en la que se hizo acompañar por Gil de Biedma y Miguel d’Ors, Luis Antonio de Villena y Justo Navarro. A “Silva de varia lección”, el prólogo de aquel volumen, deberá dirigirse el lector interesado en más sabrosos comentarios sobre el gran subgénero de las versiones poéticas.
La opción de García Martín de tejer con mimbres muchas veces ajenos la rica cestería de su obra alberga sin duda sus riesgos, frutos que no todos los paladares apreciarán por igual: uno de ellos es el de recibir el sambenito de ayuno de imaginación o de depender de un culturalismo vacío, algo de lo que lo acusaba recientemente alguien que pasa por crítico. Y sin embargo, a tenor de los resultados cabe decir que el poeta se encuadra en esa tradición a la que se aludía al comienzo de esta ya larga reseña, y que —el lector puede juzgar— sus versiones de Li Po no desmerecen, por citar unas egregias, de las que Pound publicó en Cathay.
Por supuesto que el valor de la poesía de José Luis García Martín no se agota sólo en sus traducciones, versiones o recreaciones, pero se puede decir, dejando ahora otros ángulos de los que también merecería la pena ocuparse, que en todas ellas ha desbrozado un camino que en nuestra poesía estaba casi virgen. Es la originalidad de no querer serlo. Artísticas traslaciones había muchas y por mano de excelentes poetas como Cernuda o JRJ, Guillén o Leopoldo Panero, por citar a unos pocos; pero la integración de imitaciones y adaptaciones en la propia obra era raro y algo que, entre los coetáneos de García Martín, sólo han hecho Luis Alberto de Cuenca (véase su magnífico “Gudrúnarkvida” de El otro sueño, basado en uno de los cantares del Edda Mayor) y muy pocos más. Un alto honor le corresponde al autor de un libro de título tan irónico como Material perecedero: Robert Herrick es poeta que dormiría entre nosotros en el olvido si no nos llegara rescatado y vivísimo —es decir, con la vejez y sabiduría con las que compuso lo más grande de su obra— en versos tan inolvidables como éstos, casi de hermosa canción: “A que me ames mucho poco tiempo, / prefiero que me quieras sólo un poco, / pero nunca te canses de quererme.” Uno nunca se cansa de leer y querer estos poemas de García Martín —y de Donne, y de Seifert, y Lu Yu—, y ya también, gracias a él, para siempre nuestros.


Publicado en Años, libros, vida: Bibliografía comentada de José Luis García Martín, Marcos Tramón, Llibros del Pexe, Gijón, 2005.

Recomendaciones de literatura fantástica (II)


Planilandia: una novela de muchas dimensiones, Edwin A. Abbott, Olañeta, 2004

Descubrí este libro hace treinta o más años en la biblioteca de mi padre, en otra edición que atesoraba multitud de paradojas y entretenimientos matemáticos. Y me fascinó, a mí que era de letras. Libro de ciencia ficción avant la lettre, es una novela consagrada a la geometría, y tangencialmente a la política y la sociología, a nuestras formas de organización y de percibir. Otros han ideado mundos de cuatro o más dimensiones, con viajes en el tiempo, pero Abbott nos traslada a un país de una única dimensión: el plano. Se me antoja imposible que alguien no pueda disfrutar con este despliegue de ingenio e inteligencia.

lunes, 17 de marzo de 2008

Charles Simic sobre Cavafis


En el último número de la London Review of Books (enlace en la columna de la izquierda) aparece un interesante artículo-reseña de Charles Simic, quizás el más importante poeta norteamericano vivo, sobre el gran Cavafis. Afortunadamente, disponenos de muy buenas traducciones del poeta griego en español, pero los juicios que vierte Simic siempre son dignos de ser leídos. Con todo, da gusto ver que por estos pagos Cavafis es conocido en un grado superior a lo que en el mundo anglosajón parece evidenciar
el escrito de Simic. Recordaba Luis Alberto de Cuenca hace unos días cómo nuestro país ha contado con una gran generación de helenistas desde los años cuarenta del pasado siglo. A ellos hay que añadir a quienes como Pedro Bádenas de la Peña, y otros después, nos han acercado la literatura neohelénica. ¿Quién no se ha emocionado alguna vez con cualquiera de las versiones que coexisten del poema "El regreso a Ítaca" de Cavafis?

San Columba y los poetas (II)


81. En una ocasión en la que Colum Cille se hallaba en cierto lugar entre Oilech de los reyes y Derry, vino a él una gran multitud de poetas, y le pidieron regalos y comida. “Venid a casa conmigo y os los daré”, les dijo Colum Cille. “No iremos”, le repusieron, “y si no nos los das ahora mismo, nos mofaremos de ti y te ridiculizaremos”. “A Dios le es fácil hacer que me libre de vosotros, “ dijo Colum Cille, “si Él lo quiere”, y se avergonzó mucho, pues no ha nacido ni nacerá, salvo el propio Cristo, nadie que lo supere en generosidad ni en honor. Y se dirigió ardientemente a Dios para que lo ayudara en el apuro en que se hallaba. Y dijo, “Señor Jesucristo, pues me has creado a tu imagen y semejanza, que no caiga ahora la vergüenza sobre esta imagen tuya. Que bien sabes que, si pudiera, te lo evitaría. Y no mereces reproche por mi causa.”

Entonces, confiado, fue Colum Cille a un pozo de agua fresca que había allí cerca, y lo bendijo y lo santificó en el nombre de Jesucristo, y entonces Dios le concedió una gran gracia, pues durante una hora convirtió el agua en vino. Aquel pozo recibió el nombre de “Bueno”. Y a Colum Cille le avergonzó no tener vasijas para dar el vino a los poetas y a todos los demás. Y un ángel le anunció que había cuernos de beber, que las gentes de antaño habían ocultado hacía mucho tiempo, en la muralla de un gran fuerte que se hallaba próximo, y encontró los cuernos en el lugar en el que le había dicho el ángel. Y había otro fuerte delante de aquel sitio, y allí condujo a los poetas y a los otros que estaban con él, y dio un gran banquete con aquel vino, y por ello fueron muy ensalzados Dios y Colum Cille. Y desde entonces se conoce a aquel fuerte como “El Fuerte del Banquete”.


Publicado en Renacimiento, 47-50 (Sevilla, 2005)

domingo, 16 de marzo de 2008

Recomendaciones de literatura fantástica (I)

Alasdair Gray, Historias sobre todo inverosímiles, Minotauro, 1995

Creador polifacético (él mismo ilustra sus libros), Gray sorprenderá a quien se acerque a él por vez primera. A destacar sus cartas desde un imperio oriental, quizá el mejor relato del libro. Una joya de la imaginación. Anthony Burgess lo calificó como el mejor escritor escocés después de Sir Walter Scott. Y aunque esto sea discutible (se me ocurren excelentes poetas), la calidad de su inventiva es indudable. Y gozable en extremo.

San Columba y los poetas (I)



San Columba, conocido en irlandés como Colum Cille (“Paloma de la Iglesia”), nació hacia el año 521 en el norte de Irlanda. Tras abandonar Derry (y dejarnos unos nostálgicos versos dedicados a esa ciudad), marchó al exilio, fundando el importantísimo monasterio de Iona, en Escocia. Noveno sucesor suyo en la abadía de Iona, Adomnán escribió su biografía un siglo después de su muerte, acaecida en 597. San Columba es figura legendaria que une en su persona la condición de poeta y santo, y por ambos conceptos amante de los libros (una fuente dice que él mismo llegó a copiar trescientos manuscritos, y a la copia sin permiso de uno de ellos se le atribuye su exilio). A los hechos reales de su vida se le fueron adhiriendo a lo largo de los años elementos procedentes de las vidas de otros santos, de diversas fuentes literarias, incluyendo las artúricas, y de relatos tradicionales con paralelismos en diferentes culturas.

Los pasajes siguientes proceden de la Betha Colaim Chille (Vida de San Columba) que Maghnas Ó Domhnaill recopiló en irlandés en 1532 (a diferencia del texto de Adomnán, que escribió en latín). Los aquí seleccionados apenas recogen los numerosos milagros y portentos atribuidos al santo poeta, pero sí, pensando en el público que leerá estas páginas, dan una cabal idea de su relación con los bardos o vates, colegas suyos en esa edad insegura en la que las antiguas tradiciones célticas (como la de la epopeya Táin Bó Cúailnge, que se menciona, cuyo protagonista es el héroe Cú Chulainn) convivían con la nueva religión cristiana. Quien desee leer varias composiciones poéticas supuestamente creadas por el santo, puede acudir a mi libro Antiguos poemas irlandeses (editorial Gredos, Madrid, 2001), donde también se pueden ver en su contexto las sátiras terribles que hacían insufribles a los poetas, a los que no obstante San Columba defendió.

VIDA DE COLUM CILLE

(Fragmentos)

80. En otra ocasión fue Colum Cille a cortar leña para la iglesia de Derry que está en el bosque que recibe el nombre de Fidbad, y vinieron a él unos poetas que le pidieron un obsequio. Y él les dijo que no tenía allí ningún obsequio para ellos, mas si volvían a casa con él podría dárselo. Y ellos dijeron que no querían ir, y que, si no obtenían un obsequio de él en aquel mismo instante, lo escarniarían. Cuando oyó Colum Cille que los poetas amenazaban con satirizarlo, y que no tenía nada que darles en aquel momento, una enorme vergüenza se apoderó de él, y tan grande era aquella vergüenza que aquellos que estaban presentes vieron que se elevaba humo de su cabeza y que denso sudor manaba de su frente. Y se puso la mano en la frente para quitarse el sudor, y un talento de oro surgió de aquel sudor en la palma de su mano, y dio aquella moneda a los poetas. Y así fue como Dios libró de la vergüenza a Colum Cille. Y no es de sorprender que Dios acudiese a salvar el honor de Colum Cille, pues nunca hubo, salvo el propio Cristo, un carácter más compasivo que el de Colum Cille. Y por mucho que concediera por temor a ser escarniado o satirizado, nada hacía que disminuyera lo estricto de su modo de vida, ni sus ayunos, ni sus vigilias, ni sus oraciones.


Publicado en Renacimiento, 47-50 (Sevilla, 2005)

sábado, 15 de marzo de 2008

Isn't she lovely?

La inigualable señorita Jean Butler, a los veinte años de su edad, en un concierto memorable en el Grand Opera House de Belfast, con The Chieftains. Antes de triunfar en Riverdance. De nada.

http://es.youtube.com/watch?v=ZbHNV7e2cJo

Para celebrar San Patricio



Ricardo Menéndez Salmón se hace eco en el ABCD las Letras y las Artes de la edición de La boca pobre, la novela que el mordaz Flann O'Brien escribió en irlandés y que servidor ha puesto en español. El texto aparece el mismo día en que se celebra San Patricio (patrón de la isla) en los pubs irlandeses, pues la fecha en rigor, el 17 de marzo, cae este año en Lunes Santo (y además, ya se sabe, los sábados se hace más caja). Lo celebraremos, qué remedio. Aquí el enlace:

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=9331&num=841&sec=38

Un Sena de libros


Hoy sábado, El Viajero, suplemento de El País, publica un artículo mío sobre las librerías parisinas. Si a alguien le apetece echarle un vistazo, copio aquí el enlace:

http://www.elpais.com/articulo/viajes/Sena/libros/elpcanviaeur/20080315elpviavje_6/Tes/

jueves, 13 de marzo de 2008

El regreso de Pedro Garfias


Pedro Garfias (1901-1967), un poeta al margen que no apareció incluido en ninguna de las ediciones de la célebre Poesía española. Antología de Gerardo Diego, vuelve a los estantes gracias a esta nueva muestra de la editorial Renacimiento. Lo hace de la mano del que quizás sea su principal estudioso, José María Barrera, que antepone a la selección un documentado prólogo (en su mayor parte ya publicado en el catálogo El exilio andaluz en México, que se dio a la estampa con motivo de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2006). Sólo se me ocurre ponerle algún reparo: Keats no es poeta lakista, como él dice, aunque esto sí sea correcto predicarlo de Wordsworth; se omite un sorprendente paralelismo con el Cernuda de Inglaterra; y, finalmente, debería haberse revisado la puntuación de los poemas, que a veces es mejorable (aunque es cierto que Garfias, como es sabido, dejó muchos poemas escritos en servilletas y no puso mucho celo en la publicación de su obra). Entre los numerosos méritos del libro, por contra, está el dar entero Primavera en Eaton Hastings, puro dolor de exilio y poemario de una belleza estremecedora. Alas del sur, esta antología, es una de las más notables novedades de poesía de esta otra primavera en ciernes. Vuelve el desterrado.

miércoles, 12 de marzo de 2008

William Blake



La editorial Lumen acaba de publicar la última novela de Tracy Chevalier, El maestro de la inocencia, que tiene por protagonista a William Blake. El poeta inclasificable, tan admirado por Borges, fue también un personalísimo ilustrador y grabador. Valgan estos ejemplos para demostrarlo.




Bibliotecas en Jerusalén

Justo después de haber dejado aquí la anterior entrada sobre los escritores israelitas en el Salon du Livre de París, doy con este interesante reportaje sobre bibliotecas casi clandestinas en Jerusalén. Que la desidia y el fanatismo de unos y otros no acaben con ellas:

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Ser/libro/Israel/elpepucul/20080312elpepucul_4/Tes

Escritores hebreos en París

El Salon du Livre de París, que comienza el 13 de marzo, tiene como país invitado a Israel, sesenta años después de la creación del Estado hebreo. Por el recinto ferial pasarán 39 escritores que escriben en esa lengua. Autores de otra emparentada con ella, los árabes han declarado un boicot al certamen, confundiendo churras con merinas. Es cierto que el estado judío lleva décadas realizando una política criminal contra libaneses y palestinos, pero la literatura es, o debería ser, otra cosa. También palestinos radicales llevan años masacrando inocentes en centros comerciales o autobuses.
Yo sé que comparado con el destino terrible de ese pueblo y la barbarie de los campos de concentración, el barbarismo del término “Shoah”, cada vez más arraigado, es lo de menos, pero esta palabra, como la de “holocausto”, me resultan muy antipáticas, y no sólo por la realidad de persecución y muerte que enuncian, sino sobre todo por su ombliguismo. Por su etnocentrismo (quizá apropiado en Tel Aviv pero improcedente fuera). Si se las sustituyera por genocidio, quitándoles su exclusividad judía, tal vez todos podríamos convenir en que los crímenes contra la humanidad son execrables se realicen contra los hijos de Israel o contra los armenios, los kurdos, los palestinos o las comunidades amerindias.
El escritor egipcio Alaa el-Aswani se queja de que ya no es la Francia que él conoció. Pero, ¿debe hacerse el vacío a unos escritores por causa de la política del Estado al que pertenecen? Yo, que a diferencia de otros escritores españoles como Jon Juaristi o Adolfo García Ortega, no soy nada projudío (seguramente declaro una limitación, no es que alardee de ello), tengo que defender el derecho de esos colegas israelíes a pasearse con su obra por París. O por la Feria de Turín, en mayo. Como igualmente defiendo el derecho de los árabes de Egipto o Palestina a protestar -no en el Salon du Livre- contra un Estado invasor y racista. Y nuestro derecho, dinamarqués y europeo, a publicar caricaturas cuando nos venga en gana, como llevamos siglos haciendo. Por medios pacíficos y sin mezclar camellos con dromedarios; quiero decir, enjuiciando las obras sin descalificar a sus autores por el pasaporte que ostentan.

martes, 11 de marzo de 2008

El otro centenario




Este año se celebran los centenarios de dos grandes escritores irlandeses. Uno es bien conocido y obtuvo el Premio Nobel en 1969. El otro es un perfecto desconocido fuera de su isla, e incluso en ella para buena parte de la población. Beckett es un colosal escritor; su compatriota, que murió en 1970, también lo fue.


No consiguió Máirtín Ó Cadhain galardones oficiales, sino pena de cárcel por su vinculación al IRA (si luego se apartaría de la organización, al parecer fue él quien reclutó a otro notorio republicano que también conoció las mazmorras: Brendan Behan). Pero su obra en prosa en gaélico irlandés es la más importante del siglo XX en esa lengua menguante. Una novela, Tierra del cementerio, lo acredita. También, decenas de relatos publicados en varias colecciones donde impera la desolación del paisaje de su nativo Connemara, las viejas costumbres que se desmoronan, la amargura. “La rama que se marchita” es uno de los cuentos más tristes y hermosos que uno haya leído nunca.


Algunas cosas se han hecho para recordarlo: reediciones de obras suyas, alguna traducción al inglés, la grabación en disco compacto de una dramatización de su gran novela, simposios, programas de radio, documentales, el consabido sello conmemorativo. Algo de justicia para quien fuera un narrador de primera y agitador político, reconocido lingüista y, en sus años finales, profesor en el Trinity College. Que Ian Gibson me corrija, pero creo que ambos se debieron de cruzar por los pasillos de la universidad dublinesa en los años cincuenta del pasado siglo.



Publicado en
Mercurio, 85 (2006)