viernes, 29 de febrero de 2008

La guerra del gabacho

El pasado martes se presentó el libro La guerra del gabacho. Con esa ocasión dije, más o menos, las siguientes palabras:

Me pide Francisco Núñez Roldán (en adelante Paco) que le presente su nuevo libro, éste que hoy nos congrega: La guerra del gabacho, 1808-1814. Y aunque no es uno particularmente amigo de los actos públicos, no ha podido rehusar el ofrecimiento por dos poderosas razones. La primera porque -si me permiten el símil militar, que conviene al libro-, cuando al grito de “A mí la Legión” un compañero de armas (literarias) reclama auxilio no se puede sino atender al llamado, con razón o sin ella. Lo de la Legión no es gratuito, pues es palabra que procede del latín lego, legis, legere, tomar, coger, pero también leer (aquí está el profesor Daniel López-Cañete, amigo de Paco y mío, que me espero no me desmienta). Y el segundo motivo al que me refería es que el libro me ha interesado vivamente, lo mismo su temática que su tratamiento, como explicaré a continuación. Por eso puedo decir que el “A mí la Legión”, a mí la lección, a mí la lectura, es un imperioso grito que en este caso –lo digo rotundamente- al que sí le sobran razones para ser atendido. A la excelencia no sólo histórica sino también literaria del libro me remito.

Francisco Núñez Roldán se ocupa en La guerra del gabacho de la Guerra de la Independencia, la Guerra Peninsular, como se la denomina en Inglaterra. Me ha devuelto en parte a la niñez. Gracias. Me ha hecho recordar una entrada de la Encyclopaedia Britannica que mi padre compró hace tres décadas en la que hallé estudiada la “guerrilla warfare”, la guerra de guerrillas, término aposentado en la lengua inglesa a partir de los hechos que narra Paco en el libro que presentamos hoy. Igualmente me ha traído a la memoria a esa heroína de nuestra infancia, Agustina de Aragón, que como La guerra del gabacho, también tiene la aliteración de sus g (de sus gues a la hora de pronunciar), como si estuviéramos en un verso aliterativo anglosajón, de Beowulf o de La batalla de Maldon. Aquella película de Juan de Orduña vista en las sobremesas de los sábados era, naturalmente, simplista, como se contaba la historia por entonces. Afortunadamente, hoy la historia recupera toda su gama de grises entre el blanco y el negro, y en el libro de Paco vemos los matices, las sombras, los claroscuros de héroes y villanos.

Es libro de novelista éste La guerra del gabacho: el dato histórico, la investigación concienzuda no asfixian a la narración fluida. Es inevitable pensar en Pérez Galdós y sus Episodios nacionales. Naturalmente. Pero por el estilo, con su presente histórico, parece que estuviéramos siguiendo a Julio César en La guerra de las Galias. El autor ha sabido además intercalar escenas dialogadas a lo largo de esta relación, y así ha conseguido acercarnos a nosotros, lectores, a los hechos que narra. Valga como ejemplo, la de la página 122, precisamente del sitio de Zaragoza.

Aunque no la cita, existe traducción española del soneto de Wordsworth que se menciona al comienzo de la obra, “uno de los resúmenes más breves y encendidos sobre la justificación de la sublevación española”. La hizo nada menos que nuestro paisano Luis Cernuda en los primeros meses de su estancia en Inglaterra, allá en el 1938. Teniendo en cuenta que si hiciéramos un butrón en esa dirección llegaríamos antes de recorrer cien metros a la casa donde nació el poeta, me permitirán que se la lea. Dice así:



CÓLERA DE UN ESPAÑOL ALTANERO


Podemos soportarle, a él, que arrase nuestras tierras,

Nuestros templos despoje, y con espada y llama

Nos restituya al polvo del cual hemos surgido;

Tal alimento exige el hambre de un tirano.

Podemos resistir al pensar ya vencida

España por sus manos, y que él así posea,

Para deleite suyo un desierto solemne

En donde los valientes yazcan muertos.

Mas cuando hablarnos osa de ligaduras rotas,

De beneficios y de un futuro día en que nosotros

Con alma iluminada bendigamos su imperio,

Entonces débil se torna el duro corazón asediado,

Y gemebundos, entre vergüenza y palidez decimos

Que inflinge ya lo insoportable a nuestra fuerza.


Y hablando de poesía, una de las más conmovedoras elegías de la literatura inglesa fue la compuesta por un prácticamente desconocido Charles Wolfe en honor de John Moore, uno de los protagonistas ingleses del conflicto. Esos versos fueron magníficamente traducidos por María Victoria Atencia hace veinticinco años. Hace bastantes más, Rosalía de Castro le dedicó “Na tumba do xeneral inglés Sir John Moore”. No solamente está presente la huella de Moore en esos dos poemas. Su presencia se hace sentir también, aunque de forma insospechada, en el Ulises de Joyce. Sí, no son alucinaciones provocadas por la ingesta de unas pintas de cerveza negra en Flaherty o en el Trinity, antes de venir aquí (eso toca después, ¿no, Paco?): resulta que Moore fue quien, ante la amenaza napoleónica, dispuso proteger el litoral de las islas de la Gran Bretaña e Irlanda con esas torres conocidas como Martello, que toman el nombre de una de Córcega. De no haber sido por Moore, James Joyce habría tenido que comenzar de forma distinta, o al menos en lugar diferente, su gran novela.

Pero de la mano de Joyce dejemos la lírica y volvamos a la épica. Me consta que Paco se lo ha pasado bomba (otro símil militar) investigando para este libro. A los amigos de una tertulia a la que no he acudido tanto como me hubiera gustado nos iba dando semana tras semana sus partes de guerra: una visita a unas derruidas casamatas, el trasiego por cerros o campiñas... un trabajo de campo que en este caso ha sido de campos de batalla. Me ha recordado en ello a un personaje de Laurence Sterne: el entrañable tío Toby de Tristram Shandy, siempre recreando complejas acciones militares en una reproducción a escala de campos de batalla, con sus fortificaciones y armamento.

Este libro es como un gran diorama desplegable de soldaditos de plomo. Y a eso se limita el metal, a ser soporte de miniadas casacas rojas o uniformes azules, pues La guerra del gabacho no es un libro plúmbeo en absoluto. Ameno, entretenido, además de instructivo, pertenece a un tipo de libro que en España escasea. Más se diría que ha sido traducido de alguno de los que forman en las secciones de historia militar de las buenas librerías británicas, por ejemplo en Hatchards, en Piccadilly, que ya existía bastante antes de que a Napoleón se le ocurriera poner un pie en España. Pero si traducción fuera, habría que convenir que merecería el Premio Nacional de Traducción, tan bien escrito está. Ya lo dije, Francisco Núñez Roldán no es historiador, sino eso bien diferente: escritor que sabe contar una buena historia.


La poesía de la guerra




Entre los vicios que uno está dispuesto a confesar, hay uno de rostro terrible que le aqueja desde niño y aún no ha conseguido desterrar del todo pese a los imperiosos dictados del intelecto e incluso del corazón: es éste la atracción y hasta fascinación sin tasa por Marte, ese dios que envenena la sangre para, en pleno paroxismo de la rabia, verla derramar estéril y gratuitamente, sin ni siquiera la excusa de la necesidad vital —mortal— que un conde transilvano tiene de beberla y metabolizarla. Marte y muerte, Mars y mors, son casi lo mismo, y la lengua latina, en César, en Tácito, en Virgilio, una peligrosa invitación a lo bélico siempre.
Al descerebrado lector y escritor que es uno, le gustaría apuntarse a alguna cofradía de belicistas anónimos o asociación de lectores de Soldier of Fortune en rehabilitación, pero aún guarda, demasiado poderoso, el recuerdo de los soldados de juguete de su infancia. Lo cual no quita para que también quiera exonerar de cualquier culpa de ese nefando vértigo a sus padres, al medio, a su país: con los grandes pecados, con estoicismo militar, ha de cargar uno solo, que no es cosa de azuzar a los perros asilvestrados del remordimiento contra otras conciencias que no sean la propia.
El libro con el que ahora brego sobre el campo de batalla de mi mesa es una antología sobre la poesía que han inspirado las guerras, un ejército de versos de muy diversos batallones y armas. The Faber Book of War Poetry, editado por Kenneth Baker, reúne mucho de lo mejor que se ha dicho sobre el asunto, desde las más encendidas apologías a los lamentos más sobrados de razón y pesadumbre. Como secuencia interminada del número de la Bestia, 66 son las secciones en las que se reparte el contenido del grueso libro, tal ha cautivado la poesía bélica a los poetas. Una selección al azar de su nómina arroja la siguiente lista: composiciones sobre la música marcial, las mujeres dejadas atrás, el reclutamiento, los mercenarios, el consuelo en la obscenidad, valor y heroísmo, burros, fortificaciones, victorias, desastres, los viejos buques, asedios, enfermeros y médicos, el pillaje, los supervivientes, el pacifismo, el regreso tiempo después a los campos donde se combatió...
La mayoría de los poetas pertenece al mundo angloparlante, pero no son escasas las traducciones de Camoens, Pasternak, Ajmatova, Du Bellay, Brecht y otros. De nuestra lengua sólo se ha vestido con uniforme inglés a Neruda y a ese soldado desconocido que es el autor del Poema de Mío Cid. Nuestros clásicos podrían estar más representados, pero si hubiera que añadir dos poetas contemporáneos nuestros a la legión que forma en las páginas de este libro, uno mencionaría los nombres de Julio Martínez Mesanza (con cuyos versos sobre la lealtad cerró Álvaro Mutis hace poco su discurso en la ceremonia de concesión de los premios Príncipe de Asturias), y Antonio Colinas, siempre tan armónico y pacífico, que cierra una de las secciones de Noche más allá de la noche con las palabras de un legionario romano agonizante que, destacado en la Hispania contemporánea de la Eneida, pide en sus estertores últimos “Grabad sobre mi tumba un verso de Virgilio”.
Hay muchas líneas y estrofas memorables en esta antología escrita durante siglos y al alimón por ambos bandos (panegiristas y detractores), pero una común grandeza se superpone a sus insignias y estandartes, y casi siempre escuchamos el aliento de lo trágico. Figura aquí la más hermosa arenga que se haya pronunciado nunca: la que ese general insuperable, William Shakespeare, puso en boca de Enrique V (acto cuarto, escena tercera), antes de la batalla de Agincourt. Quien haya visto la película de Kenneth Branagh no olvidará ya nunca el día de San Crispín ni ese canto codicioso de gloria: “Nosotros pocos, afortunadamente pocos, en bandería de hermanos.” También está el desaforado poema de Robert de Born que inspiró la “Sextina Altaforte” de Ezra Pound, y fundamentadas y tentadoras invitaciones a la no incorporación a filas, e incluso a la deserción, firmadas por A. E. Housman y otros. Hay mucho de terrible en la poesía de o sobre la guerra, y un peligroso romanticismo en ideas como la que transmite un vicealmirante japonés, versos que podrían rezar como credo de los kamikazes:


FLORES EN EL VIENTO

Hoy abriéndose, esparcidas luego:
la vida es como una flor delicada,
¿quién puede esperar que su aroma
dure por siempre?


La portada de este libro es del color de la sangre.




(Publicado en La Mirada, 151, El Correo de Andalucía, 27-2-98)

Ronda

Prímula y pensamiento, lavanda, margaritas,
las espinas de rosales aún sin flores
y ya el milagro sobre los almendros.

Mi felicidad volaba alta, hoy a tu lado:
un globo inflado con tu calor,
sobre la luz de los montes.

miércoles, 27 de febrero de 2008

La boca pobre


Está a punto de distribuirse mi traducción de La boca pobre, la única novela que Flann O'Brien escribió en irlandés (o gaélico, como se prefiera). Llega de la mano de Nórdica, editorial que ya ha publicado otras dos obras de O'Brien.
La boca pobre, segunda novela que escribió Flann O’Brien, es la más divertida de las obras de este maravilloso autor irlandés. Fue publicada en gaélico en 1941 y en 1964 se tradujo al inglés. Para esta edición el texto ha sido traducido del gaélico. La novela es una crítica de la situación en la que se encontraba la población rural irlandesa a mediados del siglo xx. Trata sobre la identidad, real o impostada, y el título de La boca pobre alude a una expresión gaélica que hace referencia a cargar las tintas sobre la pobreza y las penurias que se padecen, con objeto de obtener compasión y lástima, y los beneficios que estas reportan. Aquí todos buscan ser lo que no son. La sátira fue siempre un elemento muy presente en la tradición gaélica, desde la poesía medieval al espléndido y dieciochesco Tribunal de la medianoche. Flann O’Brien lo sabía y contribuyó al género con esta estupenda novela.

«La boca pobre es una especie de réquiem en sordina por un idioma en vías de desaparecer, y por los últimos pobladores que aún lo hablaban, descendientes de reyes guerreros y poetas prodigiosos, degradados a una condición donde la diferencia entre su vida y la de los cerdos cuya crianza los mantenía era apenas perceptible.» Sergio Pitol

martes, 26 de febrero de 2008

Piazza Navona

Igual que quienes cierran tras nosotros
el telón de la escena,
sentados a otras mesas, sonrientes,
y quizá tan dichosos,
también tú y yo, ahora,
seremos periféricos intrusos
en fotografías viajeras
mostradas en Los Ángeles o México,
enmarcadas en Oslo o Copenhague.
Igual que otros perviven, inmutables,
en esta imagen nuestra exaltada,
así nosotros multiplicados, miles,
testimonio ofrezcamos al mundo del asombro
de estar en Roma juntos, siempre amándonos,
con colores que nunca amarilleen.

domingo, 24 de febrero de 2008

Tras la ballena blanca


Tim Severin es un señor que ha cumplido los sesenta años de edad y que ha pasado dos tercios de su vida empeñado en prolongar su juventud, realizando para ello aventuras que al resto de los mortales se nos antojan imposibles. Con embarcaciones artesanales, émulas de las que en otros siglos surcaron los océanos, Severin ha seguido las estelas de Jasón y de Ulises en el Mediterráneo, o la del mítico santo irlandés San Brendan, olas atlánticas adelante.
Estos días, el marino impenitente, arqueólogo de espumas, ha estado en España, uno de los países de más arraigada tradición naval del circunvalado orbe, para presentar su último empeño: el de buscar a la ballena blanca, el cetáceo de las mil páginas que inspiró a Melville una de las novelas más obsesivas y arrebatadoras, como un golpe de mar, de la literatura universal.
La proa de Severin ha hendido los siete mares en pos de los mitos que rodean al gran mamífero, y ha añadido a su acervo de leyendas y consejas de tabernas de puerto los relatos de muchos pescadores de lugares tan remotos como Malasia. Casi siempre la imagen es unánime: anónima o bautizada (Moby Dick), la ballena blanca goza de prelatura entre las de su especie, es una suerte de guía o capitán; quién sabe si su palidez y blancura son atributos, como canas o togas entre hombres, de un senado ballenil y errante siempre por el proceloso imperio de Neptuno.
En La moneda de hierro (1976), Borges publicó un poema en homenaje a Melville en el que recuerda cómo los sajones, antepasados del escritor norteamericano, llamaron al mar “camino de la ballena”, en esa fertilísima línea de metáforas de las kenningar escandinavas. Seguidor de esa senda, Tim Severin ha recorrido mil y un caminos, como la tripulación del Pequod y tantos otros buques balleneros, y cual un eco de anteriores singladuras ha traído a las mientes esa anterior navegación suya en la que siguió los vientos de San Brendan, pues una de las más hermosas aventuras del santo fue cuando desembarcó con sus monjes en lo que tomó por un islote y éste resultó ser una ballena. En una versión anterior, Brendan es el rey precristiano Bran, y en la leyenda interviene Manannán mac Lir, dios del mar y epónimo de la isla de Man.
Yo creo que, errando como San Brendan, Severin, en su creencia de perseguir a la ballena blanca, ha ido —y nosotros le acompañamos encantados— tras una especie que gracias a tipos como él no está todavía en vías de extinción: la página mil veces recorrida y siempre en blanco de la literatura. ¿Será demasiada licencia llamar a ésta “camino de prodigios”?




Publicado en Turia, 59-60 (Teruel, 2002)


Traducción y metadona

Suelo decir que para mí la escritura de poesía es una droga, una heroína que, al contrario que el “caballo” en el mundo real, es la droga la que me va abandonando a mí, en vez de yo a ella. Pero para conseguir un sucedáneo está la metadona, la traducción de poesía. Con oficio, si uno no está siempre en condiciones de escribir un buen poema, siempre tiene a su alcance traducir los más grandes de la lengua o lenguas que domine. El resultado no es el mismo, claro, pero “engaña”.

Los poemas de un escritor total



A Felipe Benítez Reyes le faltaba la viñeta de D. H. Lawrence para su deslumbrante galería de escritores, reunida no hace mucho bajo el título de Gente del siglo. Ahora se desquita de esa ausencia con un prólogo divertido y curioso en el que prácticamente no hay párrafo que no esté escrito con retranca, con una gran brillantez que nos hace casi, para salvaguardar la agresión de la chispeante prosa a los ojos, querer apartar la vista del personaje Lawrence, un excéntrico lleno de peregrinas teorías.

Pero D. H. Lawrence, amén de autor de novelas en cuyos títulos aparecen casi siempre las palabras amante o amor, fue un poeta valioso al que, como bien destaca Benítez Reyes al reivindicar su condición de escritor total, no se le ha perdonado su cultivo de otros géneros; como si escribir novelas irremplazables invalidara para el hecho, independiente y no menos meritorio sin duda, de haber dejado un puñado de poemas memorabilísimos que han de contar por derecho propio en cualquier antología de la poesía inglesa de todos los tiempos, lo que no es poco honor. Como no debería ser de otra manera, en esta edición se incluyen los textos en inglés, y en ellos se puede apreciar el talento verbal de Lawrence, por ejemplo en la repetición incremental que presenta en las palabras ash, lash y slash del poema “Infancia en discordia”: Outside the house an ash-tree hung its terrible whips, / And at night when the wind rose, the lash of the tree / Shrieked and slashed the wind, as a ship’s (...). En otra ocasión, el poema se hace figurativo, como cuando en Vicious, you supple, brooding, softly-swaying pillars of dark flame el ritmo del largo verso imita al oscilar de los altos cipreses mecidos por el viento. No faltan tampoco las aliteraciones, de las cuales la siguiente línea tal vez sea un caso extremo: And treading of wet, webbed, wave-working feet (“Leda”).

Lawrence comenzó escribiendo al modo de los llamados “pastorales georgianos”, en un momento de transición —cuál no lo es— de la poesía postvictoriana a las innovaciones que surgieron al frisar la primera década del siglo. De esa época inicial en que publicó cuatro libros recogidos posteriormente en Primeros poemas un magnífico exponente es “Ladrones de cerezas”, inquietante y en el que ya están desatadas las fuerzas de lo telúrico y las relaciones muchas veces espinosas entre los sexos. De la misma colección es también “Bajo el roble”, igualmente pleno del poder de la tierra y rimado como el anterior, pero con una alternancia de metros largos y cortos que lo van acercando al futuro verso libre que dominará su obra. El poema titulado “Verde”, de sólo seis versos, se incluye no sin razón en la antología Imagist Poetry. Traducido por Moreno Carrascal es como sigue: “El alba era de un verde manzana. / El cielo, un vino verde sostenido bajo el sol. / La luna, un pétalo de oro entre los dos. // Ella abrió sus ojos, y verdes / brillaron, claros como flores deshechas / por primera vez, por primera vez abiertas a la luz.”

¡Mira, lo hemos logrado! (1917), con poemas que remiten a su propia inquieta vida durante su vagar europeo, da paso en 1923 al que para muchos, entre ellos Auden, es su mejor poemario: Pájaros, bestias y flores. Todos los poemas, generalmente largos, recogidos en esta sección de la antología son admirables por la personalísima visión que hay en ellos y por la capacidad de expresarla en palabras que fluyen naturalmente y pueden llegar a expresiones rotundas como ésta del poema “Cipreses”: “¿El mal, qué es el mal? / Tan sólo hay un mal, negar la vida”.

En Pensamientos (1929), los poemas “Cisne” y “Leda”, más obviamente éstos por sus títulos, pero también “Danos dioses”, recuerdan inevitablemente en su temática a “Leda y el cisne” (1923), de Yeats. Por su parte, “Respuesta a Whitman”, del mismo libro, encuentra su correlato en “Un pacto”, un poema que Pound recogió en Lustra (1916) y que comienza: “Haré un pacto contigo, Walt Whitman”. Con Pound, además de cierta vena imagista, tiene en común Lawrence las invectivas a lo más rancio de la sociedad, que en aquél estaban presentes en Ripostes y Lustra, además de Hugh Selwyn Mauberley, y en éste en las composiciones breves, casi epigramáticas, de Pensamientos, Ortigas y Últimos poemas y más pensamientos. También recuerda al autor de The Cantos y a otros imagistas como H. D. o Richard Aldington en textos en los que la huella de Grecia, con sus héroes y dioses, está plena, así en el bellísimo “Por un momento”, “Los argonautas” o “Dicen que el mar no tiene amor”, que lo acercan también a la poesía que por las mimas fechas estaba escribiendo en Alejandría Constantino Cavafis.

Esa magnífica pieza casi cómica que es el prólogo de Benítez Reyes, la ajustada introducción y por lo general buena traducción de Moreno Carrascal, y los poemas en sí de Lawrence, por supuesto, hacen de este un libro muy recomendable. Pero es necesario ser leal con su posible lector y con la editorial que lo ha publicado: tras su elegancia formal, tan atractiva, se agazapan numerosos gazapos, horrorosas erratas y descorazonadores descuidos, como son las diferencias de traducción que uno halla en la introducción y en el cuerpo de la antología, o que por arte de birlibirloque al poema “Gipsy” se le haga ser “Gitano” también en inglés, o que las cerezas, plurales, del hermoso y turbador segundo poema se conviertan en una sola cereza (¿tal vez la cereza como idea platónica, como el ruiseñor de Keats?). Además, y esto probablemente sea un despiste del traductor, se citan mal los nombres de William Carlos Williams y Richard Aldington. Por otra parte, y para finalizar, una edición bilingüe, además de parecerlo, ha de presentar sin corrupciones o erratas el texto original, y ésta no siempre lo hace. De Renacimiento, por los títulos publicados y por los que sabemos que se avecinan en esta misma selecta colección de traducciones, podemos y debemos exigirle mayor esmero. Los libros que edita lo merecen.

Publicado en Clarín, 21 (Oviedo, 1999)

Un poema de Andrew Motion

EN EL ÁTICO



Aunque ahora sabemos

que tu ropa nunca

hará falta, la guardamos

con llave en un baúl, arriba.


A veces me arrodillo allí,

tocándola, tratando de revivir

el tiempo en que tú la llevabas, de recordar

la verdadera forma del brazo y la muñeca.


Mis manos empujan hacia atrás

por mangas huecas e invisibles:

vacilan, después las cogen

y se elevan:


unas vacaciones verdes; un rojo bautizo;

todas tus vidas sin terminar,

destiñéndose por oscuros veranos,

entrando como polvo en mi cabeza.

Miles gloriosus

De mis tiempos de la facultad recuerdo con cariño el latín, la emoción de Ovidio, la gracia de Plauto. Tradujimos su comedia Miles gloriosus: ya se sabe, la historia de un fanfarrón. Con igual jactancia, si no tan humorística, veo y pregono que este blog ha alcanzado un millar de visitar (esto de añadir una sílaba a “mil” parece que aumenta la cifra y la condecora). ¿Mucho para un mes? ¿Poco? Desde luego, más de lo que esperaba. Ahora -vanitas vanitatum-, si se tiene en cuenta la gran cantidad de posts o entradas, resulta ser una cifra bastante escuálida, menesterosa. Y además no ignoro que a diferencia de las visitas de antaño, tarde entera en torno a una taza de café y pastas, alrededor del brasero, las más de las visitas de esta casa habrán sido un apresurado correr por los pasillos, un asomarse un instante a la ventana abierta, un “hola y adiós, que voy de paso”.

Pero yo, con mis mil, digo, un millar, ufano y orgulloso de este blog. Palabra que, dicho sea de paso, se parece demasiado a bluff o bla. Bla, bla, bla...

Las hierbas de Shakespeare


En un despacho de agencias publicado en el periódico de hoy leo lo que sigue: “El dramaturgo William Shakespeare podría haber fumado cocaína mientras escribía, según el análisis de fragmentos de su pipa encontrados en su domicilio de Stratford-upon-Avon”. El dato ha sido tomado del South African Journal of Science, y el adalid del “descubrimiento” es Francis Thackeray, descendiente lejano del escritor Thackeray, autor de La hoguera de las vanidades. De aquella hoguera vienen estos humos, un poco fútiles sin duda, porque aunque se demostrara que la coca, como el tabaco, se fumaba en la Inglaterra del XVII, más difícil sería corroborar que el autor de Hamlet mencionó esa hierba en su soneto LXXVI, como quiere Thackeray el joven (a quien llamaremos así para distinguirlo, como a un Plinio de otro, del viejo Thackeray victoriano).
Sherlock Holmes es inseparable de su pipa, y muy detectivesca, y seguramente de su gusto, es esta investigación que ha llevado a examinar las pruebas en el Laboratorio de Ciencia Forense del Departamento de Policía de Pretoria. Pero Thackeray el joven es más gárrulo Watson de lo que habíamos pensado, pues desbarra cuando apunta que “hay ciertos indicios en los escritos de Shakespeare que lo insinúan”, y aduce una “célebre hierba” del citado soneto LXXVI que podría ser una referencia al cáñamo de la India.
La verdad es que el verso, o más bien la estrofa, dice: Why I write still all one, ever the same, / And keep invention in a noted weed, / That every word doth almost tell my name, / Showing their birth, and where they did proceed?. Ésta es mi traducción en no muy inexacto endecasílabo blanco. El sujeto es la poesía que escribe el propio Shakespeare: “¿Por qué de continuo habla de lo mismo, / cubriendo al numen ropas conocidas, / que casi toda voz dice mi nombre / y muestra su linaje y su ascendencia?”. Así que el doctor Thackeray, supongo, toma noted weed como “célebre hierba”. Sería esto un juego de palabras, cosa nada infrecuente en Shakespeare, pero los editores de los Sonetos nos informan en las notas al texto de que weed es “ropaje”. Uno de ellos añade incluso que la metáfora de las ropas se empleaba a menudo para describir el arte de la escritura, cosa perfectamente coherente con el mensaje y vocabulario del soneto.
Y es que weed (procedente del anglosajón weod) significa hierba, con todas las connotaciones añadidas de tabaco o droga, pero otra weed (del anglosajón wæd, vàð en nórdico antiguo) es ropa o prenda. De aquí la frase de Spenser Each man’s worth is measured by his weed, “el valor de un hombre se mide por sus ropas”.
Me parece que, por esta vez, el doctor Thackeray puede haber encontrado todos los restos de droga que él quiera en la dichosa pipa, mas ninguna huella en los versos. Puesto que no hay dos sin tres, tal vez le haya afectado una tercera y confundidora weed a la que los diccionarios definen como a sudden febrile attack, un repentino ataque de fiebre.

Publicado en Turia, 59-60 (Teruel, 2002)

sábado, 23 de febrero de 2008

El Club de la Memoria





No pude asistir a la presentación aquí en Sevilla de la última novela de Eva Díaz Pérez, finalista del Premio Nadal 2008. Y me hubiera encantado ir, porque Eva es amiga y la temática de sus novelas siempre me ha interesado. La anterior, Hijos del Mediodía, era una deslumbrante recreación del 27 sevillano, en el que mezclaba realidad y ficción. Ahora hace lo propio con las Misiones Pedagógicas, una iniciativa que he llegado a conocer, y a apreciar, durante mi investigación de la vida de uno de sus más notables participantes, Luis Cernuda. Qué sensación agridulce contemplar la fotografía de los "misioneros" de la portada, alegres, antes de que España saltara por los aires.

viernes, 22 de febrero de 2008

La distracción o el humor


Como se recordará, uno de los libros cimeros del superrealismo español es La destrucción o el amor, de Vicente Aleixandre. Varias décadas después, un poeta irreverente y deliberadamente prosaico, super realista, trastocaría aquel título en La destrucción o el humor. Si Aleixandre y Salvago son sevillanos de nación, un sevillano de adopción, Fernando Iwasaki (Lima, 1961), le ha dado ahora la vuelta al título de la gran obra del Arcipreste de Hita, y en la línea abierta por el Nobel y otrora novel hispalenses, añadiendo otra vuelta de tuerca a la tradición literaria, podríamos calificar a su Libro de mal amor, alternativamente, como “la distracción o el humor”.

Colección de relatos ordenados cronológicamente más que novela, el último de Iwasaki es un libro amenísimo y entretenido que con un envidiable derroche de humor narra diez fracasos amorosos a cuál más desternillante. Se puede afirmar que todas y cada una de sus páginas están tocadas por esa cualidad que Oscar Wilde ponía por encima de todas las demás: el encanto.

Amada tras amada —Carmen, Taís, Carolina, Alicia...— Iwasaki va recobrando los elementos de una educación sentimental —no en vano, varios episodios tienen lugar en una academia en la que imparte clases— en las que los fracasos, sin dramatizar, se van pasando unos a otros el testigo (son, como en una comedia de Billy Wilder, a un tiempo divertidos y emocionantes, hilarantes y no por ello menos melancólicos). Como no podía ser de otra manera, el estilo de Iwasaki —que linda con el de Cabrera Infante sin llegar a los extremos de glotonería lingüística de Julián Ríos— es territorio natural de paronomasias y calambures. La gracia de los juegos de palabras y esa otra gracia superior, el citado encanto, ponen un dique a lo que en otros sería una lacrimosa memoria de desengaños acres.

El virtuosismo en el dominio del lenguaje llega a cotas altísimas en “Rebeca”, pero el lance más arrebatadoramente hermoso, por lo que tiene de contención y renuncia, tal vez sea “Alicia”, tan delicado como los pasos de baile de uno de esos ballets que rememora.

Uno lee estos relatos de Iwasaki con una suerte de narcisismo a la inversa: se ve identificado con lo patoso del personaje en sus choques de antaño contra murallas infranqueables que no abrieron las puertas a su amor. Últimamente se habla mucho de las cualidades terapéuticas de la risa. Libro de mal amor contiene, más que capítulos, diez cápsulas de muy grato sabor para el rejuvenecimiento.


Publicado en Clarín, 34 (Oviedo, 2001)

La vida como argumento


Rudyard Kipling está gozando —estamos gozando sus lectores— de gran fortuna últimamente en español. Ahora, nos llegan él mismo y los numerosos escenarios de su prolija vida en esta autobiografía que ha traducido el poeta malagueño Álvaro García. La edición española del célebre Something of Myself se lee, si cabe, con más agrado que el original inglés, que circula por esos mundos repleto de notas que interrumpen con su no siempre solicitada erudición el texto. En cuanto a la traducción propiamente dicha, baste decir que es elegante y pulcra, y que corrige algún despiste de Borges en los párrafos que éste se sirvió traducir en una reseña para la revista El Hogar.

Algo de mí mismo es un libro sumamente gozable, lleno de elipsis —es cierto, lo cual no deja de ser un rasgo de estilo—, pero cuajado de rasgos de inteligencia y de humor. Como una imagen en negativo de la geografía humana hoy comúnmente aceptada, el paraíso del niño Kipling está cerca de Bombay; el infierno, en el corazón civilizado hasta la crueldad del Imperio. Se nos narran las infelicidades en un hospicio de Portsmouth —ciudad de la que era Dickens, el Platón que ideó o, mejor, retrató como nadie, elevándolas a mito, las cavernas de los orfelinatos y de los Hard Times—. Kipling, faltaría más, no condesciende a la sensiblería, pero como en un eco de su vecino, titula el capítulo tercero precisamente “Siete años difíciles”. La India, Inglaterra, Australia, Nueva Zelanda y América del Norte (Estados Unidos y Canadá) son los paisajes de este libro-vida de Kipling. También Sudáfrica, de donde era su amigo Haggard (el autor de Las minas del Rey Salomón). Otro amigo aquí retratado fue Henley (el escritor cojo en el que Stevenson se inspiró para su personaje de John Silver en La isla del tesoro).

En este largo flash-back que es el libro, y no por hacerse el interesante sino como puro testimonio, el autor emplea a un magnífico plantel de secundarios que la diosa Fortuna le concedió en el casting de su vida; además de los citados escritores, el polifacético William Morris y el pintor Burne-Jones, por no mencionar a Henry James, con quien mantuvo una larga relación, o a Rhodes, ese filibustero de secano que se regaló a sí mismo un país: Rhodesia.

En diferentes momentos, y sobre todo en el capítulo final, Kipling hace observaciones sobre el oficio de escritor, ya sea como redactor de un ínfimo periódico en las colonias o como exitoso autor de relatos que le dejaron notables rentas además de una insólita fama. De que ese escritor tenía un indudable talento literario dan testimonio, por ejemplo, ciertas evocaciones de sus estancias en el África austral.

Es cierto que Kipling fue un racista que detestaba a los irlandeses. Pero no sólo a ellos: también a los bóers, a los alemanes y a los yankees. Como a un tío viejo que nos contaba cuentos, y que tal vez fuera cascarrabias con extraños, nosotros le perdonamos sus manías.


Publicado en Culturas, 4 (Diario de Sevilla, 25.3.99)

Con Leopardi


Pocos meses después de que Andrés Trapiello haya inmortalizado en la revista Clarín su viaje a la ciudad del poeta, Eloy Sánchez Rosillo escoge una muestra de los Canti y nos la entrega en una versión que tal vez sea la mejor que nos haya sido dado leer hasta la fecha. Después se ha echado encima la primavera y ya definitivamente, con algún desengaño, podemos decir que pasamos por una estación leopardiana, estación a la que también ha contribuido con su granito de arena —tiempo y desolación— la más envarada y arcaizante traducción del mejicano Bernal en la colección trapiellana de “La Veleta”. Jugando con doble baraja, las dos magníficamente impresas y llenas de triunfos, el autor de Salón de pasos perdidos ha hecho de tipógrafo y diseñador de ambas ediciones recientes de Leopardi.

Un ramo de rosas suele ser la coincidencia, en visión y aroma, de unas flores y el verde aderezo que las escolta, pero Sánchez Rosillo ha querido quedarse sólo con los carnosos pétalos, los diamantes, prescindiendo de las hojas y la ganga. Su Leopardi es esencial e irrebatible, podado a la mitad del número de poemas que escribiera, es decir: la veintena de composiciones elegidas gozan todas de la no prodigada condición de obras maestras. “El pájaro solitario”, “El infinito”, “El sábado en la aldea”, “Los recuerdos”, “La retama o la flor del desierto” y “A la luna” son ya cuentas de un rosario al que todo amante de la mejor poesía vuelve una y otra vez. Desde ahora lo hará de la mano de Sánchez Rosillo y su inventario de sílabas, que copian a las originales de Giacomo Leopardi y que en el discurrir armónico de endecasílabos y heptasílabos (música que Cernuda confiesa haber aprendido del autor de los Canti) constituyen auténtica poesía en español, hasta el punto de que es fácil olvidar que se trata de traducciones.

El poeta murciano ha antepuesto un prólogo confesional a este libro: palabras de poeta sobre otro poeta. Lo que prefiere del italiano es la emoción, nos dice, y no el frío tono moralizante de algunos otros textos. Ramillete de reflexiones y juicios personales, las notas a los poemas sitúan a éstos en la vida del autor, establecen las coordenadas de su dolorida existencia. Por ellas sabemos, o recordamos, que el autor de esos versos amó perdidamente y, valga la redundancia, fue sumamente infeliz, cosas ambas que a él, un clásico, lo acercan al canon del romanticismo.

Uno también tiene a Leopardi como poeta de cabecera o doctor que le prescribe su ajenjo, y en su cerrado panteón de la tristeza lo coloca junto al autor de Endymion. Al más imperecedero y clásico de los románticos ingleses, John Keats, lo une, efectivamente, la tragedia de la enfermedad e incluso el nombre —Fanny— de la amada imposible (“jamás gozada”, como se dice en un poema de Desolación de la Quimera), mas sobre todo una forma de mirar las cosas y una decepción que se va haciendo amargura. Pero Leopardi es aún más desconsolado que Keats. La “Oda sobre una urna griega” del inglés precede en tres lustros a su “Sobre un bajorrelieve sepulcral antiguo”, y en aquélla aún laten esperanzas que no tienen de ninguna forma cabida en esta última, cuyos versos terribles rezan: “Madre adversa y temida / por todo ser mortal desde que nace, / Natura, detestable maravilla, / que por matar nos pares y nos nutres, / si es un mal para el hombre / el precoz perecer, ¿cómo lo admites / en almas inocentes?”.

Trapiello nos pintó un Recanati inolvidable en su melancolía, el natal escenario de tanta soledad y tan honda. Al corazón lo punzan frases como ésta: “Quizás venga uno a Recanati como cuando se visitan unas ruinas, tal vez como hizo el propio Leopardi con las ruinas de Pompeya: para constatar una vida sepultada y recordar un fin previsible y triste para todos”. En la biblioteca del palacio familiar donde la árida erudición le echó años encima, entre las lomas que encierran el pueblo y lo estrangulan, por jardines que conservan los ecos de sus poemas y lejanas reverberaciones como de rústicas esquilas de una paz que él no alcanzó nunca, es más fácil entender a Leopardi, escuchar con oídos más receptivos sus fundados reproches a la vida.

Si en un bar se nos acerca un tipo tan quejumbroso y entristado como Leopardi, lo más seguro es que pongamos barra de por medio y lo mandemos a paseo. A idéntica filosofía ya habíamos llegado antes nosotros (si no, no estaríamos apurando, solos, la enésima copa, lejos de esa chica cuyos preciosos ojos no han sido hechos para mirarnos). Ahora, cuando nos adentramos por los poemas del contrahecho y enfermo Giacomo Leopardi, y es él quien nos invita a una interminable ronda de derrota con su vieja verdad más abrasadora que cualquier otro alcohol, no sólo lo miramos con simpatía. Llegamos a pensar, incluso, que si la musa nos hubiera deparado su elocuencia, esos versos los podríamos haber firmado nosotros.

Publicado en La mirada, 170 (El Correo de Andalucía, 25.9.98)

El cuervo







Anuncié hace unos días la publicación aquí de mi traducción de "El cuervo". Dicho y hecho. Aquí van las cuatro primeras estrofas. Como el título está aún "vivo", me limito a esto. El resto del poema se puede encontrar en Poe y otros cuervos. Primeros poetas norteamericanos (Mono azul)



Una noche me aburría y cansado discurría
sobre muchos y curiosos libros de la Antigüedad;
y mientras cabeceaba, escuché como una aldaba:
suavemente alguien llamaba a la puerta de mi hogar.
"Será una visita," dije, "a la puerta de mi hogar."
Esto sólo y nada más.

Lo recuerdo claramente: era un diciembre inclemente
y cada ascua muriente caía al suelo, espectral.
Anhelaba el nuevo día, pues ningún libro podía
-Leonor ya no vivía- mi tristeza disipar.
Los ángeles la llamaban Leonor, clara y sin par:
su nombre aquí ya no más.

Y al frufrú incierto y cuitado del cortinaje morado
con desusado terror me puse todo a temblar.
Para acallar mi latido, otra vez dije del ruido:
"Una visita habrá sido en la puerta de mi hogar,
una visita tardía en la puerta de mi hogar;
eso es todo, nada más."

Cobró fuerzas luego mi alma, y con renovada calma
"Señor," exclamé, "o señora, me tiene que disculpar,
pues caí en un sueño breve, y fue su llamar tan leve,
y fue su tocar tan leve a la puerta de mi hogar
que apenas pude oírlo." La puerta abrí de mi hogar:
sólo había oscuridad."

Poemas de Li Po


En una de las asequibles colecciones de poesía que hacen algo más dignos a los grandes almacenes y a los drugstores que las expenden, acaba de aparecer este bellísimo libro, tan breve como largo es su título: Eres tan bella como una flor, pero las nubes nos separan. Recoge medio centenar de textos de uno de los más emocionantes poetas de la China y, si muchas veces su traducción resulta mejorable en su prosodia, memorable resulta siempre el contenido.
El año próximo se cumplirán mil trescientos años del nacimiento de Li Po, y tocará celebrar ese feliz cúmulo de centurias, porque el poeta eremita y borrachín que firma estos poemas nos ha dejado, entre los mil conservados suyos, no pocos que son obras maestras de la concisión, la alusión elíptica, la nostalgia, la sabiduría de ciertos bebedores a los que luego no les falla el pulso para testimoniar esas certezas que todos, hasta cuando estamos insoportablemente sobrios, reconocemos íntimamente.
Son estos poemas, en general, muy breves y hermosos, y nos hablan de adioses y noches de ebriedad bajo la luna; también de tabernas donde se bebe vino y nostalgia, de campañas militares que no terminan nunca, de ausencias, del paso de las estaciones... A Chen Guojian, el traductor, le flaquea, es cierto, a menudo la expresión, y no todos los versos alcanzan a sonar con la fluidez y armonía que desearíamos en nuestro idioma (aunque esto es discutible, pues sabemos que Li Po rechazó las formas más estrictas de versificación, conocidas como lü shih, que corresponderían laxamente a nuestro metros clásicos como el heptasílabo, el endecasílabo y el alejandrino). Pero además, los sinólogos confiesan que traducir poesía china es harto difícil, porque ésta, por las peculiaridades de la lengua, permite diversas interpretaciones, todas posibles y, si el traductor es bueno, plausibles todas. Compárese, para ilustrar esto último, el poema “Quejas en las gradas de jade” con la versión que de este poema hizo Ezra Pound en Cathay, o el serenamente desolador “Despedida a un amigo”, o la delicada “Balada de Chancán”, igualmente con sus versiones poundianas.
Uno de los dos más grandes creadores de la dinastía T’ang, Li Po es hoy poeta de cabecera de jóvenes líricos españoles como Javier Almuzara o Martín López-Vega. José Ángel Cilleruelo lo homenajea en su reciente libro Salobre. Por su parte, José Luis García Martín ha publicado espléndidas recreaciones suyas como “Imitación de Li Po”, de su libro El pasajero, o las versiones de un particular jardín oriental recogidas en El taller de la memoria. ¿De qué está hecha la poesía, y esta de Li Po, que su aliento atraviesa siglos y razas e inabarcables distancias?


Publicado en La mirada (El Correo de Andalucía, 25-03-00)

On Raglan Road

No es mi versión preferida (ésta es la de Luke Kelly, por supuesto). Pero aquí tenemos esta rareza: sí, con Liam O'Flynn (gaita) y Seán Keane (violín)

jueves, 21 de febrero de 2008

La guerra del gabacho


Recuerda uno a Agustina de Aragón y la enardecida historia que le enseñaban en el colegio, ardor patriótico que merecía mejor señor que Fernando VII, cuando cae en la cuenta de que este año se cumple el bicentenario de la Guerra de Independencia, las Peninsular Wars, que dicen los ingleses. Son varios los libros publicados con motivo de esta efemérides. Uno de ellos, el que más me ha interesado, el de Francisco Núñez Roldán, La guerra del gabacho, 1808-1814 (Ediciones B), que se presenta el próximo martes 26 de febrero en la librería Beta (antiguo Teatro Imperial) de la calle Sierpes, en Sevilla. El autor me ha reclutado para la escaramuza, que tendrá lugar a las ocho de la tarde. Allí estaremos.

Se trata de un excelente libro de historia militar divulgativa, como no se hace en España (no en vano Núñez Roldán ha sido catedrático de inglés). Entretenido, bien escrito, documentado, sin ínfulas. Ameno, inmediato. Leyéndolo, uno tiene que echarse de vez en cuando cuerpo a tierra, no le salte un obús o le desgarre una esquirla. Y sale de él habiendo comprendido muchas cosas que habían quedado cubiertas por el humo del combate.

miércoles, 20 de febrero de 2008

El poeta y el crítico



Cuando quiera que Harold Bloom, el crítico norteamericano, es interrogado como gurú u oráculo por sus lecturas o preferencias dentro de la literatura española, el autor de El canon occidental menciona invariablemente a Luis Cernuda. Sin duda por la grandeza de éste con relación a otros compatriotas escritores; también, es evidente, por los limitados ―es fuerza reconocerlo― conocimientos de Bloom sobre literaturas extranjeras, incluida la nuestra, lo que le impide conocer bien la obra de otras figuras interesantes cuando no imprescindibles. Pero el hecho es que, aparte de los de expresión inglesa, entre los más destacados poetas en francés, italiano, alemán, polaco, Bloom sitúa a Cernuda. Veamos cuál es su juicio.

En el artículo pórtico que abre el volumen colectivo que la Residencia de Estudiantes publicó en torno a Cernuda, Entre la realidad y el deseo: Luis Cernuda, 1902-1963, Bloom incide en una anotación que ya habían hecho otros pero que en él, santón de los estudios filológicos, parece adquirir una notable y grave autoridad. Para él, Cernuda apenas fue un poeta español, y “puede ser visto más como un poeta romántico inglés que como un continuador del cante andaluz, tradición en la que, sin embargo, le tocó nacer”.

Como no podía ser de otra manera, Bloom aprecia en la obra del sevillano la huella de Browning y el monólogo dramático (recordemos que Cernuda se ocupó de él en Pensamiento poético en la lírica inglesa (siglo XIX), y en algún otro ensayo), y especialmente en “las grandiosas odas de Las Nubes” (nótese aquí la filiación romántica inglesa del término oda). En varios puntos lo compara con el también homosexual Hart Crane, del que acaso nunca oyó hablar Cernuda; pero apostilla el autor de La ansiedad de influencia: “aunque tratándose de un poeta que murió en México un tercio de siglo después del tormentoso periplo que realizara Crane por ese mismo país, me parece poco probable.” Destaca el parecido de Crane con el Cernuda de ese poemario de transición que es Invocaciones. Y lo hace con motivo, pues Crane, como Cernuda, fue influido por los simbolistas franceses, especialmente Laforgue, y el magisterio de Eliot (en quien también Laforgue está presente). Por su parte, la que Bloom llama obra maestra de Cernuda, “Apologia pro vita sua”, además de ser título de una obra del Cardenal Newman, lo es de un poema de Coleridge (Bloom no menciona este extremo, sin pensar que un lector español puede ignorarlo).

Ese texto fue un adelanto del capítulo dedicado a Cernuda en su último libro, Genios, recientemente publicado en España. Allí, Bloom vuelve, como en su Canon, ha hacer una lista de genios de las letras (todos muertos). En este caso son menos los elegidos, tan sólo cien. Los de lengua española son Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, Luis Cernuda, Miguel de Cervantes, Federico García Lorca y Octavio Paz.

Y Bloom, judío neoyorquino, los agrupa por afinidades cabalísticas. El octavo de los grupos reúne a Whitman, Pessoa, Crane, Lorca y Cernuda. De Whitman, cuyo influjo lamenta que no llegara a notarse en Cernuda, dice que “la amargura temperamental” de éste le impidió absorber la poderosa vitalidad del norteamericano. Novedad importante de este libro, Genios, es que para Bloom, Cernuda es, ya sin ambages, el mejor poeta español del siglo XX, por encima incluso de su muy alabado Lorca. Esto tal vez sea difícil de asumir por el gran público, creo que no por los poetas, entre los que el interés por Cernuda no ha hecho sino crecer todos estos años.

Particularmente interesante es el diálogo que mantuvieron James Valender y Bloom el 20 de mayo de 2002 en un hotel de Barcelona, entrevista que sería emitida en diferido, el día siguiente con motivo de la apertura del Simposio Internacional sobre el poeta sevillano celebrado en la Residencia de Estudiantes de Madrid. En aquella ocasión, nos cuenta Valender, Bloom leyó una versión ligeramente modificada del texto ya publicado por la Residencia, y tras la lectura ambos conversaron antes las cámaras en un diálogo enormemente esclarecedor. Gracias a él sabemos que el conocimiento de Cernuda por parte de Bloom se originó cuando un alumno de éste le presentó un trabajo que establecía paralelismos entre el poeta norteamericano Hart Crane y Cernuda: aquel poeta sería nada menos que Manuel Ulacia, nieto de Manuel Altolaguirre y excelente estudioso de Cernuda en su temprano ensayo Cuerpo, escritura, deseo. Igualmente nos enteramos de que los poemas de Cernuda que Bloom conoce son en su mayor parte las versiones de Reginald Gibbons (que Valender alaba). Por otra parte es curioso comprobar, y paradójico, que cuando en su texto Bloom ensalza “un puñado de odas verdaderamente sublimes” mencione precisamente uno de los poemas que no consiguieron impresionar a Eliot cuando en otra traducción se los mostró Wilson de cara a una eventual publicación en Faber & Faber (se trata de “Lázaro”, que Bloom nombra junto a “La gloria del poeta”, “A las estatuas d elos dioses”, “A un poeta muerto (F. G. L.)”, “La visita de Dios”, “Las ruinas” y “Apologia pro vita sua”) .

Aunque alguna vez sorprendemos a Bloom en algún desatino, su visión es en general muy ponderada y de una gran autoridad. Él, detractor de la llamada “crítica del resentimiento”, que eleva más allá de su calidad a los autores por razones tan espurias como pertenecer a una minoría sexual, admira a Cernuda por su obra sin otros condicionamientos. En su valoración de Cernuda, no suficientemente estimado en su momento, pero sí apreciado hoy más de lo que sospecha Bloom, recuerdo ahora un poema de Tennyson que tal vez Cernuda leyera o cuando menos ojeara al preparar su Pensamiento poético. Desde luego, Bloom está más cerca de este raro y loable crítico del poema de Tennyson que de ese otro, lamentable, de “El crítico, el amigo y el poeta”, diálogo “ejemplar” que Cernuda escribió en 1948 cuando estaba en Mount Holyoke y publicó seis años después en la revista Orígenes. Cito a Tennyson por mi propia traducción recogida en la antología La Dama de Shalott y otros poemas:

POETS AND CRITICS


This thing, that thing is the rage,
Helter-skelter runs the age;
Minds on this round earth of ours
Vary like the leaves and flowers,
Fashion’d after certain laws;
Sing thou low or loud or sweet,
All at all points thou canst not meet,
Some will pass and some will pause.

What is true at last will tell:
Few at first will place thee well;
Some too low would have thee shine;
Some too high—no fault of thine—
Hold thine own, and work thy will!
Year will graze the heel of year,
But seldom comes the poet here,
And the Critic’s rarer still.



POETAS Y CRÍTICOS

Esto, esto hace furor,
atropellada marcha la época;
en nuestro mundo las ideas
mudan como hojas y flores,
creadas según ciertas leyes.
Cantes bajo o alto o dulcemente
no puedes abarcarlo todo.
Unos se irán, quedarán otros.

Al final se sabrá qué es verdadero:
pocos al principio verán tu sitio;
unos querrán que brilles bajo,
otros muy alto —no es culpa tuya—.
¡Ve a lo tuyo y crea a tu gusto!
Un año va al talón de otro año,
mas rara vez llega el poeta,
y más raro aún es el Crítico.

Con elogio que no caerá en saco roto en la esfera internacional, esperemos que granjeando nuevos lectores curiosos a Cernuda, Bloom ha escrito en Genios: “Si el arte de la poesía tiene sus santos, como Dickinson y Paul Celan, entonces Luis Cernuda está entre ellos”.


(Publicado en mi libro Con otro acento. Divagaciones sobre el Cernuda inglés, Premio Archivo Hispalense 2005, Diputación de Sevilla, 2005)

Las ratas

En el retiro de estos días junto al mar, sin libros en que apoyar este artículo, uno, que en el fondo ha leído poco y no tiene más remedio que ser libresco porque poco hay que salga de su mollera si no ha entrado antes de forma escrita, uno, decía, recurre a otras páginas, otras líneas y palabras, huéspedes ya vitalicias de la memoria. Y pocas letras y signos (de más o menos, por exceso o por defecto) más memorables que las erratas. Se graban en el no olvido como el más afilado aforismo o aparatoso apotegma. Porque nos chocan, se perpetúan a fuego en la rugosa y —como ellas— distorsionadora superficie del cerebro.

Se dice que por cada rata que vemos, hay un número de otras, ocultas, pestilentes, hozadoras de incógnito, que decuplican a la visible. Así con las erratas: por cada una que el lector percibe se agazapa una decena de otras, emboscadas, dispuestas a trastabillarnos el sentido. Y nadie como el autor no ya para sufrirlas, sino para detectarlas. Al lector, por más atento que sea, siempre hay alguna que se le oculta: una lectura rápida, un escaso conocimiento del tema, hacen que no vea a las intrusas. Sin embargo, el creador —no de las palabras, por lo general, sino del orden y disposición de ellas en el texto— sólo puede sufrir viendo, sin remedio, que se le hurta la sintaxis y la semántica por el descuido de otros.

También sucede, y si es paradoja no es inexplicable, que sea el propio autor el menos capacitado para hacer inventario de estas erratas: confrontado con el papel impreso de su obra, más lee el contenido que concibió —la imagen platónica de éste, aunque sea parvo su arte— que el accidente que se le pone antes los ojos. Como en Fahrenheit 451, guarda su libro, artículo o poema en la cabeza, y lee —porque ve con los ojos de la memoria y su invención, no con la visión que procesa y descodifica luz y fuentes, tinta y espacios en blanco— lo que recuerda haber escrito o querido escribir, no la zafia realidad de su plasmación física, aunque sea lujoso el papel y elegante la tipografía.

Uno ya sabe lo suyo de erratas, esos roedores del sentido que son portadores de graves enfermedades para la correcta inteligencia de los escritos, y desde que empezó a dar a la estampa algunos textos las ha sufrido, no siempre con estoicismo. Ahí está, por ejemplo, el primer cuaderno de versos que publicó, que en sus veintiocho páginas guarda, si no muchas, sí las suficientes como para haberle hecho no difundir más el poemario. Quien picara la obrita —oportuno símil taurino— le restó fuerza, e hizo de ella no poca escabechina. Algún acento donde no lo había, alguna confusión en un título, no eran sino leves travesuras comparadas con lo más insufrible: la acuñación de una palabra (“brumorosa”) que además de dar un toque como más nemoroso de lo que el autor pretendía, le añadía lisa y llanamente una sílaba, así al adjetivo “brumosa” como al verso. Y esto, destrozar un endecasílabo, se comprenderá que era el mayor crimen, de ilesa animalidad por parte del tipógrafo, para un poeta en ciernes.

En otra ocasión, al publicar unas traducciones, se me descoyuntó la palabra “compaña” para hacerla ser “compañía”. Aquella í se convirtió en un palo y un puñal arrojados contra mi verso, que también aquí quedó más largo y lacio, desgarbado, torpe. Muchas veces, erratas como ésta se evitarían si el teclista, el fotocompositor o el corrector, si lo hubiere, fuesen poetas y de tales tuviesen el oído: ello inmunizaría contra estas fatales caídas de ritmo, estos atentados a la prosodia. Bien es verdad que ni siquiera a todos los que se dicen poetas asisten la musicalidad y la armonía, tantas veces prueba del nueve de la pureza de su expresión; la métrica (“con sílabas contadas, que es gran maestría”), que es a menudo la restauradora de las corrupciones textuales en los antiguos manuscritos, también debería serlo en los brillantes frutos de las prensas modernas.

Un tercer caso que pongo es el de un artículo contra el cierre de una revista en la que colaboré y que, por esas cosas de las erratas, llegó a decir que el lema “No me ha dejado” del Ayuntamiento de Sevilla —esa madeja flanqueada por las sílabas NO y DO— era casi un ejemplo de poesía “virtual” (de la virtud de la fidelidad que refleja la divisa, supongo), en vez de poesía visual, esa forma del ingenio literario, tan de vates islámicos como de Apollinaire o Simmias de Rodas, a la que me refería. La guinda de aquel malhadado escrito era la supresión de una sílaba, el prefijo “in” frente a la palabra “constancia”, torciéndoseme en 180 grados el sentido de lo que quería manifestar. Aquello convirtió el lado incendiario de mi ataque a un edil en laude incensario (esto último ya, lector, no es sino paranoia mía de buscar paronomasias, calambures y carambolas, a veces tan cercanos de la errata).

Las citadas afrentas a los textos palidecen, sin que de ello extraigamos ningún consuelo, ante el que tengo por mayor depositario de erratas sobre la redondez de la Tierra. Lo descubrí no hace mucho, y hoy está, hermano desastrado, junto a otros del mismo autor en mi biblioteca. De una compilación de artículos de Álvaro Cunqueiro se trata, O reino da chuvia, editada por la en esto infame Diputación de Lugo. Echas cuentas de las erratas y gazapos del volumen y su censo sobrepasa, a la sinrazón de docena la página, la cifra despreciable de cinco mil y pico (cinco mil y pico de ave, como diría el maestro).

Ya en la primera ojeada al libro, un error de tomo y lomo: sobre éste, la extraña autoría de Álvaro “Cuqueiro”. Primero pensé en el chusco resultado de una campaña de normalización da lingua galega, por mor de la cual fuera más apropiado y normativo, etimológico y puro, el apellido espúreo Cuqueiro, que bien mirado concierta con esas líneas del autor aquí y allá, en marzos de diferentes años, sobre nuestros hermanos los cucos. Porque los cucos, como los tordos o los ruiseñores y los mirlos vuelan de una página a otra del mindoniense con el prodigio de su felicidad canora. Pero la portada, con el apellido allí correcto, desdijo mi teoría.

Lo que el contenido hizo fue añadir un dato a una hipotética historia laboral de Galicia: mostrar que los correctores de la Diputación estaban en huelga, declarada o no, esos días de 1992 previos al depósito legal del que hace gala el libro. O tal vez fuese que, para recortar el gasto, muy loable propósito de un organismo público, se suprimieran las galeradas de pruebas: total, como es destino de los libros de nuestras instituciones pudrirse —como las ratas— en almacenes y sótanos inmundos y no ver la luz del día... Además, al autor no podía matarle el berrinche: ya estaba enterrado.

Y el efecto es triste, muy triste, para los sensibles ojos. Es como si a un rubens o a un tiziano, una vez logrado lo más difícil —el milagro no suficientemente ponderado del lienzo— viniera el enmarcador a lacerarlo con sietes y raspaduras que se llevaran por delante un ojo, una sonrisa, dejando en su lugar dientes picados y viruelas, cicatrices y postizas verrugas, amén de desagradables muecas y avejentadoras arrugas en la piel que el pincel hizo lozana. Pobre Cunqueiro.

Porque nunca se sabe dónde va a saltar la errata, yo en este artículo he querido

—con la venia de los señores de la fotocomposición, que siempre tienen la última palabra— situar la que espero única ya en el título. Espero con ella agotar el cupo destinado a estos párrafos que lo siguen.

Aunque nunca se sabe: en un moderno libro erudito que recoge un sombrío poema de vaticinio, escrito en el País de Gales de hacia el siglo X, la autora de la edición y notas cumple con ese rito tan académico como británico de agradecer a sus colegas y maestros, a quienes leyeron el mecanoscrito, etc. El volumen es en cuarto, en genuina tela roja y tipografía elegante, exacta. Su ejecución es impecable, salvo en un detalle. Justo al final de las líneas de reconocimientos y deudas, e inmediatamente antes del primer verso —“Dygogan awen dygobryssyn”—, todo él una errata para quien no lea galés antiguo, se lee: “Lastly, I would wish to record my thanks to the staff and printers of the Oxford University Press, for the skill and care which they have given to the book’s producton”; por último, dice, quisiera expresar su agradecimiento al personal y a los impresores por la destreza y cuidado con las que se han entregado —suena a burla— a la “produccón” (sic) del libro.


Publicado
en La mirada (El Correo de Andalucía, 2.10.99)

Más sobre Tara






¡Salvad Tara!











Hubo un tiempo en que era una grata avellaneda,
en tiempos del noble hijo de Ollcán,
hasta que fue talado el tupido bosque
por Líath, hijo de Laigne Lethan-glas.

A partir de entonces se la llamó Druim Léith
-su grano era grano de primera-
hasta que vino Cáin sin pesar,
el hijo de Fiachu Cendfhindán.

(De mi antología Antiguos poemas irlandeses, Gredos, 2001)

La tumba de Corso


El espíritu
es vida
corre a través
de mi muerte
interminablemente
como un río
que no teme
convertirse
en mar



(Alejandro Luque hablaba hace un par de días de este poeta beat. La foto superior la tomé hace dos años en el cementerio romano donde sus restos reposan a sólo dos carrerillas de gato, o el aleteo de un mirlo, de los de Keats y Shelley)

martes, 19 de febrero de 2008

Caricaturas de Mahoma

El autor de algunas de las caricaturas de Mahoma tristemente famosas, el dibujante danés Kart Westergard, fue expulsado hoy del hotel de Copenhague donde protegido por la policía se alojaba .
Westergard y su esposa deberán abandonar la instalación antes del jueves próximo para garantizar la seguridad del resto de los inquilinos, comentó la dirección del hotel, en medio de las protestas generadas por la reimpresión de las viñetas, que para salvaguardar la libertad de impresión tuvieron la valentía de volver a publicar la totalidad de los diarios daneses.
Este señor septuagenario está amenazado de muerte por unos tipos que, si no les gustan las libertades europeas, mejor habrían hecho quedándose en sus desiertos, lejos de la cerveza Carlsberg y de las patas de cerdo y de las chicas rubias con sus melenas al viento.

La última novela de Jack London


Hacía mucho tiempo que no estaba entre nosotros este libro con el que Jack London se despedía del género novelístico y del humano, meses antes de suicidarse en 1916, cuando el voluble éxito le sonreía con lo que para él era sólo una mueca equívoca e inquietante. El vagabundo de las estrellas es, a modo de testamento, una ejemplar mezcla de las dos grandes tensiones que agitaron la vida de London: la aventura personal, de un individualismo irreductible, y sus ideas socialistas, fruto de esa preocupación por los semejantes que sólo tienen los muy fuertes y solitarios, como lo fue él mismo. Afortunadamente para él, pues tiene que fatigar suicidarse dos veces, no tuvo ocasión de ver la Revolución de Octubre ni sus conocidos resultados, reflejados en la celebérrima Rebelión en la granja de Orwell, un autor con el que comparte algunas cosas: de un lado, su denuncia de las condiciones miserables de la clase trabajadora inglesa (véanse sus libros-reportaje El camino a Wigan Pier y El pueblo del abismo, respectivamente); de otro, la idea que ambos tuvieron de basar una de sus narraciones en el futuro, dibujando sombrías estructuras totalitarias, como sucede en 1984 y El tacón férreo.

En lo personal, London fue siempre un ser inquieto, lo mismo a la caza de focas que enfebrecido por la búsqueda del oro, empeñado en el tráfico de ostras o como corresponsal extranjero en azarosas circunstancias. Huyendo siempre, como queriendo evitar que lo alcanzara un destino que tal vez predijeron sus crédulos padres, astrólogo el uno, la otra espiritista. Curioso socialista y en el fondo gran misántropo London, que hizo a dos perros protagonizar sendas novelas: La llamada de lo salvaje y Colmillo blanco.

En El vagabundo de las estrellas, London parte de la experiencia de un amigo suyo, reducido a casi una condición también animal, que permaneció cinco años incomunicado en una celda de la prisión de San Quintín, sometido a la camisa de fuerza y tan radicalmente solo como probablemente London estuvo siempre entre los hombres. Pero Darrell Standing, el protagonista de este singular libro, viaja a través del tiempo y del espacio quebrantando prisiones con la imaginación, huyendo así a la tortura y a la terrible realidad de la cárcel. Dice Standing: “A lo largo de insoportables noches, a través de una angustiosa oscuridad que duró años y años, he estado a solas con mis muchas identidades y he podido contemplarlas y examinarlas.”

Y la narración de esas múltiples vidas, fruto de lo que más tarde se conocería, en perfecto endecasílabo, como “estados superiores de conciencia” es el hilo de este libro, en el que se van ensartando cuentas de un penoso rosario que en última instancia constituye una hermosa alegoría sobre la libertad y sobre la imbatible voluntad humana. Más que de la metempsicosis o el mundo onírico, de lo que aquí habla Jack London con estoicismo es de la capacidad de mantener la dignidad cuando todo conspira contra ella, de que el miedo y la rendición son mucho peores que la muerte física.


Publicado
en Culturas, 99 (Diario de Sevilla, 18-1-01)

lunes, 18 de febrero de 2008

Con Julio M. de la Rosa


Comparto cerveza (miento, él toma rioja) con Julio M. de la Rosa. Hablamos de Cernuda (que fue compañero de carrera de su padre), de un necio duque consorte (a quien Dios tenga en su gloria), de esta aldea llamada Sevilla. Nos sorprende un agüacero. Educadísimo y ameno, se pierde por una Plaza Nueva a la que la lluvia pone, torrencial, su acupuntura. El agua acerca los lugares, y por un momento piso la Peña de Arias Montano. Reciente Premio de la Crítica Andaluza es su El ermitaño del rey.

El baño

En el dorado mar entraste,
y azul, entre la espuma de las olas.
“Báñate conmigo,” dijiste.

Rechacé tu invitación: prefería
contemplarte en la boya de tu pelo,
los pequeños delfines de tus pies,
las movedizas islas de tus hombros,

y, lejos, desde la playa, escribir
un poema que hablara de mi cuerpo
nadando junto al tuyo, sal y agua
disueltos en un puro mediodía.

Bañándonos los dos, pero en el verso:
esta felicidad más perdurable
donde no baja el sol ni la marea.

domingo, 17 de febrero de 2008

La poesía de Oscar Wilde


Siendo alumno del Trinity College dublinés, Oscar Wilde recibió una influencia que sería providencial en su escritura, y en particular en su cultivo del verso: la de un joven profesor de historia antigua y helenista por indicación del cual viajaría a Italia y Grecia y se decantaría por el estudio de las lenguas clásicas. Después, en el Magdalen College, en sus años oxonienses, Wilde vivió bajo el influjo del esteticismo preconizado por Walter Pater y sus Estudios sobre la historia del Renacimiento. Curiosamente, y como refutando cualquier teoría que pudiéramos albergar sobre el determinismo, Pater fue también profesor de otro poeta diametralmente opuesto a Wilde: Gerald Manley Hopkins, un inglés que se trasladó a Irlanda, al revés que él, que lo hizo de Irlanda a Inglaterra, y cuya poesía no puede ser más distinta. En 1871, Wilde ganó un premio de poesía por su composición “Ravenna”. Es éste, oficialmente, el comienzo de su carrera poética.

El primer libro de Wilde, pagado de su bolsillo, fue precisamente de poesía (Poems, 1881), y ya en él se manifiesta la antedicha influencia de Pater, más la de John Ruskin, además de aparecer el tema de la homosexualidad. Eran versos ya publicados en revistas, nada originales, como vio la crítica: un eco de Swinburne aquí, un dejo de Rossetti allá... En la revista Atheneum se dijo: “Cuando se agote su popularidad escandalosa, las poesías de Mr. Wilde, a pesar de cierta gracia y belleza, sólo se encontrarán en las estanterías de los que buscan curiosidades en literatura”. Sin embargo, La balada de la cárcel de Reading, escrita entre 1897 y 1898 tras su salida de prisión y durante su autoexilio en Francia, es una obra de gran alcance, nada frívola, y llena de esa piedad que aflora, bajo otra forma, en sus bellísimos relatos. Cuando se publicó, en vez de con el nombre de Wilde, apareció firmada por C.3.3. (su filiación como preso).

Muchos de sus poemas ostentan títulos en latín, y al menos uno que recuerde (“La esfinge”), imita en su prosodia a la de los hexámetros con los que se familiarizó de joven. No faltan los que llevan título francés, incluso alguno obligó al tipógrafo a echar mano de los caracteres griegos. Tampoco fue en esto muy original Wilde: muchos poetas contemporáneos suyos salpicaron sus libros de epígrafes en la lengua de Virgilio. Ernest Dowson fue especialista en ello, y algo a la zaga le fue Lionel Johnson, un poeta que sale de extra en el Hugh Selwyn Mauberley de Pound a partir de una referencia autobiográfica de Yeats (recordando que murió, borracho, al caerse de un taburete en un pub) y que fue, ay, quien presentó a Oscar y Bosie, piedra contra piedra de las que saltó la chispa de un gran incendio.

Una constante en la poesía de Wilde es su admiración por Keats, el poeta que en la Inglaterra romántica sintió como ningún otro la emoción de la antigua Grecia. Si Pater estaba por la búsqueda del arte por el arte y de los placeres sensuales, y para Ruskin, teórico ingenuo, la belleza era resultado de lo bueno, Keats, que en la “Oda sobre una urna griega” había formulado que “belleza es la verdad, verdad lo bello,” había de simbolizar para Wilde la síntesis de sus maestros. No en vano en su primera conferencia norteamericana, en enero de 1882, habló de Keats como antecedente del esteticismo. De Pater, de Ruskin, el tiempo fue apartando a Wilde para permanecer sólo fiel al autor de Endymion. En 1877, estando en Roma, visitó su tumba, y escribió un soneto lleno de una admiración que conservaría intacta hasta sus tiempos de la cárcel de Reading, donde pidió sus obras para releerlas.

Shakespeare es otro nombre a mencionar cuando se habla de la poesía de Wilde, o de Wilde y la poesía. En 1889 apareció “El retrato de Mr. W. H.”, la narración en que cobija un ensayo sobre el carácter homoerótico de los sonetos de Shakespeare. Recordemos que éste dedicó más de un centenar de composiciones a un misterioso joven cuyo nombre ha quedado velado por esas siglas. Es imposible no oír en el texto de Wilde, como en sordina, el eco de su relación con Lord Alfred Douglas.

Su propia poesía, tan correctamente imitativa por lo general, ha inspirado poco, si no es a su amado Douglas, que heredó buena parte de su estilo y su gusto por las palabras francesas en los títulos y su no mucha profundidad en los contenidos. Sin embargo, la crítica ha visto la influencia de su gran poema sobre las injusticias penitenciarias en la obra de teatro The Quare Fellow, de su compatriota Brendan Behan (1923-1964), quien también conoció las prisiones y fue homosexual. Behan fue activista republicano; es curioso comprobar que Wilde, contra lo que podría esperarse por el precedente de sus padres, que le dieron nombres de pila ossiánicos, nunca cayó en la idealización romántica de Irlanda, como Moore, Ferguson y Mangan antes que él, y Yeats a partir de 1891. En ello, y en el uso del francés para Salomé, preludia a Beckett.

Hoy leemos la poesía de Oscar Wilde con interés y distanciamiento, no necesariamente reñidos el uno con el otro. Con otros poetas (los mencionados Dowson y Johnson, y también Housman, y Symons, y Douglas) hizo dignamente lo que pudo —que no era mucho, teniendo en cuenta lo difícil de la tarea— para llenar el hueco que había quedado en la poesía inglesa tras Browning y Tennyson. Yeats había ya empezado a publicar, pero su gran poesía habría de madurar a partir de la segunda década del siguiente siglo. Fue, como otros, un autor de transición, que no es buen destino para conseguir un nicho en la historia literaria, y más un literato entendedor del lenguaje de la Musa, que había estudiado y en el que podía expresarse con fluidez aprendida, que un hablante nativo, de genio, del que se puedan esperar grandes creaciones. Y, con todo, de su nada despreciable producción en el género se pueden espigar una docena de poemas memorables y transidos de encanto.